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Campamento Pelícano firme contra la privatización de nuestros recursos

"Tiene una mentalidad de hacendado, y la parte de la construcción de las casas está en proceso"Foto: Alina Luciano/ CLARIDAD

 

CLARIDAD

ccotto@claridadpuertorico.com

Desde el 2018, diversos grupos de ciudadanos de Aguadilla han estado denunciando la construcción ilegal y la apropiación de bienes de dominio público en el litoral costero de Aguadilla que alberga el antiguo muelle de azúcar y la Cueva las Golondrinas. Esta apropiación ilegal es obra del “desarrollador” Carlos Román González con su proyecto Cliff Hotel & Country Club.

No fue hasta el reciente mes de enero que los activistas decidieron levantar el campamento Pelícano al ver que los trabajos de la construcción continúan a pesar de la orden del Departamento de Recursos Naturales. “Hace meses, el Departamento de Recursos Naturales emitió una orden de demolición y de paralización de la construcción en general porque no se hizo un manejo de escorrentías adecuado y porque  no se supone que los permisos abarquen para un proyecto tan grande como este”, expone el joven Alvin Alejandro Ortiz, uno de los activistas del campamento.

El  campamento Pelícano se encuentra en los límites que la empresa de Román González, Aguadilla Pier Corporation,  ha impuesto a pasos del antiguo muelle de azúcar en lo que antes era la vía franca que llegaba hasta el muelle y permitía recorrer toda la costa de la playa hasta Crash Boat. En otra acción cuestionable, apostados antes de ese portón, hay Policías Municipales que no permiten que los carros pasen y hay lo que aparenta ser otro campamento de Policías Municipales frente al portón. Estos tienen la clara encomienda de que nadie que no tenga que ver con Aguadilla Pier acceda al sector. En la visita de CLARIDAD se contaron aproximadamente 15 guardias.

“El hombre hizo lo que le dio la gana. Se apropió de un camino vecinal que está registrado hace más de 100 años y que la gente lo utilizaba para correr bicicleta y llegar hasta la playa, tapó lo que era el camino del tren, el camino vecinal, y se apropió incluso de una parte de la servidumbre de paso del alcantarillado de Acueductos”, describió Alejandro Ortiz.

El proyecto de construcción de 86 apartamentos de Román González sí constituye la privatización de la playa y de todo el sector de la cueva. De hecho, ya no se puede pasar a esa parte de la costa de Aguadilla, entre el almacén de azúcar al área de Crash Boat ni a la cueva, a no ser que sea por mar.

Alejandro Ortiz explicó que es irónico porque el “desarrollador” pidió unos permisos para una construcción de un complejo de vivienda; sin embargo, se ha enfocado en crear algo parecido a una hacienda sobre la cueva. “Tiene una mentalidad de hacendado, y la parte de la construcción de las casas está en proceso. Ahora mismo, continúa la destrucción de lo que queda del mogote para hacer las casas. Hay partes en que uno ve de la diferencia del terreno, unos 30 o 40 pies de altitud.  Lo que están trabajando ahora mismo es eso,  aun teniendo una orden de paralización. Se supone que no estén haciendo nada”, reiteró.

La orden de demolición que emitió el Departamento de Recursos Naturales y Ambientales (DRNA) en mayo del 2022 se refiere a la construcción del gazebo y el potrero sobre la cueva. Agregó que con la construcción se instaló grama, por lo que la  cueva se ha visto afectada al no percolar el agua. La falta de agua en la cueva tiene repercusiones en el ecosistema y daña, no solo los  nidos de las aves,  sino también los de arañas y a la boa puertorriqueña, que se trepa en las estalactitas en el techo para cazar y buscar presas.

Se supone que sobre una caverna no se construya por el peligro de que el peso de las personas y los vehículos pueda provocar que colapse. Además de la construcción ilegal del gazebo y el potrero, el desarrollador removió terreno de la zona cársica para rellenar el terreno de la construcción, que incluye  un campo de golf. “Ahora está coqueteando con la idea de hacer una zona de carga y descarga de combustible para aviones y hacer un tipo de muelle para cruceros”, denunció.

