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En apoyo a Palestina y solidarios con la periodista asesinada

Foto Víctor Birriel/ Especial para CLARIDAD

 

Aquí en Puerto Rico aunque en número reducido, manifestantes se unieron al llamado internacional en solidaridad con las hermanas y hermanos palestinos en denuncia a la ejecución de la periodista palestina de la agencia de noticias Al Jazerra, Shireen Abu Akleh. La periodista fue ejecutada mientras reportaba la ocupación del ejército israelí en el centro de refugiados de Jenin, cerca del pueblo de Burquin, en Palestina. Testigos en la escena y el propio medio para el cual trabajaba hace ya mas de una década confirmaron que Abu Akleh estaba claramente identificada con chaleco y casco de prensa.

La manifestación que se llevó a cabo este viernes 13 de mayo frente al Edificio Federal (edificio del Gobierno de Estados Unidos en Puerto Rico) fue convocada por la agrupación, Trabajadores y estudiantes Comunistas por el Cambio Social.

Fotos Víctor Birriel

 

 

No he venido a traer paz de Juan Antonio Ramos: el humor como estrategia narrativa

 

 

Carmen Ivette Pérez Marín

En incontables ocasiones se ha dicho que la literatura puertorriqueña, intervenida por las grandes preocupaciones políticas que ha experimentado el País por más de un siglo, es una literatura solemne cuyo empleo del humor como estrategia narrativa ha sido limitado. Los grandes temas relacionados con el destino político, la sobrevivencia cultural y la identidad como nación han figurado de modo prominente en muchos de los textos de los autores que conforman nuestro canon literario. La historia literaria tradicional señala que a partir del evento que cambia definitivamente el rumbo político de Puerto Rico, la invasión norteamericana en el 1898, surge un grupo de escritores en los albores del siglo XX al que se le denomina como la “generación del tránsito y el trauma” y su expresión literaria recoge, al decir de Manrique Cabrera, uno de los primeros historiadores de la literatura puertorriqueña: “una desesperación agónica hija de un no saber qué hacer ni donde ir, que a su vez engendra un vacío asfixiante en lo creador, característico del estreno de nuestro siglo XX.” (CABRERA, 1971, p. 160)

No obstante, la vena humorística recorre la literatura puertorriqueña desde sus inicios y ha servido de contraparte a la seriedad asumida por muchos escritores como modo expresivo. Autores como Nemesio Canales, Emilio S. Belaval, Alejandro Tapia y Rivera en la prosa y en la poesía Palés Matos y Lloréns Torres, entre muchos otros han echado mano del humor para enfrentar la realidad puertorriqueña desde una perspectiva distinta. Sobre Nemesio Canales, el autor puertorriqueño, Luis Rafael Sánchez, ha dicho que es necesario “distinguirlo como figura de evitación imposible en la geografía literaria puertorriqueña … [por] su cultivo de un humor que oscila entre la gracia y la amargura, la rabia y la terneza , el aburrimiento y el asco.” (SÁNCHEZ, 2013, p.177)

El artículo de Sánchez que recoge esta apreciación que he citado puede muy bien considerarse un homenaje a Nemesio Canales en clave humorística. Desde su título, “Verruga,” Sánchez rescata la imagen de Canales que se refiere a Puerto Rico como verruga del Caribe y se contrapone a la imagen generalizada, de ‘buen gusto’ propuesta por el poeta romántico José Gautier Benítez, que denomina la isla como ‘perla del Caribe o de las Antillas’. Los discursos que se generaron hace un par de meses con la visita del rey de España a nuestra Isla echaron mano nuevamente de los lugares comunes que se emplean para referirse a Puerto Rico como «la isla del encanto» o «paraíso tropical» que sirven para enmascarar una realidad económica, social y política más cruda que se pretende obviar por medio del cliché.

En su libro La raza cómica del sujeto en Puerto Rico (cuyo título constituye un guiño al texto seminal de José Vasconcelos) el crítico Rubén Ríos Ávila se ha ocupado de desestabilizar algunos de los pilares sobre los que descansa la crítica literaria tradicional al poner de manifiesto el carácter cómico de lo que se hasta ahora ha sido concebido como cósmico. Al desinflar los textos de la solemnidad que ha caracterizado el acercamiento de la crítica a ellos, podemos detectar aspectos que habían quedado ocultos por una mirada reverente y sacralizadora. Por su parte, el escritor cuya novela nos ocupa en el día de hoy, Juan Antonio Ramos, señala lo siguiente en defensa de la práctica humorística en la literatura:

