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Iluminarse de inmensidad

Néstor E. Rodríguez

A una hora y media al norte de San Francisco está el faro de Point Reyes. Llegué ahí instigado por mi anfitriona, que me animó a esa gira con una razón infalible: “Quiero que veas una parte del océano en donde el agua parece descansar”. La imagen estaba lejos de ser solo un fino acierto poético. Visto desde los desfiladeros de Point Reyes, el Océano Pacífico exhibe un esplendor que asombra al corazón más árido. Solo recuerdo haber experimentado una sensación parecida ante los farallones de Cabo Rojo en Puerto Rico y la ensenada de Pasaia en el País Vasco.

Ungaretti describe ese tipo de emoción como un iluminarse de inmensidad. Poco más de un siglo antes, Kant había pormenorizado con la idea de lo “sublime” la contingencia de estar ante algo que te sobrepasa. El Goethe temprano llegó a entenderla como un “estremecimiento”; mientras que Borges basó buena parte de su literatura en el hallazgo de una visión que sacude al sujeto y de la cual es imposible dar cuenta por medio del lenguaje.

En todas estas apreciaciones se conjugan la belleza de lo visto con el pavor de saberlo innombrable. Los místicos han relacionado esta experiencia con la manifestación más alta de la espiritualidad. Y los poetas cantan a una palabra que jamás alcanza la diafanidad de la intuición. Con todo, la tarea de dibujar esa “agua tan pura, tan limpia que da trabajo mirarla” de la que hablan los versos del dominicano Manuel del Cabral no tiene por qué ser abrumadora.

Con el hondo saber de los pueblos ancestrales, Ramón Piaguaje, pintor secoya del Amazonas ecuatoriano, describe la fórmula para hacer frente a la enormidad de ese paisaje inaudito: “calculo el pedazo de selva que cabe en un lienzo y empiezo por el cielo”. Mi afán no alcanza a tanto; pero qué cautivante es pensar que el principio pueda ser siempre la prometida región de plenitud de un lienzo, una cuartilla o la mirada fija en la lejanía.

Fondos disponibles en últimos 5 años hubiesen instalado 50 mil sistemas solares

Foto por Vicente Vélez

Por Cándida Cotto

ccotto@claridadpuertorico.com

Para muestra, un botón. Luego de la experiencia del huracán María, que fue categoría cinco, nos vemos lidiando con lo mismo: el país entero a oscuras tras el paso de un huracán categoría 1.

Esto lo que demuestra es que estamos peor que antes. Y estamos peor, precisamente porque el gobierno no ha hecho nada para mejorar, ni la resiliencia, ni la reducción de las vulnerabilidades del sistema eléctrico”, manifestó la ingeniera Ingrid Vila Biaggi, miembra de la coalición Queremos Sol. “En vez, han gastado cinco años empecinados con una privatización que hoy nos deja más vulnerables porque estamos con un operador que ya ha demostrado no estar a la altura para ofrecer los servicios”.

A preguntas de Claridad, Vila Biaggi hizo referencia a que, en los pasados 14 meses de operación de Luma en el país, la ciudadanía ha experimentado un aumento en la frecuencia y duración de apagones, incendios en casas, en instalaciones bajo la operación de Luma, los cuales han causado apagones masivos en toda la isla.

Esos son los que hoy tenemos para responder a una situación catastrófica en el país, sin contar con el recurso humano experimentado que fue el que dio la cara luego del paso del huracán María y logró restablecer el servicio. La mayoría de esos empleados quedaron desplazados con el contrato de Luma y ahora se han hecho disponibles públicamente en los pasados días para asistir y se les ignora”.

La ingeniera ambiental reprobó la postura de Luma y del gobierno de que, en vez de comunicarse con estos empleados, se estén trayendo trabajadores de Estados Unidos, los cuales luego sabremos cuánto será el costo, teniendo un recurso local y capacitado que conoce el sistema.Es trágico”, dijo.

