En Rojo
En las praderas azucareras del Caribe olvidado, donde el sol imparte regímenes tan mortales como aguaceros, la gente llegó a vivir sin conocer del Sonido. Labraban su tierra con una modorra sorda, aburridos, hundiendo picos gordos que no hacían sino sacudir el suelo. De los dedos no se oía ni un chasquido; y las aves, lejanas, volaban sin gorjear sus trinos. Para comunicarse, los compueblanos se valían del tacto y el lenguaje escrito. Pero un día, ocioso y apenado, un dios llegó acompañado por abalorios dorados y perifollos con cueros de reses.
Aquel espíritu llegó ataviado con una guayabera de figurines de vela, cadenas y un hablar particular que se entendía hasta en esos lares. Era simpático, locuaz, y predicaba sobre algo con urgencia. Decía que había que poblar la tierra con eso que él llamaba Sonido. Que no podía, por disposición suya, haber pueblo en la tierra que no conociera de esta bendición, y que cada pueblo habría de cantar un ritmo correspondiente a su entorno. Pero a este pueblo, enclavado en el seno de la Nada, olvidado por tanto tiempo por este dios cocolo, había que obsequiarle el ritmo más pulido.
De ahí que el dios ordenó, por señas, que el pueblo reuniera el estaño de la minas, la madera de los robles, las pieles de las reses y hasta las cuerdas de los tendederos. Apilado el reguero de materiales, el dios comenzó a aplaudir en son de clave– asi le decía a ese primer ruido– para augurar el nuevo Sonido. Ahora le iba a dar sentido. La cuerda se hizo hilo y luego bajo; la madera en baqueta; el estaño en cencerro y luego trompeta; y los cueros en bongoces. Lo último que el dios creó en este pueblo fueron, por supuesto, las voces. Desde el tono más estridente hasta el timbre más melifluo, el Caribe olvidado ahora cantaba al son de tres-ochenta, quemando liga y castigando la clave que el dios Kokoló– ese era su nombre– le regaló.
— Ustedes, pueblo noble y gentil, son como la melaza sabrosa que aviva la tierra. La sazón olvidada que redime los errores de todos los Dioses Sandungueros. Por eso les bautizo este ritmo como salsa: letra hecho verso y canción. Canto que resarce todos los silencios que han vivido hasta ahora–, dijo el dios antes de coger vuelo y partir.
Y así, felices en sus praderas azucareras, la gente buena del Caribe olvidado comenzó a cantarle a las Plantaciones adentro, las María Lionza y a sus islas que yacían entre olas cristalinas.