¿Qué tiene de malo el humor? No lo sé, pero a juzgar por la escasez de cuentos, novelas y ensayos con marcado contenido humorístico, debemos suponer que la literatura y, sobre todo, la ‘buena’ literatura no se ríe. En Hollywood las comedias no se ganan el Oscar y en materia de libros, no conozco novelas de corte humorístico que carguen con un premio literario de importancia. Don Quijote de la Mancha probablemente no habría tenido la mínima oportunidad de ganarse el Premio Alfaguara o el Planeta. Los críticos literarios, a la hora de evaluar una obra que incite a la risa, la catalogan de ‘refrescante’, ‘ocurrente’, ‘desenfadada’, puede que ‘ingeniosa’ pero nunca ‘profunda’ y mucho menos trascendente’. El humor sirve para entretener, para divertir, pero ni de lejos se piensa que a través de la risa y el relajo se logra ‘descubrir una parte hasta entonces desconocida de la existencia’, que es, de acuerdo a Milan Kundera, el deber de toda literatura que se respete a sí misma”. (RAMOS, 2013)

Desde sus inicios, la obra narrativa de Juan Antonio Ramos ha incorporado el humor como elemento destacado en su elaboración. Evidentemente no es la única estrategia narrativa que emplea en sus textos pero quizás es la más visible y constituye a día de hoy un filón inagotable en su proceso creativo. Los textos de Ramos conducen a la risa (o a la sonrisa cómplice). En muchas ocasiones se valen del chiste para instar a los lectores a la reflexión y subvertir un orden aparente de ‘normalidad’ y de ‘buen gusto’. Recordemos un conocido personaje suyo llamado Moncho Loro que apareció en las columnas de Relevo que junto a sus compañeros de generación Ana Lydia Vega, Magali García Ramis, Kalman Barsy, Edgardo Sanabria Santaliz entre otros, publicó en el periódico Claridad y que posteriormente se recogieron en un libro titulado El tramo ancla (de 1988). Este personaje, el doctor Moncho Loro fungía como crítico literario y su discurso se caracterizaba por la ruptura con las convenciones básicas que rigen el discurso académico. Generalmente tomaban la forma de una alocución oral en la que se explicaba algún tema relacionado con la literatura (como por ejemplo el matriarcado en la obra de René Marqués) o simulaba la presentación de un libro. Parte fundamental del este paródico crítico estaba constituido por el discurso ampuloso y exagerado, por la inclusión de los prejuicios más ofensivos (como su postura ridículamente anti feminista) y por el empleo del lenguaje soez o de la llamada mala palabra. Generalmente sus intervenciones públicas terminaban como «el rosario de la aurora» a pesar de que siempre daba las gracias por la atención prestada por el público que había ido a escucharlo (aunque en ocasiones ya se había marchado del lugar). Recordemos también el texto de Ramos titulado Manual del buen modal y otras ocurrencias ‘lite’ (una especie de inversión del los manuales de etiqueta y buena conducta social como el conocido Manual de Carreño) en el cual las situaciones con las que se ejemplifica la conducta que se pretende sancionar inciden en el esperpento o el chiste grotesco.

El crítico mencionado hace un momento, Rubén Ríos Ávila tomando como base los escritos de Freud, establece una distinción importante entre el chiste y lo cómico que vale la pena recordar aquí. Lo cito nuevamente:

Freud nos dice, en El chiste y su relación con el inconsciente, que si bien el chiste se hace, lo cómico se encuentra. Es algo que asalta al que lo percibe, porque insiste en su inutilidad, en su duración excesiva, en su demasía. Lo cómico se asocia particularmente a ese momento del movimiento que ya no cuadra, porque se piensa como innecesario. Por eso se relaciona con un gasto imprevisto de energía, con la extenuación de la expectativa, con la sospecha de que, detrás del final esperado del movimiento, se agazapan otros, tendenciosos, impertinentes. (pág. 12)

Me atrevo a firmar que la obra se Juan Antonio Ramos se nutre del exceso. Se construye con esos elementos que no caben en una presentación articulada de la realidad. Son elementos que ‘no cuadran’, que desentonan y hasta molestan. Explora esas partes de la realidad que aún cuando son perfectamente reconocibles para quienes la habitan, prefieren ignorarla o esconderla en función de mantener el orden o de conservar el buen gusto. Por eso lo cómico en su obra constituye un reconocimiento, un encuentro con aspectos de la sociedad que en muchas ocasiones resultan incómodos y que el autor transforma en situaciones humorísticas. Por medio del humor se destapan aspectos de la convivencia humana que quizás preferimos obviar manteniendo las buenas costumbres y respetando las reglas del ‘ping-pong social’ al que hace referencia Julio Cortázar en sus textos.