¿Cuánto se hubiese podido avanzar en estos cinco años si se hubiese dado paso a un programa de energía solar, aún modesto, que no fuese fincas solares industriales?

Vila Biaggi destacó que, a pesar del gobierno, ha habido un avance y hoy se cuenta con 370 megavatios de sistema fotovoltaico instalados en techos, lo que es casi una pequeña planta generatriz. Reparó en que son personas que han tenido capacidad para adquirir esos sistemas o comunidades que se han organizado para procurar financiamiento que les permita estas instalaciones de la mano también de fundaciones y el sector filantrópico que luego del huracán María han hechos esfuerzos para proveer la resiliencia que el gobierno no ha provisto.

“Estamos hablando de que ese ha sido el impacto que ha tenido. El propio Luma en sus informes dice que conecta unos dos mil sistemas fotovoltaicos al mes. Esto es sin contar ningún tipo de apoyo del gobierno y son 24 mil sistemas al año”.

Añadió que la propuesta de Queremos Sol para la transformación del sistema es que sea a través de sistemas en los techos debido a que estos son los que ofrecen más resiliencia. Comentó que, tras el paso de Fiona, por los grupos comunitarios con los que colabora Queremos Sol, saben que esos sistemas comunitarios brindaron servicio energético durante y luego del huracán de manera efectiva; versus el sistema con el que ha insistido el gobierno de un sistema centralizado con un operador privado que en los primeros vientos se cayó al piso y no estuvo disponible. De acuerdo a estudios de Queremos Sol, con los fondos federales disponibles en estos pasados cinco años se hubiesen podido instalar entre 40 y 50 mil sistemas solares en techos al año. “Estamos hablando sobre 200 mil residencias que al día de hoy pudiesen haber tenido sistemas fotovoltaicos priorizando en los sectores más vulnerables”.

María y ahora Fiona reconstrucción pa’ cuando

Foto por Vicente Vélez

 

ccotto@claridadpuertorico.com

A tres días de recordar el quinto aniversario (20 de septiembre 2017), del paso del huracán María, categoría cinco que devastó a la Isla, otro huracán, Fiona, esta vez categoría 1 volvió a pasar por Puerto Rico, dejando hasta 30 pulgadas de lluvia en algunas zonas.

¿Qué tan preparados estamos para enfrentar eventos atmosféricos, independientemente de su envergadura? Varios entrevistados coincidieron en que todavía no estamos preparados.

Para el director de la organización El Puente – Enlace Latino de Acción Climática, Federico Cintrón Moscoso, aunque en términos de preparación comunitaria al presente se estaba un poco mejor, la preocupación ahora era super mayor “porque ahora sinceramente las cosas que se reconocieron en aquel momento que había que cambiar no estamos convencidos de que se hayan hecho a nivel gubernamental y, por lo tanto, no creemos que estemos mejor preparados hoy a como estábamos en el 2017”. Se refirió a que se sabe que el sistema eléctrico difícilmente se pueda decir que está en una mejor posición.

El portavoz de El Puente, organización que aboga por la instalación de sistemas solares de energía, censuró que, por el contrario, el Gobierno ha decidido restablecer el mismo sistema que falló.

Lo que están haciendo ahora con el dinero de reconstrucción es lo que había antes. Hemos señalado que eso es un error porque ese fue el sistema que se cayó, siempre hemos dicho que esa ruta de recuperación no es la correcta y lo vemos ahora en los apagones constantes de Luma.

En términos de la capacidad de adaptación de las comunidades, Cintrón Moscoso consideró que las comunidades que estaban ya organizadas posiblemente tienen una mayor capacidad de respuesta ahora, pero no le queda claro que en términos generales otras comunidades se hayan preparado. “Ha habido esfuerzos, los conocemos, pero ha sido un esfuerzo comunitario. Por ejemplo, el programa de instalación de oxígeno energético lleva dos años, lo que trata es de instalar un sistema de emergencia solar en centros comunitarios para que, en caso de una emergencia, los vecinos puedan guardar sus medicinas, conectar sus teléfonos, y tener un refugio si es necesario. Tenemos cinco en la red de los oasis, así es como sabemos que las comunidades han tratado de tomar las riendas de prepararse”. Otro punto que trajo a la atención fue que no ha visto que se haya implementado el Plan de Mitigación para el cambio climático.

