Especial para En Rojo
Tengo unos amigos latinoamericanos muy jóvenes, indocumentados en España. Hace unos años, una tarde, cocinamos para ellos.
Dos hermanos que llegaron juntos al país, dejando atrás hijos y sobrinos, trayendo consigo un talento intacto en las manos.
Una chica trans que llegó sola, huyendo de la persecución que la amenazaba en su pueblo.
Un fotógrafo triste que, al quedar huérfano de madre, se echó a andar y terminó llegando a Madrid.
Y nosotros: dos turistas puertorriqueños pasando otro verano allí, un italiano -ciudadano europeo- y un español.
Celebrábamos el reencuentro.
Pusieron su música en mi computadora: Merengue, bachata, salsa, pop.
«Sobreviviré» – Mónica Naranjo
«Born This Way» – Lady Gaga
«Nuestra canción» – Elvis Crespo
«Qué hay de malo» – Jerry Rivera
«Corazón sin cara» – Prince Royce
«El Doctorado» – Tony Dize
Bailamos con ellos en el pequeño patio interior, contagiados por su alegría.
Recordaban cómo pasaban los días escuchando esas canciones en casa; adolescentes entonces, en su país, buscándoselas para sobrevivir.
Ayudando a la madre a barrer el piso de tierra, cambiando pañales, haciendo mandados, cosiendo en la fábrica, sacudiendo el colchón de un cuarto para seis.
Tomando el autobús de media tarde para volver a casa ya muy entrada la noche, o tirados en la cama, recuperándose de una golpiza y soñando despiertos con el día en que todo puediera ser diferente.
Hubo lágrimas disimuladas mientras sonaba la canción de Elvis Crespo.
La herida de la despedida seguía abierta.
Sangraba con el mínimo roce del recuerdo, con todo lo que había quedado atrás.
Qué distintos eran los míos, mis recuerdos; qué diferentes las condiciones de mi estancia allí.
Enredados entre vueltas y tropiezos que nos sacaban de compás, las risas rellenaban los huecos de la torpeza.
Manos tomadas, abrazos que nos devolvían el ritmo.
Gestos como de un acuerdo silencioso, de complicidad que aliviaba y alentaba a seguir.
La policía tocó a la puerta.
El baile se detuvo, aunque la música siguió sonando, convertida ya en música de fondo.
Mis amigos corrieron, dispersándose para esconderse.
El español me detuvo, sujetándome por los hombros:
— Tranquila. Sin una orden, no entran. Abre la puerta.
Un joven uniformado saludó y asomó discretamente la cabeza.
—Han alertado por una fiesta.
En el patio, sentados, el puertorriqueño, el italiano, y el español fumaban.
La computadora, encendida sobre la mesa, aún transmitía música.
Me aclaré la voz, enseñé el pasaporte y señalé al patio:
—No hay fiesta, solo es la sobremesa. Estamos viendo videos por YouTube.
—Sí, sí, vale. No pasa nada. Ya hemos visto. Ha sido un vecino que siempre llama por todo.
Me devolvieron el documento, dieron las buenas tardes y se fueron.
Esperé con la puerta abierta hasta que tomaron el ascensor.
Me di la vuelta.
Respiré.
Nuestros amigos seguían escondidos, callados, esperando.
Como siempre.
Los fui a buscar. A ellas primero. Se habían metido las dos al baño del segundo piso.
De regreso todos en el patio, se rieron a carcajadas, recordando las caras de susto, la mala elección de escondites, los traspiés al subir a toda prisa las escaleras.
Reímos con ellos.
Son muy graciosos mis amigos.
Y muy trabajadores.
Los quiero.
Pero esa noche ya no volvió a ser igual.
Tras la risa, apareció la inquietud, la preocupación, el miedo.
La música se calló.
Aquel instante cayó como advertencia: no hay que hacer ruido.
Hoy, viendo las noticias, pienso en ellos.
En ese día corriendo, asustados, por aquel apartamento de Madrid.
Riendo después.
Pienso en lo impensable de esa risa hoy, a este lado del Atlántico.
Acá: puertas forzadas, gritos, jalones.
Rodillas, caras, cuerpos contra el piso.
Manos atrás.
Basta pasar por el lugar equivocado.
El vecino que mira y señala.
El vecino que graba y acusa.
El vecino que insulta y que llama.
Y le llama ley.
Le llama orden.
Le llama seguridad.
Se normaliza.
Se justifica.
Se aplaude.
Y a mí me da asco.
En España, mientras tanto, desde hace unos días se habla de regularizar.
De conceder estatus legal a cientos de miles de personas que llevan años viviendo y trabajando allí sin permiso formal, aunque el Estado haya tardado demasiado en reconocerlo.
Esto les daría acceso a atención sanitaria y servicios básicos con mayor seguridad jurídica. A ellos y a sus familias.
No es generosidad.
Es inteligencia política.
Es justicia mínima.
Regularizar no es regalar nada.
Es reconocer, de una vez, que la economía ya depende de ellos: que cuidan ancianos y niños, cocinan, cosen, limpian,levantan ciudades, dignifican su sociedad.
No borra el racismo.
Pero deja de convertir la vida cotidiana en una emboscada.
Podría significar que el Estado deje de cazarlos.
Porque nadie cruza océanos y fronteras para vivir perseguido,como si migrar fuese un crimen y no un derecho.
En Estados Unidos, un Estado que proclama libertad persigue a quienes solo intentan sobrevivir.
La diferencia con España no es solo legal: es temporal.
Regularizar abre un futuro. Las redadas suspenden el tiempo.
Obligan a vivir en un presente de amenaza constante.
No administran solo fronteras: administran el tiempo de la vida.
Deciden quién puede vivir con continuidad
–hacer planes, firmar un contrato, enfermar, envejecer–
y quién debe organizar su existencia en función de la huida.
Aquella noche en Madrid, me quedó claro lo menos evidente.
El privilegio es no tener que interrumpir la vida.
Nosotros podíamos permitirnos bailar. Ellos bailaban para persistir.
Nosotros nos quedábamos en el patio. Ellos corrían.
No porque hubieran hecho algo, sino porque su sola presencia
era una infracción latente.
No fue una excepción.
Así se administran los cuerpos, el movimiento, y el tiempo –siempre en suspenso–
de los sin papeles.
Que no se ofusquen quienes aplauden al Estado cuando llama orden a las redadas,
ley a la persecución, y seguridad a la negación de derechos.
En el país del Hielo, ahora mismo nadie es libre.