Por eso, entrar a la obra narrativa de Juan Antonio Ramos es una aventura refrescante que nos sumerge en la experiencia viva de la lengua hablada con su carga afectiva, a veces descarnada y violenta, pero siempre cercana. En sus textos, los sucesos que se narran, tomados de la realidad palpitante no nos resultan ajenos. No obstante, a pesar de nuestra proximidad con muchos de los eventos narrados, en la lectura de sus libros nos aguardan sorpresas. Parafraseamos aquí la afirmación de la madre de Forrest Gump en la película de 1994 sobre la vida y la aplicamos a la literatura: “es como una caja de chocolates, nunca sabes lo que te va a tocar”. En esta ocasión, la nueva novela de Ramos, No he venido a traer paz, nos invita a transitar por espacios a veces reconocibles, pero oscuros. Muchos de sus personajes tienen nombres bíblicos que nos remiten al tiempo de la historia y del mito, pero a su vez están fuertemente anclados en las coordenadas de la realidad puertorriqueña contemporánea. La corrupción de la sociedad encarnada en políticos y religiosos deshonestos es uno de los filones que explota la novela. La sociedad del espectáculo (1967) que describe Guy Débord y que posteriormente puntualiza Mario Vargas Llosa en La civilización del espectáculo (2012), se muestra aquí al destacar la primacía de la ficción interesada, creada por las agencias de publicidad y difundida a través de los medios de comunicación, sobre la verdad. La represión política, la censura, las luchas por la defensa del medio ambiente, la explotación sexual de los niños, el abuso contra los animales, los prejuicios, la desigualdad económica y social, la relación colonial de Puerto Rico y los Estados Unidos, la soledad de los seres humanos en la sociedad y la búsqueda de la autenticidad también contribuyen a armar el tejido en el que se desarrollan los personajes.

La modalidad de la novela podría corresponder al thriller o al whodunit de la novela policial en la medida en que se presentan una serie de asesinatos cuyos responsables y motivaciones la policía debe investigar. No obstante, la identidad de los perpetradores de los crímenes, a pesar de que algunos están encapuchados, no se les escamotea a los lectores. Las motivaciones, sí. Sabemos quienes cometen los crímenes, pero sus móviles no resultan tan claros. ¿Se trata de una venganza? ¿de un afán justiciero? ¿de un mandato bíblico? ¿de una rabia acumulada a través de los siglos? ¿de una cruzada liberadora? ¿de una secta de ángeles exterminadores? Estos interrogantes no se resuelven en el texto del mismo modo que no se completa el castigo. Que conste, no creo necesario anunciar aquí un ‘spoiler alert’ ya que lo que acabo de afirmar no arruinará para ustedes el avance de la investigación de los crímenes ni el placer del descubrimiento que caracteriza al género policial. La explicación de las causas de los asesinatos rebasa los límites de la obra y cada uno de los lectores deberá decidir por sí mismo si es posible alcanzar la redención por medio de la violencia o si se trata de crímenes sin castigo.

Desde el título, de profunda raigambre bíblica: No he venido a traer paz (Mateo 10:34) la obra nos conduce por espacios incómodos. En momentos como los que vivimos en los que se invoca la paz de modo convencional, ‘blando y fofo’ (para emplear una expresión de la novela), cursi o simplemente hipócrita, el texto nos invita a cuestionar los lugares comunes que inundan el lenguaje de nuestra cotidianidad. La crítica del lenguaje, que a la vez es crítica de una actitud superficial y conformista de quienes lo emplean, es algo muy notable en la obra y en ocasiones los términos utilizados se colocan entre comillas para destacar su carácter artificial, gastado y falso. Ejemplos de ello son: “distinguida concurrencia”, “nos honran con su presencia”, “la casa de las leyes”, “el horrendo asesinato”, “un gran amigo de Puerto Rico”, refiriéndose al jefe del FBI en la isla y la “Gran nación” aludiendo a los Estados Unidos, entre otros. El texto nos obliga además a tomar posturas que van a contrapelo de la complacencia, la costumbre, la resignación o la complicidad. Consigue sacudir las conciencias de sus lectores y tal como se lo había propuesto Unamuno en sus escritos “hacer que vivan todos inquietos y anhelantes”. Por esa razón el último parlamento que pronuncia Jesús en la novela resulta enigmático: “Vamos a confiar en que la paz vuelva a este país” (215).

En términos de la estructura, la novela está dividida en capítulos muy breves que funcionan como fragmentos que, aunque obedecen a un orden superior en el que se insertan, deben ser organizados por los lectores. Algunos de los capítulos se desarrollan como cuentos (en algunas instancias como “El muñeco de nieve”, literalmente lo son y en este caso, además de constituir un homenaje a Abelardo Díaz Alfaro, en otro capítulo aparece un comentario crítico sobre el relato puesto en boca de uno de los personajes). Otros son viñetas que iluminan un instante de la vida de los personajes que articulan este complejo entramado que compone la novela construida a manera de red. Cada capítulo cuenta con un título que en ocasiones resulta irónico en relación con el contenido de este (por ejemplo: “Jesús visita a sus padres”, es un brevísimo capítulo en el que el personaje va a las tumbas de sus progenitores y nos enteramos de sus nombres que son, por supuesto, José y María).