Falta de visión y voluntad

En tanto, en entrevista por separado, el reconocido profesor de geomorfología, José Molinelli Freytes, subrayó que el gobierno estaba desperdiciando totalmente la oportunidad que aparece en esta coyuntura, que son los recursos económicos para poder enderezar muchos elementos de infraestructura en el país y re conceptualizar un país nuevo.

A pesar de ello, las cosas se siguen haciendo como siempre. Aquí no hay una visión de un Puerto Rico sostenible realmente. Aunque se habla de eso, no se hace nada. No hay un proyecto de transformación con una visión a mediano y largo plazo, es volver a construir en los sitios donde aparezca un espacio”.

Dicho de otra manera -indicó- algo en que no se repara es en la geografía del país. Explicó que se pueden diseñar unas casas que cumplan con todos los códigos de construcción modernos, actualizados después del 2018 con el código de construcción de Puerto Rico post María; se puede construir la estructura mejor hecha a base del conocimiento actual, pero si esa estructura se coloca en el sitio equivocado, se repite el mismo problema. Es decir, uno de los problemas fundamentales del país es que no ha colocado la infraestructura en los lugares correctos, fuera de las áreas vulnerables múltiples.

Otro problema que trajo a la atención es el factor pobreza y falta de recursos que condena a la población a tener que proveerse su propia vivienda con planchas de madera y techos de zinc en el primer lugar en que puedan construir. Estos elementos, “que surgen de la inequidad social resultante de la pobreza económica y la incapacidad del gobierno de articular un proceso efectivo de avanzar en garantizar vivienda segura en lugares seguros, genera una vulnerabilidad altísima”.

No dejó pasar por alto la denuncia de lo que ya se conoce como la corrupción de los permisos, que se otorgan para colocar estructuras en lugares que no deberían. Esa corrupción en los procesos de permiso tiene efectos adversos en el desarrollo económico y el desarrollo sostenible del país. “El sistema le da permisos a los que pagan, a los que tienen las conexiones”, dijo. Precisó que un inventario hecho después de María reveló que más de 1.4 de millón de estructuras están en zonas inundables. La mayor parte de esas estructuras tiene permiso de la Junta de Planificación. “O sea, que no es como quieren decir que es la construcción informal, la de los pobres”.

El profesor Molinelli Freytes señaló que la falta de voluntad para ubicar infraestructura en lugares correctos responde a que no hay una visión de cómo debe usarse la infraestructura básica del país, que es dónde ubicamos nuestras ciudades, comercios. Apeló que, aunque se hayan cometido errores en el pasado a lo largo del tiempo, con una política clara se pueden detener las construcciones en los sitios de alto riesgo, zonas inundables, próximas a la costa, las que se sabe se van a ver afectadas por el nivel del mar por lo que no se debe permitir más construcciones.

Otro ángulo que trajo a la atención es que el país no está aprovechando el conocimiento sobre el ciclo de vida de las ciudades. En nuestro caso, a mediados de este siglo, parte de esa infraestructura que se hizo en los años 50, 60 y 70 y que ya tendrán más de 100 años, se deben ir desalojando por ser áreas de alto riesgo. Mencionó como ejemplo zonas como Isla Verde, el pretendido estacionamiento soterrado que se quiere hacer en el Sixto Escobar, el cual describió como un disparate”. Todo lo que se está construyendo en Isla Grande son edificaciones que no van en ese lugar por ser un sector susceptible a terremotos y al alza en el nivel del mar, acotó. En el caso de Isla Grande indicó que el uso óptimo de ese lugar es para transporte marítimo. En su lugar, dijo que esas inversiones millonarias que se pretenden en Isla Grande pueden hacerse en Santurce, en lugares más altos que no presentan riesgo.