El joven historiador e investigador, quien estuvo presente el día de las agresiones a los manifestantes por parte de la guardia privada SJA Security Police, también ha presenciado cuando funcionarios, ingenieros y agrimensores del DRNA en más de tres ocasiones, así como arqueólogos del Instituto de Cultura Puertorriqueña (ICP) han intentado visitar la zona para  verificar las colindancias de la ZMT y del resto de los colindantes.  La guardia de seguridad privada no le permitió el acceso a ninguno de estos funcionarios gubernamentales y les exigió una orden judicial para el acceso.

“Al proyectista Carlos Román le permitieron hacer unas reparaciones luego de los huracanes Irma y María y luego comenzó hacer movimientos y terminó apropiándose de la ZMT, de terrenos públicos, la parte del camino vecinal, y tomó parte de la colindancia de algunos vecinos. Si se permite el proyecto,  se privatiza el acceso a la playa pública y el otro sector de la cueva. Aquí tenemos mariposas, aves endémicas del área, algunos animales en peligro de extinción, como el pelícano pardo, cuya población ha disminuido de 300 a 50 ahora tras el inicio de la construcción”.

Mientras, el Campamento Pelícano continúa firme. “Ya hemos hecho varias actividades  educativas y culturales para llevar el mensaje de la necesidad de preservar, además de los recursos naturales, la economía local y el ambiente”, concluyó.

 

Mirada al País: Encuentro entre latinos; solidaridad y microagresión

 

Especial para CLARIDAD

Era un día rutinario. Me encontraba entrando a la estación de Subway en la esquina de la calle 149 y la Avenida Grand Concourse en el Bronx. La estación queda casi debajo del Hostos Community College, uno de los recintos de CUNY y el recinto protagonista de una revuelta de estudiantes que lo tomaron rehén hasta que lograron que se aceptaran algunas medidas antirracistas y antipobreza.

Justo al pasar el punto de pago, se me acercan dos señores, uno alto y negro, otro más bajo que pensé pudiera ser mexicano le acompañaba. “Do you speak Spanish? Sí, le contesté. “que bueno, yo sé inglés pero prefiero hablar en Español, confío más.” Yo también prefiero hablar en Español, le contesté. ¿Eres de Puerto Rico verdad? Sí le dije, y ustedes de donde son? Yo soy Cubano, ya sabes lo que dicen somos las dos alas del pájaro, me contestó mientras juntaba ambos brazos en un esfuerzo por hacerles parecer alas de pájaro. Así mimo dicen, le dije. “Y este es venezolano.” Les dije el consabido, mucho gusto y nos estrechamos las manos.

“Quería preguntarle que tren puedo coger para la 125 para cambiar al 6, es aquí.” Sí, en esta misma plataforma coges el 4 y en dos paradas estás en la 125. Al cruzar la misma plataforma está el 6, es mi ruta, nos podemos ir juntos, invité. “A que bueno, mira ahí llega el tren.” Abordamos el tren, que estaba lleno, así que íbamos los 3 de pie, agarrados del tubo que ponen para eso mismo. Miré a mi alrededor, 40% teníamos máscara, el 60% no, incluyendo mis  dos interlocutores. Recuerdo que al principio asumí que iban hacia Manhattan y les pregunto, ¿Ustedes van a Manhattan o regresan para el Bronx? No, regresamos es que vamos para Westchester y es mejor ir a la 125 y ahí coger el 6.  Ahh, pues no lo pueden coger en la misma plataforma tienen que subir las escaleras a la plataforma de arriba. En eso el tren se detiene en la 138 y Grand Concourse, y recobramos la señal de teléfonos por el tiempo que tome que pasajeros salgan y entren al tren. El teléfono del cubano (no voy a poner los nombres) suena y lo contesta, “dime rápido que cuando el tren arranque se pierde la señal de nuevo” le escucho decir. Mientras habla el cubano al teléfono, el venezolano lo señala y con voz y mirada burlona me dice para que el cubano escuche, “ese es el marido que lo está llamando.” Me quedé serio. El cubano engancha y el venezolano le dice, “le dije que ese era tu marido llamándote.” Sigo serio. El cubano le contesta “que carajos te pasa, de que hablas, yo no tengo nada de maricón” mientras se pasa la mano a lo largo del cuerpo, imagino que pensando que su ropa y cuerpo son incompatibles con la palabra maricón. El venezolano se ríe, yo me quedo serio, he hablado ya de esa búsqueda de ratificación masculina en el chiste homofóbico, que utilizan tan bien los Latinos y que no es inocente porque fuerza al interlocutor a reírse e identificarse con el chiste so pena de que le digan maricón a él también. Me dio tristeza. El cubano exclama, “viste, ahora asustaste al hombre y está callado, no habla.” Bueno, lo que pasa es que el marido lo puedo tener yo contesto. El venezolano se queda serio, el cubano abre la boca “¿en serio, nos estás jodiendo.? Lo miro a los ojos sin hablar. Entonces se disculpa y dice, “nosotros no somos así, no juzgamos a nadie” el venezolano dice “yo lo dije en broma.” Entonces el cubano dice, yo te respeto y te admiro por decirlo (si, un poco condescendiente.)

