Especial para CLARIDAD
Vivimos en una época de múltiples crisis. Mientras intentamos recuperarnos de una pandemia, enfrentamos guerras que alteran los mercados energéticos, una inflación persistente que reduce el poder adquisitivo de las familias, fenómenos climáticos cada vez más intensos y una revolución tecnológica que transforma la forma en que trabajamos y producimos. Pensar que cada uno de estos problemas puede resolverse de manera aislada es ignorar la complejidad del mundo en que vivimos. A este fenómeno lo llaman policrisis (Tooze, 2025), un escenario en el que múltiples crisis interactúan entre sí y se refuerzan mutuamente, limitando la capacidad de los gobiernos para responder mediante instrumentos tradicionales. No se trata simplemente de tener muchos problemas al mismo tiempo. Lo verdaderamente preocupante es que estos conforman un sistema de interdependencia donde cada crisis modifica las condiciones de las demás. La guerra y la energía ofrecen un ejemplo ilustrativo. Una escalada militar en Oriente Medio puede afectar el tránsito marítimo por el Estrecho de Ormuz, elevando el precio del petróleo. Ese incremento repercute sobre los costos del transporte, la producción agrícola y la industria, alimentando presiones inflacionarias que obligan a los bancos centrales a endurecer su política monetaria afectando la inversión y el consumo, desacelerando el crecimiento económico. A su vez, una economía más débil limita la capacidad fiscal de los Estados para financiar la transición energética o responder a desastres climáticos. Lo que comienza como un conflicto geopolítico termina convirtiéndose en una crisis económica, social y ambiental de alcance global. Mientras tanto, el cambio climático intensifica huracanes, sequías e incendios forestales que destruyen infraestructura, reducen la producción agrícola y aumentan los costos de reconstrucción. Al mismo tiempo, la inteligencia artificial y la automatización transforman el mercado laboral, generando nuevas oportunidades, pero también incertidumbre sobre el futuro del empleo. Y en Puerto Rico es necesario reconocer que muchas de las limitaciones de Puerto Rico tienen raíces estructurales coloniales vinculadas a su condición política, a su inserción en la economía estadounidense, y la imposición de la Junta de Control Fiscal.
Esta perspectiva representa una ruptura con la visión fragmentada que dominó buena parte del pensamiento económico durante el siglo XX. Desde la economía neoclásica, los problemas suelen analizarse como fallas específicas de determinados mercados de forma simple, estudiar las crisis como fenómenos separados, una recesión, una crisis financiera, una guerra o un desastre natural. La economía crítica enfrentando la policrisis obliga a observar las conexiones entre economía, política, ecología y seguridad internacional en un sistema complejo que constituye la condición fundamental del mundo contemporáneo. El término ha ganado relevancia en el debate académico y político porque describe un escenario donde la inflación, el cambio climático, las tensiones geopolíticas, la desigualdad, la migración, el endeudamiento, la inseguridad alimentaria y las transformaciones tecnológicas no pueden entenderse de forma aislada. Cada una influye sobre las demás, creando un entorno de incertidumbre permanente. Cuando el mercado intenta subordinar todas las dimensiones de la vida colectiva, emergen tensiones que generan respuestas sociales y políticas destinadas a restablecer ciertos equilibrios frente a las vulnerabilidades creadas por décadas de integración económica global basada en cadenas de suministro extraordinariamente frágiles (M. Aponte, 2023).
Frente a este panorama, la economía crítica sostiene que estas crisis no son simples accidentes coyunturales, responden a estructuras económicas, políticas y ambientales profundamente interconectadas. El crecimiento económico, no puede analizarse únicamente mediante indicadores como el Producto Interno Bruto o la inflación. También deben considerarse la distribución de la riqueza, la calidad institucional, la sostenibilidad ambiental y las relaciones de poder que influyen en las decisiones económicas. Los modelos tradicionales siguen siendo fundamentales para comprender cómo funcionan los mercados, los incentivos o la política monetaria. Sin embargo, la economía crítica plantea que esos instrumentos resultan insuficientes cuando las crisis se superponen y afectan simultáneamente múltiples dimensiones de la sociedad. Uno de los principales desafíos consiste en evitar respuestas fragmentadas o simples. En especial cuando se ofrecen respuestas y soluciones fragmentadas en un sistema complejo. Para Morin (2023), los sistemas sociales no pueden comprenderse mediante análisis lineales o reduccionistas; las relaciones entre sus componentes generan propiedades emergentes que transforman continuamente el conjunto. En la economía mundial actual ningún fenómeno económico puede interpretarse al margen de las dinámicas geopolíticas, ambientales o tecnológicas que lo condicionan. Combatir la inflación sin considerar el impacto sobre el empleo, impulsar el crecimiento ignorando el deterioro ambiental o promover la inversión sin atender la desigualdad puede resolver un problema inmediato mientras agrava otros. Desde la economía crítica la policrisis exige políticas públicas capaces de reconocer estas interdependencias y transversalidades.
