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Celebran la vida de la combatiente Dylcia Noemí Pagán Rivera

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Adolfo AMAtos, Jan Susler, Ernesto Gómez, y doña Alma Gómez. Foto Alina Luciano

 

CLARIDAD

ccotto@clarridadpuertorico.com

Los velatorios fúnebres dan la oportunidad de reencontrarse con parientes y dolientes, y aunque es obvio que existe un sentimiento de pesar, más bien siempre reina la conversación entre los asistentes de cómo te encuentras y los cuentos y las revelaciones sobre esa persona a la que le estamos rindiendo por última vez terrenal, nuestros afectos y respeto.

El velatorio de la patriota Dylcia Pagán, llevado a cabo este pasado domingo, 14 de julio, en la Funeraria Ehret en Río Piedras, no fue la excepción.  Allí se congregaron familiares, sus compañeras y compañeros ex prisioneros políticos, todos miembros de lo que en su momento fue la organización clandestina Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN), a favor de la independencia de Puerto Rico. Juntos, amigos, otros presos políticos puertorriqueños e integrantes de diversos grupos activistas de Puerto Rico, así como de grupos puertorriqueños activos en varias ciudades de Estados Unidos.

“Vine de Chicago porque tenía que estar aquí con mi familia, la familia de Dylcia, Ernesto, doña Alma los demás ex prisioneros (as) políticos, que son como mi familia. Conocí a a Dylcia en el 1981 desde ese mismo momento, hemos sido hermanas. Ella me ha enseñado mucho, soy una mejor persona por haberla conocido”, expresó Jan Susler, asesora legal de los y las ex prisioneras de guerra puertorriqueños, en un aparte con la prensa antes de comenzar los actos oficiales.

En esa ocasión, el hijo de Pagán, Ernesto, así  como su madre adoptiva y varios ex prisioneros políticos compartieron sus sentimientos sobre sus vidas, sus relaciones familiares, anécdotas de momentos culminantes de su lucha. Así nos enteramos de cómo fue que el hijo de la combatiente puertorriqueña fue criado por una familia mexicana.

“Desde que Ernesto llegó a nuestra vida en Chihuahua, México,  se estableció una unión fundamental entre México y Puerto Rico, porque siempre ha sido también, para nosotros en México, la independencia de Puerto Rico algo que todavía está pendiente de lograrse. Ese lazo que se formó desde ese día que él llegó a nuestro hogar, lo hemos mantenido. Dylcia forma parte de la familia.  Mantenemos con el pueblo de Puerto Rico el objetivo fundamental de la independencia por el que tantas y tantos compañeros han dado su libertad, su vida, y siguen insistiendo”.

Alma Gómez Caraballo reveló que Ernesto llegó a su familia cuando tenía un año y unos meses y que no sabían exactamente su fecha de nacimiento, que simplemente cuando les dijeron que había un niño que necesitaba papá y mamá, que debían ser ellos, supusieron que era por motivos políticos.  Esto, porque ella y su esposo  militaban en una organización social importante en Chihuahua, México,  que tenía relaciones tanto con el movimiento independentista de Puerto Rico como con los chicanos, que fueron el conducto  por el que el niño llegó a ellos.

Nunca supieron nada más hasta que llegó el momento en que era necesario que Dylcia viera a su hijo y que este conociera a su madre. Alma Gómez describió como terrible el momento en que debió decirle a Ernesto. Él acababa de ganar un concurso escolar en el que habló de su patria, México, de la independencia, y  “de pronto, decirle no somos tus papás, este no es tu país, fue el momento más terrible”.

El niño vio a su madre biológica por primera vez a los 10 años. Sus padres adoptivos viajaron a San Francisco, California, para que la viera en prisión. “Nosotros no entrábamos a la prisión por razones de seguridad. Teníamos miedo de que se dieran cuenta que él era el hijo de Dylcia, por lo que entraba como su sobrino, no como su  hijo. Era por protección, porque las autoridades nomás por hacer la maldad, podían decir que este niño es de aquí”. De ahí en adelante, las vacaciones del niño, hasta el 1999, se convirtieron en un ir y venir de visitas a la prisión para ver a su madre.

