Imperialismo, sionismo y la guerra de nunca acabar

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Con los ataques aéreos y bombardeos indiscriminados sobre Irán, y el masivo ataque en que fueron asesinados su jefe supremo, el Ayatolla Alí Khamenei y su familia, Estados Unidos e Israel han lanzado su más reciente aventura bélica, una guerra conjunta no provocada ni declarada oficialmente, pero igualmente devastadora, que se ha extendido como un fuego por toda la región del Medio Oriente, especialmente en los estados árabes cercanos al Golfo Pérsico: Bahrain, Kuwait, Iraq, Oman, Qatar, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos (UAE, por sus siglas en inglés). En este momento, la situación en la región es altamente volátil y peligrosa, con la posibilidad inminente de que el conflicto se siga extendiendo. El cierre del Estrecho de Hormuz, principal vía de comercio marítimo en la región, y los ataques con misiles teledirigidos hacia Tel Aviv en Israel y contra bases militares de Estados Unidos en las naciones del Golfo, son dos de las principales acciones de represalia empleadas por Irán en este conflicto que, en apenas 6 días, ya ha costado cerca de un millar de vidas, entre ellas las de 150 niñas estudiantes de escuela elemental en Irán.

Por su parte, Israel y Estados Unidos, continúan el bombardeo inmisericorde sobre la capital, Teherán, esperando un doblez de rodillas que les permita una salida airosa. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha reiterado su intención de continuar la guerra contra Irán, aunque no ha podido precisar exactamente el motivo ni cuál es el objetivo final de la campaña. Es una guerra abierta, con fecha de comienzo pero sin fecha de expiración, sin objetivos claros ni expresos, pero sí con un potencial destructivo enorme, y lo que es peor, la más insensible muestra del desprecio y la arrogancia con la que el imperio estadounidense y su socio sionista tratan vidas humanas, cuando no se trata de las de ellos ni las de los suyos.

Por otro lado, el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, sí parece tener sus objetivos muy claros. Decapitar el gobierno de Irán, su principal y más poderoso enemigo en la región, y desestabilizar a sus rivales más próximos y prósperos, los estados árabes del Golfo -que juntos representan una fuerza formidable y capaz de frenar al insaciable apetito de poder y dominio de los sionistas sobre la región del Medio Oriente – son motivaciones suficientes para las acciones de un estado forajido como Israel. De paso, Netanyahu quiere  fortalecer su disminuido capital político de cara a una nueva elección en la que, si triunfa, podría librarse del juicio por cargos de corrupción que lo ha perseguido durante mucho tiempo. La propaganda sionista aparenta haber anestesiado también la conciencia colectiva del pueblo de Israel que, en un sondeo de opinión sobre el conflicto se encontró que cerca del 70% de los encuestados apoyan los bombardeos contra Irán.

Pero si el gobierno genocida de Israel y Benjamin Netanyahu aparentan ser los principales beneficiarios de la continuación de las hostilidades en el Medio Oriente y, si como dicen los principales expertos en geopolítica de dicha región, Estados Unidos no dice tener un objetivo claro ni una salida coherente de su rol en esta guerra, ¿qué persiguen, entonces, el gobierno de Estados Unidos y Donald Trump con esta aventura bélica, cuya repercusión final es una incógnita aún?

Trump y su aparato de guerra  apuestan a que la magnitud, alcance y destrucción de los bombardeos aéreos dobleguen a las fuerzas iraníes hasta obligarlas a rendirse sin necesidad de una invasión de fuerzas terrestres. Con eso convencieron al Senado de Estados Unidos,  el cual, a pesar de que un  59 por ciento de la opinión pública estadounidense se opone a los bombardeos de su gobierno contra Irán, determinó, en votación de 53 a 47 que en este momento no ejercerá su poder constitucional de ser el que autorice o no esta guerra no provocada e inconsulta. Esta vez, el Senado dio la espalda a su prerrogativa, confiando en la «victoria» rápida que lleve a la instalación de un gobierno «amistoso» a Estados Unidos en Irán.

Esa apuesta no parece muy segura, a la luz de la experiencia histórica de las intervenciones y guerras de Estados Unidos en el Medio Oriente.

Desde 1948, cuando los gobiernos de Gran Bretaña y Estados Unidos conspiraron y acordaron garantizar por la fuerza la existencia del estado de Israel en tierras de Palestina, se desató el conflicto que hoy, 77 años más tarde, desemboca en esta guerra con Irán que amenaza expandirse a toda la región.

La victoria de Israel en 1948 representó la «nakba» o catástrofe de la población palestina, con el desplazamiento de más de 700 mil personas que perdieron sus vidas, sus hogares y sus tierras  y se convirtieron en refugiados. De ahí en adelante no ha habido tregua. La histórica opresión de la población de Palestina ha devenido en el más brutal y despiadado genocidio de su gente, en pleno siglo 21, por un Israel ladrón y forajido, respaldado por el mollero político y el poderío militar del imperio estadounidense. El establecimiento de la «cabeza de playa» sionista en el mismo corazón del Medio Oriente, y el respaldo incondicional que Estados Unidos le ha dado desde entonces, ha sido el caldo de cultivo de todos los conflictos y guerras en la región, a partir de la segunda mitad del siglo veinte.

Las guerras del Golfo, Iraq y Afganistán, y las intervenciones militares en Siria, Libia, El Líbano y otras áreas, así como el surgimiento de los llamados grupos terroristas, las campañas de descrédito contra el Islam y el ambiente de suspicacia y exclusión hacia el Medio Oriente han sido el resultado de las políticas imperiales y del desenfreno e impunidad con que ha operado Israel durante más de siete décadas.

En Irán pasó lo mismo. El golpe de estado del 1953 de Estados Unidos y Gran Bretaña contra el gobierno democrático y progresista de Mohammed Mossadegh, y la imposición del Sha Reza Pahlavi y su maquinaria de terror contra el pueblo iraní, abrieron el camino a la Revolución Islámica de los Ayatollas Khomeini y Khamenei, y a los nefastos acontecimientos que han desembocado en la guerra actual.

Aprender de la historia es la obligación de los pueblos que quieran sacudirse de sus lastres y caminar hacia adelante. El imperialismo y el sionismo son dos lastres que la humanidad tiene que superar para que cesen las guerras de nunca acabar, y se abra una oportunidad al logro de una paz duradera y sostenible, a través del diálogo y el entendimiento.

 

 

 

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