Especial para En Rojo
Los estudios relacionados a las Iglesias en su propósito liberador también funcionan como instrumentos sociopolíticos a través de los cuales se construyen espacios de memoria. Si bien sectores de la Iglesia históricamente frenaron revoluciones, protegieron grandes intereses y se convirtieron en aliados de los poderosos, existieron muchos otros que se volcaron a favor de los pobres y se colocaron al lado del evangelio de la libertad y la justicia. Ese, precisamente, ha sido el valor de la comprensión historiográfica de la teología de la liberación, que coloca al pobre en el centro de su análisis y se ciñe al proceso histórico para comprender la experiencia de los pueblos marginados del mundo.
La hermenéutica que produjo la teología latinoamericana a partir de los setenta y las nuevas teologías de la liberación que hoy día se han desarrollado potencian la significación de la liberación integral, la vinculación entre la fe y la política, la crítica profética de las estructuras y, sobre todo, la memoria histórica en la que se rescatan las voces silenciadas y martirizadas. Estas categorías teológicas y sociopolíticas fueron las que sirvieron de basamento y estímulo filosófico y religioso para impulsar la vida y obra del obispo salvadoreño Oscar Arnulfo Romero y Galdámez.
A 46 años de su martirio, diversos grupos cristianos alrededor del mundo continúan su legado profético y en este espacio conviene repasar algunos lineamientos fundamentales acerca de cómo el obispo Romero influyó en las dinámicas pastorales de Puerto Rico. Su vil asesinato en 1980 se convirtió en punto de inflexión mediante el cual se fortaleció un discurso y praxis a tono con los signos de los tiempos. En Puerto Rico, católicos y protestantes convirtieron la trágica noticia —y la vorágine de efectos que posteriormente desencadenó — en frente de protesta y resistencia ante el abuso cometido por las autoridades tanto políticas como jerárquicas.
Existe abundante documentación que evidencia el giro que dieron distintas agrupaciones cristianas en la isla a favor de un mensaje profundamente liberador. Dicho de otra manera, la dura persecución que se vivió en los 80 no supuso necesariamente un debilitamiento de las estructuras religiosas que buscaban espacios de participación colectiva en medio de la Guerra Fría. En ese contexto, el Proyecto de Renovación e Investigación para el Adiestramiento en la Misión Cristiana (PRISA) marcó su línea claramente comprometida con la visión romerista. “Monseñor Oscar A. Romero: Mártir de la liberación salvadoreña asesinado el 24 de marzo de 1980”, fue la portada de El Boletín de Prisa, lo que reflejó para ese tiempo su principio ecuménico y de liberación teológica.1
Un punto importante y quizás poco estudiado en la figura de monseñor Romero es su visión ecuménica. A este respecto, la reverenda luterana salvadoreña, Blanca Irma Rodríguez, señaló: “Durante el conflicto armado…, nadie hablaba de ecumenismo y él fue uno de los primeros que se atrevieron hablar de este tema y convocó a las iglesias históricas, para organizar un grupo para impulsar un esfuerzo de diaconía (asistir a los pobres), desde una visión ecuménica, y eso lo convierte en un profeta en ese tiempo”.2
De ahí que teólogos, pastores, religiosas e intelectuales protestantes, entre ellos, Eunice Santana, Alberto González Miranda, Alfredo Santiago de Jesús, Samuel Silva Gotay y Luis N. Rivera Pagán, testimoniaron con su ejemplo de lucha y pastorado de beligerancia y ecumenismo la práctica misionera del obispo y, a su vez, ejercieron en sus proyectos la perspectiva teológica inspirada en Romero. De forma que en ese horizonte se radicalizó el discurso protestante puertorriqueño y la impronta de su pastoreo, tanto comunitario como intelectual, encarnó la memoria viva de los mártires y la justicia del evangelio.
Por su parte, católicos de distintas corrientes de pensamiento recibieron el influjo romeriano y se vincularon a las prácticas de acción entroncadas al quehacer comunitario y a la denuncia profética. El asesinato del obispo Romero definió el rumbo de la Conferencia de Religiosos/as de Puerto Rico (COR). Así lo expresó la línea editorial de su revista Comunidad en 1980: “No se contentó con hablar para denunciar las injusticias, hizo algo más: actuó positivamente en favor de los desposeídos y de un orden más justo”.3
Los religiosos Antulio Parrilla, Felo Torres, William Loperena e Hilario Rivera, junto con religiosas como Lavinia Ortiz y Carmen Rosado, articularon propuestas liberacionistas orientadas al designio histórico de los pueblos oprimidos. En efecto, sus homilías y trabajo comunitario cristalizaron la interpretación histórico-profética de Romero. En los ochenta, seminaristas como Pedro Rafael Ortiz —más tarde reconocido como el padre Pedro—, Mario Rodríguez León —eventualmente reconocido en la vida eclesial como el padre Mario—, Roberto Soliván y otros se nutrieron de la savia de Romero al punto de enfocar sus apostolados en las ideas centrales de la teología de la liberación: la opción por los pobres, la visión sobre los signos de los tiempos y el método del ver-juzgar-actuar.
Asimismo, laicos como Ramón Luis “Moncho” Fuentes, Idalí Ruiz, José Enrique Colón y Paulino Santiago también colocaron como punto referencial la respuesta organizada contra los pecados estructurales y asumieron la valentía del obispo Óscar Arnulfo Romero en favor de una ética liberadora. De hecho, Moncho Fuentes, como líder de la Federación Puertorriqueña de Trabajadores (FPT) y perteneciente a la corriente cristiana que defendía Parrilla Bonilla y Salvador Freixedo, postuló un sentido de lucha obrera afincada en los preceptos cristianos de liberación.
Desde la década de 1980, Guerra Contra el Hambre (GCH) de la Diócesis de Caguas (ahora Red de Esperanza y Solidaridad) promovió la espiritualidad del obispo Romero por medio de actividades que buscaban dinamizar la configuración profética de su ministerio. El tono con el que abordaban el tema de Romero era un reflejo de su posición ligada a la teología de la liberación. Su presidenta por muchos años, Lucy Magali Millán, dirá más tarde sobre este mártir y santo: “No debemos olvidar a Monseñor Romero, un verdadero profeta de nuestros tiempos quien denunció el pecado social de la injusticia y la violencia”.4
La memoria es torrente de vida y, sin ella, la historia se resquebraja, tal y como lo expresó el laico argentino y secretario de Derechos Humanos de la provincia de La Rioja, Delfor Brizuela. De igual forma, la memoria es la patria que soñamos, es el techo que nos cobija como sociedad y es el armazón de la casa común. Por ello, las corrientes académicas que estudian la liberación cristiana deben continuar en su plan de quebrar los cercos interpretativos y afrontar con valentía la tarea de comunicar, contextualizar y aportar marcos de comprensión sobre la base de las teologías de la liberación.
Aún más importante, los cristianos de avanzada a lo largo y ancho del país deben mantener la llama de la reivindicación del obrero, la protección del ambiente, la experiencia ecuménica, la defensa de la cultura, la lucha anticolonial, la dignificación de la mujer y del inmigrante, y el impulso que ofrecen las nuevas teologías de la liberación. En definitiva, los católicos y protestantes rebeldes deben representar una fuerza viva, latente y palpitante contra el imperialismo que aún arropa a nuestras comunidades caribeñas y latinoamericanas. Solo así honraremos la memoria y el legado del profeta Romero, cuya voz continúa interpelando a nuestras Iglesias y a nuestros pueblos.



