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Puerto Rico independiente y soberano: una propuesta moderna, ecológica y solidaria para el siglo XXI

 

 

Especial para CLARIDAD

A un año de presentar el Plan B Independencia seguimos pensando ese Puerto Rico independiente y soberano. Pero es algo más que una transición política: necesita una transformación integral que convierta la independencia y plena soberanía en un proyecto de vida. La independencia y la plena soberanía no son solo un cambio de estatus; son la capacidad real de decidir—con instituciones democráticas, economía próspera, justicia ambiental y dignidad social—cómo se vive, qué se produce y cómo se logra la equidad social y económica. Para que ese camino sea viable y esperanzador, debemos construir un país con una economía prospera, ecologista, integradora y conectado con las luchas del Sur Global, en especial con el Caribe: luchas contra la explotación, contra el extractivismo, contra el racismo estructural, contra la discriminación y contra las economías diseñadas para beneficiar a otros.

La soberanía plena en Puerto Rico debe construirse como un ‘pacto de bienestar. Una ruta política acompañada de un modelo económico sostenible, una política social integradora y una agenda ecológica que coloque la vida, la equidad y los cuidados en el centro.

La discusión sobre la independencia y la plena soberanía de Puerto Rico suele reducirse a preguntas económicas inmediatas o a debates jurídicos sobre el estatus político. Sin embargo, pensar la soberanía únicamente como una separación administrativa limita la imaginación colectiva. La independencia puede concebirse como un proyecto de transformación democrática integral: un modelo de país moderno, ecológico, feminista, socialmente inclusivo y conectado con las luchas y oportunidades del Sur Global. En este contexto, la soberanía no sería un regreso romántico al pasado, sino la construcción consciente de una nación capaz de garantizar bienestar material, dignidad humana y felicidad colectiva.

La plena soberanía implica que Puerto Rico tenga control sobre su política económica, comercial, energética, ambiental, social y diplomática. Actualmente, -en la colonia-, muchas decisiones fundamentales dependen de estructuras externas que restringen la capacidad de planificar un desarrollo propio. Un país soberano podría diseñar políticas industriales adaptadas a sus necesidades, proteger sectores estratégicos, negociar acuerdos internacionales y reorganizar sus recursos en función del bienestar social. La independencia y plena soberanía no tendrían que significar aislamiento; al contrario, supondría una inserción más activa y diversa en el mundo.

Uno de los pilares fundamentales de un Puerto Rico soberano debería ser la justicia y equidad social. La independencia solo tendría legitimidad si mejora concretamente la vida de las personas. Esto requiere reconocer la salud, la educación, las pensiones y la vivienda como derechos universales garantizados constitucionalmente. Un sistema nacional de salud pública, preventivo y descentralizado permitiría atender la crisis sanitaria y reducir la dependencia de aseguradoras privadas. La salud mental, la atención a personas mayores y la medicina comunitaria serían prioridades nacionales.

De igual manera, un modelo de educación pública gratuita y de alta calidad desde la infancia hasta la universidad debe convertirse en el corazón del proyecto nacional. La educación secundaria tendría un papel estratégico en la formación técnica, científica, humanística y artística de la juventud. La Universidad de Puerto Rico sería motor de investigación, innovación y desarrollo industrial, social y ambiental. En vez de exportar talento por necesidad económica, Puerto Rico podría convertirse en un centro regional de conocimiento en energías renovables, biotecnología tropical, agricultura resiliente, economía marítima, cambio climático y sus efectos en la isla y tecnología médica. Además de centro del conocimiento, creación y desarrollo de industrias culturales diversas. El país necesitaría vincular directamente la educación con una estrategia nacional de desarrollo productivo. Para eso, la educación debe ser descolonizada y diseñada para que responda a nuestros intereses.

La soberanía económica exige superar el modelo dependiente basado principalmente en incentivos contributivos externos y consumo importado. Puerto Rico podría desarrollar una economía mixta donde convivan cooperativas, empresas privadas, empresas públicas estratégicas y emprendimientos comunitarios. Un banco nacional de desarrollo permitiría financiar infraestructura, innovación y proyectos de pequeñas y medianas empresas. Asimismo, una reforma contributiva progresiva reduciría la desigualdad y fortalecería la capacidad fiscal del Estado, además del control total de sus herramientas macroeconómicas y monetarias.

