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Puerto Rico cumplió, pero podría no ser suficiente para llegar al mundial de baloncesto

Foto: Alina Luciano/CLARDIAD

 

Especial para CLARIDAD

El Equipo  de Baloncesto Nacional de Puerto Rico necesitaba de manera urgente dos victorias en la quinta ventana FIBA para mantenerse con posibilidades matemáticas de clasificar al Mundial de Baloncesto que se llevará a cabo a partir del 25 de agosto en Japón e Indonesia. Los boricuas llegaron a la ventana con marca de 4 ganados y 4 perdidos y era casi obligatorio ganar ambos partidos aquí en el Coliseo Roberto Clemente para mantenerse con alguna posibilidad de cualificar al mundial. Nuestra selección obtuvo victorias en ambos compromisos y dejaron su marca en 6 ganados y 4 perdidos con dos juegos por jugarse en febrero del 2023.  De la mano de Steven Thompson quien tuvo un juego excepcional contra Colombia anotando 22 puntos los boricuas ganaron el pasado viernes frente a los colombianos con marcador de 91 a 79 mientras que los lunes amparados en un gran juego de los jugadores que salieron del banco la selección logró remontar una desventaja de 13 puntos en el primer parcial y vencer a Uruguay 76 a 68 propinándole su quinta derrota de las ventanas, Así las cosas, estos son los escenarios:

Los nuestros jugarán dos partidos a finales de febrero frente a Brasil y Colombia en sus respectivos países de ganar ambos juegos aseguraría su pase al mundial. De perder un juego Puerto Rico  tendría que acabar con mejor marca que Uruguay y el mismo récord de México pues gozan del desempate frente a los aztecas, pero no frente a los uruguayos. Independientemente de lo que pase nuestro equipo ha mostrado un crecimiento grande como grupo con un núcleo joven que ya va dejando su huella a nivel FIBA.

Ahora enfrentarán su más grande reto para cualificar al evento más importante del deporte, si logran mantener el mismo grupo la posibilidad es real de no solo llegar al mundial sino hacer ruido en el mismo.

 

Apuesto a los míos

 

 

Respaldemos a los/as periodistas haitianos

 

Por iniciativa de la Red Internacional de Medios Populares y Peoples Dispatch, se está juntando firmas para una carta en apoyo a los periodistas haitianos que son objeto de violencia por parte de la policía y paramilitares. Este domingo periodistas y comunicadores se movilizaron en la capital Port-au-Prince para repudiar los asesinatos recientes…

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Nosotras y nosotros, un grupo de periodistas y medios progresistas de todo el mundo, condenamos los asesinatos y ataques contra los periodistas haitianos.

Durante los últimos cuatro años, el pueblo haitiano ha estado en las calles en una movilización casi permanente para exigir condiciones de vida dignas, el fin de la violencia y el fin de la injerencia extranjera en el país.

Estas valientes movilizaciones por la soberanía nacional y la democracia, así como las soluciones para salir de la crisis propuestas por el pueblo haitiano, han sido ignoradas por los principales medios de comunicación internacionales. Desde los países vecinos, estos medios se centran en denunciar el desorden, la violencia y la anarquía en el país, al tiempo que se niegan a cuestionar al gobierno de facto respaldado por Estados Unidos, que reprime, mata y silencia a toda la oposición y permite el crecimiento de las bandas armadas.

Los periodistas haitianos han estado en las calles enfrentándose a gases lacrimógenos, balas reales y violencia para contar estas historias vitales de lucha y resistencia para su pueblo y el mundo. Su heroico trabajo ha tenido un coste. Según la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), sólo en el último año, ocho periodistas han sido asesinados en Haití en las manos de la policía y paramilitares, mientras que decenas más han sido atacados, amenazados, criminalizados e intimidados.

El 5 de noviembre de 2022, Fritz Dorilas, copresentador de un programa de Radio Megastar «Le droit, la loi et la justice», fue asesinado cerca de su casa en el barrio de Tabarre, al noreste de Puerto Príncipe. Romelo Vilsaint, de Radio Télé Zenith, fue asesinado el 30 de octubre; Tess Garry, de Radio Lebon FM, fue asesinada el 24 de octubre; Frantzsen Charles, de FS NEWS, y Tayson Lartigue, de Tijèn Jounalis, fueron asesinados el 11 de septiembre; Maxihen Lazarre, de Rois des Infos, fue asesinado el 23 de febrero; Wilguens Louissaint, colaborador de varios medios digitales, y Amady John Wesley, de la emisora Écoute FM, fueron asesinados el 6 de enero de 2022.

