En Reserva-El país que quiero empieza en un salón

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Especial para En Rojo

Algunas decisiones se toman con la cabeza; otras, con el corazón

… y otras, las más importantes, con los dos.

Sonó el despertador otra vez. Un nuevo semestre de clases comenzaba. Esta vez, mi hija no iría al pequeño y cálido colegio al que estaba acostumbrada, ese rodeado de amigos y maestros conocidos. Esta vez, como padres, tuvimos que tomar una decisión académica importante. La escuela elemental había llegado a su fin, y el colegio considerado y querido no contaba con una escuela intermedia donde ella pudiera seguir sus próximos años.

Por meses, antes de terminar el sexto grado, evaluamos colegios, visitamos escuelas y solicitamos algunas referencias de personas a las que respetamos en el campo educativo. Un día nos llegó la invitación de una institución que habíamos evaluado muy de cerca y que contaba con una especialidad en arte.

El lugar se ha distinguido por ser cuna de grandes artistas y comunicadores como Antonio Martorell, Jacobo Morales y el periodista Jorge Rivera Nieves, entre muchos otros. El centenario lugar, aunque con algunos problemas estructurales que se están atendiendo, se sentía cálido y agradable. El edificio es una imponente estructura al estilo del resurgimiento español, construido a principios del siglo XX, con ventanales de madera, techos altos y hermosas exhibiciones artísticas en sus pasillos.

El día de su casa abierta, los maestros nos guiaron en un recorrido por los salones y algunos estudiantes nos contaron de su experiencia en la institución. Los alumnos nos mostraron obras impresionantes creadas por ellos: retratos de miradas intensas, miradas pensativas, a veces soñadoras o desafiantes, cuadros llenos de color o dramatismo, que parecían pintados por verdaderos expertos.

Entramos a espacios de arquitectura, de escultura, de diseño… Cada área con trabajos escolares era aún más deslumbrante. Me pregunté cómo era posible que supiésemos tan poco de los logros que se obtienen en las escuelas del país. Pensé que era un verdadero orgullo que existieran instituciones así.

Luego de mucho investigar, estaba ya convencida de que ninguna escuela o colegio al que habíamos asistido antes o asistiríamos luego, durante la selección de escuelas, se le podría igualar a esta. La decisión parecía fácil; claro, si así lo permitía la institución. Un plantel como ese tiene sus exigencias para entrar. Someteríamos la documentación, mi hija prepararía el portafolio de obras, tomaría el examen y completaría la entrevista requerida. Luego de algunas semanas, la carta de aceptación nos anunció la buena noticia.

Ingenuos nosotros, pensábamos que estos procesos condicionados de matrícula serían la parte más difícil de esta decisión, pero no fue así. Casi de inmediato, recibimos el primer rechazo, pero no de parte de la escuela, sino de un conocido: “¿De verdad que vas a ponerla en una escuela pública?”.  “Pero ¿no la quieres matricular mejor en x o y colegio?”.

Comentarios como esos resonaron una y otra vez, siempre acompañados de una mezcla de sorpresa y duda. Otros, debo admitir también, llegaron con mucha alegría sincera de parte de aquel que conoce bien la escuela y sabe de su buen resumé: “Ni lo pienses: ahí es”. “No encontrarás escuela mejor”.

Claro que entiendo al primer grupo: el sistema público carga consigo una enorme y pesada mochila de críticas, muchas veces justificadas, pero otras lamentablemente llenas de prejuicios. Tomar la decisión de enviar a mi hija a una escuela pública especializada fue sencillo para mi cabeza y corazón, pero admito que estuvo acompañado también de un leve y persistente miedo e inseguridad.

“¿Habré hecho bien?” o “Debí pensármelo mejor”. La duda no nacía en mí, sino en el imaginario colectivo que repite tantas veces que “lo público no sirve” y ¿por qué no decirlo? de mi propia experiencia como estudiante durante mis años en el sistema. Estudié toda mi vida en escuelas públicas, desde el nivel elemental hasta la universidad. La experiencia que viví en el sistema fue dura en ocasiones, especialmente en el nivel intermedio, en que la burbuja se rompe y conocemos más de cerca los males de la sociedad, pero también fue muy gratificante y de calidad. Tuve los mejores maestros y amigos que pude conocer y me siento muy orgullosa de la educación que recibí.