El desarrollo económico de un Puerto Rico debe estar basado en modelos de planificación indicativa y transversal, para que sea competitivo, eficiente, con diversidad empresarial y anti corrupción. Con un enfoque en tasas impositivas bajas, planificación estratégica a largo plazo que busca atraer inversión extranjera (exógena), pero fortaleciendo la inversión endógena nacional para que no compita con esta, y mantener el presupuesto equilibrado. La deuda actual es deuda ilegítima y odiosa debido al contexto fiscal y político bajo el cual fue administrada por la Junta de Control Fiscal, por lo tanto, le pertenece a EE.UU. Nosotros debemos diseñar un sistema que no recurra a la deuda externa a menos que sea necesaria.

El desarrollo y crecimiento económico de un Puerto Rico independiente tendría que apoyarse en la transición ecológica. La crisis climática convierte al Caribe en una de las regiones más vulnerables del planeta, por lo que la soberanía energética sería una prioridad absoluta. La dependencia de combustibles fósiles importados puede ser sustituida gradualmente por un sistema distribuido de energía solar, eólica y marina. Esto no solo reduciría costos y contaminación, sino que también crearía empleos de alto valor técnico.

La agricultura sostenible también sería fundamental. Puerto Rico importa gran parte de los alimentos que consume, lo que lo hace vulnerable a interrupciones globales en las cadenas de suministro. Una política de soberanía alimentaria basada en agroecología, cooperativas rurales y tecnologías agrícolas resilientes fortalecería la seguridad nacional y revitalizaría las zonas rurales. La meta no sería el aislamiento económico, sino participar en cadenas regionales de valor con mayor autonomía y capacidad productiva.

En este sentido, la integración caribeña sería esencial. Puerto Rico podría convertirse en un puente entre el Caribe, América Latina y América del Norte. Su ubicación geográfica, infraestructura portuaria y capital humano le permiten desempeñar un papel estratégico en logística, investigación, comercio y servicios avanzados. Un Estado soberano tendría la capacidad de integrarse plenamente a organismos regionales caribeños y latinoamericanos, fortaleciendo vínculos económicos, culturales y diplomáticos con países vecinos.

La política internacional de un Puerto Rico independiente podría basarse en principios de cooperación, paz, justicia climática y solidaridad entre pueblos. La isla tendría la oportunidad de integrarse activamente a las luchas del Sur Global contra la desigualdad, el colonialismo económico y la devastación ambiental. Esto incluiría alianzas para la investigación científica compartida, acuerdos de resiliencia climática y cooperación tecnológica. Puerto Rico podría asumir un liderazgo regional en políticas ambientales y energías renovables, aprovechando su capacidad académica y científica.

La economía social y solidaria constituye una alternativa al modelo capitalista basado exclusivamente en la acumulación privada de ganancias. Este enfoque promueve formas económicas democráticas y colectivas, como cooperativas, mutuales, empresas comunitarias y redes de producción solidaria. El cooperativismo ocupa un lugar central dentro de este paradigma. Las cooperativas permiten que trabajadores y consumidores participen directamente en la gestión de empresas y servicios, promoviendo modelos productivos más igualitarios y sostenibles. Para Puerto Rico, el cooperativismo representa no solo una estrategia económica, sino una herramienta de soberanía nacional y democratización social.

La dimensión feminista de este proyecto nacional resulta igualmente indispensable. Un país verdaderamente democrático no puede sostenerse sobre estructuras patriarcales de violencia y desigualdad. Una constitución soberana podría garantizar igualdad salarial, sistemas robustos de protección contra la violencia de género, licencias familiares universales y reconocimiento pleno del trabajo de cuidados. Además, el desarrollo económico tendría que reconocer el valor social del cuidado, tradicionalmente invisibilizado y feminizado. Una economía para la vida pone el bienestar humano por encima de la acumulación ilimitada.

La vivienda digna también debe ser considerada un derecho básico. La especulación inmobiliaria y la gentrificación han agravado el desplazamiento de comunidades. Un Puerto Rico soberano podría establecer controles contra la compra masiva especulativa de propiedades, impulsar cooperativas de vivienda y desarrollar proyectos urbanos sostenibles y resilientes al cambio climático. La planificación urbana debe priorizar espacios públicos, transporte colectivo y acceso equitativo a servicios esenciales.

