Será otra cosa-Historia para dormir

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Especial para En Rojo

—No puedo dormir— le expliqué a Clari — No te escuché la primera vez. Estoy distraída.

Clari se ríe de mí cuando me encuentra hablando sola. Ella jura que me estoy volviendo loca, pero no. Hablo con mis muertos. Mis muertos son reales, no como ella dice, productos de mi imaginación desaforada. Lo que ella no sabe es que algunas veces también bailo con ellos cuando estoy sola, y ese baile es la única garantía de mi salud mental. Bailo como una demente, con toda la casa apagada, frente al ventanal que da a la avenida, donde sólo los murciélagos y las cucarachas puedan verme. Cuando ella llegó a casa, la sala estaba a oscuras.

Hablo con mis muertos como si rezara. Lo hago desde muy pequeña, con el mismo fervor de una oración, apretando los ojos, deseando fuertemente su presencia, a ver si así sí, si así me escuchan. También bailo, porque en algún lugar leí que eso se hace cuando se convoca la alegría, y hoy la necesito, como un milagro.

De pequeñas nos hablaron mucho de milagros. Todos los domingos nos llevaban, a mis hermanas y a mí, a misa, y nos contaban montones de historias inverosímiles que debíamos tomar como verdad. Por las tardes nos quedábamos en casa leyendo cuentos de hadas, que era casi lo mismo, y aunque nos confundiéramos, ya por la noche estábamos convencidas, y rezábamos antes de irnos a dormir. Mientras tanto, mi madre fregaba los trastes de la cena dominical y rumiaba por lo bajo encadenadas diatribas contra el patriarcado, que sonaban también como un rezo.

Vivíamos confundidas, claro que sí. Pero teníamos la voluntad de creer, de confiar, de sentirnos seguras en aquel mundo lleno de reglas y prohibiciones al que habíamos llegado, al que nos habían traído sin consultarnos. También nos hablaban, para colmo, de un pecado original que no entendíamos, a nosotras, tan inocentes. Necesitábamos auxilio ultraterreno, lo sabíamos. Por eso apretábamos los ojos en la oscuridad y rezábamos como muñecas de cuerda. Hablábamos de tú a tú con el ángel de mi guarda dulce compañía, palabras mágicas como las de los cuentos que nos daban fuerza, pero también nos encerraban en una niñez protegida, en una burbuja vulnerable, una pompita de jabón, que la claridad del terror, la mezquindad y la violencia del mundo fue quebrando. Luego, mucho tiempo después, todavía necesitada de auxilio extraordinario, al menos yo, hablo con los muertos porque también se nos ha ido poblando el Otro Mundo de interlocutores, y cualquier ayuda ultraterrena es bienvenida.

Y así es que Clari me encuentra hablando sola. No es que hable duro, aprovecho la pantomima de los auriculares, voy hablándole a un muerto según voy por la calle. Me acompaña al estacionamiento, lo consulto para las grandes decisiones tanto como para las boberías cotidianas. ¿Pero era por aquí? ¿Estás seguro?

El asunto es más peliagudo en estos días porque no encuentro cómo explicarles a los muertos recientes lo mucho que ha cambiado el mundo. Nunca sabrán si la impresión es cosa de los tiempos o cosas de la edad (la mía), como dicen los doctores, y comparto con ellos la misma sensación de desamparo. Es algo así como esto no hay dios que lo entienda.

Clari dice que debo dejar esa mala costumbre, que no es sano, que debo mirar las verdades cara a cara, pero es que son tan feas las imágenes. Debo escoger entre mirar y no mirar, entre envolverme en esa red de luces, voces y formas, o adentrarme en bosques reales, chapotear por los pocos caminos bajo la sombra, usar los otros sentidos para plantarme también yo en el planeta. Dejar de hablar con muertos. Dejar de asomarme al otro lado. Presentir a los vivos desde lejos, aunque se estén matando entre ellos.

Así que miro. Y mirando, le cuento a Clari, me encontré con una criatura tan espantosa que parecía signo del final de los tiempos. Resultó luego que el responsable de la foto aclaraba que la ha tomado bien de cerca, que no era tan terrible ni amenazante. Sólo mide un par de pulgadas, pero el pequeño monstruo es todo boca, en la que luce varias hileras de afilados colmillos. Lo inquietante es que lleva en la coronilla una elegante antena que termina en un punto luminoso. Igual que el acercamiento el pez diablo negro (así lo llaman) lo convierte en criatura fantástica, lo que ha sucedido en estas semanas me ha dejado la impresión de un acontecer acelerado, le digo a Clari. Las cosas –las terribles y las maravillosas–, han sucedido, sin embargo, a su propio ritmo, nota precipitadamente. ¿O me equivoco? ¿No será por eso que no puedo dormir?

