Hotel Saratoga: Los perros rescatistas y la esperanza de escucharlos ladrar

Por: Lissett Izquierdo FerrerAndy Jorge BlancoIrene Pérez

Poco tiempo después de la explosión en el hotel Saratoga, Dianko, Tito, Xila, Yomy y Rocky llegaron a aquella esquina devastada en La Habana Vieja. De su habilidad para localizar seres humanos dependían las esperanzas de los familiares de los sepultados bajo los escombros.

La misión de los cinco perros labradores era compleja. Lo sigue siendo hoy, 72 horas después del trágico accidente. El estallido dejó toneladas de escombros el viernes 6 de mayo a las 10:50 a.m. El saldo preliminar en las primeras horas era entonces de dos víctimas atrapadas en el edificio.

El olfato de los perros es crucial. En las primeras 48 horas buscan en los alrededores del hotel. La entrada permanece bloqueada por pedazos de columnas, muros y paredes. Arriba, en habitaciones que quedaron a la intemperie tras la explosión, hay algunos objetos que permanecen intactos, como si nada hubiera pasado. Hay una devastación que sobrecoge. El escenario parece de guerra.

Luego de más de un día de trabajar apenas sin descanso, los canes bajarán al sótano de dos niveles, cuyo acceso es el más difícil, pero determinante, porque alberga el almacén y otras áreas de oficinas.

“Los rescatistas revisan el lugar, y si tienen alguna duda o información de un vecino o un familiar sobre la posible localización del desaparecido, y no lo encuentran, entonces vamos nosotros, porque la búsqueda con los perros es más efectiva. No tienen sustituto tecnológico ni de otro tipo por su capacidad de trabajo y la relación tiempo-resultado”, explica Aliesky Mota, del Comando 15 del Destacamento Especial de Rescate y Salvamento.

Su perro Dianko fue de los primeros en entrar en acción. La noche del fatídico 6 de mayo sufrió una herida en una de sus patas. En la clínica ubicada en Carlos III lo atendieron de inmediato. Allí lograron detener el sangrado “gracias al rápido actuar de su guía”, escribió después en Facebook el veterinario Dunier Meneses.

En el Saratoga, como en otras misiones similares, el riesgo es casi inevitable, aun cuando sea un principio básico asegurar bien el terreno antes de iniciar las operaciones. “Primero visualizamos el área y luego llevamos al perro por el lugar más seguro”, comenta Ángel Medrano Bejerano, también del Comando 15.

“¡Adelante! ¡Busca!”, le indica Ángel a Xila. El perro rescatista sigue las órdenes de su conductor. Con las manos, Angel le señala hacia dónde debe ir. Si Xila no acude, le reafirma: “Adelante y busca”. Los ladridos son el sonido de la esperanza. Allí donde los canes ladren, puede haber una persona con vida. Y el hallazgo de sobrevivientes es el aliento que esperan los familiares, que espera todo un país.

La destreza de los perros es el resultado de horas de entrenamiento diario que los preparan para trabajar en un entorno antinatural. “Los ejercicios implican mucho juego con pelotas, golosinas, hasta que se crea el reflejo de la búsqueda de personas”, explica Aliesky.

Es –dice tras ocho años de trabajo en el Comando– una labor de dedicación, amor y sacrificio. “Amor al perro y amor a la persona que está atrapada”.

Aliesky y Dianko han participado en rescates en otros derrumbes, “pero ninguno tan fuerte como el del Saratoga”. Allí se han puesto a prueba por primera vez en el terreno las habilidades de Yoan Machiran, del Comando 1, y de su perro Tito.

Décadas de trabajo avalan la técnica canina en Cuba. Incluso, hay perros internacionalistas como Rocky, cuyo fino olfato, vasta experiencia y talento excepcional hicieron que fuera reconocido con honores durante las labores de rescate en Ecuador luego del terremoto en 2016.

En el hotel Saratoga se demuestra, una vez más, la valía del binomio perro-humano. ¿Qué haríamos sin los héroes de cuatro patas? A las 11:30 a.m. de este domingo, los canes entraron por primera vez en el sótano. Bajaron en la retroexcavadora. Quienes los conducen no pierden la esperanza de escucharlos ladrar.

Tomado de https://www.cubadebate.cu/

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