Especial para En Rojo
Ya no era la joven de 16 años, quien le reclamaba a Hostos por haber tomado unas hojas de la monografía de su amiga Ángela Rosa Silva, sobre la novela La gaviota, de Pardo Bazán, para hacer un barco de papel. Era lo que Maílla, su hermana de 5 años, le pedía a su padre. En aquel momento, Hostos se sintió impulsado a navegar, a inventarse un viaje a un lugar imaginario, el lugar en que por aquellos días se centraban sus esfuerzos y preocupaciones: la Cuba libre. Ese cuento se tituló, precisamente, En barco de papel y es uno de los más hermosos de nuestra literatura. Eso fue en 1897, en Santiago de Chile, cuando los cubanos luchaban aguerridamente por su independencia.
De eso hacía tres décadas. El padre y la madre habían fallecido. Samelia (Luisa Amelia), quien llegó a Puerto Rico poco después de la muerte de Hostos, con su madre Belinda de Ayala (Inda) y el resto de la familia, irían a vivir a Monte Llano, en Cayey, pues su hermano mayor, Eugenio Carlos, se desempeñaba como militar en la base estadounidense de Henry Barracks.
En el 1910 la familia se mudó a San Juan, a la calle Tanca núm. 9. Con la entrada de los Estados Unidos a la 1ra Guerra Mundial, sus dos hermanos, Eugenio Carlos, que era militar de carrera, y Adolfo José, que fue reclutado por el ejército estadounidense para el esfuerzo bélico, fueron asignados al Canal de Panamá. En uno de sus escritos, Luisa Amelia menciona las angustias que que le produjo esa situación a su madre: Mi madre tenía dos hijos en el ejército americano y las angustias y el dolor consiguientes concluyeron con su vida, pero antes de morir soñó con una “Liga Universal de Madres por la Paz”, sabiendo que, puesto que las madres son una fuerza incontrastable, desparramada por el mundo entero, al fin concluirían con las guerras, si se empeñaran (“Florece un lirio a su lado”). Inda murió de un fallo cardíaco, en el 1918, a los 51 años.
Sabemos poco sobre lo que hizo Samelia en Puerto Rico, sólo que, desde el 1917, habría de unirse a las mujeres que luchaban por su derecho al sufragio. Los dirigentes políticos se aferraban al monopolio de sus privilegios. Las mujeres decidieron cambiar de estrategia: llegar al centro del poder para cabildear a quienes lo detentaban y buscar el apoyo de otras mujeres, que comenzaban a ejercer su influencia, y así neutralizar la misoginia de los legisladores isleños. La Asociación Puertorriqueña de Mujeres Sufragistas enviaba una comisión a Washington y en esa delegación iba Luisa Amelia.
Hay una foto emblemática en la que aparece Luisa Amelia con un ramo de flores, poco antes de salir para Washington con la delegación de féminas boricuas a reclamar sus derechos. Es una foto venerable. La encontró el amigo David Cortés en el Puerto Rico Ilustrado.
En pocos meses, las mujeres que habían luchado junto a ella tendrían oportunidad de expresar cuánto le apreciaban ante su pérdida irreparable. El 31 de julio de 1928, cuando residía en el 520 West 114th Street, en Nueva York, Luisa Amelia se quitó la vida, incinerándose. Tenía 38 años.
Publicó su libro Mi pequeño cine parisino el año anterior, en 1927. Su paso por las letras dejó, en ese libro, que es de otra época, planteamientos que interesan porque hablan de la necesidad de un esfuerzo mundial contra la guerra y para proteger a la niñez. Heredó de su padre una inclinación por el pensamiento visionario. En diversos escritos discutía ideas y proyectos que pudieran contribuir al mejoramiento de la humanidad. Tampoco vio el fruto de sus luchas, aunque seguramente lo intuyó. Su muerte a destiempo nos privó de una voz generosa.
La periodista y feminista Ángela Negrón Muñoz, su compañera de luchas, la describió con palabras que son un testimonio de verdadera admiración: En su siquis se habían dado cita los sentimientos más altos de patriotismo, lealtad, bondad. Tenía una sola trayectoria: el bien, la verdad, la belleza. Iba hacia un solo fin: el ideal de perfeccionamiento y libertad humana.[1]
En mi libro, Hostos sanjuanero, se abre un espacio para escuchar la voz de Luisa Amelia y se reproduce más de una docena de sus escritos. Rescatamos su inteligencia, su espiritualidad, su optimismo, su compromiso y su amor por nuestro país.
El autor es co-coordinador de la Comisión Nacional Hostos 180 y estudioso de la obra de Hostos. Su libro Hostos sanjuanero, estará próximamente en las librerías del país.


