Ana María Fuster Lavín
el café danza
su aroma abrazado al salitre
invitándonos a un amor en calma
para sobrellevar otro recorrido
enrutinado al tedio, o a la suerte
igual, en las mañanas
degusto la sagrada cafeína
sobre la marea del periódico
de una vida robada
de un asilo para la paciencia
o una ofrenda
a esos espíritus que me revelan
cada madrugada el misterio
de nuestra resistencia
escucho sus voces
me invocan
respiro, obedezco, transcribo
–el duelo me devolvió la vista–
las emociones se empoderan
luchan con las metáforas
con lo que creímos vivir
y las piruetas del destino,
si este es posible en un territorio
colonizado, asimilado, enmudecido
sea llamado familia o patria
no siempre fui tan trágica
tampoco tan ecuánime
soy metódica desordenada
sistemática y ecléctica
rabiosa introvertida
solitaria multitud
fui aquella niña perdida
que huyó de su enjambre doméstico
también aquella mujer
que se asiló en recuerdos
y acurrucada a la noche
saltó al abismo de sus miedos
–la orfandad me devolvió las pisadas–
es hora de colar otro café
y brindar junto al mar
antes de cerrar mi libro