Los ojos todos en la sala de conferencia de prensa comienzan a nublarse con los testimonios. Ya después de algunos años, continuó narrando doña Alma, fue que conocieron a Dylcia en la cárcel, cuando se estimó que ya era seguro entrar. Pero los momentos difíciles no terminaron ahí. Luego, cuenta, hubo que decirles a sus otros hijos —tiene dos de vientre y dos de corazón— a los cuatro hombres, la verdad sobre Ernesto.

“Uno  de ellos, cuando le estábamos platicando, decía no es cierto, no es cierto, y les pedimos que jamás el hecho… que no se pelearan, que eso nunca fuera a ser motivo de conflicto entre ellos. Hasta donde yo sé, jamás sus hermanos le reprocharon que él no era su hermano”.  Ernesto confirmó con un gesto que así fue.

De su parte, el hijo de Dylcia compartió que entre ellos fue muy impactante conocerse. “Fue un  proceso que se fue dando a través de los años, siempre con muchas limitaciones, inclusive después de haber salido de la cárcel. La cárcel deja muchas marcas en las personas que no es fácil. Creo que se crean unas paredes para protegerte y mantenerte cuerdo, que es imposible romper, eso una vez sales de la cárcel. Pude con el tiempo hacer una relación estable de mucho cariño y respeto con mi madre Dylcia; pero fue un proceso largo y complicado”.

Por su parte, Susler recordó que los  presos políticos formaban parte de la campaña para su excarcelación y que una sugerencia de Dylcia fue que los hijos de los presos políticos fueran a la Casa Blanca a cabildear por la excarcelación de sus padres. Esa sugerencia le impresionó, por lo que se dedicó a organizar al grupo. El cabildeo se dio un día en que se reunieron con personal de Casa Blanca y del Departamento de Justicia. “Cada uno habló de su padre o madre. Fue una cosa, que los mismos  representantes de Casa Blanca lloraron. Lloraron porque entendieron que los presos eran madres y padres, eran seres humanos, que los familiares querían que salieran. Fue bien impactante”, describió con voz entrecortada.

De su experiencia de ese proceso, Ernesto reflexionó sobre el privilegio de ir en esa gira y escuchar los testimonios de los hijos de los otros presos, los hijos que sí se quedaron con familiares, con sus hermanos, con sus padres. “Ahí yo me di cuenta lo afortunado que fui. Creo que de todos ellos, me atrevo a decir, el que tuvo una infancia normal y feliz fui yo, y fue gracias a mis padres que me adoptaron, a que me sacaron de Estados Unidos, y por ese lado estoy muy agradecido de mis padres”.

Reconoció que esa es una de las herramientas con la que logró hacer las paces y poder seguir su vida, de lo poco común de la historia  de vida que le tocó “porque lo que pasaron el resto de los muchachos y muchachas de los compañeros es horrible. En eventos como el de hoy, me doy cuenta de la gran fortuna que tengo —se le quiebra la voz— y en vez de renegar lo acepto, lo abrazo y lo celebro”.

Qué se siente tener dos patrias

Ernesto Gómez Gómez suspira antes de contestar y decir que a veces es poético y bonito, otras, a veces, crea problemas de identidad. Admitió que muchas veces trató de sentirse puertorriqueño por la presión que supone el compromiso político de sus padres. En su caso, tanto sobre la familia biológica como adoptiva sugiere: “No es justo que se le pongas a un niño el peso de lo que hizo tu padre o lo que hizo tu abuelo, por mucho tiempo tuve ese conflicto. Quise creerlo, traté de ser el hijo de Dylcia y Guillermo, y me di cuenta que no era yo. No era mi llamado, no era lo que yo sentía. Quiero mucho a Puerto Rico, lo quiero como una segunda patria, pero yo me crie muy orgulloso de ser mexicano, muy conocedor de la historia de México, de las luchas sociales, viendo el ejemplo de mis padres, de mis tíos. Son una familia muy activa que siempre se han mantenido en la lucha política por la justicia social. Y esa identidad que traté de rechazar en un momento me di cuenta de que no tengo por qué hacerlo, puedo tenerla y puedo tener a Puerto Rico. Ya hace varios años que pude hacer las paces”.