Nos solidarizamos con el pueblo de Haití que sigue exigiendo soberanía, autodeterminación y democracia popular, y con los valientes periodistas que se juegan la vida para denunciar sus historias.

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Firmen la carta y compártanla con les integrantes de sus medios para mostrar nuestro apoyo y solidaridad!
https://forms.gle/2uMn9ixSsWcgY9Ni8

 

Homofobia en EEUU y Cuba: Olvidar la historia cuando interesa

 

Por José Manzaneda

 

En EE.UU., en los años sesenta, las relaciones homosexuales eran, a excepción del estado de Illinois, ilegales. Hasta bien entrada la década de 1970 no fueron derogadas en una veintena de estados las llamadas “leyes contra la sodomía”, que continuaron en vigor en otros 14 hasta el año 2003, cuando el Tribunal Supremo las abolió. En Idaho, por ejemplo, la “sodomía” podía implicar la cadena perpetua, y en Míchigan, 15 años de prisión.

Durante décadas, funcionó la Orden Ejecutiva 10450, que impedía a las personas homosexuales trabajar en el gobierno federal, así como ejercer profesiones como el derecho o la medicina.

El Servicio Postal de EE.UU. mantenía un registro de los domicilios que recibían material relacionado con la homosexualidad. Y, hasta 1990, el Servicio de Inmigración y Naturalización podía prohibir la entrada en el país de homosexuales extranjeros.

En los sesenta, las redadas policiales eran constantes. En 1964, el alcalde de Nueva York lanzó una campaña de detenciones masivas para “librar a la ciudad de bares gais”, que podrían “empañar” la imagen de la feria mundial que se iba a celebrar. Otras ciudades y estados siguieron esta cacería homófoba en bares, parques, playas o universidades de todo el país.

Por eso, resultó curioso que, cuando en junio de 2015, una sentencia del Tribunal Supremo de EE.UU. amparó en todo el país el matrimonio entre personas del mismo sexo, no leyéramos, en las noticias y reportajes de la prensa internacional, referencias a esta historia terrible de discriminación. Mucho menos que apuntaran al “régimen estadounidense” como responsable de las humillaciones, detenciones, acosos, cárcel, despidos o ingresos en hospitales psiquiátricos sufridos por miles de lesbianas, gays o personas transgénero.

Para las noticias sobre EE.UU. sobra el contexto histórico. No para las de Cuba. Para informar sobre la reciente aprobación del Código de las Familias que incluye el matrimonio igualitario, los medios nos martillean con que la Isla “durante décadas reprimió y marginó a los homosexuales”. Con una referencia obsesiva: las “unidades militares de ayuda a la producción”, campamentos agrícolas, sustitutorios del servicio militar, a los que, en Cuba, se enviaba a varones homosexuales. Estas UMAP fueron, sin duda, “una gran injusticia”, como dijo Fidel Castro, pero es preciso aclarar que fueron desmanteladas a dos años y medio de su creación, en 1965.

Pablo de Llano, excorresponsal en Miami del diario El País, publicaba uno más de sus reportajes tendenciosos contra Cuba, titulado “La historia no te absolverá”, en el que trataba en ensuciar y minimizar la importancia del citado código cubano. “Cuba aprueba el matrimonio gay, un avance que no borra la antigua represión castrista de la diversidad”, afirmaba.

Ni que decir hay que en ningún medio leeremos una comparación sobre las garantías legales que hoy tienen las personas LGTBQ+ en Cuba y EE.UU.

Mientras en la Isla el Código de las Familias y la nueva Constitución –aprobada en 2019– blindan sus derechos, en menos de la mitad del territorio de EE.UU. existe legislación que prohíba la discriminación por orientación sexual e identidad de género en el empleo o la vivienda, por ejemplo. Además, la aplicación y legalidad del matrimonio igualitario, en numerosos estados, aún pende del hilo de las decisiones judiciales cruzadas.

Conclusión: escuece que la Revolución cubana corrija errores del pasado y salde sus propias deudas históricas. Y, más aún, que lo haga en construcción democrática y colectiva. Que sigan sufriendo.