Me gustaría detenerme brevemente en el capítulo que abre la novela. Considero muy acertado el modo en que establece el tono que se desarrollará a lo largo del texto y sentará las bases de la narración. Este episodio violento narrado de modo escueto logra atraer la atención del lector desde el comienzo con una imagen cinematográfica con ecos del Hitchcock de Psycho. Titulado: “El hombre con el cuchillo” (que nos recuerda títulos de relatos de Horacio Quiroga: “El hombre muerto” y de Borges: “El muerto”), establece las premisas del whodunit. Comienza con un hecho de sangre: un hombre cuya identidad se oculta, le propina un tajo en la garganta (quizás mortal) a otro hombre cuyo nombre sí figura en la narración. Es el hermano (¿de la fe?) Otoniel Pérez a quien posteriormente conoceremos. El arma que emplea es un cuchillo y el lugar en el que ocurre es en un platanal. Resulta significativo el hecho de que al narrar la persecución que se suscita entre el perseguidor y el perseguido y este último cae al suelo, el narrador incluye la frase: “por suerte”. Por suerte ¿para quién? Obviamente la suerte obra en favor del atacante que logra cumplir con su cometido y presumiblemente escapa herido de una mordida de perro en una pierna. La pesquisa sobre este evento será una de las investigaciones que llevará a cabo la policía cuya pista los lectores se encargarán de seguir.

Uno de los preceptos de la novela policial dicta que sus autores les provean a los lectores las pistas que les permitirán dilucidar el crimen o los crímenes que se investigan. Esta novela no viola esa regla ya que las señales para dar con los asesinos se ofrecen por todas partes. Algunos de los personajes adelantan posibles motivaciones para los asesinatos. Por ejemplo, Mara, la antigua profesora practicante que se desempeña como publicista dirá: “huele a fanáticos fundamentalistas”. Uno de los policías se referirá a que el autor de los crímenes puede ser “un fanático de la vieja guardia”. Sobre su correligionario Jesús, Otoniel Pérez observará lo siguiente: “Este era un Jesús distinto al que él conocía. Un nuevo Jesús” (50). Por su parte, el pastor/maestro Jesús Colón confesará que desde muy temprano en su vida se sintió atraído por la figura y el mensaje de su tocayo. Su palabra le atraía por su pertinencia ética y social y admiraba su identificación con los marginados. Creía en el evangelio de Jesucristo. No obstante, pensaba que este se había equivocado en su prédica sobre la paz y prefería muchas de las enseñanzas del Viejo Testamento. Sus compañeros, Pedro y Santiago comparten abiertamente su desprecio por la gente corrupta y expresan su deseo de eliminarlos. Señalan además que ellos han encendido una mecha que alentará a muchos otros a seguir su camino justiciero. Es por esta razón que el lector no tendrá ninguna dificultad en identificar a los perpetradores de los asesinatos. Sin embargo, deberán juzgar sus acciones a base de sus propias convicciones morales y no por medio de las instituciones sociales que las propician.

El humor en la novela se emplea entonces para crear un texto ameno y accesible cuyas claves los lectores vamos reconociendo según se avanza en la lectura y nos insta a reflexionar. Cierro la presentación (en clave de humor, por supuesto) con una cita del doctor Moncho Loro que constituye una exhortación a los jóvenes escritores puertorriqueños:

Ahora me dirijo exclusivamente a estos literatos nuestros: ustedes, y los de su grupo, tienen en sus manos la oportunidad de brindarnos una nueva literatura en todo el sentido de la palabra: dedíquense a cultivar temas edificantes, inspiradores, produzcan una obra que sea la verdadera respuesta al panorama patético y desolador que nos rodea. Se podría hablar de tantas cosas bonitas… si se pusieran a escribir de lo que conocen, de lo que auténticamente les es propio, seguramente aportarían muestras que desplazarían sin mayor esfuerzo, a la deplorable chusmería literaria que tanto daño hace al buen nombre de nuestras letras puertorriqueñas… ¡Muchas gracias! (175).

