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Gabriel Boric, Venezuela y la cuestión de los derechos humanos 

 

 

 

Durante la reunión de los presidentes suramericanos en Brasilia, el mandatario chileno criticó la situación de los derechos humanos en Venezuela.

 

Desde su entronización a la Presidencia de Brasil en enero de 2023, Lula da Silva se ha esforzado por relanzar el proceso de cooperación regional en un continente fragmentado y dividido.[1]Con esta óptica organizó la Cumbre de Sudamérica que reunió a los presidentes de la zona el 29 y 30 de mayo de 2023 para reforzar la integración y el dialogo entre los diferentes vecinos, entre los cuales Venezuela. Este país sufre sanciones económicas extremadamente severas impuestas por los Estados Unidos desde hace años, que atentan gravemente contra los derechos fundamentales de los venezolanos.[2]

El Presidente Lula denunció el ostracismo y la guerra política, económica, diplomática y mediática de la cual es víctima Venezuela, señalando “la narrativa que se construyó contra Venezuela de la antidemocracia y el autoritarismo”, particularmente por razones ideológicas. También criticó el doble discurso de algunos países:  Es “muy extraño [que] las exigencias que el mundo democrático hace a Venezuela no son hechas a Arabia Saudita”.[3]

El Presidente de Uruguay Luis Lacalle Pou y el Presidente de Chile Gabriel Boric criticaron las palabras de Lula sobre Venezuela. Si la postura del dirigente uruguayo, conservador, es poco sorprendente, la del mandatario chileno, de centro-izquierda, suscitó más incomprensión. Insistió en “el dolor de cientos de miles de venezolanos que hoy día están en nuestra patria”, sin decir una palabra sobre las sanciones económicas estadounidenses que ahogan el país y que son la principal causa de este éxodo. “Los derechos humanos deben ser respetados siempre y en todo lugar”, concluyó[4].

Dos realidades ponen en tela de juicio la sinceridad de las preocupaciones del dirigente chileno. Primero, el último informe de Amnistía Internacional sobre la situación de los derechos humanos en América Latina es abrumador para muchos países. Si uno se basa en la realidad factual del estudio, no es posible señalar específicamente a Venezuela sobre esta cuestión. Las violaciones de los derechos humanos son numerosas y gravísimas en todo el continente.[5]

Luego, para poder erigirse en juez, es imprescindible tener la autoridad moral necesaria. Ahora bien, el último informe de Amnistía Internacional de 2022/23 sobre Chile habría debido llevar a Gabriel Boric a dar prueba de más humildad. En efecto, la institución denunció la impunidad de la cual se benefician los agentes del Estado responsables de “violaciones de derechos humanos”. AI también subrayó que las fuerzas del orden eran culpables de “crímenes contra la humanidad”, “de torturas y otros malos tratos” durante la crisis social de 2019. Del mismo modo, AI hizo partícipe de “arrestos arbitrarios”: “Muchas personas han sido absueltas por falta de pruebas tras pasar largos periodos en prisión preventiva”. AI señaló también casos de “tortura y otros malos tratos” para con pacientes de un hospital psiquiátrico y subrayó que, lejos de perseguir a los responsables de esos crimines, “la fiscalía de Valparaíso pidió la suspensión definitiva del caso”.[6]

Frente a las cámaras Gabriel Boric expresó su compasión hacia los migrantes y refugiados venezolanos. Se trataba en realidad de una postura de fachada destinada a la prensa y desprovista de sinceridad. En efecto, Amnistía Internacional denunció las violaciones “de los derechos de las personas refugiadas o migrantes” en Chile. “Las autoridades han reiniciado las expulsiones inmediatas de personas extranjeras sin evaluar su necesidad de protección internacional”.[7]AI incluso publicó una carta abierta a Gabriel Boric expresando su “grave preocupación sobre la situación en la que se encuentran personas que necesitan una protección internacional en la frontera entre Chile y Perú”, denunciando el “despliegue de fuerzas armadas y la instauración de estado de excepción”, medidas contrarias “a las obligaciones internacionales de Chile”.[8]

 

A la luz de estos elementos, Gabriel Boric no dispone de autoridad moral para disertar sobre la situación de los derechos humanos en Venezuela. Sus declaraciones están más motivadas por consideraciones políticas y la voluntad de complacer a ciertos sectores que por una preocupación sincera sobre la suerte de Venezuela. Si al Presidente chileno le alarma el bienestar del pueblo venezolano debería condenar las sanciones económicas estadounidenses contra Caracas y exigir su levantamiento inmediato.

 

El autor es doctor en Estudios Ibéricos y Latinoamericanos de Sorbonne Université y profesor titular de la Universidad de La Reunión, especialista de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos.

