Suplemento Especial
Durante los muchos años que he pasado tirando hilos para enredar tapices, he querido encontrar un objeto mágico que me llame a colgar mis telarañas. No se trata del telar –ése lo conozco bien- sino de algo que sea tan común y corriente en el mundo urbano como lo es una rama o un bejuco en el mundo rural. Algo que, además, enlace la vida boricua de la Isla y la Diáspora. Añoraba la magia del encuentro con esa pieza del diario vivir que acogiera y localizara mi presencia tejida en un mapa inesperado y familiar, atractivo y común, maravilloso y barato: una manera de tejer directamente sobre algo tan totalmente cotidiano que me colocara cara a cara con la gente sin las mediaciones elitistas del objeto de arte.
Dada la naturaleza textil de mi brega, me hacía falta el cuadriculado de siempre pero colocado en un soporte irreverente y despreciado, de manera que el tejido sea un enriquecimiento mágico de la banalidad. Con esa intención fresca y torcida me fijé en mosquiteros, verjas-de-cyclone-fence, puertas-de-escrines, redes-plásticas-de-las-que-ponen-en-proyectos-de-construcción, etc. Todas esas alternativas eran interesantes pero ninguna era mágica; ninguna caía en su lugar como yo deseaba y poco a poco saqué el asunto fuera de mis urgencias. Claro, como la vida es un encanto de hallazgos insospechados, resulta que durante toda mi búsqueda había estado sentado sobre el misterio de mi deseo sin darme cuenta: yo siempre tejo sentado sobre un cajón de leche, un milk crate, you know.
Ficha de identificación
El cajón de leche ocupa un lugar ambiguo entre el capitalismo industrial –un objeto de petróleo fabricado para facilitar el transporte y almacenaje de vasijas de leche- y el ecologismo popular –un objeto que se consigue con facilidad en la basura y sirve para muchas cosas. Además, el cajón de leche tiene una variada parentela de crates, boxes y racks que agilizan el movimiento comercial de productos tan variados como panes, dulces y refrescos.
En Estados Unidos, estos objetos del comercio cotidiano vienen en muchos colores vibrantes o neutrales y su enrejado de líneas y huecos ofrece un sin fin de diseños geométricos, desde el cuadriculado básico hasta sorprendentes combinaciones de gran impacto decorativo. En las ciudades vemos estibas de estos envases en las trastiendas y estacionamientos de los establecimientos comerciales -muchas veces al lado de la basura- lo que facilita que la gente los tome sin permiso, mirando a ambos lados antes de cruzar la línea entre el reciclaje y el crimen pues estos cajones están rotulados con el nombre de las corporaciones que los poseen y también tienen avisos como “Misuse of this case is liable to prosecution” y “Warning: Use by other than registered owner punishable by law”. Así, algo tan común como aprovechar la utilidad evidente de estos cajones es un delito y si yo quiero convertirlos en soportes de mi arte textil, soy un criminal. ¡Qué chévere!
De todas maneras, los cajones de leche son mucho más útiles y populares que los demás envases de su familia. Los huecos y cuadrículas de sus cinco lados –cuatro lados idénticos y un fondo distinto- son un universo de posibilidades para enredar, amarrar, enhebrar y tejer hilos a mi manera y en esas estoy. Pero el título de este texto se refiere a otra cosa.
Breve catálogo de utilidades
La razón por la cual el cajón de leche hizo click conmigo en un encuentro de magia es que su presencia en la vida diaria de mi gente es un mundo de fascinantes sugerencias que expresan la imaginación y el sentido común del pueblo. Una temprana mañana cuando yo me llevaba unos cuantos a casa, tomados del parking de un supermercado que todavía no abría sus puertas, un hombre me vio del otro lado de la calle y me sonrió con generosa complicidad boricua: mira brother, yo los tengo en el piso de mi cuarto y les pongo el matres encima y duermo lo más bien.
