“Dime, ¿qué es lo que está pasando”[1]: Mirada de mujer en mi 2025

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Especial para En Rojo

Desde el mes de agosto, he estado, a cuentagotas, sumida viendo (voluntariamente, debo admitir) la conocidísima telenovela mexicana Mirada de Mujer (TV Azteca) transmitida originalmente entre 1997 y 1998. La telenovela en cuestión, como decía un conocido, la veía hasta el perro. Yo no recuerdo haber seguido muchas otras después de ésta que sintonizaba con asombro y fascinación a mis 11 años, y ahora, mucho tiempo después.

Mirada de mujer narra la ruptura de un matrimonio de la alta burguesía capitalina (María Inés e Ignacio San Millán), interpretados por Angélica Aragón y Fernando Luján, a causa de la infidelidad y posterior abandono del marido por una mujer treinta años menor (Daniela / Martha Mariana Castro). Tras la separación, María Inés, de 50 años, que hasta el momento se había dedicado a llevar el hogar y la vida de su esposo y tres hijos, sacude ‘el orden de las cosas’  al comenzar una relación con Alejandro Salas (Ari Telch), un periodista 15 años más joven e importante catalítico de la transformación de la protagonista.

La vida, el aspecto, los comportamientos de María Inés antes del desenlace de su matrimonio, más que pudorosos, son claustrales. Su día a día contiene el lujo propio de su clase a la vez que el encierro impuesto más que nada a las mujeres que pertenecen a esa casta criolla y conservadora de vestigios coloniales –cuya manifestación más rotunda y ejecutoria es Mamalena, la madre de la protagonista–. Además de la ruptura conyugal, en la telenovela, la familia se ve sacudida, en guiños, por el vuelco neoliberal del país[2].

Mirada de mujer batió récords de audiencia en América Latina y en Estados Unidos. En su momento, fue un vehículo para visibilizar, aun de pasada, varios temas que se habían tratado poco en este medio, entre ellos, el VIH/SIDA, el aborto, el divorcio, las relaciones interraciales (e intergeneracionales), el acoso laboral o la violencia de género. Según las encuestas “la mayoría de la gente pensaba que Mirada de Mujer reflejaba la vida familiar en México de una forma más real que otras telenovelas” (Suleiman González 92). En 1998, sus protagonistas fueron portada de la revista Time con el titular ‘breaking taboos’.

¿Qué funciona en Mirada de Mujer?

El productor de la telenovela, Epigmenio Ibarra, atribuyó su éxito a tres elementos: la historia (que parte de la serie colombiana Señora Isabel), las interpretaciones y, finalmente, la cámara. Angélica Aragón, quien interpretó a María Inés, lo confirmó: “no fue nada más el guión”, explica, “fueron los grandes méritos de un equipo”. Entre ellos, a nivel técnico, insiste en la cámara en movimiento (no fija o estática) y las luces cenitales, además del trabajo de preparación.

A pesar de su título, poco tiene esta novela de female gaze, en términos académicos o de producción. Esta serie fue financiada, dirigida, adaptada y entendida principalmente por ‘hombres’ (cómo explicar si no la muerte de Paulina). Tampoco creo que haya redefinido al género, como he escuchado decir. La telenovela no renuncia ni por un segundo al melodrama o revierte, en gran escala, un orden económico o social, pero sí le dota a la mayoría de sus personajes femeninos de agencia para encarar la pérdida, para imaginar otra vida, para disfrutar y finalmente, para vivir.

La telenovela nos regala unos diálogos sugerentes y agudos entre el elenco de mujeres,  provistos de choques generacionales, quiebres de confianza, de solidaridad y, en el mejor de los casos, de madurez a través del reconocimiento y aprecio mutuo (merece la pena ver un encuentro en el hospital entre María Inés y Daniela, cuando descubren que la gran piedra en su camino es el patriarcado y no Ignacio San Millán). La telenovela (aun con sus notables limitaciones) les dota de agencia y de futuro. Supongo que de ahí la candidez de su título, pues, más que una mirada ‘de mujer’, reconoce que existen varias y distintas formas de ver, como sugería Edgardo, con su posibilidad de ser, de cambiar y de ocupar espacios.

 ¿Por qué volver a verla y para qué escribir sobre Mirada de Mujer?

Sigo apreciando el manjar de la cámara, de algunas interacciones entre los personajes, del vestuario y maquillaje, de los paisajes urbanos, de los interiores (y su crítica velada a las clases patricias) y de sus otras vistas más serenas de la geografía mexicana. Me asombra todavía el capital cultural del personaje de Alejando Salas, y su trabajo de periodista-escritor, su colección de carteles del cine de oro y su biblioteca, con novelas que yo me propuse entonces leer.

Me ha gustado regresar a esta novela porque es un recuerdo común y formativo que comparto con mi prima; una oportunidad para dialogar y escuchar las lecturas que hace mi mamá –que justo también la ha vuelto a ver– y la ocasión para recordar a mi tía. Ha sido tema de conversación con Edgardo, a quien tengo entre mareado y consternado por esta peculiar disciplina novelera o con Medardo, con quien he compartido, entre otras cosas, inquietudes sobre el elenco y ciertas caracterizaciones.

No sé si valga la pena acabarla. Me basta con volver a escenas o a capítulos particulares porque entre investigar su recepción, impacto y producción ya me he revelado mucho más de lo que esperaba. En especial, ha esclarecido algunas preferencias, gustos y apegos que me han marcado, sin saberlo, hasta el día de hoy. Hace unos meses, texteando con Medardo, me decía: “Qué baboso es Alejandro Salas” y yo le respondía, como hubiera hecho a mis 11 años, “Yo lo amo”.

 

Notas

[1] La canción de la telenovela fue una composición muy popular de Armando Manzanero y fue interpretada por la cantante mexicana Arantza.
[2] Para más información sobre el efecto del vuelco neoliberal en la producción audiovisual de México, en especial las representaciones de las mujeres, ver:
Muñoz Quintero, Clara P. “Apuntes generales del papel de las mujeres en el cine mexicano”, Archipiélago (2025): 39-44.
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