 

 

 

 

 

 

Será Otra Cosa: Deuda, colonialismo y castigo

 

Para mi entrega de #SeráOtraCosa en el periódico Claridad esta semana, he decidido traducir (con el debido permiso) un segmento de una conversación importante que sostuvieron recientemente dos expertas sobre la economía política de la deuda: Hannah Appel y Frances Negrón-Muntaner. Esta traducción es un fragmento relativamente breve, e incluye algunas ideas, conceptos y ejemplos que me parecen particularmente útiles para pensar el caso de Puerto Rico y la conexión entre deuda, capitalismo y colonialismo. La transcripción original en inglés, así como el audio de la conversación completa, están disponibles en la revista Social Text, y pueden encontrar el enlace al pie de la columna.  — @RimaBrusi 

Pregunta: Para comenzar, hablemos de la forma en que la deuda impagable funciona como un instrumento para perpetuar la opresión, la explotación y la extracción en este momento nuestro. ¿Pueden ilustrar esto con algún ejemplo que nos diga algo acerca de los sistemas más amplios que movilizan la deuda (y en particular, la deuda impagable) de manera punitiva?

Hannah Appel: Me gustaría presentar un mapa que, por sí solo, ilustra tanto la historia como el presente de la supremacía financiera blanca. Este mapa representa las clasificaciones de riesgo crediticio asignadas a distintos países por Standard & Poor en el 2019. Fíjense en cómo las colonias de asentamiento más poderosas–Canadá, Estados Unidos, Australia–tienen las clasificaciones más altas, junto a Suecia, Noruega, Francia, Alemania y Finlandia. En el lado opuesto del espectro tenemos una representación desproporcionada de países ubicados en América del Sur, el Oriente Medio y África, incluyendo treinta y tres naciones africanas cuyo riesgo es considerado tan alto que no admite clasificación. Este es un mapa de las infraestructuras financieras del capitalismo racial: un mapa de la forma discriminatoria en que las tasas de interés le dan forma a los destinos de pueblos y naciones; un mapa que apunta hacia los términos contractuales extractivos que se le imponen a estos países cuando buscan inversión extranjera; y un mapa de las jerarquías de soberanía monetaria. Como casi todo el mundo presta y paga en dólares estadounidenses, éste es también un mapa del poder imperial de ese país.

Pero además, es un mapa de intimidades globales. Un mapa de la deuda como una forma de familiaridad intergeneracional, de la deuda de hogares y comunidades. Un mapa de la transferencia intergeneracional de la riqueza para beneficio del mundo blanco. Esta transferencia incluye la deuda que Francia le impuso al Haití revolucionario en 1825, así como la deuda que los colonos ingleses (con la ayuda del Banco Mundial) le impusieron a Kenia antes de partir, justificándola, en ambos casos, como una forma de compensar a los colonizadores por la pérdida de su “propiedad”: tierras y personas. Éste es, entonces, un mapa del robo histórico de tierra y riqueza. 

Aquí en los Estados Unidos, donde trabajo junto al Debt Collective [@StrikeDebt], los patrones de deuda familiar también revelan las intimidades intergeneracionales del capitalismo racial. Nosotras nos organizamos alrededor de temas como deuda estudiantil, deuda carcelaria, deuda hipotecaria y deuda médica, y vemos que en todas esas categorías, las mujeres negras están desproporcionadamente endeudadas.

Las preguntas que tenemos que hacernos son, ¿quién “debe” realmente, qué debe, y a quién? 

Frances Negrón-Muntaner: En la región que yo estudio–el Caribe– hablar de deuda en “nuestro momento” es complicado. La deuda ha sido una forma de gobernanza colonial punitiva desde el inicio mismo de la colonización europea en la región, y la coyuntura actual no es una excepción. El ejemplo más documentado es, como anotó Hannah, Haití. Allí, la deuda fue impuesta a modo de venganza, para castigar el atrevimiento que representaba una revolución liderada por esclavos (1791-1804) y la fundación de la primera república negra en las Américas.  En 1825, el gobierno haitiano accedió, bajo la amenaza de barcos cañoneros, a indemnizar a Francia con el pago de 150 millones de francos, cantidad equivalente al menos al 270% de su PIB. Esta indemnización infame, que se convirtió en una deuda odiosa, fue representada en aquel momento como un intercambio que buscaba compensar a Francia y a la vez lograr el reconocimiento político internacional de Haití. Pero la transacción hizo imposible que Haití pudiera invertir recursos suficientes en servicios nacionales básicos o independizarse del todo del poder francés, un poder que eventualmente pasó, en gran medida, a manos estadounidenses. Podría decirse que los bancos occidentales han gobernado a Haití por cientos de años. 