 

 

Tito Puente y su Orquesta en Puerto Rico 1958-1959

 Adolfo R. López Ferrer

Especial para En Rojo

Cuando mi familia se mudó a la urbanización Biascochea en 1953, todavía Isla Verde era un enclave del “perdido paraíso terrenal”. Así lo describe el poeta toabajeño Virgilio Dávila en los versos del poema-himno La Tierruca, musicalizados por su amigo Braulio Dueño Colón. Dispersas en solares irregulares, conectados por seis cortas calles pavimentadas y otras tres de arena cementada, todas sin aceras, ni encintado y sin alcantarillado, se levantaban cerca de 50 viviendas entre residencias principales y casas de playa. Algunas construidas en cemento, otras en cemento techadas de zinc y algunas en madera y zinc (como la nuestra) o en madera y cartón de techar. Había también varios solares baldíos incluyendo un pequeño humedal entre las calles Dalia y Rosa y otro, aún más pequeño, donde ahora ubica el comienzo de la calle Lirio contiguos a la calle Dalia. Sobresalían las residencias de Telesforo Fernández, fundador de La Esquina Famosa, de estilo resurgimiento español; la del Lcdo. Benjamín Acosta (completada su construcción en 1954), representativa de la modernidad arquitectónica de los años 50, que aún permanece inmune al paso de los años, y la del entonces Comisionado Residente en Washington, Lcdo. Bolívar Pagán. Lamentablemente aquella mansión tiene ahora muy reducidos sus amplios terrenos y, mostrando bastante deterioro, conserva rasgos arquitectónicos originales en la fachada similares a Monticello, la residencia de Thomas Jefferson en Virginia. El estilo Art Deco tenía amplia presencia en las residencias del tenor cubano Alvaro Morales Munera en la calle Violeta esquina con la carretera vieja y la del ex legislador Adolfo Dones en la calle Dalaia, también en la esquina de la carretera vieja, e igualmente la del Lcdo. Pedro M. Vélez y la del deportista del automovilismo Luis Merino, contiguas sucesivamente a la de Dones, en la calle Dalia. (Tal vez diseñadas por el mismo arquitecto amante del “Art Deco…) Al sur de la carretera vieja, frente a la entrada de la calle Violeta, ubicada de madera y cemento techada en zinc, donde vivió Don Luis Muñoz Marín con su familia antes de mudarse a La Fortaleza en 1949. (En ese espacio actualmente convergen la Ave. de los Gobernadores y la Ave. Isla Verde). Había abundante vegetación y variedad de especies de fauna costera, sobre todo jueyes… por eso no sorprende que en la calle Rosa de la urbanización se encontrara el restaurante Cecilia’s Place, el mejor de la costa norte para saborear platos confeccionados con el crustáceo “de dulce y triste mirar” al decir del cronista deportivo Rafael Pont Flores en sus columnas del diario El Mundo cuando el tema eran los Cangrejeros de Santurce. (En los 60 se transformó en el Mario’s y actualmente en sus terrenos y de otros predios aledaños se construyó un alargado edificio de apartamentos.) Al extremo este, a lo largo de la calle Violeta, había un frondoso bosque de pinos, almendros y palmas de coco que conocíamos como Smallwood. Allí era impresionante ver, después de un aguacero fuerte, la tupida alfombra que formaban los cascos azules de centenares de jueyes que salían de sus cuevas tras la lluvia y se aglomeraban bajo la densa arboleda. El hermoso bosque fue cercenado totalmente para construir el hotel Holiday Inn, demolido más tarde para edificar el Ritz Carlton…

Sin duda, lo más impresionante era la espectacular playa, considerada el mejor área de baño de la zona, particularmente la amplia franja desde la Punta del Medio hasta donde hoy se encuentra la Casa Cuba, colindante con la calle Violeta… (Playa devorada luego por la inclemente erosión.) El extenso litoral desde ese punto hasta Boca de Cangrejos, donde ubican condominios, un hotel y el balneario de Carolina, no era frecuentado por los bañistas, aunque sí por los bailadores que los fines de semana se divertían en los pintorescos salones de baile de Happy Beach y del Ocean View, clubes casi ocultos por la boscosa vegetación costera circundante en esa orilla atlántica. (Eran las últimas estructuras antes del puente de Boca de Cangrejos donde terminaba la superficie embreada de la “carretera vieja” que continuaba hasta el legendario ancón que cruzaba del Río Grande de Loíza. La actual carretera 187 era un camino de tierra horadado por el paso de numerosos camiones cargados de la arena extraída de las dunas que abundaban en esa frontera de Carolina y de Loíza, arrasadas para la construcción del aeropuerto y el afán urbanizador incontenible desde fines de los años 40.

