Encontrado en las redes-“Y los padres, ¿dónde están?” Por un padre cualquiera, que no sale en televisión.

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«Me llamo Ernesto, en otro día cualquiera… El despertador no sonó.
Fue el grito de mi hija menor soñando con precipicios. Le susurré que los monstruos duermen después de las tres de la mañana. Me miró sin creerme y le hice el desayuno con las manos temblando. Y aquí está papá…

Mi esposa ya estaba en el cuarto de nuestro hijo mayor, cepillándole los dientes como si fueran una adivinanza. Tiene 24 años, autismo severo y la mirada más pura que he visto. No camina sin ayuda, pero su risa tiene alas. Le cambiamos el pañal, le dimos sus pastillas, y no, no cualifica para el programa que da ayuda a adultos con discapacidad. “Muy joven”, dicen. “Muy funcional”, alegan. Claro. Funcional como un país sin luz. Mi esposa lo duerme, por él dormimos separados, no por falta de amor, sino por logística. Ella lo duerme a él, yo duermo la chiquita. No hay ayudas, no hay apoyo…

A las siete, ya iba tarde para el trabajo… porque allí también está papá…

Mi hija del medio, esa que brilla y arde, se encerró en el baño sin contestar. Yo tiemblo de miedo de que se corte… Tiene 17 y la mente le tiembla como una hoja mojada. Lleva dos años peleando con pensamientos que no deberían habitar en cuerpos adolescentes. Dos intentos de morir por suicidio en los pasados seis meses. En cada uno morí un poco… Desde entonces, la miro como si mirar bastara. La abrazo como si abrazar curara. El plan médico cubre la mitad del psiquiatra, ninguna de las terapias grupales. Y aquí también estoy…

Mi suegra se cayó de la cama la semana pasada. Lo supimos por el morado. Evaluamos entre pagar una enfermera o llevarla a un hogar. Lo mismo que elegir entre pagar la hipoteca o dejar de comer arroz por tres meses. Allí también estoy…

Por eso llegué tarde al trabajo.
Otra vez.
Pero esta vez no dije que era por el tapón. Dije que era porque estaba vivo.
El jefe me miró como si hubiese hablado en arameo.

Por la tarde, llevé al nene al parque. El chiquito. El único que todavía no sospecha que el mundo está roto. Juega pelota como si la felicidad viniera en forma de guante. “¡Dale, pá!”, me grita. Y le grito de vuelta como si no me doliera el pecho. Como si no tuviera que volver a casa a buscar una vela porque LUMA decidió darnos oscuridad con aumento. Porque sí… y ahí está Papá también…
Al llegar, prendí el televisor y ahí estaban, jugando con la pelota del privilegio.
Los próceres del reproche.
Uno sin hijos. Millonario. Dueño de su silla de comentarista y del juicio fácil.
“El problema de este país son los padres. ¿Dónde están los padres?”, gritó, como si acabara de descubrir América.

Ahí fue cuando me reí.
Una carcajada larga, con filo.
Dónde estoy, preguntan.
Estoy aquí, ¡me cago en todo! Porque estamos como podemos con lo que nos ofrecen.

Estamos en la jodida fila de la farmacias. En el comité de padres de educación especial. En la sala de emergencias con nuestros abuelos. En las reuniones, los grupos de Whatsapp, las rifas para que el nene viaje con su equipo de pelota… En los entrenamientos de pelota, de baloncesto, de volibol. En el trabajo, haciendo patria todos los malditos días… En el segundo trabajo. En la casa sin cisterna que se va el agua a diario, “compra una cisterna mijo, no es lujo, es necesidad… igual que las placas” me dice mi tía que anda becada por allá en la parte mas alta de Montehiedra.

Estoy vivo, aunque a veces apenas, ahí está Papá.

Estoy en el acto heroico de sobrevivir sin que me quiten la ternura.

Y entonces, como si me escuchara el universo o el canal de televisión, mi hija bajó las escaleras. Tenía el pelo suelto, los ojos abiertos y un cuaderno en las manos. “Papi, escribí algo… te lo leo.”

Le dije que sí, con el alma.
Y mientras leía, yo lloré calladito.

Porque aunque me preguntan dónde estoy,
ella sabe exactamente dónde estuve siempre.»

 

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