En ese justo momento el tren reduce la velocidad y el cubano me dice “en serio no quería decir nada malo.” Le digo, realmente no hay problema mano. Recuerda que tienen que subir a la plataforma de arriba. El cubano se sentía más mal que el venezolano, inexplicablemente eso me hacía sentir mal a mi. Al comenzar a entrar al tren local, siento una mano en mi hombro, miro atrás, y es el cubano, diciéndome “dedicate a ser feliz, tú te lo mereces, y no dejes que nadie te diga lo contrario.” Me pareció tan paternalista como genuino. La lectora a lo mejor no entiende lo que digo, pero no sé como mejor describirlo. Le sonreí y le dije, gracias.

Entro al 6 y me siento, está casi vacío, al menos hay más gente con máscara que sin máscara. No sé si chequeo el uso de máscaras en el tren por curiosidad, costumbre, o preocupación real. Me siento en una fila que está toda vacía. Entonces comienzo a procesar el encuentro con dos Latinos, iguales que yo, que comenzó con un acto de encuentro y solidaridad, pudimos hablarnos y conversar en nuestro propio idioma. Decir de donde somos, hablar del frío, de direcciones, nada trascendental, y despedirnos todos con una sonrisa amplia, a continuar el día un poco recargados de energía, en una ciudad, muy fría, a veces inhóspita, siempre racista. En vez de eso, las sonrisas de despedida no fueron plenas. No hablo solo de mí, no quiero ser injusto, ellos dos, sobre todo el cubano, se sintieron mal también. Las palabras del cubano, aunque sumamente paternalistas y condescendientes, fueron genuinas, él quería hacerme sentir mejor, y claro sentirse mejor el también. Me hubiera gustado que el viaje hubiera sido más largo, que hubiéramos conversado más lo que pasó. A lo mejor le hubiera podido decir que vivo orgulloso y nadie me dice como vivir, que la homofobia como el patriarcado son terribles, pero que debemos apreciar los puntos de encuentro, y que aun cuando fueran homofóbicos podíamos conversar y extrañar nuestros países, y darnos la mano y hablar en Español. Pero que no toleraría ser chiste o burla de ellos y que deben reconocer que existimos muchísimas hermanas y hermanos Latinos de todas las orientaciones sexuales e identidades de géneros, y que no somos el enemigo, que es mucho más lo que nos une que nos separa. Y posiblemente ellos también hubieran compartido su parecer y explicado mejor cuan buen intencionado era el “chiste,” o que se yo, pero los trenes, el trabajo, en direcciones opuestas nos separaron.

Pienso también que en otro tiempo yo hubiera insultado al contestar y les hubiera retado. Trato de entender por qué no lo hice esta vez. Pienso que estoy viejo, cansado, y hay que escoger las peleas y que todas estas diferencias no deben ser excusa para que no haya solidaridad, que nosotres no somos el enemigo, pero que tampoco tienen que ser ellos, que los enemigos son la homofobia y el patriarcado, no necesariamente Juana y Juan del pueblo. Es mucho más fácil escribirlo que practicarlo, y posiblemente no sea una receta para toda la munda. Pero ahí estoy yo, sorpresivamente, esta no fue una respuesta habitual mía. Les dejé saber que su chiste no me daba gracia, pero no quise cerrar la puerta. Ya veremos cómo me va.