Lo que se ve es que se sigue con el mismo patrón que nos llevó a tener la misma vulnerabilidad que tenemos. Esta controversia es clave porque el gobierno no ha aprendido y el gobierno federal tampoco tiene la voluntad o quiere intervenir en ese proceso”.

Agregó que cada vez que hay un evento natural que provoca un desastre, como se han hecho las cosas mal, no se tienen los recursos para reparar y rehabilitar las estructuras que se han colocado en lugares incorrectos. “El proceso de mala planificación lo que hace es incapacitando a Puerto Rico para que resuelva sus propios problemas y nos encamina por la dependencia creciente de los fondos de Estados Unidos”, advirtió.

El efecto cascada

En entrevista por separado, la doctora en Oceanografía, Maritza Barreto, aun cuando dio crédito a que se haya creado un fondo estatal de emergencia, observó que, en términos generales, se necesita mejorar el análisis de los impactos de un evento cuando hay el efecto cascada.

El efecto cascada, explicó, es que no se pueden mirar los impactos de un evento atmosférico por sí solos. El análisis tiene que ser de todos los sectores, desde los diferentes focos de cómo un evento afecta otros aspectos de la naturaleza, debido a que un área que ha sido afectada por eventos pasados va a estar más vulnerable con el siguiente.

La doctora Barreto expresó que hay una realidad y es que tenemos que aprender a vivir en una isla. En esa línea, dio a conocer sobre una investigación realizada post huracán María y que espera presentar el 7 de diciembre. Uno de los hallazgos que se sospechaba y se logró cartografiar es que hay sectores donde el agua se está moviendo tierra adentro, debido a la erosión costera y el aumento en nivel del mar.

Si ya tenemos un problema de erosión y de estructura crítica en la zonas, mi apreciación como científico es que no podemos seguir construyendo en esa línea de agua, el debate de los bienes de dominio público va más allá de eso. Es importante el hecho de la exposición y vulnerabilidad, eventos como Fiona y María, las marejadas Riley y todas las que vendrán nos enseñan que no podemos seguir construyendo en una franja costera de alta fragilidad porque estamos exponiendo lo que está construido; que quizás no debió estar ahí pero ya está. Tenemos que protegernos, no podemos seguir promoviendo que esa fragilidad aumente”.

La doctora Barreto se expresó a favor de una moratoria en la construcción de la franja costera y en la necesidad de sentarse a definir una ley de costas, unos protocolos para que, lo que se construya alejado de esa línea de agua, sea para el disfrute de todos.

Tenemos que aprender que vivimos en el trópico, que geográficamente somos una isla, que estamos expuestos a las manifestaciones del cambio climático, como el aumento en el nivel del mar, el impacto de huracanes y eventos mayores. A partir de esa realidad, tenemos que aprender a vivir con ella y, como parte de eso, no es parar el desarrollo sino hacer un desarrollo que se alinee a esa realidad y todos podamos disfrutar de él. Yo creo que es posible”.

Editorial: María y Fiona, cinco años de errores, incapacidad e inacción

Foto por Vicente Vélez

El paso errático y destructivo de la tormenta Fiona por Puerto Rico ha provocado- además de una catástrofe enorme por inundaciones, derrumbes y deslizamientos-una profunda sensación de frustración, impotencia y desazón colectiva por lo que se considera la incapacidad de los gobiernos de Puerto Rico y Estados Unidos de presentar una respuesta eficaz, coherente y duradera ante fenómenos como estos. En Puerto Rico llevamos una larga racha reciente, que comenzó con los huracanes Irma y María en 2017, siguió con la secuencia de terremotos y temblores en el sur y suroeste de Puerto Rico en 2020, y tuvo un intermedio de dos años de pandemia del Covid-19. Ahora rematamos con Fiona, una tormenta tropical desorganizada que durante su trayecto hasta nuestras costas se convirtió en huracán categoría 1, dejando 30 pulgadas de lluvia y lodo ampliamente repartidas, y el efecto de dañar mucho de nuestra maltrecha infraestructura de carreteras urbanas y rurales, energía eléctrica y agua potable, sobre todo en las áreas repetidamente maltratadas del este, sur y suroeste de nuestro país. El paso de Fiona coincidió exactamente con el quinto aniversario del paso de María.