El sector de Isla Verde era un extraordinario espacio de diversión para los residentes de las comunidades proletarias de Santurce (Barrio Obrero, Villa Palmeras, Las Palmas, Calle Loíza y otras) y de Carolina (La Cerámica, San Antón, Carolina pueblo…) Todo el verano se desbordaban en la playa aledaña a la urbanización Biascochea y todos los fines de semana iban a bailar a los diferentes salones de baile de la zona. Eran salones modestos, sin aire acondicionado, pero con medias paredes de cemento sobre las que se colocaban enrejillados de madera de látice cuadriculado para facilitar la ventilación, que eran un elemento de la arquitectura tropical, común en las viviendas de la época. En algunos, las paredes del fondo lucían, a modo de un mural, paisajes tropicales alusivos al entorno. Cómplice de las gozosas parejas bailadoras era el piso de cemento pulido en que se deslizaban, casi siempre al son de velloneras… Eran lugares preferidos de las familias trabajadoras que acostumbraban acudir los sábados y domingos por la tarde. Una diversión muy accesible por el precio módico de las bebidas y de las frituras, donde podían bailar sin pagar y disfrutar de un ambiente seguro, inclusivo, respetuoso de la diversidad racial y socioeconómica. No discriminaban por el tono del color de la piel como ocurría en el Club Esquife y en algunos salones del Condado…

El más famoso salón de baile de Isla Verde era El Guadalquivir, una estructura de cemento y madera con estantes de troncos para sostener el techo cupular cubierto con cartón de techar verde. Ubicada en varias cuerdas de terreno pobladas por incontables plantas de hicacos deliciosos morados y verdes, de pajuiles, de uvas de playa, almendros y palmas de coco sobre el suelo arenoso alfombrado con matojo de playa, bejuco y hierba de sal… hábitat idílico para la gran diversidad de fauna playera. El amplio predio estaba privatizado por una cerca de cuatro “pelos” de alambre de púas de la “carretera vieja”, o calle Loíza final, como se conocía este sector de la actual Ave. Isla Verde. Al sur de esa vía, cercanos entre sí, había otros salones de baile muy conocidos: El Fontville, El Dragón de Oro y El Naranjal, ubicados entre algunas viviendas en el área que hoy ocupa La Plazoleta. (Curiosamente, este pequeño distrito de diversión compartía su ubicación con cuatro cementerios en apenas una milla cuadrada. Frente a El Guadalquivir estaba el Cementerio Fernández que colindaba al sur con el “Cementerio de la Capital” próximo a la entrada del aeropuerto, bordeado por la “carretera nueva” hacia Carolina que en poco tiempo se convirtió en la avenida Norte, hoy Ave. Román Baldorioty de Castro. Al oeste de la “zona bailable” todavía hacen su función social el Cementerio Fournier, ahora Puerto Rico Memorial y El Buxeda). Entre una arboleda vecina al Cementerio Fernández, a unos 100 metros de la carretera vieja y detrás del área donde ubican los condominios Los Pinos y La Mancha, se levantaban las estructuras de madera y zinc que albergaban salones de clase del naciente Colegio San Ignacio. En ambas orillas de la carretera sin aceras se alineaban varios friquitines y carreteras con “cocos fríos” para vender a los consumidores de fin de semana, precursores del chinchorreo, que disfrutaban las tradicionales alcapurrias y bacalaítos saturados en manteca antes que se conociera del acecho del colesterol y los triglicéridos.

El acceso al Guadalquivir era un camino de arena cementada que serpenteaba desde la carretera hasta el local situado a unos cincuenta metros de la orilla Atlántica. Alrededor, rústicos bohíos techados con pencas se levantaban frente a la playa próxima al islote, conocido como Isla Verde, que da nombre a todo ese sector del barrio Cangrejos Arriba de Carolina. Era entonces “una esmeralda sobre la mar” con la breve superficie completamente verde cubierta por la vegetación costera y casi en el centro se erguía, majestuosa, una palma solitaria. (Ahora, la original Isla Verde es una roca irreconocible sin memoria de su antiguo verdor…) En torno al desolado islote existe y hubo siempre una espectacular fauna marina, habitante del arrecife que una heroica gestión comunitaria por más de 7 años logró designar en el 2012 como la Reserva Marina del arrecife de Isla Verde. Recientemente celebramos también la victoria del grupo Amigos del Mar, de vecinos del área, de organizaciones ambientalistas y de miles de puertorriqueños que defendieron por 15 años el predio de terreno costero, contiguo al hotel Marriot, que esa entidad intentaba sembrar de cemento y bitumul. Sorprendemente, poco tiempo después, el municipio de Carolina intentó destruir el pequeño bosque que sus custodios voluntarios ayudaron a germinar y a crecer, reminiscente de la virgen vegetación playera del área, antes de que el cemento la violara. ¡A luchar de nuevo!

