Les presento una reflexión sobre la liberadora gesta educativa con que Hostos encaminó en el siglo XIX a la República Dominicana a nuevos parámetros y niveles de desarrollo social.
Debemos estar de acuerdo en que la educación que a sus discípulos sólo dicta datos orientados en el dogma, normaliza la ignorancia y lanza al abismo de la inercia, hasta con persecución expresa, todo esfuerzo que propicie el desarrollo del pensamiento como patrimonio libre y liberador de una sociedad. Es una educación que sistemáticamente subvalúa el potencial de los seres humanos, que segrega por creencias, y hasta por género, y que frena.
En contraste, la que guía, la que inspira a sus discípulos a explorar sin prejuicios las fuentes del saber y a alimentar con cada hallazgo las bases teóricas y prácticas de su pensamiento crítico, es una educación que democratiza el conocimiento, lo crece horizontal. Con ello, esa educación se convierte en partera de una sociedad cualitativamente nueva, en la que la ciudadanía en general, y no solo una élite, toma en sus manos, con protagonismo responsable y sentido de justicia, el desarrollo social.
El Maestro Eugenio María de Hostos fue determinante en hacer ver a toda una nación la necesidad de separar la paja del grano sobre el desastre sagrado que imperaba en el sistema de enseñanza y emprender, con sentido de urgencia, la ejecución de su propuesta revolución educativa, que dio cuerpo y alma a un nuevo sistema basado en la ciencia y la razón en la República Dominicana.
Con ese nuevo sistema educativo, con énfasis en la inclusión igualitaria de la mujer, el País comienza su transición de ser una República independiente fundada por grandes pensadores, encabezados por el patricio Juan Pablo Duarte, a ser una República pensante, de la cual fue Hostos su determinante precursor.
EL POCO AVANCE DESDE PROCLAMADA LA INDEPENDENCIA
Al momento de emprender este camino de la independencia imprescindible, la misión transformadora se lanza como ruptura con el estado de estancamiento social.
Con un proyecto de nación minuciosamente diseñado desde la Sociedad Secreta la Trinitaria —fundada por Duarte en 1838—, el movimiento patriótico emprende la ofensiva contra la ocupación haitiana iniciada en 1822, sellando la victoria con la proclamación de la República el 27 de febrero de 1844.
Sin embargo, en medio de un extenso periodo de luchas entre facciones y caudillos, de traiciones, de exilio y fusilamiento de patriotas, de anexión de la República a España en 1861 y su rescate con la Guerra de la Restauración el 16 de agosto de 1863, el País transcurrió hasta 1879 sin el registro, constatable, de un avance social significativo. Y esa falta de avance tenía su génesis en la ausencia de un sistema educativo apremiante, pertinente, positivo, capaz de formar generaciones de ciudadanos solidarios, conscientes de sus derechos, pero más conscientes aún de sus deberes.
Por muchas décadas, se dedicó casi todo el tiempo y los recursos a las luchas intestinas, y muy poco, o nada, se destinó a la educación transformadora, que es el más importante esfuerzo, que es la verdadera fuente de la libertad y que es la principal herramienta sociopolítica de la construcción nacional, del desarrollo y la identidad.
Pero, como antítesis del atraso, «La revolución desarrollada por Hostos en la educación dominicana no solo supuso una transformación en el campo pedagógico, sino que constituyó una revolución total de la conciencia, una revolución intelectual, una revolución humanística, una revolución de los métodos de enseñanza y aprendizaje, una revolución en el plano ético-moral y una revolución racional, sin renunciar a los sentimientos y las emociones que se derivan del diario vivir. Esto implicó una transformación integral de las formas tradicionales de enseñanza y de la conciencia dogmática que había prevalecido en el País desde finales del siglo XV hasta finales del siglo XIX, con la preponderancia ideológica de la filosofía escolástica», según lo describe el Historiador y profesor universitario Juan de la Cruz, en su ensayo «La concepción de Hostos en torno a la historia y sociedad dominicanas del siglo XIX».
Y esa revolución se emprendió, con éxito, porque fue un esfuerzo continuo, permanente desde entonces, lo que debió haber sucedido sin parar desde el 1844, para que la Independencia hubiera devenido, mucho antes, en libertad para el pueblo dominicano.
Porque, como muy bien distingue las cosas nuestro ilustre mayagüezano, el Ciudadano de América, según citado por mi Hermano Alejandro Torres Rivera en uno de los ensayos de su obra «El Pensamiento Hostosiano – Su vigencia en el siglo XXI», «La independencia es una cosa, y la libertad es otra cosa; la independencia se conquista con las armas en la mano; la libertad es obra del derecho; independencia es substracción del yugo; la libertad es multiplicación de esfuerzos; el yugo se arroja en una brega más o menos larga; los esfuerzos que reclama la libertad son perpetuos». Y en esos esfuerzos perpetuos que nos enseña Hostos para construir sociedades pensantes y liberadas, figura la educación en espacio primordial.