No obstante, la independencia requiere un proceso gradual, democrático y cuidadosamente planificado. La transición hacia la soberanía necesitaría acuerdos de cooperación económica, monetaria y migratoria durante un período inicial. Mantener vínculos económicos y humanos con Estados Unidos sería fundamental, especialmente considerando la diáspora puertorriqueña. La independencia moderna no tendría por qué construirse desde la confrontación absoluta, sino desde una negociación madura que reconozca la historia compartida y los derechos del pueblo puertorriqueño.

Asimismo, la construcción de una cultura democrática sólida será indispensable. La soberanía no puede reducirse al cambio de bandera o de representación internacional; requiere participación ciudadana, transparencia institucional y descentralización política. Las comunidades deben tener poder real en la toma de decisiones sobre energía, presupuestos, planificación y desarrollo local. Un país más democrático es también un país más estable y feliz.

Finalmente, la independencia de Puerto Rico solo tendrá sentido si logra crear una sociedad donde las personas puedan vivir con dignidad, seguridad y esperanza. La felicidad colectiva no surge únicamente del crecimiento económico, sino de la capacidad de una sociedad para garantizar tiempo libre, cultura, comunidad, salud, estabilidad y participación democrática. Un Puerto Rico soberano podría convertirse en un ejemplo de cómo un pequeño país caribeño puede combinar justicia social, sostenibilidad ecológica, innovación científica y solidaridad internacional.

La soberanía, entendida de esta manera, no es simplemente una meta política. Es un proyecto civilizatorio. Un Puerto Rico independiente podría demostrar que otro modelo de desarrollo es posible: uno donde la economía esté al servicio de la vida, donde el conocimiento sea patrimonio colectivo, donde el Caribe sea un espacio de cooperación y donde el bienestar humano se coloque por encima de la dependencia y la desigualdad.

La independencia y la plena soberanía para Puerto Rico pueden ser una oportunidad histórica si se convierten en un proyecto de vida: una economía ecológica que genere prosperidad, un sistema social que redistribuya poder y cuidados, y una democracia integradora donde el bienestar sea el objetivo. Al conectarnos con las luchas del Sur Global, Puerto Rico no solo reivindica su autodeterminación: aprende a construir justicia climática, solidaridad y transformación.

La pregunta no es si la independencia traerá cambios, porque inevitablemente los traerá. La pregunta decisiva es qué tipo de cambios: si serán extractivos o sostenibles, si profundizarán la desigualdad o construirán felicidad compartida. La propuesta del Plan B Independencia responde con claridad: independencia como soberanía que cuida la vida, protege la naturaleza y asegura dignidad para todas las personas.

La transición hacia la soberanía también implicaría retos fiscales, institucionales y comerciales que requerirían acuerdos multilaterales, disciplina administrativa y planificación de largo plazo. La independencia ya no puede concebirse únicamente como un acto de separación política formal, sino como la construcción de un proyecto nacional capaz de garantizar desarrollo sostenible, justicia social, soberanía democrática y bienestar colectivo.

 

Malas personas

 

 

Especial para CLARIDAD

No sabía lo que era una mala persona hasta que conocí a una. A simple vista parecía cualquiera: una figura más entre las que cruzan la calle, hacen fila en el supermercado o saludan sin mirar. Tenía el gesto común, la sonrisa aprendida, la cortesía automática. Pero detrás de esa apariencia ordinaria había un vacío: no conocía la vergüenza, ni la honestidad, ni la pena.

El sufrimiento ajeno no le rozaba. Caminaba entre las heridas de los demás como quien pisa hojas secas: sin cuidado, sin conciencia, sin memoria. Llevaba consigo un libro invisible —un manual de excusas— donde encontraba justificación para cada daño, cada abandono, cada crueldad.

Todo lo terrible que pudiera ocurrirles a quienes la rodeaban tenía, para ella, una explicación que los culpaba: por tonta, por creerse más lista, por humilde, por pobretona y de mal gusto, por estar donde no la llamaron, por querer ayudar a todo el mundo, por pensar distinto, por venir de ese lugar, por armar tanto lío, por protestar, por reclamar derechos, por ser demasiado solidaria. En su lógica torcida, el mal siempre tenía una víctima merecida. Y así, sin levantar la voz, sin mancharse las manos, se convirtió en lo que era: una mala persona. No de esas que se esconden en la vida cotidiana, en los pasillos, en las oficinas, en las familias. Una mala persona de las que existen porque los buenos —por cansancio, por miedo, por costumbre— lo permiten.