El Guadalquivir cerró sus puertas en 1955 y en sus terrenos se construyó el hotel San Juan Intercontinental, la primera hospedería de lujo en el área de Isla Verde. En el mar del olvido quedaron los recuerdos de los grupos musicales que ocuparon su tarima. Entre otros: Orquesta Euterpe fundado por Carmelo Días Soler y dirigida por el Maestro Rafael Alers desde la muerte de su fundador; Grupo Aurora del Maestro Ladí, Estrellas Orientales de Víctor Rosselló, Mingo y sus Whoopee Kids, Orquesta de Frank Madera, Conjunto de Arsenio Rodríguez y la Sonora Matancera cuando viajaban desde Nueva York y desde Cuba respectivamente. (Al finalizar sus presentaciones en Puerto Rico, Arsenio y sus músicos despedían con una “jueyada” que les ofrecían los esposos Angelina Machuca y Eusebio Cortijo en el batey de la familia Machuca, en los terrenos que los vecinos llamaban “el pueblito” y ahora ocupan los edificios St. Tropez y ESJ Towers). Poco antes del cierre se presentó Rafael Cortijo y su Combo recién fundado en 1954, entre muchas otras agrupaciones. Fue desde esa tarima donde sonó por última vez en público “el canto lastimero” de la guitarra del mítico compositor Don Felo, fallecido también en 1954. Ya en el año 1955 abrió operaciones el hotel Coral Beach, un concepto de unidades individuales de dos pisos localizado unos quinientos metros al oeste del Hotel San Juan. El Coral Beach se hizo frente al mar, pero la calle que le daba acceso lo separaba de la amplia playa, ya que la Junta de Planes no permitía construir junto al mar. Existía un plan para que la Junta de Planes no permitiera construir junto al mar. Existía un plan para que se construyera el futuro “Paseo del Atlántico” desde Punta Las Marías hasta Isla Verde… Extrañamente ese extraordinario proyecto para conservar la vista al mar (y evitar la destrucción a la propiedad que ahora la erosión ocasiona) se esfumó con el permiso de construcción para el hotel San Juan que permitió también la privatización de la playa. El hotel se inauguró el 1 de febrero de 1958, un acontecimiento social con la presencia de ejecutivos del gobierno, la élite capitalina y empresarios que vieron la actuación del “entertainer” Tony Martin y luego participación de una velada bailable hasta la madrugada, según las reseñas de prensa.

Para la temporada alta del incipiente desarrollo turístico del país, la gerencia del hotel San Juan contrató al ya conocido “Rey del timbal” Tito Puente y su orquesta, una de las tres bandas de música latina que alternaban en el famoso Club Palladium de Nueva York: Machito y sus Afro Cubans, que dirigía el saxofonista Mario Bauzá y la orquesta del vocalista boricua Tito Rodríguez completaban la trilogía. Tito Puente, nacido y criado en Nueva York por padres puertorriqueños, intérprete de varios instrumentos, extraordinario timbalero y vibrafonista, era conocido en escenarios niuyorkinos, de Las Vegas y de California, por lo que era atractivo traerlo a Puerto Rico para deleite de los turistas. Tito nunca había visitado nuestro país con su orquesta y desconozco si alguna vez actuó como solista. Más adelante, en 1965 tuvo una actuación estelar, interpretando El Cumbanchero, en el primer especial televisivo del Banco Popular presentado a todo el país en homenaje al inmenso Rafael Hernández, pocos días antes de su muerte el 11 de diciembre de ese año. Ciertamente aunque era reconocido entre los radioescuchas de algunos programas de música, ocasionalmente en las velloneras y entre los pocos compradores de discos, Tito no disfrutaba una gran popularidad en Puerto Rico antes de 1958. Precisamente en febrero de ese año grabó el clásico álbum “Dance Mania”, LP que afianzó su reconocimiento como músico, director de orquesta y arreglista: “un álbum para la historia”. En Puerto Rico tuvo, por fin, gran repercusión en la radio con el chachachá “El cayuco”, el mambo “Complicación” y el bolero “Estoy siempre junto a ti”, todos en la voz del debutante Santitos Colón, experimentado cantante, conocido integrante de otras agrupaciones. En “Dance Mania” debutó también el legendario Rey Barreto en las congas en sustitución del reconocido músico cubano “Mongo” Santamaría.

Tito Puente y su orquesta llegaron a mediados de diciembre del 58. En el contrato con el hotel San Juan se incluyó una “suite” para él y Bárbara, su esposa de entonces, pero no se hizo provisión para el alojamiento de los músicos. En la urbanización Biascochea, mi padrino, Guadalupe Rosado, tenía varias propiedades de alquiler en la calle Dalia en terrenos que hoy ocupan el condominio El Comodoro y las canchas del Círculo Cubano (Casa Cuba). Hasta su residencia en Punta Las Marías llegó un grupo integrado por el cantante Santos Colón, el saxofonistas Rafael “Tata” Palau y su esposa Chiqui, el pianista Gilbert López y su esposa Sally y el señor Nilo Tandrón. (Era un declamador cubano de poesía afroantillana que acompañaba a la orquesta por ser el “padrino” de Tito y de su esposa de entonces, Bárbara, que en esos años practicaban fielmente la santería. Posteriormente, Tandrón, como declamador, presentó su propio espectáculo en el teatro de la Universidad en los años 60.) Cuando mi padrino les indicó que no tenía espacios disponibles en Isla Verde, mi abuela Monse, que vivía en la casa por ser hermana de mi madrina Rafaela Salgado, esposa de Guadalupe, les dijo “en la casa hay tres cuartos vacíos”. Padrino explicó que debía consultarle a Tití Rafa que estaba trabajando. Mi abuela, que era una cocinera espectacular, invitó al grupo para almorzar y cuando llegó mi madrina era evidente que la consulta era innecesaria porque la camaradería fue tal que esa misma noche se instalaron: “Tata” Palau y Chiqui en una habitación mientras Santos y Tandrón compartían la otra. Gilbert y Sally ocuparon la habitación de servicio contigua al garaje.

