Estados Unidos, un imperio ante el juicio de la historia 

62
Ilustración Adan Iglesias

La historia nos enseña que la caída de un Imperio nunca es súbita. Se gesta a través de largo tiempo y se nutre de las contradicciones inherentes al ejercicio del poder de cada imperio sobre los territorios y grupos humanos que conquista.  Así ha ocurrido con todos los grandes imperios desde la antigüedad hasta nuestros días.

A veces se nos olvida que hasta hace muy poco Francia, Bélgica, Holanda, España y el Reino Unido de Gran Bretaña, entre otras potencias de Occidente, fueron imperios poderosos que dominaron vastos territorios y poblaciones del mundo entero. Se nos olvida también que fue la lucha anticolonial globalizada en Asia, África, Oceanía y el Pacífico , y en América Latina y el Caribe la que posibilitó el surgimiento de nuevas naciones soberanas, y nuevos realineamientos geopolíticos, económicos y militares entre grupos humanos y países.

Hoy el mundo presencia otro cambio de paradigma. El imperio de Estados Unidos, el más fuerte y poderoso de la modernidad, está mirándose en el espejo de sus antecesores, y leyendo las señales en la pared de que su control y hegemonía ya no son absolutos, y que hay nuevos y fuertes jugadores en el tablero mundial,  que cuentan  con recursos y poder suficientes para desafiarlo y burlar su cerco.

El poder que le ha otorgado a Estados Unidos la supremacía militar, económica y financiera que ha ostentado, está hoy cuestionado, y su legitimidad como principal poder del mundo se ha erosionado con el avance de otras  potencias y naciones de un hemisferio sur que reclaman de tú a tú un asiento en la mesa donde se toman las grandes decisiones sobre el planeta. Decisiones que, por demasiado tiempo, han sido dominadas por las grandes potencias de Occidente, hoy en repliegue.

En otras palabras, Estados Unidos está quedando solo. Sólo cuenta con el Israel genocida y el tibio respaldo de una Europa debilitada, desgastada y confundida que no parece entender que las reglas del juego ya no le favorecen. Por eso, como dragón acorralado, el gobierno de Washington, respaldado por el  andamiaje militar, industrial, financiero y tecnológico que lo sostiene, se aferra a su apabullante aparato bélico como arma y escudo para generar el caos que le permite seguir abusando,  intimidando, amenazando, sancionando  y coaccionando a quienes considera adversarios inferiores y subordinados.

En las últimas semanas ha realizado ataques armados en Nigeria, Irán y  Venezuela, donde secuestró al Presidente y su esposa, ha amenazado a los gobiernos de Cuba, Colombia, México, y pretende anexar a Groenlandia, una isla del Ártico que pertenece a Dinamarca. Ha interferido en las elecciones en Ecuador, Argentina, Honduras y Chile. Ha remilitarizado a Puerto Rico, usando nuestro territorio como plataforma de agresión y mantiene  como rehén a toda la región del Caribe, donde ha perpetrado múltiples ataques a pequeñas embarcaciones con el saldo de más de 100 civiles asesinados. Penaliza con aranceles abusivos a países que no se pliegan a sus exigencias. Persigue e interviene con tanqueros petroleros extranjeros en todos los mares y mantiene a Ucrania empantanada en una guerra que no está ganando ni puede ganar.

Este es el imperio que hoy gobierna la administración de Donald Trump, pero que antes gobernaron con igual prepotencia las administraciones de Joe Biden y Barack Obama, y antes de ellos, las de otros cuarenta y tantos presidentes, y Congresos y Tribunales de Justicia, todos comprometidos con  la visión imperialista de un Estados Unidos que se considera la nación «excepcional» y, por tanto, merecedora de imponerse y mandar  sobre el mundo entero, y, además, la única con el derecho de apropiarse de los recursos estratégicos de los demás países para sus objetivos e intereses.

Según reconocidos expertos en política internacional, estamos en la antesala de una Tercera Guerra Mundial. Esta sería el resultado de las políticas y acciones unilaterales de un Imperio estadounidense sin freno ni cortapisas. Los organismos internacionales para promover el diálogo y las opciones no bélicas, como Naciones Unidas y otros, son inoperantes hoy ante el peso del poder de veto de Estados Unidos a cualquier decisión que no le acomode. Siendo así, el freno a la locura imperialista tendrá que venir de los gobiernos y los pueblos que no están dispuestos a vivir otra devastadora guerra mundial.

Le corresponde, entonces, a esa gran cantidad de países del llamado Sur global, de Asia, África, Europa, América Latina y otras regiones, que representan el 51 por ciento de la población, el 39 por ciento del territorio y el 40 por ciento del Producto interno bruto (PIB) del planeta. Son la nueva fuerza demográfica, geopolítica y económica de este siglo. Los mismos que han comenzado a agruparse para fortalecer la cooperación económica mutua, promover la inclusión y crear alternativas al orden económico y financiero dominado hasta hoy por Estados Unidos y Occidente.

Solo con esta  fuerza de más de la mitad de la población del mundo, organizada para vivir en paz y defender lo que le corresponde, se podrá imponer el freno implacable de la historia sobre un imperialismo desbocado y decadente.