Pero estas dinámicas están presentes a través de todo el Caribe. Un ejemplo menos conocido es la República Dominicana. En 1869, el gobierno dominicano obtuvo el infame préstamo Hartmont, a través del cual tomó prestados $250,000 de una firma inglesa y terminó pagando, a lo largo de veinticinco años, un monto mucho mayor: 7.5 millones. Más adelante, a principios del siglo XX, la República Dominicana se convirtió, nuevamente, en la víctima de una deuda odiosa, en esta ocasión con Estados Unidos como prestamista. Durante este periodo, Estados Unidos estaba experimentando con una nueva estrategia llamada “diplomacia del dólar”, diseñada para asegurar su dominio político en las Américas usando la deuda como un mecanismo de control. Entre 1905 y 1907, Estados Unidos puso a la República Dominicana en sindicatura, tomando el control de sus aduanas y reclutando firmas en Wall Street para proveer préstamos al gobierno dominicano. Menos de una década más tarde, Estados Unidos ocupó la República Dominicana militarmente (1916-1924) para forzarla a pagar el dinero debido a prestamistas europeos y de paso aplastar la disidencia, o lo que el presidente Theodore Roosevelt llamaba “los núcleos de revolución”. Como resultado, Estados Unidos se convirtió en el único acreedor de la República Dominicana, el dólar reemplazó al peso durante décadas, y el pasmoso acuerdo de sindicatura siguió en pie hasta 1940. Al día de hoy, la deuda dominicana equivale al 69% de su PIB y se proyecta que en el 2026 superará los 81 billones de dólares. 

El caso de Puerto Rico parece más reciente pero, nuevamente, sirve para ilustrar que el pasado no es, propiamente, “pasado”. En Puerto Rico, la deuda también tiene una larga historia como mecanismo de extracción capitalista y gobernanza colonial. Además de procesos continentales tales como la esclavitud y la desposesión indígena, el gobierno español impuso el “régimen de la libreta” (1849-1873), así llamado porque los trabajadores estaban obligados a cargar siempre con una libreta detallando sus características personales, para quién trabajaban y qué tipo de trabajo realizaban. Así, además de la extracción de mano de obra, el régimen buscaba minimizar la capacidad de organización y movilidad personal de los trabajadores, e imponer la obediencia política a través de la deuda. 

Bajo el dominio colonial de Estados Unidos (a partir de 1898 y hasta el presente), la deuda se ha utilizado para remover, castigar y empobrecer. Inicialmente, el capital utilizó la deuda para presionar a los terratenientes criollos a vender sus tierras y expulsar campesinos de sus hogares.  Durante la segunda mitad del siglo veinte, sin embargo, la deuda neoliberal (en su mayoría en manos de bancos estadounidenses) se fue convirtiendo en la nueva forma que la extracción colonial capitalista asume en Puerto Rico. Durante los setenta, mientras la mayoría de las personas puertorriqueñas tenía ingresos bajos al tiempo que conformaba un mercado cautivo para productos estadounidenses, la industria financiera comenzó a extenderle crédito a casi todo el mundo, para así generalizar el consumo de mercancías. Esto resultó en el endeudamiento generalizado, no solo de “individuos” deudores, sino de toda una sociedad que comenzó, básicamente, a vivir para pagar.  Dos décadas más tarde, el capital financiero estadounidense endeudó, progresivamente, al gobierno de Puerto Rico con préstamos baratos, proceso que culminó, en el 2015, con una deuda nacional de tal magnitud (72 billones, además  de 54 billones en obligaciones de pensiones) que el gobierno la declaró “impagable”. 

Para muchas personas puertorriqueñas, este régimen de deuda es un régimen de muerte que ha aumentado la pobreza, el hambre y la pérdida de vidas como resultado de la negligencia del estado y del deterioro de todo tipo de infraestructura, incluyendo salud, vivienda y educación. Ha erosionado además la autonomía, ya limitada, de importantes instituciones, y desatado la migración en masa de mayor tamaño en la historia reciente del archipiélago, expulsando, desproporcionadamente, puertorriqueños jóvenes, a la misma vez que atrae al país números sin precedentes de millonarios blancos. Este asentamiento blanco, a su vez, le hace cada vez más difícil a los puertorriqueños poder vivir en Puerto Rico, debido al aumento dramático en el costo de vida y bienes raíces que trae consigo. En un futuro cercano, vivir en Puerto Rico podría convertirse en un lujo, disponible solamente, en su mayoría, para el disfrute de gente que no es puertorriqueña. 

  1. de la T.: Puede leer el texto completo en inglés (que incluye sobre discusión sobre algunas formas de resistencia contra la deuda en Puerto Rico y otros países)  y escuchar el audio de la conversación en:https://socialtextjournal.org/periscope_article/the-vengeance-of-unpayable-debts-art-activism-and-agitation-in-puerto-rico-and-the-united-states/

 

 

Blind date con un libro

 

La enigmática invitación de la Biblioteca José M. Lázaro estaba en la pantalla de mi teléfono. Era un blind date con un libro. Al parecer una lectura inesperada o un libro que pasé por alto. No creo que fuera El diario de un snob de Francisco Umbral, ni Yo, el Supremo de Roa Bastos, del que vi tantos ejemplares en el anaquel y que, sin embargo, no se me ocurrió leer cuando andaba por aquellos lugares con María.