Yo estudiaba el cuarto año en la Escuela Superior Central y de lunes a viernes convivía con mis padrinos y mi abuela. Mis padres vivían en la periferia de Guaynabo y yo salía muy tarde, inmerso en actividades extracurriculares en la Central. Por eso puedo compartir estas memoria… (Estaba fascinado con los huéspedes de mis padrinos). Mi abuela exigió que el acuerdo con ellos incluyera las comidas y muy pronto Tito se enteró de “la sazón de abuela”. Dos días después llegó en su Volky alquilado, a la hora de almuerzo, y tras las presentaciones de rigor nos acompañó en la mesa sin esperar por los huéspedes que recién se levantaban (vivían la rutina del “day for night”, común en el mundo del espectáculo) y tuvieron que esperar por la segunda tanda. Tito se desbordó en elogios para mi abuela y desde ese día venía a almorzar, a probar la comida de “doña Monsa”, como le decía. Varios días después lo vi llegar en el Volky de donde sacó con dificultad una maleta que estaba en el asiento trasero. Era una maleta verde enorme, de unos 4 pies de largo, 18 pulgadas de ancho y aproximadamente un pie de alto. La llevó a la sala, la abrió y sacó una especie de teclado portátil al que atornilló 4 patas tubulares que estaban sujetas al interior de la tapa. Con ese instrumento cargaba todos los días: practicaba tocando breves fragmentos de composiciones de Mozart (a quien conocí porque le pregunté). Luego, hacía algunos arreglos, modificaba otros y en ocasiones llamaba a Santos para ensayar algún número nuevo y añadirlo al repertorio en el que prevalecían los temas de “Dance Mania”. Permanecía hasta el “café de las tres” y regresaba al hotel para el ensayo con la orquesta a las 4 PM. Hasta cierto punto, la residencia de mis padrinos en la calle Inga número 15 en Punta Las Marías se convirtió en una especie de centro de operaciones para el maestro Tito Puente. Los fines de semana yo solía acompañar a Chiqui y a Sally al Tropicoro a ver y escuchar a sus esposos “trabajando” y un poco después de medianoche regresábamos en un taxi. En más de una ocasión tuve el privilegio de acomodar los instrumentos y las partitura cuando el “band boy” no llegaba a tiempo.

Una de las cualidades que me causó gran impresión, además de su sencillez y la pasión por la música maneando aquel teclado, era su admiración por otros músicos y su agradecimiento a varios que habían integrado la orquesta y ahora trabajaban en Puerto Rico. Hacía esfuerzos por localizarlos para saludarlos personalmente y en ocasiones ayudé a que vinieran a Punta Las Marías, ya que trabajaban en las noche y les era difícil llegar al hotel. Igualmente admiré su esfuerzo por hablar y mejorar su español, que prefería hablar con todos en la casa, particularmente con mi abuela y con mi padrino que no “mascaban el difícil”. En esos meses disfruté una relación muy grata con Santitos Colón, compartiendo sobre temas de música y escuchando sus “cuentos” de aventuras románticas, como la que vivía entonces con una corista francesa que no pudo acompañarlo a Puerto Rico y con la que hablaba casi a diario por teléfono cuando no había celulares…

Entre los encuentros que presencié protagonizados por Tito, destaco especialmente, por la efusividad y el cariño evidente, el que tuvo con Cortijo e Ismael y el que tuvo con Gilberto Monroig, que había cantado con su orquesta. A Cortijo y a Ismael los conoció compartiendo tarima en el Palladium y se profesaban admiración mutua por sus respectivo talentos, pero Tito les agradecía exponerlo a su particular modo de interpretar ritmos de nuestra herencia africana como la bomba y la plena. Esa admiración era compartido por Santitos Colón y el resto del grupo. A fines de marzo, yo, que presidía la Asociación Cultural de Español en la Central, había logrado, por gestión de Bobby Capó, una presentación gratuita de Cortijo y su Combo en el teatro de la escuela, pro fondos para la sección de Literatura Puertorriqueña de la biblioteca. El día de la presentación, lo comenté durante el almuerzo en casa de padrino y Santitos me dijo: “llama un taxi que nos vamos contigo”. Se gozaron el “show” por casi dos horas y, al final, Santos, “Tata” y Gilbert subieron a la tarima a hacer coro con el carismático grupo musical. Cuando Tito llegó a almorzar, mi abuela no supo cómo decirle donde estábamos. Cuando se enteró, estaba ofendido porque no le avisé con tiempo y no pudo disfrutar con sus amigos…

