La palabra se murió y nadie fue al velorio.
La verdad, por su parte, está en intensivo, entubada, con pronóstico reservado.
Y la opinión pública, bueno, esa vive en Instagram, con filtro y sin neuronas.
Antes, las palabras eran machete. Tenían filo. Se usaban para cortar injusticias, denunciar tiranos, enamorar con vergüenza, y renunciar con dignidad.
Ahora, las palabras son de goma. Rebotan, se estiran, y sirven para lo que diga el libreto del día.
Nos dijeron que ser comunista es pedir plan médico para todos.
Que ser socialista es querer que la escuela pública tenga papel de baño. Y nos dijeron que el problema es “¿dónde están los Padres?” que no van a las escuelas sin mencionar sobre 200 escuelas cerradas y que muchas carecen de profesionales como trabajadores sociales (cientos sin contratos) que les puedan orientar sobre cómo intervenir con sus hijos. La ignorancia sobre los problemas como la pobreza estructural junto al narcisismo y protagonismo de caras de campañas. Y que mencionar la palabra empatía es rendirse ante el marxismo cultural woke satánico internacional.
¡En Puerto Rico hay gente que te grita “comunista” desde el balcón de una urbanización construida con fondos del programa SOCIALISTA llamado Sección 8! El mismo que exige “mano dura contra los deambulantes” mientras estaciona su Mercedes al lado de una iglesia con una cruz que dice: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”.
Vivimos en la era donde decir la verdad es un acto subversivo, y compartir un dato es una provocación. Si hablas del número de personas trans, te gritan que estás promoviendo la castración infantil. Hablan de “movimientos de violencia trans“”, aunque sean tan pocas las personas trans que no da ni pa’ un cinco pa’ cinco doble cancha.
Si mencionas que los países con mejor calidad de vida son socialdemócratas, te citan a Stalin… desde un iPhone ensamblado en China comunista. Sin saber la diferencia entre comunismo y socialismo.
El insulto de moda es “lunático radical”, repetido por gente que piensa que un huracán es castigo divino y que el capitalismo extremo es el camino a la inmortalidad.
Y si traes el tema del Project 2025, ese documento que lo dice todo, que hasta los ciegos deberían ver, te dicen que es hoax, fake news, que eso “no va a pasar aquí”, mientras lo tienen frente a las narices.
Nos gobierna un país donde el presidente dice en cámara que 300 millones han muerto por sobredosis en un país de 340 millones, y nadie se ríe, porque ya ni la matemática tiene autoridad moral. Aquí, el que antes gritaba “¡Free Speech!” ahora quiere revocarte la licencia si tu canal no apoya sus traumas.
Te acusan de cancelar, mientras te cancelan. Te llaman “enemigo del pueblo”, mientras legislan para deportarte sin juicio por “parecer extranjero”. Y como si fuera poco, en el chat del corillo, se pelean los penúltimos con los últimos para defender al primero.
Tus panas mas pelaos y jodidos defendiendo al que vive en condominio frente al mar con Parques de Flores. El que nunca ha cogido pon. El que nunca madrugó pa’ la WIC.
La política se volvió reggaetón sin tumbao: Todo es remix de insultos.
El otro es Hitler, Stalin, Chávez, o Bad Bunny (dependiendo del mood).
Aquí se prefiere el meme a la lectura, el “hot take” al pensamiento, la indignación de 15 minutos a la coherencia. Los que cancelaban antes, ahora exigen censura.
Los que eran anti-estado, ahora piden al estado que los proteja del drag queen de Bayamón. Y los que se burlaban de la sensibilidad ajena, ahora se ofenden porque una obra de teatro mostró un beso gay en el Teatro Tapia.
La palabra perdió valor. El científico experto es desmentido por el que tuvo que repetir ciencias en verano tres grados corridos sobre el impacto de las vacunas.
Ahora la palabra se compra en Amazon con same-day shipping. Y se usa como piedra, no como puente.
La verdad es esa señora que grita desde un balcón, pero a la que nadie escucha porque no tiene followers. Temas complejos sociales se reducen a una opinión de alguien sin entender el problema antes.
La dialéctica se ha ido al carajo, buscar lo cierto en opuestos, naaaaah.
Y así, entre una mentira y otra, nos reímos. Y la polarización llevará a que el otro bando deshaga algunas de estas cosas y acusen a unos perdonando a otros y el pueblo ninguneado por los siglos de los siglos… ¿nos queda reirnos? Pero como diría Carlin, la risa sin pensamiento es el aplauso del idiota.
Entonces, ¿qué nos queda? Quizás recordar que cuando la palabra pierde fuerza, la poesía se hace trinchera. El pensamiento se hace desobediencia. Y decir lo que nadie quiere escuchar, se vuelve un acto profundamente humano. Que no te compren. Que no te vendan. Que no te conviertan en cheerleader de los verdaderos vividores “del mantengo”, la clase política.
Ceder tus propios derechos por ver al otro sufrir es morderte tu propio rabo. Es ser el estudiante del grado 11 que celebra que le quiten derechos de salir a almorzar fuera a los de la clase senior que no toleras… Porque hoy estás celebrando que los seniors no pueden salir temprano, pero mañana te gradúas tú…
y vas a almorzar en el mismo encierro.