Un jurado implacable

CLARIDAD

Ahora mismo, tras el último desarrollo en el tribunal de la calle Chardón, los imputados por corrupción que estaban decididos a enfrentar las acusaciones en un juicio plenario deben estar reevaluando su estrategia legal. En ese grupo están la exlegisladora Milagros Charbonier, el exalcalde guaynabeño Ángel Pérez y la exgobernadora Wanda Vázquez, quien todavía se canta inocente y continúa con poses de madre protectora desde las redes sociales.

La reevaluación se les impone tras el veredicto de culpabilidad que un jurado dictó contra el tal “Sixto George”, un productor de los medios vinculado a la administración de Ricardo Rosselló. Previo al dictamen, casi la totalidad de los abogados que opinaron en la prensa o en las redes sociales coincidían en la poca solidez de la evidencia que desfiló durante el juicio, que podía dejar dudas sobre alguno de los elementos del delito. Además de esas lagunas en cuanto al requisito probatorio, estaba la pobre imagen que proyecta la alegada “víctima” de la extorsión, Anthony Maceira, miembro destacado de aquel chat de horrores que provocó el colapso del gobierno. Junto a todo eso estaba el hecho de que durante la alegada extorsión, el jefe de Maceira, Rosselló, utilizó los servicios del extorsionador y, más adelante, hasta firmó un nuevo contrato con él. En medio de ese pantano no era descabellado pensar que el jurado podía negarse a condenar a uno solo de los que allí chapoteaban.

A pesar de todas esas consideraciones, al jurado le tomó muy poco tiempo llegar a un veredicto unánime de culpabilidad en todos los cargos. Contrario a los “expertos” el jurado tan solo vio a un corrupto más sentado en el banquillo y se apresuró a mandarlo a la cárcel.  Las sutilezas legales las dejaron para que se diluciden en un futuro proceso apelativo.

Sobre los jurados que se seleccionan en el tribunal federal que opera en Puerto Rico se ha escrito mucho y casi todos los estudios apuntan hacia su limitada semejanza con la sociedad puertorriqueña. El elemento que sobresale en los análisis es el requisito de dominio del inglés para poder ser seleccionado como miembro del jurado, algo que, de entrada, excluye a la mayoría de los boricuas.

Independientemente de esa realidad hay otro hecho que repercute en las consideraciones de un jurado y explican sus veredictos: el hartazgo de todo el pueblo con la corrupción pública. Aun cuando la inmensa mayoría de la corrupción que se produce en el gobierno colonial queda impune, los actos que se han descubierto en las últimas décadas han sido lo suficientemente escandalosos para colmar la paciencia de la mayoría de la gente. Muchos de los funcionarios públicos electos prometen “cero tolerancia a la corrupción” y nunca cumplen, pero el pueblo puertorriqueño ya llegó a ese nivel cero desde hace mucho tiempo. Por eso, no importa cuál sea el grupo social que quede representado en un jurado, entre los seleccionados siempre prevalecerá un rechazo visceral a la corrupción en el gobierno.

Tal vez en un procedimiento apelativo, los jueces que se sientan en Boston -que con excepción de uno no son puertorriqueños, y no sienten el calvario del pueblo ante el robo perpetuo- cambien lo que decidió el jurado recurriendo a algún tecnicismo legal. Eso está fuera del alcance de los doce boricuas que se expresaron, quienes se limitaron a actuar según sus conciencias.

En los últimos años, la única excepción a esa implacabilidad del jurado ocurrió en el caso del exgobernador Aníbal Acevedo Vilá, hace poco más de una década. En esa ocasión la unanimidad del jurado fue para decretar la absolución. Hay, sin embargo, una gran diferencia entre el proceso que enfrentó Acevedo y los que se dieron antes o vinieron después. En primer lugar, las imputaciones de aquel caso no se relacionaban con las actuaciones del acusado como gobernador ni con el uso de fondos públicos. Lo que estaba en disputa era el uso de fondos de campaña cuando Acevedo fue candidato a Comisionado Residente. En segundo lugar, aquel caso fue ejemplo de la extrema politización de la fiscalía federal durante los años en que estuvo dirigida por Rosa Emilia Rodríguez, quien siempre fue cercana al Partido Nuevo Progresista. Era un caso muy débil que la fiscalía presentó porque se trataba de un gobernante vinculado a otro partido.

