El conflicto entre el cristianismo y la ideología neoliberal

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Especial para CLARIDAD

Desde una perspectiva teológica y ética, el mensaje de Jesús en los Evangelios se fundamenta en el amor al prójimo, la solidaridad, la justicia social y la vida en comunidad. La esencia del cristianismo primitivo se expresó a través de la acción colectiva, la redistribución de bienes y la atención a los más vulnerables:

“Todos los creyentes estaban unidos y lo tenían todo en común; vendían sus bienes y los repartían según las necesidades de cada uno” (Hechos 2:44-45).

Sin embargo, en el cristianismo fundamentalista contemporáneo —particularmente en su versión estadounidense— se observa una reinterpretación ideológica que desplaza la centralidad del bien común hacia la responsabilidad individual, la autogestión moral y la auto-superación económica. Este desplazamiento responde más a los principios del neoliberalismo que a los del cristianismo con el énfasis en el individuo autosuficiente, la meritocracia, la competencia y la desconfianza hacia la acción colectiva o estatal.

Diversos autores (Harvey, 2005; Giroux, 2015; González Faus, 2013) señalan que esta fusión entre discurso religioso y racionalidad neoliberal corrompe el mensaje evangélico, porque instrumentaliza la fe como legitimación del orden económico dominante. Bajo esta lógica, la pobreza no es una injusticia social sino un fallo moral o espiritual; la salvación se convierte en un proyecto individual; y la comunidad de creyentes deja de ser un cuerpo solidario para transformarse en una suma de individuos que buscan su propia prosperidad.

La paradoja del fundamentalismo del cristianismo fundamentalista contemporáneo es que proclama valores de altruismo, caridad y amor al prójimo, en la práctica muchas de sus organizaciones funcionan como instituciones económicas y políticas. En este sentido, varios estudios en sociología de la religión (por ejemplo, Bellah, 1985; Hadden & Shupe, 1988; Gorski, 2017) señalan una tensión estructural entre su mensaje espiritual y sus intereses materiales.

Estas iglesias promueven una teología centrada en el individuo —la salvación personal, la prosperidad y la obediencia— pero simultáneamente desarrollan estrategias empresariales y políticas que les permiten acumular recursos, influencia y poder.

En muchas comunidades evangélicas fundamentalistas, especialmente en Estados Unidos y América Latina, se ha difundido la llamada “teología de la prosperidad”, que sostiene que la fe y la obediencia a Dios traen recompensas materiales (riqueza, éxito, salud). Esto genera una mercantilización de la salvación, donde las ofrendas, los diezmos y las donaciones se presentan como una inversión espiritual que traerá beneficios personales.

En este contexto, la ayuda al prójimo deja de ser un acto altruista y se convierte en un intercambio simbólico y económico: se da esperando una bendición divina a cambio. Esto contradice el altruismo cristiano tradicional, basado en el amor desinteresado, y lo sustituye por una lógica de beneficio individual disfrazado de devoción religiosa. En palabras de Max Weber, esto representa la “racionalización económica de la religión”: la ética religiosa se adapta a la lógica del mercado (Weber, 1905).

En este sentido, la idea de un “altruismo individualista”, donde el creyente ayuda para mejorar su propia posición moral o recibir una bendición,  se aleja radicalmente del mandamiento cristiano del amor desinteresado.
Jesús no predicó un altruismo transaccional ni condicionado, sino una ética de entrega total al otro, incluso al enemigo (Mateo 5:44).

Cuando la fe se convierte en negocio y se mendiga fondos del gobierno o gestionan fondos del gobierno el altruismo deja de existir. Aunque muchas iglesias fundamentalistas proclaman desconfianza hacia el Estado y defienden la autonomía de la fe, en la práctica reciben y gestionan fondos públicos a través de programas sociales, educativos o comunitarios. En Estados Unidos, desde el gobierno de George W. Bush (2001) se fortaleció la política de Comunidades de Base de Fe, que permitió que organizaciones religiosas administraran fondos federales para programas sociales (educación, salud, ayuda a comunidades, etc.). El problema, como señalan diversos críticos (Monsma, 2002; Farnsley, 2009), es que esas ayudas públicas se canalizan a través de entidades religiosas que operan sin transparencia fiscal ni supervisión democrática, y a menudo refuerzan su influencia política y económica. De este modo, las iglesias fundamentalistas  instrumentalizan estas ayuda y se benefician de ella mientras mantienen un discurso de independencia moral y de oposición al “Estado secular”. Más cercano a ser “fariseo del capitalismo y el neoliberalismo” y se vuelven parte del problema al no reconocer al mercantilizar la fe.

