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Entre el calor y la incertidumbre

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Foto: Alina Luciano/CLARIDAD

 

 CLARIDAD

Hay un zumbido hondo que pasa inadvertido gran parte del tiempo. Se escucha en las cocinas, en las salas, en los cuartos y hasta en el baño, lejos de los grandes enseres que consumen mucha energía. De hecho, el sonido lleva un nombre medio divertido en inglés, mains hum. Pero cuando se va la luz, la tenue vibración desaparece justo con la llegada de una tiniebla que confirma el calor venidero: no hay luz.

Así le pasó a 340,000 abonados de LUMA Energy, compañía encargada del sistema de transmisión y distribución de la red eléctrica de Puerto Rico, tras una avería prolongada el pasado 13 de junio. La mayor parte de los consumidores afectados residen en la zona metropolitana, donde CLARIDAD compartió con algunos jóvenes y comerciantes.

“La luz iba y venía en mi casa. Tardó más de tres horas en regresar, y te puedo asegurar que es un problema constante. En mi casa se tuvo que comprar un abanico de techo para reemplazar el que dañó los apagones”, explicó Rachel Sanín Castro, estudiante de nuevo ingreso en el Recinto de Río Piedras.

Antes de culminar sus estudios en la escuela superior, Sanín Castro, de 18 años, también detalló cómo, a su juicio, el servicio eléctrico ha empeorado desde la llegada de LUMA Energy, particularmente en la dinámica de clases.

En ese sentido, la joven coincidió con Sofía Dávila Ayala, también recién matriculada en la IUPI. Para la contemporánea de Sanín Castro, su casa cuenta con “un plan B, C y los que tengan que haber” para mitigar el impacto de las averías. Desde los huracanes Irma y María, la casa de Dávila Ayala opera con planta eléctrica y placas solares portátiles durante cualquier apagón.

“La gente dice que es normal, pero yo no quiero que sea normal que se vaya la luz. En el último apagón estuvimos como hasta las seis de la mañana sin luz. Tuvimos dificultades porque la planta no funciona completamente”, narró Dávila Ayala, de Trujillo Alto.

La casa de la joven estuvo medio año sin electricidad tras el paso del huracán María y, de tanto pasar los ratos a oscuras, se acostumbró al calor que suele cubrir su camas y suéteres en estas ocasiones.

El patrón de autogestión frente a las deficiencias del Estado se repite en el caso de Matthew Ramos, cuyos padres procuraron paneles solares para la casa hace más de un año.

“En casa se hizo la inversión para no tener que bregar con las tarifas, los aumentos y los bajones de luz”, aseguró Ramos. Tanto Ramos y Dávila Ayala opinaron que el desempeño de LUMA Energy ha sido peor que el de la Autoridad de Energía Eléctrica (AEE). No obstante, la joven trujillana asegura que la compañía “le roba chavos al país”.

A pasos del recinto, la historia es diferente. La Cafetería y Colmado Cabrera tuvo la suerte de que el apagón pasado ocurrió de noche, confirmó Juan Antonio Soto, dueño del local. De haber sucedido durante el día por la misma cantidad de tiempo, el negocio habría tenido que cerrar.

“Ya estaba cerrado, pero si hubiera estado abierto, habríamos tenido que cerrar. Tengo plantas suplentes que prenden algunas neveras para que no se dañen los productos, pero no duran para todo el tiempo”, compartió Soto, quien invirtió cerca de $14,000 en los generadores de apoyo.

Respecto a LUMA, el comerciante afirmó que, a diferencia de hace unos años, el costo ha aumentado escalonadamente, mientras que la calidad del servicio “está mucho peor”. El asunto, expresó Soto, se palpa en las conversaciones y en el consumo de los integrantes de la comunidad.

“Se está viviendo así, atrasado. Por eso intentamos tener precios módicos aquí para la población estudiantil y mayor. Pero la verdad es que todos los productos han aumentado en precio. Tampoco hay un precio firme que lo sustituya”, agregó el riopedrense cuyo negocio opera desde 1963.

Para Jonathan Rivera, de Fajardo, la desaparición del zumbido eléctrico le sorprendió en medio de su rutina de ejercicios vespertina. Para nada una sorpresa agradable, aseguró el cariduro.

“Ahí vino el apagón y la oscuridad divina de LUMA. Entendí muchas cosas en ese momento, pensé mucho y llegué a la conclusión de que tenemos que tirarnos a la calle para sacar a estos desgraciados”, bromeó el joven fajardeño.

El asunto trasciende los hogares puertorriqueños. Hospitales, vías públicas, el aeropuerto y otros recursos esenciales quedaron inoperantes tras la avería general. Para Gabriela Román fue un “esfuerzo visual” conducir desde su trabajo, en San Juan, hasta Río Grande.

“Es fácil acostumbrarse, tristemente, pero debe dar miedo. No se ven bien las líneas de la carretera, las siluetas de las personas. Ni siquiera los boquetes para esquivarlos”, comentó Román a este medio.

 

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