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NaciÓN

Malas personas

 

 

Especial para CLARIDAD

No sabía lo que era una mala persona hasta que conocí a una. A simple vista parecía cualquiera: una figura más entre las que cruzan la calle, hacen fila en el supermercado o saludan sin mirar. Tenía el gesto común, la sonrisa aprendida, la cortesía automática. Pero detrás de esa apariencia ordinaria había un vacío: no conocía la vergüenza, ni la honestidad, ni la pena.

El sufrimiento ajeno no le rozaba. Caminaba entre las heridas de los demás como quien pisa hojas secas: sin cuidado, sin conciencia, sin memoria. Llevaba consigo un libro invisible —un manual de excusas— donde encontraba justificación para cada daño, cada abandono, cada crueldad.

Todo lo terrible que pudiera ocurrirles a quienes la rodeaban tenía, para ella, una explicación que los culpaba: por tonta, por creerse más lista, por humilde, por pobretona y de mal gusto, por estar donde no la llamaron, por querer ayudar a todo el mundo, por pensar distinto, por venir de ese lugar, por armar tanto lío, por protestar, por reclamar derechos, por ser demasiado solidaria. En su lógica torcida, el mal siempre tenía una víctima merecida. Y así, sin levantar la voz, sin mancharse las manos, se convirtió en lo que era: una mala persona. No de esas que se esconden en la vida cotidiana, en los pasillos, en las oficinas, en las familias. Una mala persona de las que existen porque los buenos —por cansancio, por miedo, por costumbre— lo permiten.

Una vez las conoces, puedes identificarlas a millas de distancia. Todo en ellas las delata: el gesto apenas contenido, la palabra calculada, la sonrisa que no alcanza los ojos. Pero para reconocerlas hay que andar con ojo avisor, porque se camuflan bien. Algunas de nuestras figuras públicas —y quienes pululan a su alrededor como satélites obedientes— califican sin esfuerzo como malas personas. Ahí está el que te desea los buenos días mientras siembra odio y caos, todo supuestamente por el bien… ¿del país? Intenta convencernos de que nada tiene que ver con la corrupción, con el estancamiento del gobierno, con la podredumbre que se acumula en los pasillos del poder. Jura que las piedras que lanza hacia el número 63 de la calle Fortaleza no responden a sus propios intereses, ambiciones, resentimientos o conveniencias.

Así, con una facilidad que asombra y duele, borra años de lucha por empoderar a los desventajados. Aprueba sin consulta proyectos que cercenan derechos de las mujeres, de los trabajadores, de la comunidad LGBTTIQ+, como si la dignidad fuera un lujo prescindible. Regala lo que no le pertenece a manos extranjeras, hipotecando la calidad de vida de quienes le pagan el salario y de aquellos a quienes juró proteger. Todo esto ocurre con el aplauso —o el silencio cómplice— de sus acólitos, que por miedo, conveniencia o ambición se rinden ante sus promesas o amenazas, según convenga el día.

Y mientras tanto, el país observa. Algunos con rabia, otros con resignación, otros con la esperanza terca de que la verdad, tarde o temprano, encuentra su camino. Pero la historia nos recuerda que el poder sin escrutinio se vuelve abuso, y que la indiferencia es el terreno fértil donde germinan estas malas personas que se disfrazan de servidores públicos.

A solo siete minutos del Capitolio, otro semillero de malas personas florece. Generalizar puede ser injusto, pero si los buenos no advierten, no delatan, no protestan, se convierten en cómplices, y eso los hace parte del mal. Un 64 por ciento de los votantes sabía que nada bueno podía salir de un gobierno con poder absoluto, pero aun así la minoría se impuso y regó con agua la semilla de malas personas. El resultado era previsible.

Cada escándalo vuelve a desnudar la podredumbre que se ha enquistado en el Palacio de Santa Catalina. Es como si cada semana se levantara otra losa del piso y, debajo, apareciera un nuevo rastro de humedad, de moho, de abandono moral. Una pareja que no fue electa por nadie decide contratos, renuncias y nombramientos, moviendo los hilos del poder desde la sombra, mientras —a son de reguetón y privilegio— quien sí figuró en la papeleta disfruta de los beneficios que el cargo le concede. Viaja, no paga hipoteca, come bien y alimenta un ego que crece gracias a quienes la rodean, esos consejeros que la empujan a decisiones contrarias al interés público, alejándola del pueblo al que también juró servir y proteger.

En días recientes, nuevos escándalos han vuelto a sacudir la confianza ciudadana: funcionarios señalados por presunto uso indebido de fondos públicos, contratos otorgados sin transparencia, investigaciones federales que se asoman como recordatorio de que la impunidad nunca es absoluta. Cada revelación añade otra capa de desasosiego, otra prueba de que la administración actual del PNP enfrenta cuestionamientos serios sobre su manejo del poder. No se trata de rumores aislados, sino de patrones reportados por la prensa y discutidos ampliamente en la esfera pública, que han obligado a renuncias, defensas improvisadas y comunicados urgentes. La ciudadanía observa, cansada de que la historia se repita con nombres distintos pero con la misma estructura de abuso y desorden institucional.

Parafraseando a Ernest Hemingway, Puerto Rico es un buen lugar; valdría la pena defenderlo. Y esa defensa —esa tarea monumental— está en manos de las buenas personas. Tendrían que superar una montaña de obstáculos, desde la maquinaria partidista hasta la indiferencia aprendida, pero nada es imposible cuando existe el deseo genuino y la tenacidad suficiente para lograrlo. La historia de este país está llena de mujeres y hombres que, sin más poder que su conciencia, lograron torcer el rumbo de lo inevitable. Esa es la herencia que aún late, aunque a veces parezca enterrada bajo el ruido.

Quizás el primer paso sea reconocer que la dignidad colectiva no se negocia, que el país merece algo más que administradores de crisis y repartidores de favores. Puerto Rico merece líderes que entiendan que el poder es un préstamo, no un botín. Y que la confianza pública, una vez rota, solo se recupera con actos, no con discursos.