Una vez las conoces, puedes identificarlas a millas de distancia. Todo en ellas las delata: el gesto apenas contenido, la palabra calculada, la sonrisa que no alcanza los ojos. Pero para reconocerlas hay que andar con ojo avisor, porque se camuflan bien. Algunas de nuestras figuras públicas —y quienes pululan a su alrededor como satélites obedientes— califican sin esfuerzo como malas personas. Ahí está el que te desea los buenos días mientras siembra odio y caos, todo supuestamente por el bien… ¿del país? Intenta convencernos de que nada tiene que ver con la corrupción, con el estancamiento del gobierno, con la podredumbre que se acumula en los pasillos del poder. Jura que las piedras que lanza hacia el número 63 de la calle Fortaleza no responden a sus propios intereses, ambiciones, resentimientos o conveniencias.

Así, con una facilidad que asombra y duele, borra años de lucha por empoderar a los desventajados. Aprueba sin consulta proyectos que cercenan derechos de las mujeres, de los trabajadores, de la comunidad LGBTTIQ+, como si la dignidad fuera un lujo prescindible. Regala lo que no le pertenece a manos extranjeras, hipotecando la calidad de vida de quienes le pagan el salario y de aquellos a quienes juró proteger. Todo esto ocurre con el aplauso —o el silencio cómplice— de sus acólitos, que por miedo, conveniencia o ambición se rinden ante sus promesas o amenazas, según convenga el día.

Y mientras tanto, el país observa. Algunos con rabia, otros con resignación, otros con la esperanza terca de que la verdad, tarde o temprano, encuentra su camino. Pero la historia nos recuerda que el poder sin escrutinio se vuelve abuso, y que la indiferencia es el terreno fértil donde germinan estas malas personas que se disfrazan de servidores públicos.

A solo siete minutos del Capitolio, otro semillero de malas personas florece. Generalizar puede ser injusto, pero si los buenos no advierten, no delatan, no protestan, se convierten en cómplices, y eso los hace parte del mal. Un 64 por ciento de los votantes sabía que nada bueno podía salir de un gobierno con poder absoluto, pero aun así la minoría se impuso y regó con agua la semilla de malas personas. El resultado era previsible.

Cada escándalo vuelve a desnudar la podredumbre que se ha enquistado en el Palacio de Santa Catalina. Es como si cada semana se levantara otra losa del piso y, debajo, apareciera un nuevo rastro de humedad, de moho, de abandono moral. Una pareja que no fue electa por nadie decide contratos, renuncias y nombramientos, moviendo los hilos del poder desde la sombra, mientras —a son de reguetón y privilegio— quien sí figuró en la papeleta disfruta de los beneficios que el cargo le concede. Viaja, no paga hipoteca, come bien y alimenta un ego que crece gracias a quienes la rodean, esos consejeros que la empujan a decisiones contrarias al interés público, alejándola del pueblo al que también juró servir y proteger.

En días recientes, nuevos escándalos han vuelto a sacudir la confianza ciudadana: funcionarios señalados por presunto uso indebido de fondos públicos, contratos otorgados sin transparencia, investigaciones federales que se asoman como recordatorio de que la impunidad nunca es absoluta. Cada revelación añade otra capa de desasosiego, otra prueba de que la administración actual del PNP enfrenta cuestionamientos serios sobre su manejo del poder. No se trata de rumores aislados, sino de patrones reportados por la prensa y discutidos ampliamente en la esfera pública, que han obligado a renuncias, defensas improvisadas y comunicados urgentes. La ciudadanía observa, cansada de que la historia se repita con nombres distintos pero con la misma estructura de abuso y desorden institucional.

Parafraseando a Ernest Hemingway, Puerto Rico es un buen lugar; valdría la pena defenderlo. Y esa defensa —esa tarea monumental— está en manos de las buenas personas. Tendrían que superar una montaña de obstáculos, desde la maquinaria partidista hasta la indiferencia aprendida, pero nada es imposible cuando existe el deseo genuino y la tenacidad suficiente para lograrlo. La historia de este país está llena de mujeres y hombres que, sin más poder que su conciencia, lograron torcer el rumbo de lo inevitable. Esa es la herencia que aún late, aunque a veces parezca enterrada bajo el ruido.

Quizás el primer paso sea reconocer que la dignidad colectiva no se negocia, que el país merece algo más que administradores de crisis y repartidores de favores. Puerto Rico merece líderes que entiendan que el poder es un préstamo, no un botín. Y que la confianza pública, una vez rota, solo se recupera con actos, no con discursos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¡ Qué homenaje al Homenaje al ombligo!