—Si no puedes dormir, me dijo Clari, seguramente padezcas de policrisis. ¿Policrisis? Sí, leí un artículo sobre el padecimiento en The Guardian hace unos días. Puedes tener policrisis aguda, una policrisis de miedo. Dicen que toda esa avalancha de malas noticias, esas imágenes de violencia y crueldades de todo tipo, sumadas a las penurias diarias, los achaques, las precariedades, los malos ratos, todo eso junto, nos abruma. Por eso no duermes. Cuando sufres de policrisis el futuro no puede verse. El futuro es esto, y nada más. El futuro es bien feo y bien triste. No se piensa en más allá porque más allá no se ve nada de nada, pero la cosa no es tan tremenda, como tu pez diablo negro.

No me convence, pero dejo a Clari hablar, porque si no, se desespera.

No le digo nada, pero, entrenada en el optimismo crónico, me pregunto si la policrisis esa también nos incapacita para imaginar, para desear. ¿Esto se me ocurre a mí o me lo susurra uno de mis muertos? Ay, el deseo, ese impulso tan necesario para la ideación de otras cosas, cosas distintas a las que se nos apilan en nuestras cabecitas agobiadas. Hay algo, como un espíritu maligno que se convierte en bruma, en una melcocha pesada que sume a la gente en la infelicidad y la deja convertida en peñón inmóvil en el fondo del agua. Estoy pensando otra vez como una niña.

Me quedo estancada en esa metáfora. Ya no escucho a Clari, que debe estar respondiéndome, como siempre. Mira piedra quieta, me digo, mira allá arriba, si es que el fondo no es demasiado profundo, mira la luz que atraviesa el aire afuera. ¿No sientes nada?

He conocido personas que han sufrido cosas tremendas y me maravilla verlas tiempo después aparentemente recuperadas. Casi un milagro. ¿Será verdad, como dicen algunos sicólogos, que la especie humana es tan audaz? Esa gente santa me recuerda aquel tinglar que vi hace unos años en la playa de Culebra, tan enorme y majestuoso, una madrugada de abril. Fue de los últimos que salió esa noche y tenía como tatuados unos profundos rasguños: una mordida de tiburón, nos aclaró el maestro que nos acompañaba. Allí estaban las horrorosas cicatrices, y allí estaba el tinglar, tan sereno y apacible, como si nada, desovando las próximas generaciones de tinglares viajeros. Tapó el nido y retomó el camino al agua, como si lo llamaran de las profundidades. ¿De veras podemos ser así, tan audaces, como esa milagrosa criatura?

Estoy eslembada, y Clari sigue perorando.

*  *  *

Pude dormir, pero desperté de madrugada, le conté a Clari. Fue como un pinchazo, como un chorro de agua fría en la espalda, y me dije, de esto tengo que hablar. Afuera sonaba un sapo como un motor.

La imagen era la siguiente: mi hermana y yo, de tres y cuatro años, bajo la lluvia. Estamos en pantis, sentadas en el borde de la acera. Llueve a cántaros en Puerto Nuevo, y tenemos los pies hundidos en la corriente que baja por la cuneta. Nadie nos regaña. Es más, creo que algún adulto nos celebra la ocurrencia. Esa tarde comeremos acerolas. Cierro los ojos y entro otra vez en esa casa. Mi prima Eda tiene fotos de Raphael pegadas en la puerta de su cuarto. Tití dice que Mili es una puerca porque deja los mocos pegados en las sábanas. Mi hermana y yo corremos a mojarnos bajo la lluvia.

Alborozo, contento, deleite, entusiasmo, felicidad, gozo, hilaridad, jovialidad, placer, regocijo, risa, satisfacción, vivacidad.

La alegría es pasajera. Pasa como un celaje. Si es un estado general, sin demostración de gozo, es entonces felicidad. La alegría es escandalosa, contamina, se pega en las paredes, es pegajosa, y empalaga en ocasiones. La alegría deja su impronta en la memoria y cuando el mundo pide milagros, regresa y te eleva.

Mira, Clari, la lucecita del pez diablo negro en el arrecife. La policrisis es una tintorera enorme que pasa de largo. Hoy hablo contigo, no con los muertos. Bailo. Tengo los pies mojados, debo estar soñando. Por fin.