De pronto, en 1989, embalaron un enorme cargamento de ejemplares de La Guerra del Fin del Mundo de Vargas Llosa y que pude ver enladrillando la antesala de Bell, Book and Candle. Leí la novela, que es la historia de un illuminatti brasileño, y si mal no me acuerdo Roberto Net me mostró un bien riguroso tratado histórico sobre el tema de los flagelantes o visionarios. ¿Cómo es que un tema que apasiona a los raperos no causó el menor interés cuando lo auscultaba la pluma del peruano? La vida no me dará para entender los reparos que tenían con Vargas Llosa, al que incluso conocí en persona, el único del Boom que nos vino a visitar.

La coqueta invitación en el celular me dio qué pensar. ¿Existía todavía la base de datos de los estudiantes repudiados por la escuela de pedagogía? ¿Se fundó en realidad el banco de verdad? Roberto Net, que regentaba con más que circunspecta modestia la Biblioteca Municipal de Puerto Nuevo, acababa de ser invitado a recitar por gente que me parecía del Internet Archive. Lo que está sobre el tapete es la nube de los autores y la controversia en torno a los derechos de autor. ¿Es una tranquilla para la libre difusión de ideas seguir con la noción de originalidad que heredamos del Romanticismo? Para Descartes, como para Borges, buen sentido y razonada imaginación tenemos todos los seres humanos. La nube data del año 2009, es algo así como sacar al aire la retaguardia de la obra de cada quien, no sé si peor o mejor que abolir los derechos de autor.

Sin embargo, el libro que no vi me lo iban a recomendar o quizá a prestar este verano que no sé si María volverá a conmemorar con otra semana en las cabañas de Hau. ¿Quién podrá ser la persona del libresco blind date? Sé que la única bibliotecaria adscrita al Internet Archive sale a buscar libros decomisados en los pulgueros de Amsterdam, sólo que ya no se pide dinero por ellos. El poema más importante de Browning se lo inspiró al poeta un libro decomisado en la Roma de Garibaldi, sobre el sonado caso de Franceschini. Aravind llevó a escena en El Paseo de Diego una obra sobre alguien que decomisa libros.

Se advierte cierta escéptica reserva en el mundo de las bibliotecas, en relación a la idea de dar a conocer la copiosa retaguardia de cada artista. Para algo sirven en todas partes los editores y los críticos literarios, lo mismo que los traductores. Confiar en la selección que hace un editor es conocerlo en persona y me parece que la nube tiene el defecto de causar el desconocimiento de las personas que tratamos inmediatamente y al lado de nosotros. Comoquiera que sea, pasé por la Farmacia Walgreens a ver qué novedades me son cercanas. Una de Vargas Llosa sobre Sendero Luminoso, titulada Lituma de los Andes, y un tratado sobre el Méjico de hoy de Carlos Fuentes, titulado Tiempo Mexicano. Creo haber visto allí mismo las Memorias de Cabrera Infante. Arturo Pérez Reverte ha dejado un poco las Aventuras del Capitán Ala Triste para practicar algo parecido al soft science fiction, en un libro titulado La carta esférica. Por la línea de la soft science fiction va The desert of stolen dreams de Robert Silverberg, publicado en Science Fiction and Fantasy en 1981. Es un número de esa publicación que me obsequió Roberto Net. No he olvidado el relato gracias al profesor Kerkoff, que nos enseñó el mito de Acteón, The black hunter, del que este relato es una versión nueva. Recuperado de un pulguero, que me regalaron a cambio de mi bitácora del fin de año, es una versión parecida del libro de Pérez Reverte, El catalejo lacado de Phillip Pulman. Por último, del mismo pulguero es la historia de la malograda adopción de un niño mejicano, Detour de James Siegel, que me cautivó nada más leí las primeras páginas.

 

El encanto del poder: Guayama

 

 

Especial para En Rojo

“… aquí, donde todo apellido extranjero tiene sonoridades simpáticas en nuestros oídos de colonos sometidos y bien hallados con el tutelaje de los extraños; aquí en este ambiente de aldea y campanario, corroídos por bajas pasioncillas de rencor y de odio, divididos en minúsculos bandos, como Montescos y Capuletos, persiguiendo unas mismas finalidades políticas y, sin embargo, separados definitivamente por puro espíritu de bandería…>> (José Antonio Vicente Palés y Anés, ca. 1912).