En Rojo

Homenaje el ombligo es uno de los libros icónicos de nuestra literatura. Un poemario en el que dialogan dos de nuestros mejores poetas: Anjelamaría Dávila y José María Lima. Entonces, El Absurdo se propuso reinterpretar ese poemario en una historia de amor en clave surrealista y musical. Desde que lo supe me prometí no perderme ese atrevimiento.  Primero, porque ese libro lo conozco y lo atesoro. Segundo, porque Joaquín Octavio, Cristina Agostini Fitch y su formidable equipo de trabajo son capaces de crear belleza conmovedora.

Hace dos años, El Absurdo adaptó un cuento de Nikolai Gogol, La nariz, con un gran acierto. Hace unos meses  vimos, Hielo Seco, un comedia inspirada en relatos de Virgilio Piñera.  Excelente. Sin embargo, llevar al teatro un poemario es cosa de valientes. Recuerdo en mis años mozos como María Collazo llevó a escena fragmentos de Altazor, de Vicente Huidobro. Teatro Yerbabruja, uno de cuyos pilares era Aurelio Lima Dávila, realizó Historia Natural, que era prácticamente una antología de poesía puertorriqueña contemporánea. La idea de 30 años después, ver este libro amado en escena por una de mis compañías teatrales favoritas era una invitación a una fiesta. Insisto, hay que tener valor.

¿Por qué insisto en que hay que tener valor? Perdónenme el tono profesoral. O no me perdonen nada. Lo digo porque  adaptar un poemario al teatro obliga a traducir lo lírico (que es de suyo fragmentario, centrado en voz/imagen) a lo dramático (acción, personajes, tiempo escénico), es atravesar un camino que genera tensiones estéticas y prácticas que deben negociarse. Y, ¡qué bien se negociaron aquí las imágenes y las voces!

Para empezar hay que crear un hilo dramático (marco narrativo, uno o dos personajes que recorren los poemas) o agrupar poemas en escenas temáticas que progresen.

¿Otro problema? La poesía, digamos que hasta por definición, suele tener una voz interior, monológica o meditativa. El teatro exige interacción y escucha. ¿Qué riesgo se corre? El estancamiento expositivo o el exceso de didactismo. Quien hace dramaturgia, en este caso Joaquín Octavio, debe convertir voces poéticas en personajes, usar monólogos/soliloquios escénicos, transformar versos en réplicas, contrapuntear voces. Además debe “montar” metáforas y alusiones simbólicas que, si bien funcionan en la lectura de un poemario, pueden resultar abstractas o confusas en escena.

¿Cómo fueron resueltos estos problemas? Con la belleza. Me excusan aquí, pero quise decir belleza. Porque no hay pérdida de sentido ni exceso de literalidad visual. Luz, color movimiento. Un banquete. Digamos que se seleccionaron imágenes emblemáticas y fueron traducidas a signos escénicos (luz, movimiento, objetos simbólicos, vestuario, escenografía) y se mantuvo la abstracción mediante un diseño sonoro y una atmósfera coherente, sublime, como nos tienen acostumbrados.

Uno teme con los poemas llevados a escena que la ambigüedad y la densidad semántica desaparezca por hacer los versos “narrativos”. Pero eso nosucedio. Se mantuvieron pasajes poéticos como núcleos interpretativos, se permitió que el diseño (luz, espacio ocupado por cuerpos en movimiento, objetos en magia, sonido) convocara múltiples lecturas en lugar de explicarlas.

Por otro lado, si uno ha leído e interpretado el libro con pasión amorosa, puede pensarse que la lectura propia es la mejor. Lo cierto es que tu lectura es eso, tuya, personal. Que siempre haces una suerte de reescritura interpretativa que a veces puede que hasta traicione el tono o la ética original. Pero eso no lo sabemos. Cada interpretación tiene flujos y miradas libres. Yo vi en esta puesta en escena de El Absurdo que, como en el poemario se alternan tonos (irónico, elegíaco, político), y el montaje lo hace con coherencia estética. Así, por ejemplo, para mí fue un acierto memorable como los personajes de Esqueleto (Aurelio Lima Dávila) y  Ombligo (Yarimir Cabán, Mima) funcionaron como una estrategia unificadora que permitió diversidad sin dispersión con una gracia, humor, gestualidad, sublimes.

