Humillar no es un derecho

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Especial para En Rojo

Seguro le ha pasado: entra a una oficina médica, saluda y nadie le responde. O, quizá, va manejando por una vía respetando el límite de velocidad permitido y alguien detrás de usted le toca la bocina porque tiene prisa. Tal vez, está tranquila, hace una pregunta inocente, camina por el centro comercial o espera su turno en una tienda y aparece la primera del día: una grosería, una mala cara, un gesto de desprecio… Hay gente que, sencillamente, parece haber nacido para amargarnos el día.

Estas groserías, que nos tienen hartos, se siguen repitiendo continuamente sin que nadie haga nada para evitarlas. No sé si soy yo, si es LUMA, si es la carencia de necesidades básicas, el gobierno actual, las preocupaciones médicas o económicas…, pero he sentido un aumento de ellas en Puerto Rico en las últimas semanas. Escucho a alguien cerca que formula una pregunta y la otra persona responde con ironías; estoy en una sala de emergencias y el médico de turno regaña al paciente, que no puede con su vida, porque se pudo tratar en la casa. ¿De cuándo a acá hemos normalizado el ninguneo y el maltrato como norma de convivencia? ¿Cuándo echamos a la basura el respeto y adoptamos esa actitud de prepotencia hacia los demás? No sé cuándo ha sido, pero no estoy dispuesta a soportarlo como norma natural.

Como persona que busca siempre las razones detrás de una acción, muchas veces intento pensar que el otro ha tenido un mal día o que, quizá, fue educado de manera diferente a mí. Incluso, sé que hay estudios psicológicos que aseguran que las personas groseras pudieron haber tenido una infancia tormentosa, haber vivido situaciones traumáticas en su vida o alojar miedo por situaciones previas, pero ¿por qué tengo que justificar sus actos? ¿Será justo que sigamos tolerando las faltas de respeto de los demás?

Si las malacrianzas ocurren a diario en la esfera personal, imagine la magnitud que alcanzan a nivel gubernamental o en los servicios públicos cuando hay relaciones de poder. El grosero intimida al que sabe que tiene una relación que ellos entienden de “superioridad”. Por eso, vas a una oficina de gobierno y sobrevives humillaciones de todos los calibres o escuchas una conferencia de prensa y eres testigo de cómo un funcionario o una gobernante denigra a un periodista por una pregunta que tiene todo el derecho de hacer. El maltrato, cuando viene desde arriba, es aún peor, porque se normaliza y se legitima. Cuando el gobernante es quien escupe arrogancia y superioridad, su ejemplo salpica a todos los de su gabinete. La prepotencia se convierte en política pública, y el irrespeto, en cultura.

El grosero en la política tiene una razón de ser y es minimizar a quienes lo fiscalizan como estrategia política. Es abusar del poder inmerecido y aprovecharse de él de la forma más denigrante, pero con diferentes resultados. Para sus partidarios, por supuesto, es ver a un líder seductor e independiente que se atreve a alzar la voz a los detractores y menospreciar a todo a aquel que le lleve la contraria. Dicho de otro modo, su burla y mofa seduce, exclusivamente, a quienes están “cortados con la misma tijera”, pero a los que humilla no hay forma de ganarse su respeto.

Cada vez que una persona piense que el maltrato es un derecho, intente seguir su camino. Si el que maltrata es el gobierno, con más razón. El poder no da derecho a la humillación. Ningún puesto electivo convierte la mofa o la arrogancia en virtud, especialmente, si la razón por la que está en el poder se la debe a los votantes en un sistema democrático. El respeto no es un favor. Es la base mínima de cualquier sociedad que aspire a llamarse civilizada. La dignidad no admite excepciones, ni para el ciudadano común ni para quienes juraron servirnos gracias al (o por culpa del) voto de los ciudadanos.

A pesar de eso, abundan quienes actúan como si estuvieran por encima de ese principio. Es como si el mundo les debiera algo y descargaran sus frustraciones sobre cualquier otro.

El problema es que hemos olvidado algo básico: los seres humanos somos gregarios. Necesitamos de los demás. El mundo está perdido si aún hay tantos que ignoran ese principio elemental de nuestra naturaleza. Tratar bien a otros debería ser la norma, no la excepción. Dependemos de los otros para todo, desde las cosas más elementales hasta las más profundas. Sin embargo, actuamos como si la vida fuera una competencia por ver quién puede tratar peor a quién. Ser amables debería ser la norma en un país que ha sobrevivido tanto. Debería ser nuestro mínimo común denominador.

Hace un tiempo leí un artículo sobre personas que estuvieron al borde de la muerte y aseguraron haber visto el famoso túnel. Los investigadores les preguntaron qué habían experimentado durante esos minutos en que estuvieron clínicamente muertas. Todas coincidieron en lo mismo: vieron, como en una película, cómo habían hecho sentir a los demás. Ninguna mencionó sus logros, su dinero ni sus títulos. Solo eso: vieron cómo trataron a la gente. Si este estudio es cierto, ¿estaría usted orgulloso de su paso por la Tierra? ¿Seguiría comportándose igual?

Quizá nunca sepamos a ciencia cierta a qué venimos a este mundo, pero de algo sí estoy convencida: no venimos a mentarle la madre a nadie; tampoco a dejarnos humillar. La próxima vez que sienta deseos de faltarles el respeto a otros mejor quédese callado o no salga de su casa. Aprenda que no somos superiores a nadie. Si es la gobernadora del país o el presidente de una nación o, quizá, la persona del servicio al cliente en una agencia gubernamental, entiéndalo doble. El poder no lo hace más grande. Amplifica lo que ya es, que es distinto. Viva de manera que, cuando llegue la proyección final de su vida, sienta orgullo de sus acciones y no vergüenza de sus actos.

 

 

 

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