La una vez ciudad cosmopolita caribeña hoy se encuentra sepultada entre la memoria y el olvido. Los recuerdos de esa ciudad que hoy no es, pero desde el presente fue y podría ser, deambulan por sus calles históricas. El “vive el encanto” impulsado desde las entrañas de la corrupción del gobierno municipal de Guayama ha sido todo un “trampantojo” político-turístico. El concepto de “encanto” se limitó a los que estaban, y hoy continúan, en el poder. Encanto que desde el inicio fue un engaño.

El pasado sábado, 7 de mayo, la ciudad de Guayama fue sometida al sacrilegio de una elección limitada a tres candidatos por uno de los partidos que una y otra vez le ha fallado al País. Partido que es parte de un bipartidismo burdo y absurdo. El binomio político PPD-PNP lleva años en el poder y precisamente por esos años es que ha quedado evidenciado que no le interesa el bienestar de los puertorriqueños y las puertorriqueñas. Su interés es el poder; el capital. ¿Por qué el mismo partido al que pertenecía -o pertenece aún- el pasado alcalde acusado de corrupción es el que decide el porvenir de Guayama? ¿Qué han hecho por Guayama esos tres candidatos más allá de ser parte de un partido que “vive el encanto” del poder? ¿Qué han hecho por la calidad de vida de todo un pueblo? ¿Cuánto conocen realmente de Guayama?

Es menester mencionar, como “vivencia” social actual en Guayama, que a la contaminación ambiental por parte de AES (Applied Energy Services [Systems]), y de empresas dedicadas al cultivo transgénico -específicamente, entre Guayama y Juana Díaz [Monsanto; DuPont Pioneer y otras]-, además de otras industrias en el pasado, se le suma el ruido nocturno de una variedad de armas de fuego, y de sonidos indeseados y nada agradables que surgen de algún “lado” indeterminado. Las noches en Guayama se convierten en una pesadilla, particularmente, los fines de semana. Y es que en el centro urbano de Guayama, además de las iglesias, proliferan los locales en donde el único “bien común” es el consumo desmedido de bebidas alcohólicas. Cabe señalar que es el único “bien común” que parece interesarle al gobierno municipal. ¿Por qué no se han interesado por la creación de espacios culturales en la zona histórica? ¿Cuál es el rol de la Legislatura Municipal de Guayama en este asunto? ¿Qué tiene que decir al respecto el alcalde recién electo de Guayama? En la actualidad, como parte de su plataforma de gobierno, el municipio solamente cuenta con el Museo Casa Cautiño como espacio cultural “abierto” al pueblo. No obstante, nos cuestionamos tal “apertura”. La realidad es que limitan dicho espacio a sus propios intereses “personales”.

Lo previamente expresado nos lleva al tema del derecho a la cultura y a la educación. Si los diversos gobiernos PPD-PNP que arropan todo el archipiélago realmente se interesaran por el ámbito cultural y educativo de cada municipio, estaríamos hablando hoy de una verdadera calidad de vida para los puertorriqueños y puertorriqueñas. Más arte en sus diversas manifestaciones multiplicado abundantemente por todo el País. Esto es, más escuelas de artes plásticas y de música; al igual que, más teatros, cines locales, galerías, museos, bibliotecas, librerías, mercados artesanales y agrícolas al aire libre en cada plaza pública de Puerto Rico. Los salones o locales donde se despachan bebidas pueden ser parte de cualquier sociedad, pero deberían ser un “complemento”, esto es, parte de una red comercial y cultural a la que todo centro urbano -y zona histórica- debería aspirar; jamás debería ser la única alternativa para nuestros jóvenes. La voluntad existe entre los mortales, no debería ser una utopía.

Por último, regresa a nuestra memoria la escena de unas elecciones primarias del Partido Popular Democrático a la alcaldía en Guayama. Uno de los candidatos en esas primarias fue el hoy ex alcalde popular acusado de corrupción. Ya fungía como alcalde. Ya, y lo sabemos hoy, se apropiaba del dinero que le pertenecía al pueblo. En ese momento, alguien cuestionó la necesidad de esas primarias. Y nos preguntamos: ¿Hoy pensaría igual? Recordemos, por favor, que el dinero que roba cada político disfrazado de servidor público es dinero que no llega a las necesidades reales de un pueblo. En Puerto Rico existe la pobreza. Los derechos humanos de cada ciudadano y ciudadana de Puerto Rico son violentados a diario. ¿Por qué al “final del día” algunos -que son muchos- terminan elogiando al político corrupto? ¿Por qué es difícil ampliar nuestra mirada? ¿Por qué se desdibuja nuestra solidaridad como pueblo?

La autora es doctoranda en Historia, UPR-Río Piedra yPresidenta de la Junta de Directores Museo de Historia y Arte de Guayama