El club Tropicoro era muy exclusivo intentando posicionarse como el “premier nite club” ante el club Caribe del Hilton, el club Flamboyán a la entrada del Condado, donde antes estuvo el Jack’s Club, el Fiesta Room del antiguo condado Beach Hotel y el también novedoso Club La Concha del hotel del mismo nombre, recién abierto en esos años. El contrato de Tito no permitía presentaciones de la orquesta fuera de el hotel San Juan, aunque individualmente hizo apariciones de promoción en el programa “Una hora contigo”, de Myrta Silva, y en otros por el estilo. Deseoso de tocar ante sectores del público que no podían pagar el costo de entrada al Tropicoro, consiguió que la gerencia reviviera los tradicionales “Té danzant”, escenificados en el Escambrón en la década de 1940. Comenzaron los sábados por la tarde en el Trópico a precios populares ($3.00) y fueron muy exitosos por lo que los cambiaron al amplio salón Isla Verde, el más grande del país al momento, donde se efectuaban los domingos por la tarde.

Tito Puente y su orquesta se presentaron por primera vez en Puerto Rico desde diciembre del 58 hasta finales de marzo del 59. Hace 60 años de ese acontecimiento que marcó el inicio de una relación muy cercana del genial músico “niuyorican” con el país de sus padres, muy orgulloso de su origen puertorriqueño. Con el éxito de los “Té danzants” conquistó a los jóvenes “baby boomers” boricuas que lo siguieron fielmente a partir de los años 60, tras las grabaciones con Rolando Laserie, “La Lupe” sensacional, los exquisitos boleros de Santitos y más adelante con Celia Cruz.. Tito, a quien admiré entonces por su sensibilidad y consideración hacia otros músicos y su pasión por la música, hizo fama y fortuna abriendo caminos en la música latina e incursionando también con excelencia en otros géneros, particularmente el jazz latino. Un legado musical vigente en más de un centenar de producciones discográficas que aún podemos disfrutar.

Esta crónica es una memoria parcial de aquellos cuatro meses del 58 y el 59 que dedico amorosamente a mi hermano Edgardo López Ferrer y a mi tío Tony Ferrer, que compartieron ese tiempo dichoso. También la dedico a los queridos amigos Carmen Julia “Puchita” Espada Platet y a sus hermanos Luisito y Angelito, a Clemencia “Clemen”, a Eusebio “Chebó” Cortijo y a José Manuel “Papo” Tous en evocación del Isla Verde amado de nuestra adolescencia.

Será Otra Cosa-Hablar es liberar

Ilustración Mya Pagán

 

 

Especial para En Rojo

Se pueden decir muchas cosas sobre ser independentista pero, para mí, una de las principales es que esta tarea conlleva una actuación perenne. Cuando digo ser independentista, me refiero a la independencia política de Puerto Rico, pero también a todo lo demás: a ser feminista, a ser antiracista, defensora de derechos humanos, porque, ser independentista debe ser luchar por muchas independencias, confrontar todas las opresiones posibles. Entonces, ser todo esto que somos es estar siempre en una especie de teatro invisible1 predicando la palabra sin que se note, como si fuera un asunto casual (aunque a veces se nota bastante). Por ejemplo, en la fila del supermercado, en las llamadas de servicio al cliente, en conversaciones de sobremesa, en reuniones. Yo siento que siempre estoy en papel, acechando al prójimo con mi lenguaje y comentarios aparentemente inofensivos, con el fin de convencer, o al menos lograr inclinar a alguien hacia una revolución independentista.

Días como hoy, siento que puedo afrontar y resistir casi cualquier cosa en este país (esto es una hipérbole suelta para llegar a otro lugar). Excepto escuchar a gente que una sabe o presume es independentista, hablando como si ya se hubiesen asimilado (y ojo que en proceso de asimilación estamos todas. Por algo a esto que nosotras hacemos se le llama resistencia). Una del enemigo espera cualquier cosa pero, cuando viene de tus pares, es más difícil digerir el quiebre de nuestro reparto colectivo.

Últimamente he escuchado a varias personas que presumo independentistas, incluso periodistas, refiriéndose a los estados aquellos como lo “nacional”. Me parece que están repitiendo los términos que ellos usan allá para sus asuntos, que por supuesto muchas veces se mezclan con los nuestros. Pero si usted le llama a aquello, lo “nacional” (televisión “nacional”, por ejemplo, para referirse a los programas de allá desde su lugar acá), lo que está implícito es que usted perdió entonces su nación, o al menos su lucha por el reconocimiento nacional de su país, que no dudo es Puerto Rico.

De muy pequeñita, fue mi madrastra y entonces segunda mamá, Honelly Gómez, quien no sólo me enseñó a escribir sino que enunció por primera vez que yo sería escritora. Pero siempre recuerdo cómo el mundo se me expandió de forma casi inimaginable cuando, a mis 20 años, aprendí a escribir por segunda vez. Eso ocurrió aquí en Claridad y debo admitir que, aunque ya mi padre, fundador de este periódico, no trabajaba oficialmente en el semanario, él fue uno de los que me dio la gran lección que hoy reconozco como la del lenguaje para la liberación. Y quiero compartir tan solo un par de ejemplos con ustedes a modo de repaso y renovación de lealtades y compromisos. Hago la salvedad de que, obviamente, vamos a confrontar contradicciones y paradojas siempre dentro de nuestra situación colonial. Y a veces hará falta echar mano de una gran creatividad, flexibilidad o incluso habrá que tomar malas decisiones para asumir esas contrariedades. Lo que importa es utilizar siempre el lenguaje más revolucionario posible porque hablar es liberar.