Reproducido de www.cubadebate.cu

Será Otra Cosa: Su rostro en el mío

 

Especial para En Rojo

El sábado cumplí 38 años. Una amiga me llevó al mar. De regreso al puerto salió un arcoiris. Quise tomarlo como una buena señal. Últimamente me cuesta mucho creer, y es difícil enfrentar la vida así. No creo que se trate de que haya perdido la esperanza. No es de eso de lo que hablo, sino de que ya no le encuentro sentido a muchas cosas, y caminar descreída, es casi como andar desprotegida; es el desamparo, la verdadera orfandad.

Estoy en ese momento de la vida en que subo el volumen de la radio para no escuchar a mis pensamientos, a esas voces que me hablan de mí como en tercera persona. No les puedo creer lo que me dicen, que estoy en un callejón sin salida, que el tiempo se me acaba, que nada ha valido la pena, que estoy sola, que no puedo seguir, que me detenga, que pare. No les puedo creer, porque si lo hago, dejaré de creer en mí definitivamente. Entonces subo un decibel más el volumen y me miro al espejo para ver si el reflejo de mi imagen (aunque sé que todo está en mi cabeza) me muestra algo diferente de lo que me dicen esas voces. Practico una sonrisa, tarareo una canción, me arreglo la blusa, me estiro la piel de la cara, me rasco los ojos, vuelvo y miro, y veo a mi madre.

Llevo puestos sus aretes. Ella se llevó los míos a la tumba. Aquél sábado en la capilla, solas por última vez después de aquellos meses juntas en que estuvo bajo mi cuidado. La veo en su féretro, dormida para siempre, vestida con el traje crema que habría querido ponerse en Navidad para una fiesta y que luego optó por otro bastante más colorido. La observé con detenimiento tratando de capturar su imagen nítida en mi mente. Me fijé en cada detalle; en sus manos delgadísimas, entrelazadas, que ya nunca jamás volverían a acariciarme, en la forma de sus uñas, en su nariz de tabique huesudo, en sus labios y pómulos, en la forma de su cara toda, en el contorno de su cuerpo, raíz de mi vida. Aquella había sido mi madre. En aquel minucioso, sereno y melancólico repaso final de su estampa, de constatación no solo de la muerte sino de la realidad total de la vida, de sus luces y de sus sombras, esas sombras  amargas que los optimistas como lo fue mi madre prefieren edulcorar (hablo del cristianismo, que siempre tiene un paraíso aguardando) me percaté de una frivolidad, de que a mi madre allí tendida muerta le faltaba algo, digo, algo más que la vida, por supuesto. No tardé en darme cuenta de lo que era. Le faltaban las pantallas. Las olvidé o mas bien no pensé en eso cuando fui por la mañana a llevar la «mortaja». Y no es que fuera realmente algo determinante, pero para mí en ese momento sí lo era. Quería verla por última vez como antes, llevármela viva en el recuerdo y ese recuerdo debía incluir a sus orejas adornadas con pantallas. Así que me quité las mías y se las puse. Cuando volví a casa me puse las suyas. Son los aretes que llevo en ese momento en que me miro al espejo procurando ver en mí algo que me ayude a desmentir mis pensamientos de ruina. Entonces la veo a ella, a mi vieja, en las líneas de mi rostro, en el contorno de mis ojos, en la fijeza de mi mirada, y me quedo fría, me aparto, bajo la cabeza como ocultándome a su vista. Recordé que ella, presumo que como toda madre o padre, en su último momento sólo deseaba que sus hijos fuéramos felices. Ahora ese recuerdo me daba gracia, pero en lugar de reir, lloré, quizá porque su petición me pareció la manera más irónica de echarle a perder la felicidad a alguien. Ella sabía que la alegría como tantas otras cosas no siempre es posible. No sucede lo mismo con el dolor, de ese nadie se escapa.