PEREGRINAJE POR LA REVOLUCIÓN EDUCATIVA
El 1875 fue el año en que llegó Hostos por primera vez a suelo quisqueyano. Entró por la atlántica provincia de Puerto Plata donde fue recibido por el general Gregorio Luperón, amigo clave de Ramón Emeterio Betances. Fueron muchos los proyectos dialogados y conspirados entre ambos próceres gestores de la Confederación Antillana, hasta la salida del puertorriqueño en abril de 1876. Es a su regreso en marzo de 1879 que Hostos presenta la propuesta de instauración desde cero, no de una reforma, sino de un sistema educativo responsivo a la realidad histórica del momento y a las exigencias de construcción de un futuro distinto.
El proyecto por entero fue acogido y, pese a la encarnizada oposición y conspiraciones del sector oligárquico y del Clero Católico, que le declararon la guerra y tildaron a Hostos como «un extranjero» que intentaba insertar en la educación dominicana «ideas inmorales», «ideas pecaminosas» con una «escuela sin Dios», en mayo de 1879 el Congreso Nacional acogió y aprobó como Ley 1776 la estrategia educativa, creando, en virtud de la misma, la primera Escuela Normal de Varones. Un hecho significativo es que, aunque la Ley fue promulgada el mismo mes de su aprobación por Cesáreo Guillermo, entonces presidente de la República, esa primera Escuela Normal en Santo Domingo, dirigida por Hostos, fue inaugurada el 10 de febrero de 1880, ya bajo el gobierno provisional del general Luperón, de quien siempre se ha afirmado que fue el que solicitó a El Sembrador que elaborara y llevara allí un proyecto de cambio en la filosofía y la práctica de la docencia. Otros grandes desafíos que enfrentó la escuela hostosiana en ese momento ya en curso, fueron los presentados por el gobierno despótico de Ulises Heureaux «Lilís», que rigió de 1882 a 1884, alineado con los mismos sectores extremistas religiosos y oligárquicos que lanzaron la fracasada ofensiva contra la instauración de los nuevos paradigmas pedagógicos.
En 1884 se graduó la primera clase de normalistas, con quienes, en todos los campos sociales, del saber, tomó cuerpo la revolución educativa. Ese mismo año alcanza la cima de la misión inclusiva con la formación del Instituto de Señoritas, dirigido por la insigne pensadora y poeta nacional Salomé Ureña de Henríquez.
Desde entonces ha primado entre conocedores el consenso de que las mujeres fueron las principales intérpretes, y epicentro, de la ejecución visionaria del proyecto educativo.
Como énfasis en el principio de equidad que movió todo este proceso, y según citado por el historiador Emilio Rodríguez Demorizi en su obra Hostos en Santo Domingo, el puertorriqueño explica que «se aplicó a la educación de la mujer la misma reforma que había fecundado el entendimiento de la juventud masculina y dos establecimientos de educación femenil dieron al progreso el empuje que le falta cuando el primer iniciado en sus ventajas no es la mujer. Este vivo sentimiento del deber de la civilización no se centralizaba en la capital, Santo Domingo, sino que se manifestaba en casi todas las capitales de las provincias; y, para inspirar más confianza, aparecía acalorado por las municipalidades».
A ellas advirtió Hostos lo siguiente, y cito: «Vais a ser institutrices de la verdad demostrable y demostrada, formadoras de razón sana y completa, escultoras de espíritus sinceros, educadoras de la sensibilidad, para enseñarla a sólo amar lo bello cuando es bueno; educadoras de la conciencia para doctrinarla en la doctrina de la equidad y la justicia, que es la doctrina de la tolerancia y la benevolencia universal en cuanto somos hechuras del error, y la doctrina del derecho y de la libertad en cuanto somos entidades responsables».
Entonces, con todas estas herramientas de educación positivista; con toda esta estrategia de empatía para formar, no habitantes instruidos, sino ciudadanos conscientes, responsables y comprometidos tanto con el progreso de su país como con el mejoramiento de la Humanidad; con toda esta ofensiva del bien que, aun discretamente, se amparó en postulados de Libertad, Igualdad y Fraternidad, fue que Eugenio María de Hostos, hombro con hombro con el liderazgo nacional encabezado por Gregorio Luperón, se convirtió, como he sostenido, en el precursor de la República Dominicana pensante. Y así trazó el camino a una cultura de «esfuerzo permanente» desde la educación para colectivizar el pensamiento y desterrar los vestigios del colonialismo que permanecían en una nación que, aunque en lo formal políticamente independiente, en lo general no contaba con una docencia que educara en los deberes, en los derechos, y que, por tanto, no podía forjar una estirpe de ciudadanos con conciencia de ciudadanía ni de íntegro amor propio ni de apego apoderado a la República que, casi cuatro décadas antes, con empeño, devoción, amor y sangre habían proclamado. Hostos, por tanto, descansa por derecho propio en el Panteón de la Patria en Santo Domingo, su otra patria.