Lo más bien se ven los cajones de leche convertidos en tablillas y libreros porque caen perfectamente unos encima de otros sin temblequeos ni desniveles. Son excelentes archivos para guardar documentos y más excelentes cajas para guardar lo que sea. Para los niños son juguetes fascinantes abiertos a mil posibilidades. Los más creciditos y adolescentes les sacan el fondo y los clavan de árboles o amarran de postes y así son cuadrados cestos de baloncesto, perdone la redundancia. Si usted le pone una capa de musgo grueso por dentro, el cajón es un buen tiesto para plantas tropicales. Como le dije al principio, son muy buenos como asientos y si usted lo necesita puede juntar unos cuantos y levantar una mesa. En estos tiempos tan dados al orden y la eficacia, estos cajones de leche también sirven de organisers para LPs y CDs y cassettes y hasta diskettes. Para un uso más humilde, ponga ahí su ropa sucia y así los convierte en hampers.
Un amigo muy consciente de la facilidad de transportarse en bicicleta por la congestionada ciudad de Chicago, tiene un cajón de leche instalado detrás del sillín y ahí carga su mochila, su merienda o lo que le haga falta. Por otro lado, los yopis que conocen la innegable ventaja de estos cajones de usos plurales pero no quieren rebajarse a recoger basura o a dañar el decorado de sus apartamentos con la falta de caché de los milk crates tan vulgares, van a tiendas de decoración interior y con sus ágiles tarjetas de crédito compran los mismos cajones plásticos con los mismos enrejados de cuadros y huecos pero sin etiquetas de dueño ni advertencias de delitos y los consiguen de varios tamaños y de colores de moda pero a fin de cuentas sirven para lo mismo, con la diferencia de que no son tan resistentes como los callejeros cajones que se hacen para aguantar golpes y cantazos a montón en los trajines del comercio interestatal e internacional.
En el espacio entre este párrafo y el que sigue –y estírelo como quiera- coloque su propia lista de usos del cajón de leche e incluya sus chispeantes comentarios al respecto.
Sobre territorios y máscaras
Mención aparte merece el uso de los cajones para negociar las distancias de lo público y lo privado durante los crueles inviernos de la ciudad de Chicago. Es que cuando cae la nieve y se acumula en la calle la gente pierde su parking a menos que salga afuera y lo despeje a fuerza de pala. Lo malo es que siempre hay vecinos aprovechados y egoístas que no limpian su estacionamiento y cuando usted no está en casa le tumban su espacio con la mayor naturalidad. Para remediar el problema, la gente coloca sillas y otros objetos en sus espacios paleados y así reclaman derecho a territorio exclusivo. Claro, las sillas y zafacones no son tan convenientes como los cajones de leche. Como quiera, el gobierno de la ciudad rehúsa admitir que la gente tiene derecho exclusivo al pedacito de calle que queda frente a su casa, así que ha mandado a recoger todos los marca-espacios porque afean y son ilegales y por lo tanto la gente se entrega a negociar hostilidades y reclamaciones con los vecinos y aquí se nota con toda intensidad el individualismo mezquino de la civilización urbana y la difícil colindancia entre el egoísmo y la solidaridad.
El cajón de leche también nos da acceso a los ámbitos universales de los juegos de identidad de manera misteriosa y sugerente. Uno de los diseños más comunes y fáciles de conseguir nos ofrece una máscara si ponemos el cajón al revés. Al invertir el cajón, cada lado tiene unos huecos redondos y simétricos en dos esquinas que parecen dos ojos. En cada lado hay otro hueco alargado que normalmente se usa de asidero para cargar el cajón y que al invertirlo parece una boca. Lo demás consiste en acentuar y definir esta estructura básica con todo tipo de materiales y transformaciones creativas, aprovechando la facilidad de colocar objetos y decoraciones en el enrejado. El resultado es una impresionante máscara pero lo mejor es que hay tres lados más para repetirla o para convertirla en tres otros rostros de la misma máscara, dándole identidades fantásticas y/o culturales. El lado del fondo es ideal para colocar cabellos, pelambres y sombreros y a la vez permite colocarnos la máscara sobre la cabeza. También podemos perforar el centro del fondo y colgar la máscara con un cordón, lo que crea un guindalejo en movimiento circular de cuatro máscaras sucesivas. Todo lo anterior es una gran diversión pero a la vez es la manifestación universal de cuatro lados y un centro, un concepto fundamental del chamanismo que se realiza más cabalmente si toma cuerpo en una máscara. Este trayecto de lo banal a lo espiritual-universal puede retornar a lo útil-maravilloso si, en vez de colgar el cajón transformado, lo instalamos como pantalla de una lámpara de mesa.