Los lectores de poesía esperan cierto tratamiento. Espectadores teatrales esperan acción y claridad. Cuando voy al teatro lo que espero es belleza, y El Absurdo nunca decepciona, hermoso balance entre fidelidad lírica y eficacia dramática. No me quité el sombrero allí porque no llevé mi sombrero.

Felicito a Joaquín Octavio por la dramaturgia y la dirección y por asumir el riesgo, que parece que es lo suyo.  La propuesta visual, de Cristina Agostini Fitch, amplifica la experiencia textual como lo ha hecho en las anteriores puestas en escena. Vemos de manera surreal. Nos ocupa sublimemente la mirada.

En escena, Aurelio Lima Dávila, fuerza interpretativa, gracia cinética. Voz clara y dicción perfecta. Como sus apellidos lo indican, es hijo de los poetas. Me consta que la poesía le corre por las venas. Rosa Lina Lima, maestra de danza, convirtió los poemas y sus metáforas sueltas en movimiento corporal. Lima, es hija de Lima. Y del 14 al 17 de mayo en el Teatro Arriví fue su intérprete. Awilda Sterling, maestra de generaciones y artista cabal, aportó, como la Luna, un enlace vital, una presencia que trasciende el espacio temporal porque sentimos ese mundo con el que se inicia este Homenaje al ombligo en escena. Evocó aquellas lecturas que en los años ‘60’s y ‘70’s fueron el ejercicio de los entonces jóvenes poetas. Por otro lado, siempre es un deleite ver a Iván Olmo. Es profesor de expresión corporal y es obvio. Quienes lo acompañan en escena, y nosotros los espectadores, asistimos siempre a una lección magistral.  También cumplieron con rigor y eficacia los jóvenes Camila Méndez, Millo Canetti y Kiani González. El Poeta y La Poeta fueron creíbles dentro de ese mundo onírica. A veces, por algún instante, creí ver a Anjelamaría en escena.

Por último, porque no quiero alargarme demasiado, aplaudo a rabiar al Ombligo. ¡Qué belleza de interpretación la de Yarimir Cabán! Escondida en un ombligo-nube-doughboy-muñequito de Michelin, pero irremediablemente ombligo, Mima se movió en escena con un balance precario en control. Yo sé que es contradictorio lo que digo, pero traten de entenderme. Era una figuración autónoma del ombligo que con su gestualidad, su instrumental uso de la voz, el uso de los brazos y las piernas, pequeñitas en relación con el gran ombligo, me pareció que con humor y ternura simbolizaba la conexión con la vida, la singularidad del mundo poético, un punto de equilibrio, introspección, ¡qué forma de capturar al público! ¡qué duo fenomenal con Esqueleto! ¡qué manera de complementarse Lima y Cabán!

En fin, mil gracias a todas y a todos, quienes seleccionaron la música antes y durante la obra, quien manejó las luces, quien diseñó el vestuario -por Dios, qué perfección- quien realizó el programa, a todo el elenco, gracias por hacer teatro. Gracias por la poesía.

 

No he podido no ser la que soy

Especial para En Rojo

 

En los últimos días he estado un poco más enfocada e introspectiva de lo habitual. He hablado con el psicoanalista y he repasado, hasta donde alcanza la memoria, los primeros años de mi infancia —apenas tengo 41 años—.

Ya sé que dicen que quien busca en yaguas viejas encuentra cucarachas, pero, francamente, no me asusta. No es que quiera dármelas de valiente (todavía me da miedo la oscuridad); más bien prefiero no andar de fugitiva. También sé que la memoria no es una copia fiel del pasado, que recordar es reconstruir, o volver a pasar por el corazón. De todas formas, no deja de sorprenderme la claridad con que se me presentan algunas de esas reconstrucciones.

De los cuatro a los nueve años tengo recuerdos muy vivos. No son lineales, por supuesto, sino fragmentarios, como estampas o instantáneas que acostumbro a frecuentar; a veces para asegurarme de que sigan ahí, y otras, como en estos días, por si me muestran algo diferente; algo que antes quizá hubiera obviado.

Para identificar la edad que tenía en algunos de esos recuerdos, uso las fechas en que se me empezó a morir la gente. Suena terrible, lo sé, pero la verdad es que me sirve para ubicarme mejor en el tiempo.