  1. Local, nacional: Estas palabras pueden ser muy delicadas en el contexto colonial pero jamás una persona independentista debe referirse a Puerto Rico como lo “local” en relación a Estados Unidos. Mucho menos debe referirse a Estados Unidos como su nación o a los asuntos de ese país como los temas nacionales, a menos que no se esté implicando a Puerto Rico en ello. Es decir, si Puerto Rico o usted como persona de este país está envuelta en la conversación, usted no dice “eso lo vi en televisión nacional”. En todo caso, podría decir “eso lo vi en una cadena nacional de Estados Unidos”. Todo lo relativo a EEUU es estadounidense, norteamericano, anglosajón, usted escoge. Lo referente a Puerto Rico no es “local” porque nuestro archipiélago no es una municipalidad más. Local es lo municipal, lo referente a Adjuntas, por ejemplo, eso es “local”, pero siempre en relación a Puerto Rico. Si necesito hablar de nuestro país en relación a Estados Unidos, me permito utilizar “estatal”, a diferencia de lo federal. A veces incluso hablo de nuestra jurisdicción pues, aunque no me guste, tampoco puedo borrar la relación colonial evidente. Pero lo más importante es que, si Puerto Rico es su nación, lo nacional debe ser lo puertorriqueño. Es fácil. Si EEUU no es su nación, no hable como si lo fuera.
  1. Ideología estadista: Mi padre me prohibió esa frase casi desde mi primer día en Claridad. La estadidad, me dijo, no es una ideología, no se fundamenta en las ideas. No recuerdo exactamente su explicación pero creo que quiso decirme que el anhelo de la estadidad se basa en el miedo, el clientelismo y la dependencia y ninguno de estos conceptos pueden conformar una ideología sino todo lo contrario. De hecho, no sé ahora, pero en Claridad se promovía que no usáramos la palabra estadidad sino anexionismo. Supongo que suena más vulgar, menos razonable y diplomático (después de todo, la estadidad proviene del estado, que se supone sea un concepto más o menos honroso), bastante más rastrero.
  1. “Los Estados Unidos”: Esto lo dice medio mundo y me causa verdadera repulsión. El artículo determinado “los” sugiere exclusividad. La forma correcta es decir “Estados Unidos”, sin sugerir exclusividad alguna. Pero hay una forma de utilizar el “los” si lo prefiere: al decir “los Estados Unidos”, asegúrese de indicar a cuál Estados Unidos se refiere, si a los “Estados Unidos de América» o a los “Estados Unidos Mexicanos». Ahí no habrá problema pues está especificando el país, y no está presumiendo la noción implícita de superioridad que exhibe cuando se refiere al primero sin especificarlo.
  1. Ciudadanía de “segunda”: Parece mentira que haya que decir lo obvio pero si usted habla de la “ciudadanía americana de segunda clase” de las personas de Puerto Rico, usted necesita un baño de descolonización urgente y profundo. En primer lugar, la ciudadanía americana no es tal cosa. Las personas de Puerto Rico no somos ciudadanas americanas. Somos sujetas coloniales con pasaporte americano, que es muy distinto. Lo que sí tenemos, además, es ciudadanía puertorriqueña. En efecto, esta no es de “primera clase” todavía porque vivimos en un estado colonial y eso es deplorable, pero esa ciudadanía es la única que responde a nuestro origen nacional y, por tanto, es más legítima que la americana. Ni nuestra dignidad ni la de ningún otro pueblo emana de la ciudadanía que nos otorgue o no un imperio supremacista como Estados Unidos. Nuestra opresión no puede resolverse convirtiéndonos en nuestro opresor. Pensar lo contrario es racista y es supremacista. Así las cosas, esa supuesta “ciudadanía” no resolverá nuestro problema aún si se convierte en una verdadera ciudadanía de “primera clase”. Así las cosas, tener una supuesta ciudadanía americana de “segunda categoría” no es realmente el problema y mucho menos la solución.

Es urgente repasar el lenguaje de nuestra propia liberación. En eso, tengo que decir que Periódico CLARIDAD ha jugado un rol central, no sólo en mí sino en el País. Fue aquí donde se le empezó a llamar selección nacional a los equipos puertorriqueños, algo en torno a lo cual no existe duda ni incertidumbre alguna. Por eso dedico esta columna a CLARIDAD escuela, a CLARIDAD, la hacedora de palabras y a CLARIDAD activista, en este mes en que celebramos sus 64 años de existencia.

1Lo del teatro invisible lo aprendí de Maritza Pérez Otero, quien puso a mi padre, Juan Mari Brás, a actuar en esa modalidad una vez en la Facultad de Derecho Eugenio María de Hostos. Otro día haré ese cuento.