En este contexto, diversos especialistas proponen ampliar la agenda económica hacia estrategias de largo plazo. Entre ellas destacan la diversificación productiva para reducir la dependencia de pocos sectores económicos, la transición hacia energías renovables para disminuir la vulnerabilidad frente a los combustibles fósiles, el fortalecimiento de las instituciones públicas, la inversión en educación, ciencia e innovación y la construcción de sistemas de protección social más resilientes. Es concebir las políticas públicas como instrumentos capaces de orientar procesos de transformación económica mediante inversiones estratégicas en innovación, infraestructura, salud y transición energética. En un contexto de policrisis, esta visión adquiere renovada relevancia. La pregunta ya no es únicamente cuánto debe intervenir el Estado, sino cómo puede coordinar esfuerzos públicos y privados para construir economías más resilientes y sostenibles.
Estas discusiones resultan particularmente pertinentes para Puerto Rico. La isla enfrenta simultáneamente una elevada dependencia energética, vulnerabilidad climática, restricciones fiscales, emigración sostenida y limitaciones institucionales asociadas a su condición política. Analizar cada uno de estos desafíos por separado conduce inevitablemente a diagnósticos incompletos. La policrisis y la economía crítica invita a comprender cómo interactúan la dependencia de combustibles fósiles importados, la fragilidad de la infraestructura eléctrica, la exposición a fenómenos meteorológicos extremos, la transformación demográfica y los retos estructurales coloniales que enfrenta Puerto Rico ante las políticas de la Junta de Control Fiscal.
Esto no implica atribuir todos los problemas a un único factor estructural. La literatura contemporánea sobre desarrollo económico muestra que el desempeño de las sociedades depende de la interacción entre instituciones, políticas públicas, innovación tecnológica, capital humano, inserción internacional y capacidad estatal. Sin embargo, la policrisis obliga a reconocer que estos elementos ya no pueden abordarse mediante estrategias sectoriales aisladas. La planificación económica debe incorporar la complejidad como principio organizador.
Quizás el mayor desafío consiste precisamente en abandonar la búsqueda de soluciones únicas. La inflación no puede entenderse exclusivamente como un fenómeno monetario cuando también responde a interrupciones en las cadenas globales de suministro o a conflictos geopolíticos. El crecimiento económico pierde significado si aumenta la vulnerabilidad ambiental. La competitividad industrial resulta insuficiente cuando depende de sistemas energéticos inestables. La resiliencia, más que la eficiencia inmediata, emerge así como uno de los conceptos centrales para pensar el desarrollo en el siglo XXI. La policrisis no constituye simplemente una acumulación de problemas. Desde la economía crítica representa un cambio de paradigma que cuestiona las categorías tradicionales con las que se ha pensado la economía durante las últimas décadas. Frente a esta nueva realidad, la economía crítica no ofrece respuestas definitivas, pero sí una invitación indispensable para comprender que el futuro dependerá menos de la capacidad para resolver crisis individuales que de la habilidad para gobernar un sistema mundial caracterizado por la incertidumbre, la interdependencia y la complejidad.
El debate no consiste únicamente en identificar los problemas, sino también en imaginar alternativas. La economía crítica propone abrir espacios para discutir nuevos modelos de desarrollo que combinen crecimiento económico, sostenibilidad ambiental, innovación tecnológica, equidad social y fortalecimiento institucional. Es complementar los enfoques tradicionales con una visión más amplia de los desafíos contemporáneos, donde la Universidad de Puerto Rico juega un papel importante en construir ese desarrollo para un Puerto Rico diferente.
En un mundo cada vez más interdependiente, la policrisis y la economía crítica nos recuerda que las soluciones aisladas rara vez son suficientes. Comprender la complejidad de las relaciones entre economía, política, sociedad y medio ambiente constituye uno de los grandes retos de nuestro tiempo. La pregunta ya no es únicamente cómo superar la próxima crisis, sino cómo construir economías capaces de resistir, adaptarse y prosperar en medio de un escenario global marcado por la incertidumbre. La lección es que no basta con reaccionar cuando estalla la próxima emergencia. Debemos construir una economía capaz de anticiparse, adaptarse y recuperarse. Eso requiere pensar más allá del corto plazo y abandonar la idea de que cada problema tiene una solución independiente. El siglo XXI nos enfrenta a un cambio de paradigma, una Economía que integre diversas disciplinas en una sociedad compleja. La pregunta ya no es únicamente cómo hacer crecer la economía, sino cómo construir una sociedad más resiliente, más equitativa y mejor preparada para un mundo donde la incertidumbre parece haberse convertido en la nueva normalidad. Ese es el verdadero debate que Puerto Rico no puede seguir posponiendo.








