Cuando era chiquito, mi mamá guiaba un Toyota Tercel color azabache que relucía más que la resolana del mar. Era un carro cómodo, no recuerdo si de dos o cuatro puertas, y los asientos servían perfectamente para embadurnarlos de chicle y refresco. Tenía, como todos los Toyotas sobre la faz de la tierra, el mejor aire del mundo.
Mi memoria lo llama la Vellonera, puesto que el apellido materno de señora mother es Vellón. El carro era fuente de cuanta salsa que hoy busco con esmero cocolo: N’Klabe— donde el insufrible locutor antes cantaba— Frankie Ruiz, Jerry Rivas y uno que otro llorón que cantaba del azul del mar azul.
Para entonces, mi mamá disfrutaba guiar por las rutas montunas, de manera que el mar— el mismo mar azul del que cantaba Cristian Castro— se asomaba por entre los resquicios de las bambúas. El Tercel negro era la verdadera nave nacional. Suprema salseología con tufo a new car, bocinas retumbando y tintes más oscuros que el humor de un imperialista. Estuvo así hasta que Mami, urgida por cuestiones que uno olvida, se lo dio a mi abuela Flavia.
Mi abuela sabía que los carros se prendían y se apagaban. Que debían llevarnos a los lugares y que hacían ruido cuando tenían que ir al médico— que diga, al mecánico. Por eso, no le tomó mucho rato percudir los cristales con huellas de dedos de todo tamaño, pestes de toda calaña y fallos de todo tipo. No lo desvieló porque Dios y la Toyota, juntos, son demasiado grandes. Lo cierto es que botaba humo de algún lado y el aire— el mejor aire del mundo mundial— sufrió sus descuidos.
Dicen que el día en que mi abuelita Flavia— destructora de carros por excelencia— le devolvió el Tercel negro a mi señora mother, Puerto Rico entero le cabía en la boca de asombro. Los chicles que ella no me dejaba pegar fueron, en efecto, maridados bajo el régimen libertino de Flavia Collazo Frau, y las huellas de refresco cubrían todas las alfombras como máculas jamás vistas.
Ahora, mi abuela guía nubes— que no tienen motores para desvielarse— y mi mamá salió de la nave nacional salseóloga hace mucho tiempo. Pero todavía, a veces, me gusta escuchar a N’Klabe y mirar el mar azul de Cristian Castro



