Especial para En Rojo
I was struck by the manifest shallowness in the doer [Adolf Eichmann] which made it impossible to trace the uncontestable evil of his deeds to any deeper level of roots or motives. The deeds were monstrous, but the doer – at least the very effective one now on trial – was quite ordinary, commonplace, and neither demonic nor monstrous.
Hannah Arendt escribe sobre Adolf Eichmann, un oficial Nazi que fue enjuiciado en Jerusalén en el 1961 (The New Yorker, 21 de noviembre de 1977)
Los estereotipos son construcciones que nunca reflejan la realidad de un individuo o una comunidad. Un estereotipo combina la ignorancia, el prejuicio y el privilegio del que observa a ese otro. Prácticas como el blackface, que se burla de las comunidades afrodescendientes, y la representación problemática de personajes queer, entre muchísimas otras, todavía sobreviven en los medios. Para contrarrestar estas representaciones problemáticas, una serie televisiva como Reservation Dogs (creada por Sterlin Harjo y Taika Waititi, 2021-23) cuestiona los estereotipos indígenas en los Estados Unidos profundizando en las vidas de sus protagonistas dentro de una reservación en Oklahoma. Los cuatro adolescentes que protagonizan la serie no son signos vacíos, sino jóvenes que luchan por entender su cultura y su realidad. Por otro lado, en su show para HBO, Spic-O-Rama (dir. Peter Askin, EEUU, 1993), John Leguizamo encarna diferentes miembros de una familia latina altamente disfuncional. Cada personaje comienza como un estereotipo. Por ejemplo, la madre de la familia, Gladyz, fuma cigarrillos al lado de su bebé y le da Coca Cola de dieta para calmarlo. Gladyz representa el estereotipo de una joven madre latina en Nueva York. No obstante, el personaje expresa cómo se siente atrapada en su rol de madre y sus frustraciones por nunca haber tenido otra oportunidad. Leguizamo cuestiona el estereotipo al profundizar en la realidad de Gladyz. Por un lado, las risas de la comunidad latina reconocen la situación de Gladyz, que es víctima de un machismo que la condena al rol de madre. Por otro lado, hay una risa problemática que proviene de aquellos que visualizan a Gladyz como una representación certera de la realidad y, como resultado, perpetúan un estereotipo. Por el contrario, se puede enaltecer un grupo usando un estereotipo o caricatura que, aunque no sea positivo, inspire la fascinación de algunos. Aquí es donde la parodia pierde su filo subversivo y se torna en un instrumento que afirma el poder. Esta es la compleja línea que transita la más reciente película de Pablo Larraín, El conde (Chile, 2023).
El director chileno imagina al sanguinario exdictador, Augusto Pinochet (Jaime Vadell), como si fuera un vampiro que nació en la segunda mitad del siglo 18 en Francia. Al ser testigo de la Revolución Francesa, Pinochet se juró que siempre apoyaría a los círculos de poder en su opresión del pueblo. Por eso, su camino lo lleva a Chile donde fue nombrado comandante en jefe del ejército. Pinochet consolidó su poder al dirigir el golpe de estado que derrocó el gobierno socialista de Salvador Allende el 11 de septiembre de 1973. Una vez en el trono, las fuerzas de Pinochet persiguieron a toda persona que acusaran de comunista declarando así una guerra sucia de secuestros, torturas y asesinatos contra el pueblo chileno. En la película, ya Pinochet es un vampiro viejo que busca morir. Aunque todos piensan que el dictador ha muerto, este vive escondido en una isla desierta junto a su esposa, Lucía (Gloria Münchmeyer), y su obediente mayordomo, Fyodor (Alfredo Castro). A esta isla han llegado los hijos de Pinochet, que están interesados en la fortuna de su padre, y una monja (Paula Luchsinger) que ha venido a servir de contable de la familia. La monja también tiene una misión secreta, confrontar al demonio que se ha apoderado supuestamente del cuerpo del dictador para devolver su alma a dios.
La ambientación de la película es uno de los elementos mejor logrados. La casa donde vive la familia Pinochet es un laberinto de horror de esquinas oscuras y túneles subterráneos que recuerda al castillo gótico en Frankenstein (dir. James Whale, EEUU, 1931). La cinematografía de Edward Lachman y su uso de blanco y negro son exquisitos. Larraín usa el blanco y negro para distanciar nuestra realidad del desierto aterrador del vampiro. Además, esos grises de la película son la gama de colores perfecta para capturar el surrealismo de un Pinochet vestido en su uniforme militar y capa volando en la noche para cazar víctimas. Inclusive, los personajes adquieren proporciones monumentales a través de la fotografía de Lachman y la dirección de Larraín. Así vemos al personaje de la monja que por momentos observa con una sonrisa vengativa las luchas entre los miembros de la familia Pinochet. En otros, su expresión adquiere la angustia de la Juana de Arco de María Falconetti, que considero la mejor actuación del cine silente en La pasión de Juana de Arco (dir. Carl Theodor Dreyer, Francia, 1928).
A pesar de que soy fanático de la obra de Larraín y la gramática visual de El conde no deja de maravillarme, tengo problemas serios con la película. Entiendo la parodia que Larraín trata de lograr. Los personajes de la película son representaciones grotescas de las cualidades humanas más funestas: el privilegio, la traición, la crueldad, la avaricia, y la arrogancia, entre otras. Los personajes son estereotipos sin ninguna profundidad sicológica. Pero al visualizar a Pinochet como un vampiro, el personaje adquiere unas dimensiones míticas que lo llevan mas allá de lo humano. Augusto Pinochet es una muestra del régimen de horror que un traidor muy humano es capaz de imponer sobre un país. Además, el vampiro es un monstruo que asociamos con lo sensual por la manera tan sexual con la que ataca a sus víctimas. A pesar de que entiendo la parodia, Pinochet se transforma en un monstruo impresionante que engulle el corazón de víctimas sin nombre. La película carece de una conexión emocional por la falta de personajes humanos que sufran los crímenes de la dictadura. Tan solo vemos el poder de unos monstruos que buscan canibalizarse los unos a los otros. La falta de las consecuencias reales de la violencia en la historia no solo silencia las víctimas reales del régimen, sino que también le dan una impunidad a los asesinos. En El conde, Larraín logra bestializar a Pinochet, aunque la representación corre el riesgo de atraer la fascinación de los apologistas de la dictadura.