¿Y por qué considerar a los gobiernos de Puerto Rico y Estados Unidos responsables por los errores, la inacción y la incapacidad de una respuesta eficaz a los desastres naturales en Puerto Rico? Porque el azote de María- el primer huracán categoría 5 en afectar a la Isla durante los pasados 90 años- reveló la crudísima realidad de un Puerto Rico abandonado a su suerte y con una gobernanza deficiente, no solo por la sucesión de gobiernos ineptos, irresponsables y corruptos que se han turnado la administración de esta colonia de Estados Unidos por los pasados 60 años, sino también por el desprecio, la dejadez y la indiferencia demostrada hacia su colonia por un gobierno de Estados Unidos prepotente, injusto e insensible.

Desde María hasta hoy, nos ha ido cada vez peor. La llamada asignación multimillonaria prometida por el Gobierno Federal después de María no se ha movido al ritmo ni a la velocidad que la situación crítica de nuestra infraestructura requiere. Según cálculos de ambos gobiernos, dicha asignación de fondos ronda los $80 mil millones, y apenas se ha recibido una fracción. Después de cinco años, la mayoría de ese dinero sigue atrapado en la madeja de intereses creados y codicia que la llamada “recuperación” de Puerto Rico ha creado entre los círculos de poder económico en Estados Unidos, en especial de las grandes empresas de energía que buscan mercados cautivos para los combustibles fósiles. Por otro lado, la ineptitud y malas mañas de los gobiernos de Puerto Rico levantan la suspicacia en FEMA y otras agencias federales, y estas también funcionan dentro de tortuosos y lentísimos procesos burocráticos. Un tercer elemento es la codicia de compañías estadounidenses que quieren participar “del pastel de los fondos” de Puerto Rico, y utilizan sus recursos y contactos políticos con los partidos de allá para lograr ser contratados aquí. Un caso así parece ser el de Luma Energy, con un contrato muy ventajoso para administrar la red de transmisión y distribución eléctrica, y cuyo proceso de contratación y su pobre desempeño atentan contra la política pública energética, el clima económico y la estabilidad de nuestro país.

Puerto Rico tiene una larga trayectoria de gobernanza negligente. Por eso, acumuló una deuda pública de $72 mil millones que resultó en la imposición por el Congreso y el Presidente de Estados Unidos de una ley de quiebras especial llamada PROMESA, y una Junta de Control Fiscal con poder decisional último sobre nuestros asuntos más importantes. En buena medida, la parálisis de servicios públicos ocasionada por la quiebra de Puerto Rico ha sido una retranca al proceso de recuperación tras los desastres naturales de los últimos cinco años.

Mucha gente en Puerto Rico sabe y siente que es hora de dejar de vivir a merced de la naturaleza y comenzar a reclamar una recuperación real y justa de nuestro país, que no deje a nadie atrás. Sabe también que los miles de millones de dólares que pudieron haberse usado para crear infraestructura duradera y sostenible, ahora son deuda vencida, y que ese dinero fue saqueado y dilapidado en proyectos faraónicos, componendas políticas y corrupción. De seguir con los mismos gobiernos en Puerto Rico y en Washington, Puerto Rico nunca sacará los pies del plato. La evidencia del mal gobierno está a la vista: nuestro país está destruido y en un callejón sin salida.

Primero como tragedia, luego como farsa

Jorge Lefevre Tavárez

1.

