¿Cuán buena es “Hielo seco”?

139

 

 

En Rojo

Llegué de Vieques a tiempo para ver lo que se había anunciado como la última función de “Hielo seco” en el teatro Victoria Espinosa el domingo 30 de noviembre. Creada/producida por El Absurdo, la obra me agarró de forma sensible muy particular a través de un mundo de imágenes corporales y texturales, una cartografía de cuerpos enlazados en movimiento, pero también a través de textos narrados y dialogados, y todos envueltos en una riqueza de vestuarios de diversas telas que abrieron ventanas a través de las cuales pudimos compartir tanto las sensibilidades como los imaginarios de los personajes.

Otras obras puertorriqueñas de 2025 han capturado una sensibilidad similar. Sin embargo, diferente de los impresionantes trabajos unipersonales “Prometea Cansada” de Teresa Hernández y “Volveré” de Deborah Hunt – las dos primeras Residencias Artísticas del Programa de Artes Escénicas del ICP y el 62ndo Festival de Teatro Puertorriqueño – y aún diferente del maestral remontaje de  “Donde el viento hace buñuelos” de Arístides Vargas con las actuaciones de Charo Francés y Rosa Luisa Márquez en agosto de este año en el teatro de la Universidad de Puerto Rico, “Hielo seco” integra seis actores de edades, formaciones y talentos diferentes en siete fragmentos distintos cuyas costuras muy visibles finalmente se unen mejor que sus tramas o temas.

Ciertamente, “Hielo seco” está dentro de esta compañía muy privilegiada como una de las mejores obras de 2025. También su proceso fragmentado — como un programa de danza — difiere de “Historia de Horror casi en Blanco y Negro”, del mismo autor-director, montada por cuarta vez en 62ndo Festival de Teatro Puertorriqueño y el exitoso montaje de “La Nariz” del 2024 (de nuevo de El Absurdo y Joaquín Octavio González). De hecho, por su trabajo de cuerpos y movimiento en espacio, el estilo de “Hielo seco” recuerda más la impactante obra “Anoxia” creada en colaboración con Beatriz Irizarry, Cristina Lugo y Marili Pizarro – del grupo de danza La Trinchera — sobre el destino de la barriada Juana Matos de Cataño. Pero regreso a la pregunta titular, ¿cuán buena es?

Buscando confirmación de mis impresiones de la semana anterior, regresé al Victoria Espinosa el domingo 7 de diciembre para una función especial añadida al calendario. Además, mi aprecio original había sido parcial; como la obra se presenta en movimientos, no cada movimiento o fragmento fue igualmente cautivante – no importa cuán bien montado – como los otros. Por eso, también me dio la oportunidad de una auto-interrogación crítica.

Desde en 2004 no he estado decepcionado por ningún montaje escrito, dirigido o montado por Joaquín Octavio González. Hay dos razones principales: (1) sus obras siempre rompen con prácticas teatrales convencionales – en ese sentido trata la experimentación como una normalidad dentro de sus obras y, (2) tanto como dramaturgo y como director, se expresa con un alto sentido de precisión física  y presta atención exacta al detalle visual a través de los elementos plásticos-estéticos-corporales del espacio teatral.

“Hielo seco”

En la “Obertura: si muero en la c . . .”, Kairiana Núñez Santaliz y Javier Cardona desarrollan una confluencia bailada de co- e interdependencia humana. Es un poema corporal de amor con una fluidez genial que corre vertical y horizontalmente en el espacio que usa tanto el piso resbaladizo como la elevación de estar de pie bailando y abrazándose para captar ritmos sensuales y actos cotidianos de cohabitación. También entra lentamente la inercia emocional con la línea “si muero en la calle no me pongan flores” ya repetida de maneras invertidas, recortadas, distorsionadas por la pareja de bailarines mientras se intersectan con el escritor, ellxs saliendo y él entrando en escena. Después de esta apertura, hubiera podido levantarme y salir del teatro más que satisfecho.

Entonces el “Primer Movimiento: la cara” es el cuento de ese escritor que recibe una llamada anónima que lo envuelve en una relación “ciega” con una mujer que no le permite ver su cara. Según ella, que tiene una necesidad de hablar, ver su cara solo puede causar un desastre para él de que su alma (o ¿arma?) no pueda protegerlo. La seducción es verbal pero el deseo de verla se convierte en una obsesión que los encuentros de hablar en la oscuridad no satisfacen.

Él tiene que estar con ella y así experimenta el desastre de cegarse – de auto sacar sus propios ojos — para poder acercarse y verla. La cara, actuada por Teresa Karolina, existe en sombra. Modesto Lacén actúa el casual y asegurado escritor primero con espesor ambiguo para poco a poco quedar consumido por un deseo tanto imaginario como absolutamente real. Es un placer especial ver a Lacén fuera de la pantalla de cine y en carne y hueso en el escenario.

En general, en “Hielo seco” la presencia, a veces definida, pero usualmente fluida, de marcadores de género socava nociones fijas de qué constituye feminidad y masculinidad o aún transexualidad. No cada fragmento o pieza es literal y capaz de estar resumida, y no pretendo, por ejemplo, entender o poder explicar “Intermezzo espiritual: solicitud de canonización”.