El caso recién concluido era muy distinto al de Acevedo y muy parecido a los otros que se han dilucidado en el tribunal de la Chardón. Allí estaban presentes contratos pagados con fondos públicos de hasta $23 mil mensuales que el acusado quería mantener a cambio de tratar de limpiarle la podrida imagen de un gobernador en problemas. En casos como ese el jurado no perdona.

Los que están fila son de la misma calaña. La representante Charbonier robaba dinero de la Cámara de Representantes por conducto de empleados, el exalcalde de Guaynabo se quedaba con una comisión de los contratos municipales y la exgobernadora Vázquez no tuvo reparo en poner una agencia reguladora al servicio de un mafioso. Todos ellos tal vez siguen soñando con que algún tecnicismo o la maestría de ciertos abogados los salve. Ahora la reevaluación se les impone.

 

 

Mirada al País: Sindicato y sociedad

 

Especial para CLARIDAD

El sindicalismo, como la sociedad a la que pertenece, se sostiene en un trípode compuesto por la organización, el diálogo y el bien común. La organización se ha concretizado en la formación de uniones de asalariados; el diálogo, aunque admite diversas formas, ha estado protagonizado por la negociación colectiva; y el bien común ha transitado entre las reivindicaciones en el taller y los intereses de clase que, por definición, resumen objetivos más inclusivos.

La fragua en la que se forjaron los sindicatos fue la Revolución Industrial. Con ella los antiguos talleres artesanales cedieron ante las grandes fábricas con colectivos de trabajadores. Se hizo evidente la asimetría en poder y la desigualdad material entre el poseedor del capital y el dueño de la fuerza de trabajo. Cobró fuerza la agenda de trascender el acuerdo o contrato individual para unirse y negociar colectivamente. Hubo algunos que pensaron que tales adelantos auguraban la conquista de una verdadera democracia obrera. Entre estos cabe destacar al economista clásico John Stuart Mill que en 1848 afirmó: “…si la humanidad continúa progresando, la forma de asociación que es de esperar predomine en definitiva no es la que puede existir entre un capitalista que actúa como jefe y un obrero que no tiene voz ni voto en la dirección, sino la asociación de los mismos trabajadores en condiciones de igualdad, poseyendo colectivamente el capital con el cual realizan sus operaciones y trabajando bajo la dirección de personas que ellos mismos nombren y destituyan”.

Dicha meta luce hoy tan distante como cuando se expresara hace ya 175 años. No obstante, hay que reconocer que a lo largo del siglo 20 no fueron pocas las conquistas sindicales sobre condiciones de trabajo y en torno a toda una serie de reivindicaciones relacionadas con licencias, vacaciones, compensaciones por accidentes, seguros médicos y jubilaciones, entre otras. Desafortunadamente, las buenas instituciones que muchos dan por sentado son frágiles. Aparte de que nunca han sido universales han estado constantemente asediadas. En tal asedio sobresale desde hace bastantes años el llamado neoliberalismo, doctrina que favorece al individualismo sobre la solidaridad, al espacio privado sobre el público y al dictamen del mercado sobre la búsqueda colectiva del bien común. Su alcance global ha incidido de manera generalizada en el debilitamiento de la gestión sindical y en la reducción de su densidad o por ciento de los trabajadores que están organizados.

Con el neoliberalismo han coincidido una serie de fenómenos – algunos tal vez no tan casuales – que han contribuido al debilitamiento sindical, sobre todo haciendo más difícil la función organizativa. Muchas innovaciones tecnológicas, por ejemplo, han hecho posible el trabajo a distancia, la descentralización y la organización de talleres más pequeños. La economía de plataformas se ha desarrollado a un ritmo extraordinario. A esto se suma la creciente sustitución del empleado regular por “contratistas independientes” o empleados por su cuenta.

Otro fenómeno es la multiplicación de identidades – raza, religión, partido político, etnia, género… — que, independientemente de la justicia que supone, puede significar el desplazamiento de la identidad de clase. Entonces los sindicatos pierden sus roles protagónicos y se ven obligados a desempeñarse, en el mejor de los casos, como actores de reparto.