Nuestra América, en sus urgencias de cambios sustanciales, revolucionarios, necesita nutrirse de Hostos hoy; utilizar lo que nos dejó como legado, no para citarlo como «bonitas» enseñanzas del pasado, sino como propuestas vivas, con entera vigencia, para abrirles a los pueblos un horizonte de autosustentabilidad política y social, de soberanía sin mácula y de internacionalismo humanista y solidario en las relaciones con los demás.
Su revolución educativa, como ejecutada en Dominicana y como propuesta universal; su Moral Social, como hoja de ruta para una sociedad de derechos, deberes y justicia social, y como propuesta universal; su visión política de libertad del individuo y libertad de las naciones para toda Nuestra América, y como propuesta universal, nos demuestran que nuestro Venerable Hermano Eugenio María de Hostos no es solo nuestro, no es solo de Nuestra América, es universal.
Por eso, sintiendo, conociendo, viviendo la figura y la realidad hostosianas, el insigne intelectual Federico Henríquez y Carvajal, al pronunciar el panegírico en los actos fúnebres de El Maestro el 12 de agosto de 1903, en Santo Domingo, reprochó la internacional ingratitud social, intelectual, del momento y expresó: Oh, América infeliz, que solo sabes de tus grandes vivos cuando ya son tus grandes muertos.
Hostos es, y tiene que ser, inolvidable. Nos entregó todo y merece, por nuestro bien, que su ejemplo esté presente en la discusión de hoy, en la práctica de hoy, en las luchas de hoy, en las revoluciones de hoy.
He sostenido que es inmedible el agradecimiento que siente de Hostos, y siempre sentirá, la nación dominicana. Y por eso proclamo que soy un dominicano agradecido. Y ningún dominicano agradecido puede querer para Puerto Rico nada menos que lo que quiso Hostos para su Patria.
El autor es miembro del Gran Oriente Nacional.







The Odyssey cubre los puntos que reconocemos en el poema: el olvido brindado por Calipso, la desesperación en la cueva del cíclope, el escape de la isla de los gigantes caníbales, los cerdos en la cabaña de Circe, el intercambio con Tiresias desde Hades, el canto de las sirenas, los seis sacrificios a Escila, y el retorno al orden con la masacre de los pretendientes. Las reinterpretaciones que Nolan hace del poema demuestran su conocimiento y atención cuidadosa a cada detalle. Por ejemplo, vemos a Agamenón como una representación de Ares, con su cabeza cubierta con un inmenso casco negro, siempre silencioso y observando la masacre de Troya. Pero esta encarnación visual de la divinidad de la guerra es asesinada en su cama por su esposa, Clitemnestra, para vengar la muerte de su hija, Ifigenia, que Agamenón dio en sacrificio a los dioses antes de partir a Troya. En La Odisea de Nolan, la falla trágica es la arrogancia, precisamente lo que lleva a Agamenón a sentirse como un dios. En la película, los dioses se mantienen en los márgenes llevándonos a cuestionar si estos intervienen directamente entre los humanos. Los monstruos, espíritus y hechiceros no son pruebas de la existencia de los dioses, sino de los misterios que se esconden en cuevas inalcanzables, en lugares apartados, o en historias olvidadas. Los dioses son tan solo manifestaciones visuales de experiencias que nos marcan. Nolan continúa explorando el tema sobre el destino, que también desarrolla en su película anterior, Oppenheimer (EE.UU. y Reino Unido, 2023). La pregunta que persiste: ¿puede el ser humano escapar de la destrucción que inevitablemente se ha creado? Con esta pregunta, Christopher Nolan demuestra que la potencia del texto también se encuentra en la infinidad de mensajes que nos comunica un poema antiguo cuya adaptación deben ver en la pantalla más grande del centro comercial más cercano. No se la pierdan.
Varios reconocimientos importantes fueron hechos en el acto de abanderamiento, como el dedicado a fundadores de la Brigada que han trascendido a otro plano. Así fueron recordados Jorge Farinacci García, Agustín De Jesús Mangual y Miguel Cruz Santos, rememoración que estuvo a cargo de Milagros Rivera, lideresa del Comité de Solidaridad con Cuba, organizador de la Brigada. Por otro lado, la Medalla de La Victoria, con la cual el Comité reconoce la constancia de la solidaridad con la otra ala del pájaro antillano y las causas justas, fue otorgada al querido José Antonio Rivera-Tony Mapeyé- al joven cantante e improvisador cialeño, Sebastián González Rivera y a Milagros Rivera, cuya dedicación al trabajo de apoyo a Cuba y otras naciones hermanas ha sido indispensable.