Por tanto, la asimilación del cristianismo al neoliberalismo no solo contradice la enseñanza de Jesús, sino que despoja al ser humano de su vocación comunitaria, solidaria y trascendente, sustituyéndola por una ética de competencia y éxito personal. Esto constituye, en términos teológicos, una idolatría del mercado, donde el dinero, el mérito y la productividad se elevan al rango de valores supremos, desplazando el amor y la justicia como fundamentos de la vida cristiana.

Este modelo produce varias consecuencias sociales contradictorias. El uso del lenguaje neoliberal que es contrario al cristianismo pues se justifica la desigualdad moral y se glorifica a los fieles exitosos económicamente como “bendecidos por Dios”, mientras se culpabiliza a los pobres por su falta de fe o esfuerzo.  Convierte la fe en mercancía y surge el clientelismo religioso donde la ayuda se distribuye de forma condicionada, vinculada a la afiliación religiosa o a la obediencia doctrinal o en el mejor caso si puedes llegar a donde la distribuyen. Pero alega el seguimiento de visitar y ayudar al necesitado. Por tanto, se privatiza la caridad y el deber social de atender la pobreza y la exclusión se transfiere del Estado a las iglesias, despolitizando las causas estructurales de la desigualdad. Así en vez de ayudar a eliminar la pobreza, la perpetua, pues ahora son tus clientes, los que te dejan dinero y no interesa eliminarla.

El cristianismo fundamentalista contemporáneo combina un discurso moral de altruismo religioso con una práctica económica y política profundamente individualista y lucrativa, mercantilizando la fe. Si bien predica el amor al prójimo, sus estructuras institucionales y teológicas (especialmente en las corrientes de la prosperidad) subordinan la solidaridad a la lógica del mercado y al interés propio, tanto espiritual como económico.

La pérdida del sentido altruista y de la ayuda al prójimo deja de ser universal y se convierte en un instrumento de poder y legitimidad moral. El altruismo predicado se transforma en un egoísmo institucionalizado, donde la “ayuda” funciona como un medio de acumulación simbólica, política o financiera.

La fusión entre el cristianismo fundamentalista y la ideología neoliberal representa una de las más profundas distorsiones éticas y teológicas del mensaje de Jesús. Al sustituir la compasión por la competencia y la comunidad por la autosuficiencia, este modelo transforma la fe en un instrumento de legitimación del mercado y de las desigualdades que este produce. La llamada “responsabilidad individual”, elevada a principio moral absoluto, disuelve el sentido cristiano de justicia social, desarticula la acción colectiva y convierte el amor al prójimo en una transacción simbólica. De este modo, el Evangelio deja de ser una buena noticia para los pobres y se convierte en un código de éxito personal.

Recuperar la autenticidad del mensaje cristiano implica, por tanto, reivindicar el valor del altruismo comunitario, la ayuda mutua, la solidaridad desinteresada y la defensa del bien común frente a la lógica excluyente del neoliberalismo. Jesús no llamó a acumular, sino a compartir; no exaltó la riqueza, sino la entrega; no pidió aislamiento, sino comunión. Volver a esa raíz, humana, ética y espiritual,  es un acto de resistencia frente a la idolatría del mercado y una afirmación radical de la dignidad del ser humano como ser relacional y solidario. Desde la fe debemos recuperar las discusiones contemporáneas, desde una perspectiva teológica y sociopolítica, sobre ética económica, comunidad y modelos alternativos al capitalismo neoliberal. La fe cristiana vivida desde su dimensión liberadora y comunitaria, puede integrarse en un proyecto económico basado en el altruismo y la ayuda mutua, de modo que no sea solo una alternativa económica, sino una expresión práctica del Evangelio y de resistencia al neoliberalismo. Aplica a otras religiones también.