Todo lo anterior, sobre todo las políticas neoliberales, se refleja en la ubicación de las plazas de trabajo: se reducen las públicas y aumenta el autoempleo.  Para el año 2008 el sector público en Puerto Rico sumaba alrededor de 300,000 empleos: 220,000 estatales (agencias y corporaciones públicas), 65,000 municipales y 15,000 federales. Al cierre del año 2022 los empleos públicos rondan los 200,000: aproximadamente 130,000 estatales, 50,000 municipales y 20,000 federales. El aumento de las plazas federales obedece básicamente al papel de FEMA luego de los huracanes y sismos.

El grueso del empleo, claro está, corresponde al sector privado. Pero no a las grandes empresas manufactureras ni a las grandes tiendas comerciales. De los cerca de 900,000 empleos que totaliza este sector más de 500,000 están ubicados en el heterogéneo conglomerado de microempresas y pequeñas y medianas empresas (PYMES). A estos se suman cerca de 200,000 clasificados como empleados por su cuenta. ¿Cómo organizarlos? Valga hacer constar que no se está tomando en cuenta al sector informal.

Para mucha gente el trabajo ha degenerado en instrumento más o menos precario para lograr cierta seguridad material. Compite con la adicción a la ayuda – única política económica de la presente administración gubernamental – sin que se advierta que la ayuda verdaderamente efectiva es la que, al traducirse en desarrollo sostenible, se hace innecesaria. Si cobra la forma de adicción refleja la debilidad del sistema y, como toda adicción, resulta debilitante.

Pero el trabajo no es meramente medio para acceder a “ropa, zapato, casa y comida”. Es fragua de identidades y de aprendizajes. Ayuda a estructurar la vida. Relaciona y une a  los seres humanos. Hace posible la profunda realización personal que nace de sentirse útil y de colaborar con otros en el servicio a la sociedad. Su dignificación, la superación de condiciones enajenantes, es tarea de todos, muy particularmente del sindicalismo.

Un sindicalismo fraccionado, dividido, circunscrito, como si fueran trincheras, a talleres cada vez más estrechos, no puede realizar tal tarea. Se requiere una verdadera fuerza unificadora, una legítima central reconocida por todos, con capacidad de organizar, formar y convocar. En su agenda podría destacar los elementos unificadores de toda la clase trabajadora – sectores público y privado, asalariados convencionales y empleados por su cuenta –, es decir, lo colectivo, lo universal, el bien común. Caben ejemplos como la necesidad de una educación pública, desde el nivel primario hasta el universitario, de calidad; la urgencia de un plan universal de salud; el imperativo de la regeneración ambiental y el creciente requerimiento de seguridad social inclusiva. ¿Difícil? Sí ¿Más fácil decirlo que hacerlo? Sí. Pero necesario.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En Reserva: Sobre Tercera estación de Carmen Hilda Santini

 

[El siguiente texto fue leído en la presentación del poemario Tercera estación celebrada en Casa Norberto el pasado 2 de febrero.]

Las múltiples lecturas del poemario más reciente de Carmen Hilda Santini, Tercera estación, inician desde el intento de desvelar el significado de su título.

Tercera estación (Publicaciones Gaviota, 2022) es el tercer poemario de la autora, siguiendo Código interior (Ediciones Huracán, 2015) y Cuarto de luna (Publicaciones Gaviota, 2017). Por tanto, el título, en parte, hace referencia a que esta publicación es la tercera parada en el recorrido poético, en el viaje poético, de la autora.

No es la primera vez que la autora reflexiona sobre el viaje en su poesía, ni tampoco la primera en que hace de la poesía un viaje. En efecto, es algo presente desde su primer poemario, incluso previo a la lectura del mismo. Me explico: en Código interior, en lugar de un “índice”, la página que indica el título de los textos y la enumeración de sus páginas tiene como único encabezado lo siguiente: “Los poemas navegan por las páginas en este orden”. La metáfora del viaje, en ese sentido, de manera constante se ha relacionado en la poesía de Carmen Hilda Santini con el acto de creación poética; en Código interior, para hacer referencia a la organización de los poemas dentro de la totalidad textual, es decir, en referencia a los poemas en el libro y al acto de lectura por el cual atraviesan los lectores en este poemario-mar.

En Tercera estación, sin embargo, la metáfora del viaje señalada en el título no hace referencia a la travesía de los lectores, o por lo menos no solo hace referencia a esta travesía, sino que también señala la navegación continua de la voz poética. Como tercer poemario, esta es, pues, la tercera parada de Carmen Hilda Santini en un discurrir poético sin destino final señalado o previsible.