El puente de metal en el barrio Salto Arriba, Utuado, fue arrastrado por las fuertes corrientes del río Grande de Arecibo, crecidas y fortalecidas por las lluvias del huracán Fiona. Las imágenes del evento llegaron a todos los rincones de la isla a través de distintas grabaciones de este, desde varios ángulos, desde varios actores. La más dramática, quizás, es la que incluye el grito reiterado de uno de los trabajadores de emergencia, que lanzaba al viento la exclamación: “¡se lo llevó!”. La frase impacta, en parte, porque, aunque haga referencia al puente, se puede repetir, en el contexto en que vivimos, para un sinnúmero de situaciones, de objetos, de sujetos.

Pero no es la primera vez que este evento sucede. El huracán María se había llevado en el 2017 el mismo puente. Digamos, más precisamente, que se llevó el puente que en su momento ocupaba la misma posición. Poco después, para el 2018, el gobierno de Puerto Rico instaló el entonces-nuevo-ahora-pretérito puente, de manera provisional. Es decir, se instaló mientras pudiera lograrse una solución a largo plazo.

El paso del huracán María inundó al país con decenas de miles de millones de dólares para promover la “reconstrucción” de la infraestructura de la isla posterior al desastre natural. Ante eso, surge la pregunta obvia: ¿por qué nunca se reemplazó el puente “provisional”?

En declaraciones que recoge El Nuevo Día el 19 de septiembre, Eileen Vélez, secretaria del Departamento de Transportación y Obras Públicas, afirmó que se debía a que la vida útil del puente era de 75 años, por lo que no lo entendieron necesario.

Es posible que, de encontrarse el puente en algún momento, en algún rincón del río Grande de Arecibo, se pueda escudriñar con cuidado y llegar a la conclusión de que mantiene todavía su “utilidad”. El problema, querido Watson, es que el puente útil fue desplazado de su lugar de utilidad. El puente que no une dos puntos no es un puente; es una ruina, aunque esté en buen estado. Ese es el problema: la lógica del gobierno no desemboca en un adelanto infraestructural, sino en la continua producción de ruinas.

Esto se acentúa cuando tomamos en cuenta que este no fue el único puente arrastrado por las aguas, ni el único arrastrado dos veces por huracanes sucesivos. Ni tan siquiera el único en Utuado.

2.

Heráclito decía que una persona no se sumergía dos veces en el mismo río, pero nunca habló de puentes. Las contrariedades y complejidades de la situación actual en Puerto Rico tienen el efecto de expandir la lógica dialéctica. Pero tampoco debemos pensar que esta escena literaria (aunque real) se deba al realismo mágico antillano. No estamos, por ejemplo, ante el famoso puente que une al pueblo de Arecibo con Islote, que se derrumbó el día de su inauguración, y que se derrumba periódicamente para no hacer mudanza en su costumbre. Eso es folclor. Esto que vemos ahora, sin embargo, es un producto histórico de las múltiples crisis acumuladas a lo largo de los últimos años.

La caída doble del puente de Salto Arriba nos sirve para esta reflexión. Partamos, pues, de otra famosa frase, en esta ocasión de El 18 Brumario de Luis Bonaparte de Carlos Marx: la historia se repite, pero primero como tragedia y luego como farsa.

Cuando llegó el huracán María, un evento atmosférico como nunca habíamos experimentado en la historia reciente, los efectos de la política neoliberal ya habían desmantelado componentes importantes de la infraestructura del gobierno. El país contaba con menos escuelas – y por lo tanto menos refugios – por el proceso bipartita del cierre escolar. La Autoridad de Energía Eléctrica había reducido dramáticamente sus abastos como parte del plan de austeridad de Lisa Donahue, principal oficial de reestructuración de la agencia. Lo que ocurrió después fue una tragedia.

El huracán Fiona llegó a la isla como uno de categoría 1 y en fortalecimiento para convertirse en uno de categoría 2. Todo huracán es un fenómeno natural formidable. Desde antes de su llegada, ya se conocía la alta probabilidad de que las lluvias que traería pudieran ser históricas.