Acaso por eso, sabiendo que la vida la mido en lo que me falta, ando indagando en mí. Procuro estar atenta y dispuesta a identificar algún deseo alienado, alguno que no fuera verdaderamente mío, pero que yo haya actuado como propio. Pudiera ser que en ello radique el origen de nuestros sufrimientos. Si una se ofusca, termina construyéndose una vida a base del deseo ajeno. Del deseo de los padres. De la pareja. De los amigos y hasta del mercado.

Consciente de esa amenaza constante, invoco ahora los recuerdos de aquella nena que fui; de la Zahira chiquita que obedeció y que también desobedeció —muchas veces como pudo; otras como le convino— para obedecer a sus propios deseos. Y la veo a los cuatro y a los cinco, brincando la verja para casa de su abuela, con un bolso apretado al pecho, lleno de libros de cuentos que ella misma empacó aunque todavía no sabía leer. Pero es que eran tan bonitos… un montoncito bonito.

Y también la recuerdo señalando la escuela a la que pedía ir cuando pasaba frente a ella en el carro con sus papás. Allí fue donde después empezó el pre-kinder y donde jamás cogió la siesta por estar pendiente de aquellos libros flacos en los que cada día iría aprendiendo a reconocer el sonido de las letras y el sentido de sus palabras. De vez en cuando, al regresar del baño, encontraba niños merodeando la mochila. El día en que finalmente se la abrieron, se preparó para defender lo suyo, hasta que el nuevo amigo, con uno de los libros en la mano, le confesó que «solo quería verlos». Ya en primer grado, la maestra llamó para pedir que le revisaran el bulto a la niña: Simbad el marino no estaba en el currículo, Los viajes de Gulliver tampoco. ¿Dónde estaba la cartilla fonética? Hubiese deseado contar aquí  que a la hora del recreo la intercambié por aquellos libros «prohibidos», pero la verdad es que la había dejado en casa de abuela por estar practicando con ella el «Mi mamá me mima».

Mi afán nunca fue ser la primera en la clase ni demostrar cuántas cosas sabía (eso todavía me produce una rara vergüenza), pero cierro los ojos y me veo un Día de Logros vestida de pollito desfilando por el pasillo de un teatro lleno de padres orgullosos. Me acuerdo que me daba alegría la alegría de los otros y que siempre fui yo mi mayor contrincante.

Una tarde en que bajábamos la cuesta de Guajataca —debió haber sido a finales de noviembre de 1989, porque veníamos de regreso del Hospital de Veteranos, donde mi abuelo materno moriría el 3 de diciembre—, mi papá me escuchó cantar la primera canción que compuse. Se llamaba «Los pajaritos vuelan».  Nada sorprendente; los niños hacen esas cosas. Sin embargo, lo que sí me sorprende es recordar que aquella perogrullada melódica surgió de la necesidad que sentí de consolar a mi madre. Busqué maneras en mi mente, palabras, formas para decirle algo. Como no bastó, entonces miré por la ventana y ante aquel paisaje inmenso le canté bajito que los pajaritos volaban. Abuelo Robert no haría otra cosa.

A veces pienso que, como la muerte tiene sus clichés, quizá ya estaba de moda desearle al muerto que volara alto y que de ahí viniera mi ocurrencia. Pero qué más da, lo que me importa de este recuerdo es que me muestra que no he podido no ser la que soy. Sé que traduzco la realidad para poder soportarla. Lo demás ha sido accidente, consecuencia y también necesidad.

Ya adulta, cuando me recomendaron un perro de servicio, me inventé tres: Jonás, Apocalipsis y Aristóteles. Ni se van ni me esperan. Siempre están. Jonás habita conmigo en el silencio del vientre de la ballena; él ya no huye, y yo espero en su compañía a que bajen las mareas. Con Apocalipsis practico el rigor de los puntos finales, mientras que con Aristóteles calibro el peso de mis asombros. Ellos custodian mi propia verdad.

Mi deseo no ha sido nunca moneda de cambio ni un acto fingido. Lo mío no es un deseo prestado; es el de la nena que se aprieta los libros al pecho porque son su refugio, no su medalla. Así que alzo bandera —no roja, sino rojo clarito—, por si el psicoanálisis insistiera en confundir la gimnasia con la magnesia. No permitiré que me despoje de lo único que con certeza reconozco como verdaderamente mío.

 

 

 

 

 

 

Interpretación de la cabeza de Milton Rua

Exposición de Serrano

 

 

 

 

Hace muchos años, el escultor Pablo Serrano hizo un busto de mi abuelo. Habían sido amigos. Mentira: habían sido amigos, pero no hizo un busto propiamente, sino su cabeza.