Los tiempos han cambiado y los prejuicios de las personas han ido en aumento. El gobierno y la prensa contribuyen a diario para esta percepción. En nuestro caso, la razón para escoger esta escuela frente a otra fue clara: identificamos en nuestra hija un talento especial, y entendimos que era precisamente en ese espacio —una escuela especializada— donde podría florecer y desarrollar sus habilidades con más posibilidades.

Por ahora, y sé que es poco tiempo, puedo decir que lo que he visto aquí nos mantiene muy tranquilos estos primeros días: un director comprometido y cercano; maestros atentos, dedicados y con experiencia; así como un personal imprescindible para atender una población tan amplia y con distintas necesidades. La escuela cuenta con enfermera, consejera escolar y trabajador social, entre otro personal, cada uno con vocación de servicio. He conocido a un equipo administrativo que ha respondido a nuestras necesidades de inmediato, con procesos que nos están funcionado, al menos para nuestras necesidades, así como disponibilidad inmediata para atender emergencias.

Al ser una escuela especializada con ciertos requisitos de entrada, su población reúne características parecidas. Por tal razón, sé que lo que veo aquí no es la norma en todos los planteles del país, pero debería ser a lo que aspiremos.

En estos primeros días, en el salón de mi hija, no ha faltado ni un solo estudiante y he visto padres, madres y abuelos presentes que se unen como aliados verdaderos. Esta cara del sistema público no suele salir en titulares, pero existe. Y debemos contarla más.

Sé y repito que esta no es la realidad en todos los planteles, pero también reconozco que no podemos mirar el sistema sin analizar sus desigualdades: cerca del 58 % de los estudiantes de Puerto Rico viven bajo el umbral de pobreza y en algunas escuelas esa tasa supera el 80 %. Esto, por supuesto, desencadena en otros problemas que llegan a afectar la salud emocional del alumno e impactan directamente los resultados académicos. Las escuelas especializadas brindan entusiasmo en un estudiante que puede dedicarle parte de su día a desarrollar lo que más le gusta hacer: el arte, en este caso; el teatro, en otro; las ciencias o las matemáticas, en otros más.

Existen muchas vertientes sociales dentro de las opiniones pocos profundas y vacías de algunas personalidades mediáticas que se dedican a la crítica continua. Hablan, por ejemplo, de la necesidad de cambios en el currículo sin tener ni idea que el currículo escolar se revisa y ajusta mucho más a menudo de lo que piensan. Muchas veces se quiere pasar por alto que es en los recursos que se le ofrecen directamente al estudiante y al maestro donde podemos hacer diferencias sustanciales.

Sé que no podemos negar los problemas que vemos a diario en muchas de las escuelas: infraestructura deteriorada, falta de materiales, cierres de planteles y retos burocráticos. Sin embargo, solucionar estos problemas es lo más fácil de toda esta compleja ecuación, especialmente en un departamento que recibe la más alta inversión del gobierno. No obstante, criticar la educación pública sin conocer sus verdaderos retos es demasiado sencillo para tantos; buscar soluciones profundas a otros retos y comprometernos todos para mejorar la totalidad del sistema no lo es. Requiere reestructuraciones holísticas de todos los sectores de la sociedad. También requiere que todos lo veamos viable, sin prejuicios y alejando a metros luz a los grandes intereses.

En Puerto Rico, el sistema público administra unas 858 escuelas públicas y cuenta con cerca de 25 000 a 30 000 maestros, una estructura vital que sostiene la educación del país pese a los retos y la crítica recurrente. De esta cifra, casi todas las escuelas especializadas obtienen excelentes resultados en sus pruebas estandarizadas y obtienen un porcentaje alto de estudiantes que ingresan a la universidad. Por supuesto, tal vez no sean siempre la norma, pero hay mucho que se puede aprender de su manejo y ofrecimiento.

Decidir enviar a mi hija al sistema público no fue conformarnos con una escuela más, sino una apuesta con el corazón y con la cabeza. Fue un acto de fe: en el país (porque creo en él), en la gente (porque sé que de qué somos capaces), en la idea de que lo nuestro puede ser digno, organizado y esperanzador. A pesar de todo lo que hemos escuchado del sistema público, decidimos apostar por él. Si me equivoco, siempre habrá oportunidad de reenfocar. Por ahora, asumo mi responsabilidad como madre y me comprometo a hacer mi parte. Estaremos presente en cada necesidad o petición escolar. Asistiremos a toda reunión que se nos convoque y cumpliremos con las normas que se establezcan. Hoy, como toda decisión importante, elijo con la cabeza y también con el corazón.

 

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