 

Aché para Dylcia Pagán

 

Por Cándida Cotto

Como eléctrica, sin pelos en la lengua, creativa y un huracán, con estos y otros calificativos, entre sentidas emociones, poemas, canciones y testimonios de su hijo, familiares compañeros de lucha y amigos, despidieron a la ex prisionera política Dylcia Noemí Pagán.

 Antes de que comenzaran los actos oficiales del velatorio en la funeraria Ereht, en Río Piedras, varios de los compañeras y compañeros  ex prisioneros políticos de Dylcia Pagán se expresaron y compartieron  anécdotas de cuando pertenecieron al grupo  Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN), en pro de la independencia de Puerto Rico, acciones que les conllevaron entre 20 a más de 30 años de prisión en Estados Unidos.

 El primero de ellos fue Adolfo Matos Antorgiorgi. “Dylcia era una mujer dinámica, nació nacionalista. Entiendo que ese nacionalismo nació y siguió creciendo en ella de la forma en que fue. Estamos aquí  celebrando la vida de la compañera y para darle una despedida como ella se lo merece. Le gustaba la música, la copa de vino. Es un honor ser parte de todo este proceso”. Matos expresó también sentirse honrado de que la madre adoptiva del hijo de Dylcia, Alma Gómez Concepción, estuviera presente en el velatorio.

Luis Rosa y Alejandrina Torres. Fotos Alina Luciano
Clarisa y Oscar López,Adolfo Matos, Alberto Rodríguez, Lucy R, Heriberto Marín,Félix Rosa, Alicia Rodríguez, Carlos Alberto Torres (detrás0 Alejandrina Torres Edwin Cortés y Jan Susler realizan la guardia de honor para Dylcia.

Por su parte, Edwin Cortés, otro de los ex prisioneros político, comparó su nacimiento y crianza en Chicago con el que Dylcia naciera y fuera criada en Nueva York. Ambos, en sus respectivos escenarios, ella en Nueva York y él en el sur de Chicago, en su juventud  exigieron que las universidades tuviesen estudios puertorriqueños. Hoy, en la Universidad de Illinois, el 25 % de la población de la universidad es latina. Su primer encuentro con Dylcia fue en el 1983 en el juicio en Chicago. Contó que no sabía cómo la abogada Jan Susler logró el “milagro” de que todos ellos se reunieran en un momento del juicio. Cuando los carceleros se dieron cuenta, obraron y se aseguraron de que no tuvieran otra reunión.

 En tono suave y seguro indicó que ellos y ellas fueron la tercera generación de puertorriqueños acusados de conspiración sediciosa. 

 “Un momento de muchas emociones”, describió la ex prisionera Alicia Rodríguez, la muerte y velatorio de la compañera. No obstante, también calificó como un milagro poder darle el último adiós a Dylcia estando presente su hijo Ernesto Gómez Gómez. Recordó que el último día en que estuvieron en libertad y que pensaban que nunca iban a regresar  a sus casas, ella abrazó a Ernesto.

 “Te  di mucho cariño al igual que a la hija de Carlos Alberto Torres y de Haydée. Fue fuerte porque cuando la realidad imponía que era obvio que no podíamos  regresar, todos estábamos pensando en los hijos de los presos. Lucy ya llevaba tres años en el clandestinaje sin haber visto a su hijo; pero tocarte, darte un abrazo y saber que las cosas iban a cambiar…”. Alicia Rodríguez agradeció a Alma Gómez por haberle dado un hogar a Ernesto. 

 Su hermana, Lucy Rodríguez, contó que su hijo Damián, quien siempre se muestra fuerte, la llamó y le pidió que le dijera a Ernesto que “lo tengo presente”. Lucy, igual, recordó que estuvo el día en que salieron y no regresaron. “Dylcia amó a Ernesto y sufrió mucho no estar con él”. 

 “Lo interesante de todo esto es que nosotros no nos conocíamos”, afirmó Luis Rosa, otro de los camaradas. Él, al igual que Dylcia, tenía un hijo de dos años en ese momento. Se conocieron de verdad, afirma, el día que los arrestaron. “En lo  personal, lo único que conocía de Dylcia era su hijo, y lo mismo con Haydée, a su hija”. Contó que él acudía al juicio de William Guillermo Morales en Nueva York (el padre del hijo de Dylcia), por lo que la había visto, y que en una ocasión, como nadie quería quedarse fuera de la sala, a él le entregaron al niño para que lo cuidara por un par de horas.