Hay un elemento importante que debemos destacar. En un sentido estricto, no parecería ser correcto hablar de una “progresión” en este viaje. Cada nueva estación permite, también, mirar hacia atrás y absorber los trayectos de un proyecto poético todavía inacabado. Las nuevas estaciones no superan las previas, sino solo las continúan y amplían.

Pero la interpretación del título Tercera estación no se limita a la metáfora del viaje, pues “estación” no solo hace referencia a un lugar determinado en un discurrir poético, sino también a un momento. La palabra “estación” también tiene como acepción cada una de las cuatro partes en las que se divide el año (primavera, verano, otoño, invierno), siendo la tercera, por supuesto, el otoño. Las estaciones del año han servido desde los inicios de la poesía para designar las divisiones de la vida individual. El otoño, por tanto, hace referencia a una edad en la vida individual que precede la vejez invernal, pero prosigue la juventud, un momento transitorio en la vida, que resulta ser su propia metáfora de viaje. Quizás sea esta transitoriedad lo que permite que la voz poética se nos presente a la vez como una voz experimentada pero también rejuvenecida: “Lleva tiempo llegar a ser joven”, reza el epígrafe de Pablo Picasso que da comienzo a Tercera estación. Recuerda, también, a aquellos versos de Robert Allen Zimmerman, Premio Nobel de la Literatura del 2016:

Ah, but I was so much older then;

I am younger than that now. (“My Back Pages”)

De esta manera, a través de las variadas acepciones de “estación”, el título de este poemario conjuga lecturas asociados con el espacio (topos), pero también con el tiempo (crono), tanto a un nivel natural como a uno individual. A pesar de lo dicho, las acepciones, aunque simultáneas, no forman un cronotopo en el sentido riguroso del término, pues son lecturas continuas, paralelas, yuxtapuestas.

Tercera estación se divide en tres partes: “Travesía”, “Instantes” y “Huellas”. Quizás por las distintas sugerencias interpretativas del título, da comienzo el poemario con esta primera sección que continúa las distintas intuiciones sobre la importancia de la metáfora del viaje y del paso del tiempo. Leo el primer poema en su totalidad, titulado “El camino”:

 

No importa lo despacio

que se escurra el camino,

no importa si al pie

le da trabajo

separarse de su huella,

lo importante es dejar

que el ojo invente

el sentido del viaje.

Una huella sin recuerdo

se pierde en el camino.

Mas un recuerdo

en la huella

da la imagen

de un destino.

 Con este primer poema, no solo se continúa con la metáfora del viaje, sino que también se intuyen ya, subrepticiamente, la apertura y el cierre de este poema: camino y huella.

Pero sería errado pensar que esta primera parte, “Travesía”, mantiene sostenido este reflexionar abstracto de manera indefinida, pues rápidamente pasamos de lo abstracto a lo concreto con poemas en los que la voz poética recorre el paisaje de un país en crisis, en sufrimiento. Los poemas pasan a tener corporalidad en la medida en que la voz poética plasma en ellos rostros específicos, sujetos dolidos por el peso de la realidad precaria que vivimos. Y, sin embargo, no hay derrotismo, no hay quietud social en estos poemas, pues es desde este mismo paisaje y sus rostros que una transformación se hace posible, desde él nace, también, el cambio, como indican estos versos de “Sobre este suelo”:

 

Sobre este suelo golpeado

[…] todavía crece la esperanza

[…] el canto

nuevo traza su boceto

desde las cosas caídas

Del trato abstracto del viaje a la experiencia concreta de la crisis y su efecto en individuos, pasamos a la segunda parte de Tercera estación, “Instantes”. Esta es la más distintiva de las tres, pues concentra su atención en una relación social muy particular: la de una voz poética hija de una madre que pierde su memoria producto de una enfermedad degenerativa. Aquí, quizás, vuelve a cobrar fuerza la segunda acepción de “estación” que mencionamos arriba: el otoño de la voz poética contrasta con el invierno de su madre, un contraste que destaca una vida que perdura y otra cuyos recuerdos y pasado desvanecen. Pero este desvanecer hace más, y nos regresa a las palabras de Picasso, aunque desde un ángulo singular: no solo contamos con una voz poética rejuvenecida por la experiencia que produce la vida, sino también por las transformaciones que se dan en la mirada de la madre. Cito algunos versos de “Qué más de mí”:

Tus cuentos van y vienen

y siempre tengo en ellos

asignado algún papel.