Entre estos dos fenómenos, hay casi exactamente 5 años de distancia. En el proceso, se aprobó el envío de más de $60,000 millones de dólares para la reconstrucción del país. Se ha privatizado la transmisión y distribución de la energía eléctrica. Se ha hecho evidente el problema grave de las escuelas con columnas cortas. Las crisis tienen la particularidad de que hacen visibles, hacen más claras, las contradicciones de una sociedad. Como decía Aristóteles sobre la metáfora, las crisis “ponen ante los ojos” estas complejidades.

Tenemos, por un lado, la oportunidad de transformar la infraestructura del país. Tenemos, por otro lado, mayor claridad sobre los problemas concretos que enfrenta. Pero, finalmente, tenemos también que la infraestructura estatal se encontraba en peores condiciones que cuando enfrentamos el huracán María, a pesar de lo que quizás sea una oportunidad única de, no solo reconstrucción, sino de construcción para Puerto Rico. Primero tragedia, luego farsa.

3.

Uno de los efectos de esta etapa “fársica” (la palabra no existe, pero suena mejor que “farsante”, que reservo para los actores principales de estas obras) de nuestra historia es el empobrecimiento de la lengua. Con esto, no quiero decir un empobrecimiento léxico, de vocabulario limitado, sino que se ha abierto una brecha casi insondable entre la palabra y la acción, o la palabra y la verdad. Frases como “la luz se restaurará lo antes posible” tienen el mismo grado de veracidad que “la estadidad está más cerca que nunca”. Mejor decir “si Dios quiere”.

La palabra clave de todo el proceso de reconstrucción por parte del gobierno siempre fue “resiliencia”. Detrás de esta, se escondieron las que verdaderamente ayudan a apalabrar nuestra historia: negligencia, fiasco, corrupción, fragilidad. Las palabras pronunciadas por los farsantes muchas veces implican su opuesto. Así, por ejemplo, con la palabra “transparencia”.

La falta de preparación del gobierno frente a huracán Fiona, la farsa de la resiliencia, es de tal magnitud que, luego del evento, la “respuesta” del gobierno se hace “efectiva”. Dado que no hay nada que hacer, las conferencias de prensa cumplen las expectativas: responden de manera efectiva las preguntas que se tienen. Nada más.

Solo la persona “de a pie” se presentó mejor preparada para el evento atmosférico, en palabra y en acción. Esto se debe, por un lado, a la experiencia acumulada posterior al huracán María, pero también a otra verdad que ha llegado a convertirse en “sentido común” en el pueblo: el gobierno no está preparado, el gobierno no nos ayudará.

Tenemos, por un lado, un relativo fortalecimiento de la preparación comunitaria e individual. Tenemos, por otro lado, un debilitamiento del estado y de su credibilidad.

El Partido Nuevo Progresista (ojo: no solo Pedro Pierluisi) ha hecho como Luis Bonaparte, a mediados del siglo XIX. Desprestigia el estado, destruye la economía, aleja a sus aliados.

Acosado por las exigencias contradictorias de su situación y al mismo tiempo obligado como un prestidigitador a atraer hacía sí las miradas del público, Bonaparte lleva el caos a toda la economía burguesa, atenta contra todo lo que había parecido tangible, hace a unos resignados ante la revolución y otros ansiosos de ella, y engendra una verdadera anarquía en nombre del orden, despojando al mismo tiempo a toda la máquina del Estado del halo de la santidad, profanándola, haciéndola a la par asquerosa y ridícula”.

El debilitamiento acelerado del gobierno, de la economía, de los partidos tradicionales, hacen más fácil su derrocamiento. Incluso con la crisis de las organizaciones del pueblo trabajador, su debilidad relativa sigue siendo, paradójicamente, lo suficiente fuerte como para poder echar a un lado las fuerzas dominantes actuales.

El cambio de escena implicaría, también, un cambio de género, de farsa a epopeya. La epopeya es un género que parece no estar de moda, pero a veces, y solo a veces, la molestia y el cansancio, convertidos en fuerza social, son capaces de producir la poesía del porvenir.