El “voto útil” en los tiempos de Narmito y Tatito

 

CLARIDAD

“Ya está bueno de coger pon con el Partido Popular”, dijo recientemente el presidente de ese partido, José Luis Dalmau. Esas expresiones se produjeron luego de que el alcalde de Caguas, William Miranda, y el representante Luis Raúl Torres afirmaron que estaban considerando postularse como candidatos independientes en 2024. Según Dalmau, son estos los que necesitan de su partido y no a la inversa.

Ese gesto de prepotencia del todavía presidente del PPD (al menos los es mientras escribo) pasa por alto que durante los últimos 50 años ha sido exactamente a la inversa. Durante ese largo tiempo ha sido el partido de Dalmau el que ha necesitado “coger pon” para poder prevalecer en las contiendas electorales puertorriqueñas. Sin ese “pon” las derrotas serían tantas que ya estaría extinguiéndose.

El último éxito que el PPD obtuvo solo con sus propias fuerzas fue en 1972, y aún en esa fecha tan lejana esa afirmación es cuestionable. En las elecciones de 1968 una porción significativa de votantes del partido decidió apoyar a Roberto Sánchez Vilella y su nuevo Partido del Pueblo, abriendo la puerta a la primera derrota desde 1940. Esa experiencia traumática provocó el regreso de muchos de los que se habían ido permitiéndole regresar al poder en 1972, que volvieron a perder cuatro años después.

A partir de 1984, tras dos cuatrienios consecutivos de Carlos Romero Barceló y el PNP, empezaron los “pones” del PPD. Para ese tiempo fue que se acuñó el vocablo “melonismo”, en referencia a los votantes independentistas o “realengos” que, buscando evitar otro triunfo del PNP, votaban por el candidato a la gobernación de los populares. Fue una manifestación evidente y constante del llamado “voto útil”, que es el que se emite por un partido o candidato, no porque se apoyan sus postulados programáticos, sino para evitar que otro gane. El soberanismo boricua siempre ha considerado el anexionismo como su peor enemigo y de ahí la tendencia a contemporizar con el “menos malo”.

En las últimos cinco elecciones generales, celebradas entre 2004 y 2020, la dependencia del voto útil por parte del PPD ha sido aún más dramática. Durante ese largo periodo lograron elegir su candidato a gobernador en dos ocasiones y, en ambos casos, tal resultado no hubiese sido posible sin el voto prestado. En 2004, Aníbal Acevedo Vilá logró prevalecer por poco más de tres mil votos frente a Pedro Rosselló gracias a lo que entonces se llamó “pivazos”, que eran votos bajo la insignia del PIP y por los candidatos nacionales del PPD, según quedó demostrado durante el procedimiento judicial que siguió. En 2012 se lanzaron a buscar otra vez el voto soberanista prometiendo convocar a una asamblea constitucional de estatus, y lograron elegir a Alejandro García Padilla.

Como vemos, la pequeña prepotencia de Dalmau no sólo choca con la realidad de que su partido necesita malamente a los alcaldes y representantes que ahora se cantan descontentos, sino con la experiencia histórica. Cualquier otro dirigente estaría buscando la manera de tender puentes hacia lo que ha sido la tabla de salvación del PPD, pero Dalmau torpemente los dinamita.

Independientemente de lo que se proponga hacer Dalmau, tanto la experiencia de las elecciones de 2020 como el ambiente que ahora se respira, demuestran que ya no le es posible volver a “coger pon” con votantes de otras tendencias, particularmente del soberanismo. En primer lugar, aquel voto útil se alimentó de una preocupación exagerada por el avance del anexionismo, y la experiencia de las últimas décadas ha demostrado que, aun ganado elecciones y plebiscitos, la estadidad no avanza. Ahora mismo, la propuesta anexionista no está más cerca de lo que pudo haber estado en los lejanísimos tiempos de Rafael Martínez Nadal y el viejo Partido Republicano. Mientras tanto, la propuesta “autonomista” del PPD se desinfló con la ley Promesa y nuevas decisiones judiciales, dejando de ser un refugio camuflajeado para algunos soberanistas.

En segundo lugar, está el tema de la corrupción, que antes se identificaba casi exclusivamente con el PNP, sobre todo desde los tiempos de Pedro Rosselló. Aun cuando en los gobiernos de Hernández Colón, Sila Calderón y Acevedo Vilá hubo experiencias corruptas, jamás comparan con la podredumbre que se vivió bajo Rosselló y Fortuño. Sin embargo, el último gobierno del PPD, el de García Padilla, no fue muy distinto. La relación desde la Legislatura y el Ejecutivo con la ganga corrupta de Anaudi Hernández, y el esquema que se montó en el Departamento de Recreación y Deportes, son dos ejemplos. Ahora mismo estamos viendo el arresto de alcaldes populares en igual o mayor proporción que del PNP. La mítica pulcritud de los “tiempos de Muñoz” ya no le sirve al PPD de ahora.

En tercer lugar, desde el punto de vista ideológico también hay menos diferencia entre el PNP y el PPD. Durante la última campaña electoral, con la candidatura de Carlos Delgado Altieri, el PPD no tuvo reparo en adoptar posiciones de los fundamentalistas religiosos y ahora mismo, desde el Senado, Dalmau se entrega por completo a esas propuestas. También encontramos a los partidos unidos en sonados casos de agresión al ambiente, como la reciente experiencia de Salinas donde la alcaldesa popular ha tenido una actuación similar a la del gobierno del PNP.

Finalmente, está el liderato que presenta y ofrece el PPD. Hubo un tiempo en que, aún con las diferencias por la defensa de un “estadolibrismo” que escondía el colonialismo, era posible relacionarse y respetar a líderes populares, que también proyectaban cultura y un genuino interés por el País. Ahora no hay nada más que mirar el actual liderato legislativo para ver cómo ha cambiado el panorama. Además de Dalmau, allí sobresale un tal “Tatito”, que mandó al carajo a un manifestante en Salinas, y otro que apodan “Narmito”, que carga un largo bagaje. ¿Quedará alguien dispuesto a prestarle el voto a estos personajes?

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