Claro de poesía- Como un ala de murciélago apoyado en la brisa

Especial para En Rojo

En el ciento diez aniversario del natalicio del poeta dominicano Pedro Mir (1913-2000), conviene volver a su obra y recordar su grandeza. La obra de Mir está entre las más altas creaciones de la poesía en nuestra lengua. De manera inexplicable, Mir suele ser el gran ausente en las antologías históricas de poesía latinoamericana. Fuera de la República Dominicana, su obra solo ha sido debidamente justipreciada en Puerto Rico, Cuba y México. Activo en la década del treinta con una poesía de marcado acento social, Mir se exilia en Cuba en 1947 por su abierta oposición a Trujillo. En 1949 publica su poema más memorable “Hay un país en el mundo”, un canto desgarrador contra la secuela de la primera invasión de Estados Unidos al territorio dominicano en 1916, y lo que ello implicó para la vida del dominicano de a pie. Mucho antes que Fanon, y desde la poesía, Mir abordó las paradojas de la descolonización y el neocolonialismo en el contexto del Caribe, subrayando particularmente el paso de formas precapitalistas de agricultura, como las tierras comuneras, a una agricultura industrial. Por si fuera poco, en su obra, esta aguda crítica al capitalismo a la norteamericana viene aparejada de un lenguaje poético incomparable.

Hay un país en el mundo

Hay

un país en el mundo

colocado

en el mismo trayecto del sol,

Oriundo de la noche.

Colocado

en un inverosímil archipiélago

de azúcar y de alcohol.

Sencillamente liviano,

como un ala de murciélago

apoyado en la brisa.

Sencillamente claro,

como el rastro del beso en las solteras antiguas

o el día en los tejados.

Sencillamente

Frutal. Fluvial. Y material. Y sin embargo

sencillamente tórrido y pateado

como una adolescente en las caderas.

Sencillamente triste y oprimido.

Sinceramente agreste y despoblado.

 

En verdad.

Con tres millones

suma de la vida

y entre tanto

cuatro cordilleras cardinales

y una inmensa bahía y otra inmensa bahía,

tres penínsulas con islas adyacentes

y un asombro de ríos verticales

y tierra bajo los árboles y tierra

bajo los ríos y en la falda del monte

y al pie de la colina y detrás del horizonte

y tierra desde el cantío de los gallos

y tierra bajo el galope de los caballos

y tierra sobre el día, bajo el mapa, alrededor

y debajo de todas las huellas y en medio el amor.

Entonces

es lo que he declarado.

Hay

un país en el mundo

sencillamente agreste y despoblado.

 

Algún amor creerá

que en este fluvial país en que la tierra brota,

y se derrama y cruje como una vena rota,

donde el día tiene su triunfo verdadero,

irán los campesinos con asombro y apero

a cultivar

cantando

su franja propietaria.

Este amor

quebrará su inocencia solitaria.

Pero no.

Y creerá

que en medio de esta tierra recrecida,

donde quiera, donde ruedan montañas por los valles

como frescas monedas azules, donde duerme

un bosque en cada flor y en cada flor de la vida,

irán los campesinos por la loma dormida

a gozar

forcejeando

con su propia cosecha.

 

Este amor

doblará su luminosa flecha.

Pero no.

Y creerá

que donde el viento asalta el íntimo terrón

y lo convierte en tropas de cumbres y praderas,

donde cada colina parece un corazón,

en cada campesino irán las primaveras

cantando

entre los surcos

su propiedad.

Este amor

alcanzará su floreciente edad.

Pero no.

Hay

un país en el mundo

donde un campesino breve

seco y agrio

muere y muerde

descalzo

su polvo derruido,

y la tierra no alcanza para bronca muerte.

¡Oídlo bien! No alcanza para quedar dormido.

En un país pequeño y agredido. Sencillamente triste,

triste y torvo, triste y acre. Ya lo dije

sencillamente triste y oprimido.

 

No es eso solamente.

Faltan hombres

para tanta tierra. Es decir, faltan hombres

que desnuden la virgen cordillera y la hagan madre

después de unas canciones.

Madre de la hortaliza.

Madre del pan. Madre del lienzo y del techo.

Madre solícita y nocturna junto al lecho.

Faltan hombres que arrodillen los árboles y entonces

los alcen contra el sol y la distancia.

Contra las leyes de la gravedad.

Y les saquen reposo, rebeldía y claridad.

Y los hombres que se acuesten con la arcilla

y la dejen parida de paredes.

Y los hombres

que descifren los dioses de los ríos

y los suban temblando entre las redes.

Y hombres en la costa y en los fríos

desfiladeros

y en toda desolación.

Es decir, faltan hombres.

Y falta una canción.

 

Procedente del fondo de la noche

vengo a hablar de un país.

Precisamente

pobre de población.

Pero

no es eso solamente.

Natural de la noche soy producto de un viaje.

Dadme tiempo

coraje

para hacer la canción.

(fragmento)