Similar a las muchas otras cabezas de Serrano (la de Rubén Darío, casualmente, persiste en el parque homólogo a media cuadra de casa de mis padres, parque del árbol que mis hijos tantas veces han trepado, el que también persiste, ahora casi horizontal pero agarrado de raíces tras María, parque de la cabeza enorme del poeta cuyo ceño parece fruncirse aun más con cada cagada de paloma o lata de refresco que abandonan sobre el pedestal). La cabeza de mi abuelo, por contrario, no está a la intemperie. Y, aunque como otras de esa época pertenece a la serie de piezas subtituladas “interpretación al retrato de…” de las que hay varias de puertorriqueños allegados a Serrano, la de mi abuelo tiene una particularidad: esta cabeza se abre. Y yo ni me acuerdo de la primera vez que mis manos chiquitas la abrieron, de tantas veces que lo he hecho, los dedos hurgando en la ranura difícil y halando la puerta pesada de su rostro para revelar la mano de mi abuelo bañada en bronce.

Yo crecí con esa cosa en mi entorno, con el peso de su gesto inmanente, con esa mano imposible que tantas veces agarró la mía y que aguardaba en esa bóveda imposible, la que tantas veces abrí. Ahora logro ver las conexiones entre esta pieza y los Hombres bóveda del artista (así como su serie anterior Bóveda para el hombre) pero de chiquita ni sabía ni me importaba nada de esto. Era sencillo: la cabeza de Abuelo abría y su mano saludaba desde adentro.

Serrano hizo cuatro de esos bustos-cabeza. Uno estuvo por muchos años en el apartamento de mis abuelos, otro en mi casa, uno más persiste en otra casa familiar; el cuarto viajó hasta Leningrado como parte de una exposición en el Ermitage y ahora reside en el museo Middelheim en Amberes.

A veces camino hacia la cabeza cuando estoy de visita en casa de mis padres. La abro. La mano está ahí, un molde recubierto en metal, ahí como siempre, a la espera. Si fuera de esa gente que se la pasa interpretando cosas, podría decir que esto parece símbolo, testamento, metonimia de lo atroz. El brillo obsceno estalla y grita desde el interior, burlándose con cada apertura de la lápida hermética y plomiza que lo cubre, esa que aún obedece al ábrete sésamo silente que yo recitaba de chiquita cuando me acercaba a ella. El meñique doblado (el meñique que él me decía que yo había heredado, doblado sólo un poco menos, sonriendo con un orgullo que sentí profundo aunque nunca lo entendí). Es una pieza extraña, desconcertante, innecesaria. Y absorbe todo lo que la rodea: se chupa el aire, imanta miradas, convence a quien sea de que ése que está ahí tiene la razón. En uno de esos abrires quise trazar las curvas y rayas y montes de esa mano, como lo había hecho tantas veces antes. Pero no pude. No la toqué: por primera vez, no me atrevía. En visitas subsiguientes no tuve ese problema.

Cierro la bóveda. La mano sigue ahí, pulsando, ahogando un susurro que no sé de dónde viene y que a veces he querido repetir.

De Serrano hay cuatro piezas más en la casa de mis padres. Como yo, mis hijos han crecido con estas formas y sombras sin prestarles mucha atención. En la terraza están los dos bustos de Betances y de Baldorioty; en la sala, la Familia de Carlos IV y una Bóveda para el hombre que me parece lo más bello que haya creado este escultor.

En estas piezas Serrano logra captar los rasgos intangibles de lo que podría considerarse espíritu, para labrarlos y posarlos y empujarlos y sembrarlos y rasgarlos en la superficie espesa, para convertirlos en cosa, para revelarlos como lo que siempre han sido. Con mi abuelo lo hace con los cachetes y los ojos. Igual con el acantilado que baja por los pómulos de Betances, y con ojos de Baldorioty, que brotan como yunta.

Las manos de Serrano torcieron y exprimieron y apiñaron y rasgaron, y ahí sigue ese peso de esos hombres, la cosa que fueron, aun en el caso de un hombre que no fue prócer y cuya frente y mano siguen rigiendo tras tumba de metal.

En las descripciones de catálogo de museo se le subtitula “Interpretación al retrato de Milton Rúa”. Pero recién descubrí su título oficial. Serrano le puso “Mano y cerebro”.