Y ahora, la etnología
Si nos tomamos la molestia de bregar el tema en serio podemos sacarle provecho a esta argumentación. Cada cultura contiene unos objetos más relevantes que otros, no por su valor económico o su materialidad sino por ser receptáculos de una compleja pluralidad de relaciones sociales. La hamaca de nuestros indios era más que un instrumento de descanso. Era también una señal de rango y autoridad, una expresión de la relación de lo femenino y lo masculino, un espacio de comunicación espiritual y una definición de la individualidad en el contexto comunitario. Era la posesión fundamental de cada adulto: el objeto indispensable que resumía lo mínimo que una persona llevaba consigo al cambiar de residencia, algo similar al concepto actual de “irse con lo que tiene puesto” porque para una gente prácticamente desnuda la hamaca-en-la-casa era la manera de sobrevivir frente a la naturaleza y la señal de presencia y pertenencia en la comunidad. Para resaltar el punto, déjeme añadir que la hamaca era una modificación de la esencial red de pesca.
En nuestra cultura urbana de hoy son muchos los objetos que cargan multiplicidades de relaciones sociales. Los zapatos y los automóviles –de muy diferentes modos- recogen muchos significados y comunicaciones además de proteger los pies o facilitar la transportación. El cajón de leche es un objeto marginal pero por eso mismo es muy apto para expresar las contradicciones y posibilidades de una cultura en la que los significados de la colectividad se multiplican hasta lo incalculable y siempre hay necesidad de redefinir las cosas. Los temas de la basura y el reciclaje, el prestigio y el bochorno, lo útil y lo innecesario, lo práctico y lo imaginativo, la riqueza y la pobreza, lo isleño y lo diaspórico, lo tradicional y lo contemporáneo, lo legal y lo delictivo, lo masivo y lo individualizado –por nombrar sólo algunos- consiguen expresión cultural directa en la manera en que la gente se apropia, utiliza y transforma un objeto tan común como el cajón de leche. Un objeto tan necesario como el tubo de pasta de dientes no carga tantas posibilidades de comunicación cultural. Por el contrario, otro objeto necesario como la camiseta t-shirt con diseño impreso puede ser la puerta a un mundo de complejas comunicaciones, además de ser prenda de vestir. Tejer sobre un cajón de leche es tejer sobre la cotidianidad de las redefiniciones de la gente, y el asunto de tejer -claro que sí- siempre es articular lo inconexo en un todo que comunica sentido.
Un toquecito final
Déjeme contarle ahora
de mi grupo Bembeteo
que en Chicago y en la Isla
hace cuentos en tarima
en tiempo de bomba y plena
con tapices y poemas
y mucho baile y canción.
Como ya usted muy bien sabe
en la tradición de bomba
se tocan unos palitos
sobre el lomo de un barril
y son los cuás tan mentados
y recogen la presencia
de nuestra gente taína
cuyo tambor no tenía
un cuero sobre el madero
sino un hueco sobre el tronco
del árbol que era tambor.
Lo importante es que el barril
convertido en tambor bomba
era un reciclaje astuto
de un envase muy corriente
que también era basura
con muchísima frecuencia.
Para darle a la costumbre
su versión contemporánea.
Bembeteo toca el ritmo
de los palitos alegres
sobre el plástico enrejado
de un lindo cajón de leche.