Hoy fui la amiguita

de tu infancia,

ayer tu madre

y mañana seré tu prima.

Me multiplicaré en tu vida,

madre querida,

aunque ya no sepas cuánto gozo

cuando alguna vez que otra

me dejas todavía

ser tu hija.

Por la reflexión sobre la memoria y el pasado, “Instantes” está poblado por objetos del pasado (una estola verde, una variedad de flores, una canción) y por costumbres (la tradición de los Reyes Magos). Si en los poemas predominan los tiempos verbales en pasado y en presente, el poema final “Todo de ti me hará falta”, sin embargo, mira hacia el futuro.

Todo de ti me hará falta,

los espacios

que habitas y deshabitas,

tu voz guardada

en los sueños incumplidos,

la mirada perdida y encontrada,

el olor de tu cocina

siempre encendida,

tus manos dulces y trabajadoras,

la bondad y generosidad de tu alma,

la edificación que compone todo tu ser

lleno de comprensión y amor,

y así,

vestida de hija,

dejaré que corra el agua por mis mejillas

y se desborde,

para que se lleve todos los dolores

cuando tú no estés.

“Huellas”, la última parte del poemario, es, también, la más extensa. Cuenta con 30 poemas, lo que equivale a la suma de los poemas de las primeras dos partes. Es, quizás por eso, la de mayor variedad temática de Tercera estación: el paso del tiempo, la naturaleza, la historia no-vivida que se recupera a través del recorrido de espacios llenos de pasados, las amigas y las artistas que inspiran, el arte.

“Huellas” trae a la escena poética aquello que permanece en el pasar de nuestros cuerpos sobre este mundo, como salta a la vida en “Mis pies cansados”.

Sé también que las hojas secas

no son el árbol, pero narran

algo de su vida. Mis huellas

dicen más de mí que de mi pie.

Aporta, también, la mirada que mira hacia atrás, a la historia y a la experiencia personal, para reflexionar desde la madurez que permite, en palabras de la voz poética, la “tercera edad” que se aproxima. Leo, de “Tercera edad”:

Ahora que la tercera edad se aproxima

repaso los enigmas almacenados

en los estantes de mi memoria,

los signos del cuerpo

que el sol y la luna

han marcado sin discrimen,

converso con mis ojos

para ver si puedo

mirar una vez más

el tiempo pasado,

reconocer la esencia

de mi alma transformada

y renovada,

en fin

celebrar

la historia de mi vida.

En “Huellas”, a diferencia de “Instantes”, el tiempo verbal futuro no cobra fuerza hacia el final, sino que late a lo largo de esta sección, resuena como las mismas huellas de la vida y del pasado. Por eso resulta coherente el que finalice esta sección, y este poemario, con el uso del tiempo presente en versos que parecen hacer síntesis del ambiente general del libro, en el poema “Otra dimensión del tiempo”:

Las huellas

marcadas por suspiros,

tristezas y alegrías

siguen su camino.

Es tiempo,

la tercera estación

chispea puro gozo.

Luego de examinada la estructura de Tercera estación, vale la pena preguntarse: ¿qué le da unidad a estas tres partes?, ¿qué le da coherencia a Tercera estación como poemario? Si en Código interior, además de la búsqueda íntima, el espacio del litoral le servía como ancla poética al poemario, y en Cuarto de luna la coherencia la brindaba la escena nocturna que domina los poemas, ¿qué mantiene anudado Tercera estación? La respuesta es la voz. Los lazos que unen las distintas partes de este poemario son fruto de la experiencia vivida por la voz poética. Estas manifestaciones de vida, estas reflexiones poéticas, provienen de una voz que en su tercera estación ha acumulado estas vivencias que plasma poéticamente en estos textos. Estamos, en ese sentido, lejos de un proyecto poético que le da una voz particular e individual a cada poema, que hace cada poema un pequeño microcosmos. Tenemos, además, una voz poética con una identificación directa con la autora real. En ese sentido, Tercera estación es un poemario muy personal, íntimo, en el que la autora nos invita a recorrer parte de su vida con ella.