Especial para En Rojo
A partir de un texto inédito que un colega en la formación psicoanalítica me compartió, con miras a contribuir a la incipiente revista que ilusionados tratamos de montar, me ha ocupado una reflexión en torno a los quehaceres y al deseo que me conducen a un término en específico. Tal vez les comparto una divagación personal sin mayor trascendencia, pero por generalizada y cotidiana le confiero importancia. Me refiero a lo que conocemos como cumplimiento. Ese sustantivo que puede ser acción tanto como un movimiento sostenido o un brutal predicamento hacia la perfección… todo ello con sus relativos grados y matices, como casi todo en la vida.
Si partimos del propio término, el cumplimiento por lo general conlleva nuestro verdadero empeño y energía a favor de una acción en la que, como regla social notoria, están más de una persona involucradas. Si nos centramos en la carga complementaria de lo que nos vincula a cada cual, con el cumplimiento, la dialéctica se vuelve caudalosa e incluso de un cariz filosófico que me será difícil cumplir con todas las expectativas a cabalidad. De todos modos, me aventuro a hacer confesiones no solicitadas.
Cuando pienso en el trabajo en común, y desde los linderos del lazo social –que usualmente requiere resultados medibles en conjunto a otras personas– admito cierto resquemor al vínculo de la colaboración. Mi ética particular irrumpe internamente no como un disgusto a priori hacia el trabajo en colectivo, sino fundamentada en responderme qué busco aprender en cada vinculación con los demás. Me respondo a menudo a mí misma cosas como ¿deseo esta experiencia para manejar saberes que no poseo? ¿Qué significa en este contexto aprender algo nuevo? ¿Verdaderamente tengo algo que aportar? Parto de que el no-futuro dejó de ser un grito de protesta y es un destino fatigado. Me permito entonces gestionar ese futuro, mi futuro, como una labor conjunta, con más o menos aprensión que osadía.
En mayor o menor escala me involucro en proyectos diversos en los que más que participar, yo accedo a colaborarme. Acepto que soy entusiasta cuando la gesta me interesa porque reconozco una pulsión muy genuina que me activa para aprender en comunidad. Pero eso no significa que no me cuesta la fase inicial de la preparación de agendas compartidas, por un lado, y por el otro, que me exasperan las metodologías hegemónicas que en vez de apuntar a la educación emancipadora del colectivo son alianzas del tipo clientelar. He ahí mi primera defensa, una cosa es cumplir y la otra es el aprendizaje.
¿Cómo valido el aprendizaje –en mi caso, anteponiéndolo sobre cualquier compromiso contraído con otros– si más que habitar sociedades diversas, nos dirigimos cada día más a la segregación? Basta mirar con atención a nuestro alrededor para darnos cuenta de que las agendas en el plano social están cada vez más compartimentalizadas. Lo que solíamos nombrar lo común pierde peso aceleradamente. Como bien nos enseña el pensamiento filosófico de Marina Garcés la educación no es un asunto que se pueda resolver solo con innovación y mayor sofisticación ni con “cheer leaders» del fundamento educativo, añado por mi parte. ¿Qué significa aprender algo? nos interpela la gran Escuela de aprendices (Garcés, 2020). En su breve y potente reflexión tenemos presente que la educación es el taller donde se ensayan las formas de vida posible. Por ello no es fortuito que el denominado capitalismo cognitivo asalte cada vez más todos los campos: la educación formal y también la informal; los recursos y cuáles de sus métodos son los que prevalecen.
Por qué cumplir, por qué educar, para quién
Estarán conmigo en que el progreso de las civilizaciones ha estado escenificado por una larga cadena de errores y aprendizajes, que varían ante el cromatismo antropológico, motivo por el que insisto en indagar qué promesa de realización o cumplimiento nos asegura la aludida educación. Nos llenamos la boca y el eco nos devuelve la manida frase de “lo primordial es educar para obtener mejores resultados” – llene aquí el blanco con su asunto de preferencia.
Me planteo que, si el remitido aprendizaje no va a involucrar cumplirnos un agudizamiento de los sentidos, una espera, sí, una pausa para que contemplemos a ver qué pasa, cómo se desarrolla lo aprendido, rendirá poco. Si dejamos relegadas las iniciativas de la educación popular y las pedagogías feministas en nuestro intercambio diario con los demás permaneceremos igualmente ocupados, es cierto, pero sin compromisos conducentes a ser aprendices para un referente nacional hacia el bien común.
Ante la avalancha de cumplimientos que desbordan nuestro estar, tengo claro que deseo inclinarme más hacia el wu wei taoista. Esperar. Qué idea nueva surge, cómo es que vamos a calibrar nuestro aporte, nuestro propio descubrimiento y cómo éste se inserta en otras tradiciones de pensamiento, si es que lo hace o no lo hace, porque para mí que la oferta educativa que optamos hacer y aceptar para cumplimentar es evidente en fallas y deja (otro mundo posible) por desear. Quizás toca elevar la pregunta más a menudo sobre qué de lo que me dispongo a aprender cuestiona las formas de vida actuales. Tal vez respondernos propenda en la grieta inicial, una hendidura que aporte nuestra originalidad y particular visión del asunto. No creérsela a menudo también ayuda, sí vivir a la altura de nuestro propio pensamiento con confianza (y también desconfiando) para interpretar el progreso concreto de nuestro continuo aprendizaje.