 “Nosotros no nos hemos recuperado, porque con cinco años de probatoria, no tuvimos la oportunidad de sanar y esto es bien importante estos momentos. Aun triste, es también parte de la sanación. Aprovechamos este momento para abrazarnos. La solidaridad es sentir el dolor ajeno”.

 Aché pa’ Dylcia

Con esta expresión africana, que implica desear bendiciones, cosas buenas, se enmarcó el velatorio de la patriota revolucionaria Dylcia Noemí Pagán. No faltó la bandera puertorriqueña y, en un gesto de solidaridad, la bandera Palestina. El acto estuvo conducido, primero, por la activista y poeta Solimar Jusino y, luego, por la comunicadora Millie Gil.

Alberto Rodríguez, Lucy Rodríguez, Heriberto Marín, Félix Rosa, Alejandrina Torres, Carlos Alberto Torres (detrás) Edwin Cortés, Jan Susler, Luis Rosa, Alicia Rodríguez y Ricardo Jiménez. Fotos Alina Luciano/ CLARIDAD

 Entre los que se expresaron estuvo el también camarada de Dylcia y ex prisionero político Alberto Rodríguez. Afirmando la expresión del Che Guevara de que al revolucionario lo motiva el amor,  destacó cómo puede una persona nacida y criada en Nueva York, como Pagán, asumir la lucha armada por Puerto Rico. Rodríguez, quien al igual que Dylcia, nació en Estados Unidos; pero en Chicago llamó a defender el derecho de la diáspora a ser reconocida como parte de la nación puertorriqueña, lo que debe ser parte del proceso de independencia.

 Se refirió a que es un sentimiento mucho más profundo entender el por qué al nacer, en este caso en Estados Unidos, el puertorriqueño sigue siendo puertorriqueño. “La diáspora puertorriqueña no cambió al puertorriqueño, el imperio fracasó”. En ese sentido expuso que los puertorriqueños, al abandonar la isla, por décadas han creado organizaciones en EE. UU. para ayudarse entre sí y han influenciado, entre otras expresiones, el jazz, la salsa y el hiphop. 

 Mientras, las guardias de honor junto al féretro no faltaron, como la de la Sociedad Creadora de Valores, la cual profesa el budismo de Nichiren Daishonin (japonés).   Entre una y otra, diversos miembros de Poetas en Marcha ofrecieron sus creaciones, uno de ellos William Pérez. Al pie, la guardia de honor del Comité de Solidaridad con Cuba.

Entre los que acudieron a brindar sus respetos estuvieron además los ex presos políticos puertorriqueños, Pablo Marcano, los hermanos Orlando y Norberto González Claudio y Juan Segarra Palmer. También dijo presente el que se considera el último sobreviviente de los participantes en la revolución nacionalista del 1950, Heriberto Marín Torres, de 91 años.

 Otros grupos que participaron en la guardia de honor lo fueron la Jornada se Acabaron las Promesas, integrada en su mayoría por jóvenes; los miembros de la Campaña Pro Liberación de los Presos Políticos de Nueva York; el grupo de mujeres Las Lolitas y el Comité Pro Derechos Humanos de Puerto Rico (CPDH). Este último encaminó la campaña por la excarcelación del grupo de la FALN, en la isla. Además estuvo presente la candidata de la Alianza de País a la comisaría residente, la senadora Ana Irma Rivera Lassén,

 Ricardo Jiménez, también miembro de la FALN, exhortó a que se recoja y documente la participación de la mujer en la lucha por la independencia, tarea que apuntó no se ha hecho en este último siglo.

 En la parte artística ofrecieron sus interpretaciones las cantantes Zoraida Santiago, Chabela Rodríguez Choco Orta y el trovador Tony Rivera,  fundador y  director  de la Orquesta Nacional Boricua, Mapeyé.

 El acto culminó con la participación del grupo de mujeres tocadoras de bomba Las Barrileras del 8M.  Para cerrar el acto, el cantante conocido como el Niño de Trastalleres, Andy Montañez, interpretó el himno revolucionario La Borinqueña.

 

 

 

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