Mi angustia de hoy se acrecienta con la idea de que cada vez que estoy triste le fallo a mi madre muerta. Supongo que hizo bien su trabajo de enseñarme a creer. Supongo que eso es lo que hace la mayoría de las madres de Occidente, creer y enseñar a creer. A ellas se les exige cumplir con el ideal de ser buenas, esto es, de satisfacer a plenitud y a toda costa las necesidades de sus hijos y hacerlo sin lamentación, muchas veces al precio de la exigencia de ocultar la angustia que esta expectativa les pueda causar. De la madre se espera siempre que mire al futuro, ¿si no cómo echaría pa’lante a sus hijos? Me atrevo a pensar que son muchísimas las que fomentan en ellos la idea de un mejor mañana en el que por fin se les conceda la oportunidad de «sentar cabeza», idea que como advierte Jaqueline Rose en su libro Madres, habría que revisar, pues alude a un momento en que «la vida interrumpe su transcurso». Suponemos entonces que ese anhelo atenta contra el curso natural de la existencia misma del ser humano y la condición que a este le es propia. Es vernos ante esa ambición lo mismo que ante la exigencia de felicidad a toda costa, favoreciendo, una vez más, modelos de vida que no se corresponden con nuestra condición humana de seres racionales pero sobre todo de seres sensibles. Domesticar en exceso los impulsos vitales, las emociones, los deseos; pretender controlar el curso natural de la vida «sentando cabeza», acallando nuestra condición humana, se sabe que es una bárbara exigencia moderna que termina por añadir mayor sufrimiento a nuestras vidas porque no siempre podemos cumplir con lo que requiere.

Entonces, cuando me miro al espejo y mi imagen refleja con cada año que pasa un mayor parecido con mi madre, por un instante me espanto. Luego, me serena reconocer que de ella conservo mucho más que estos aretes. Tanto como a creer también me enseñó a cuidarme de no creer todo lo que me dice la mente, y a que en medio de la tempestad toca arriar las velas para sobrevivir. Eso intento. Vuelvo a subir el volumen para acallar las voces, pienso en el mar, que es misterioso como el alma humana, y me aferro a la promesa que hay detrás de un arcoiris.

 

En Reserva: The Human Voice de Pedro Almodóvar

Especial para En Rojo

The Human Voice (2020) es el primer cortometraje de Pedro Almodóvar, también su primer filme en inglés. En él se adapta La voix humaine (1930), obra teatral de Jean Cocteau, donde se narra la última conversación telefónica de una mujer con su examante. En el filme, otra mujer, interpretada por Tilda Swinton, espera a su amado junto a un perro, Dash, que inquieto no comprende que su dueño también lo ha abandonado. A partir de estos personajes, el director español reelabora el texto del dramaturgo francés y lo incorpora dentro de su imaginario fílmico.

La adaptación se forja principalmente a partir de tres mecanismos. Primero, en la aplicación de una paleta cromática dominada por el rojo, el azul y el verde. Segundo, en la selección de piezas de vestuario elaboradas por la casa de modas Balenciaga, que reinterpretan y reformulan la silueta femenina. Y, por último, en un juego especular, que cita y alude a otros filmes del catálogo del director manchego.

Reiterar la importancia del color en los filmes de Almodóvar es llover sobre mojado. Si bien en The Human Voice el uso de colores primarios acentúa el melodrama, también lo trasciende. Me explico. En 1861, el escocés James Clerk Maxwell utilizó los colores rojo, azul y verde, para proyectar las primeras fotografías a color. El proceso consistía en hacer tres fotos en blanco y negro de un mismo tema a través de tres filtros teñidos en uno de estos tres tonos. Luego, estas imágenes se proyectaban superponiendo los filtros, que a su vez creaban una sola imagen policroma. En 1905, William Friese-Green aplicó la técnica al cine. El inventor inglés teñía las imágenes en el rollo de película alternando con cada uno de los tres colores. Tanto las contribuciones de Maxwell y Friese-Green son el precedente de la revolución del color en el cine que se asocia a la compañía Technicolor (1917), cuyo mecanismo consiste en sustraer el exceso de intensidad luminosa de los colores que constituyen la luz blanca.

Considerando el uso del rojo, azul y verde en The Human Voice su aplicación a la imagen no solamente ofrece el ambiente idóneo para el melodrama, sino que son parte de una reflexión profunda del cine como arte y técnica. Si en Dolor y gloria (2019) el director jugaba con la autoficción para reflexionar sobre su proceso creativo, en The Human Voice el uso de colores se convierte en un homenaje a la historia del cine.