En esta pieza tres “mujeres” – o tres versiones de la misma mujer – componen una carta de canonización al Papa Leo XIV. Andrés Pachecho, Kairiana Núñez Santaliz y Teresa Karolina vestidxs en estilos, texturas y colores que se expresan a través de movimientos dinámicos y sensuales representan, para mí, ángeles de amor, amantes, trabajadoras sexuales, esposa-compañeras, mujeres abusadas reclamando su santidad. Es la plasticidad del movimiento, el control absoluto de cada actor(a) sobre su versión y su intercambio y entre mestizaje de género en escena que queda grabado en la memoria visual.

La primera vez que vi “Segundo movimiento: la carne” lo encontré  un “show” de payasos tan bien ejecutada que pude ignorar su tema. Hubo el trabajo impecable en su narradora (Kairiana Nuñez) y su delicioso vestuario de labios carnosos. A eso añado la acrobacia extraordinaria de Andrés Pachecho para lograr comer su propio dedo gordo de pie.

Al regresar a ver la pieza, entendí algo diferente. Me hizo pensar de los “lehrstücke” (obritas de aprendizaje) de Bertolt Brecht y su extensión histórica a nosotros a través de “The Cry of the People for Meat” de Peter Schumann del teatro Bread and Puppet. Este cuento también tiene sus raíces bíblicas en el libro de “Números” donde hay un grito para carne, aunque Dios ya había provisto nutrimiento (maná) suficiente.

Los bordes ásperos que yo había imaginado ya desaparecieron y los “clowns” y su magnífica narradora nos revelaron el acto de auto-consumirse como un suicidio no tanto físico como cultural, de victimizarse en vez de resistir, de vivir estancada y no querer crecer.

“Minueto Minutado: a las 14 en punto” es una danza extraordinaria de cuerpos flexibles, fluidos y cambiables. Teresa Karolina y Andrés Pacheco literalmente vuelan por el espacio partiendo y re-encontrándose, asumiendo tableaux, poses, posiciones de posibles relaciones sociales, domésticas e íntimas. Vuelvo a mi comentario anterior sobre la “canonización”: no sé si entiendo todo detrás de esta acción, pero eso no impide el poder disfrutar de su ejecución precisa y memorable.

El “Tercer movimiento: La caída” es el penúltimo y más completo fragmento. Dos alpinistas –Javier Cardona y Modesto Lacen – con sus equipos completos de sogas, zapatos, chalecos y gorras, suben una montaña para al fin llegar a la cima, pausan para darse cuenta de la magnitud de su logro y comienzan a bajar paso a paso con la soga uniéndose – es una línea de vida, casi un cordón umbilical. Al caerse uno, se salvan o se caen los dos; el movimiento y la narración crean el efecto de cámara lenta mientras los cuerpos atados uno al otro caen despedazándose.

El trabajo aquí, primero horizontal en el piso y entonces vertical colgando de la torre de acero que ha encontrado su uso escénico en cada fragmento, muestra la fuerza y disciplina de estos dos artista-maestros. Mientras pierden su equipo, ropa y finalmente extremidades, siempre quedan consciente uno del otro, y siempre intentan preservar lo más importante – los ojos de uno y la magnífica barba gris del otro – hasta que tocan tierra y expiran simultáneamente; sin nada más, ojos y barba intactos.

“La caída” es entre las piezas de teatro físico o danzado más efectivos que he visto nunca. Muestran no solamente los amplios talentos de sus ejecutantes – los performances de Cardona y Lacen son virtuosos — sino también el hecho de que Joaquín Octavio escribe y dirige en términos de teatro físico. El poder dar cuerpo a y encarnar el movimiento y el espacio físico en el lenguaje provee la posibilidad de crear acciones que son etéreas – como sueños — y concretas y corporales a la misma vez.

La obra termina con “Coda: cinco pesos en una isla” como tributo al gran poeta y dramaturgo cubano Virgilio Piñera. Se da referencia a su cinismo, pero también nota su sentido de vivir en agua, en islas, islas en el mar, tal vez “pueblos del mar”, como diría el también cubano Antonio Benítez Rojo, y estar no separadxs pero unidxs por agua. Comenzamos con variaciones de “Si muero en la calle  . . .” y terminamos con variaciones de “Aun si me matan, gozo”, un sentido compartido en el Caribe (y las Américas, en general) entre gente oprimida o esclavizada de “que no me quiten lo baila’o”.

Menciono mucho las actuaciones de los más experimentadxs del elenco – Cardona, Núñez y Lacen. Paro brevemente para subrayar el trabajo de Andrés Pacheco y Teresa Karolina. Aunque no he incluido todas sus intervenciones, su fluidez física en escena y su poder transformarse de un personaje a otro da forma y estructura al texto fragmentado. Sus cuerpos asumen una plasticidad asombrosa de traer las técnicas de la sala de práctica de danza al espacio concreto y más literal teatral.

El vestuario raramente recibe mención en reseñas y no tengo el espacio para elogiar suficiente a Cristina Agostini Fitch (y su equipo) por el diseño y construcción de vestuarios extraordinarios – esto incluye su variedad, número de cambios, las texturas de las telas escogidas y su utilidad en escena. Esto aplica igualmente a la escenografía, luces, sombras, proyecciones y animación que, similar al vestuario, contribuyen a la creación de un imaginario táctil y corporal en el espacio escénico.

La pregunta titular no necesita respuesta.

 

 

Artículo anteriorRendirse ante los electrónicos, pensamientos sobre filosofía de la tecnología
Artículo siguienteVenezuela acusa a Trinidad y Tobago de ayudar a EEUU en el «robo» de un buque petrolero