El vestuario del filme también permite trazar el uso de estos colores. La protagonista, que bien podría considerarse como una abstracción del tipo “chica Almodóvar”, se convierte en arquetipo a partir de la semiótica de su vestuario, caracterizado principalmente por el uso diseños monocromáticos de Demna Gvasalia, director de la casa Balenciaga. En las primeras escenas Tilda Swinton aparece en un vestido rojo, que destaca por las dimensiones de su crinolina, una falda amplia utilizada por mujeres acomodadas a lo largo del siglo XIX. La forma de campana de la falda alude al timbre del teléfono, objeto central tanto en el monólogo de Cocteau. Así, Swinton se convierte simultáneamente en caja de resonancia y badajo humano que produce una voz poética acotada por el lenguaje visual. El color rojo nos alerta del desbordamiento de la pasión y amor que siente la protagonista por su amante.

Luego, Swinton reaparece vestida en un traje negro. Este parece la versión desinflada de la crinolina. El vestido sintetiza el peso de la separación que sume a la protagonista en un estado de duelo. Del conjunto destacan el calzado de goma neumática cuya forma sigue el contorno de los dedos de los pies. Si bien el material sugiere movimiento, en la imagen parece que sus pies se han vuelto de piedra para subrayar el letargo de la protagonista. Una vez adentrados en la historia la protagonista reaparecerá en otra silueta, en un traje sastre en tono azul celeste sobre un tricot. Ataviada de este este modo saldrá a la calle para comprar un hacha en una ferretería. La estructura del traje azul parece proyectar una sensación de falsa estabilidad, es una máscara con la que esconde su ansiedad y depresión. Una vez de vuelta a su piso se volverá a vestir de rojo.

Al final de la historia Swinton reaparecerá vistiendo una chamarra de piel negra, una camisa satinada de tema floral donde domina el verde y un pantalón de lentejuela plateada. Vestida de este modo, fuera de las siluetas rígidas propuestas por Gvasalia, la actriz se despide de su amante mientras prende fuego al hogar que crearon juntos. La composición de este último vestuario, introduce al color verde a la paleta de colores del armario y lo evoca simbólicamente en el resurgimiento y florecimiento de la protagonista, que ha diferencia de la de Cocteau, decide salir y abrirse al mundo.

En suma, el vestuario no solo da cuenta del arco psicológico del personaje, sino que evoca a los tres colores empleados por Maxwell para la aplicación de color en el cine. Cada vestido monocromático ofrece una versión de la protagonista que al ser superpuestos simbólicamente ofrecen la imagen completa del personaje.

El cortometraje también condensa el cine Almodóvar. Un repaso por su catálogo fílmico revela que el director manchego ha adaptado el monólogo Cocteau en varias ocasiones. Dos ejemplos destacan. En La ley del deseo (1987) una escena de la obra de Cocteau se representa dentro del filme. Aquí también se utiliza el recurso del hacha, que la protagonista del filme, Tina Quintero, utiliza para destruir la casa de su amado. El hacha reaparecerá en The Human Voice para destruir la ropa que el amante ha dejado atrás. La cuña del hacha nos advierte sobre la importancia del vestuario en la historia. En Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988) la trama se desarrolla en un lujoso ático del centro de Madrid. Este evoca al apartamento localizado dentro de un estudio de filmación donde se desarrolla el cortometraje. En este apartamento, o casa de muñecas tamaño natural, encontramos a la protagonista del corto hablando por teléfono. Si en Mujeres al borde se presenta a Pepa sosteniendo el icónico teléfono rojo, que a su vez remite al de Cocteau, en The Human Voice el teléfono es sustituido por airpods, que le permiten a la protagonista moverse con soltura por el espacio que habita. El cambio del teléfono por airpods prefigura el final abierto de The Human Voice pues la protagonista no está atada a la línea del teléfono fijo que la ceñiría al espacio doméstico.

En última instancia, el cortometraje The Human Voice emerge simultáneamente como producto y proceso. Como producto, el filme difiere lo suficiente del texto original en un esfuerzo por crear una pieza que se inserta perfectamente en el propio lenguaje fílmico del director, mientras conserva las ideas fundamentales de la obra de Cocteau. Como proceso, la cinta se convierte en un acto de apropiación y rescate, que tratar de dar un nuevo sentido a la fuente original. Por lo tanto, la novedad da a esta adaptación su valor. En el caso de Almodóvar, la novedad radica en la intertextualidad que despliega, es decir, en su capacidad de dialogo con su propia obra y con toda una tradición cinematográfica que le precede.