El 25 de octubre de 1935, a las 3 y media de la tarde, una gigantesca comitiva fúnebre salió de la parada 24 de Hato Rey, rumbo a la Iglesia Nuestra Señora del Carmen, en Barrio Obrero, con los cuerpos de los jóvenes nacionalistas Ramón S. Pagán, Pedro Quiñones y Eduardo Rodríguez. En el mencionado templo les esperaba el ataúd de José Santiago Barea. Ramón, Pedro y Eduardo eran vecinos de Hato Rey. José vivía en Sunoco, no muy lejos de la intersección en donde se encontraba, y aún se encuentra, la Iglesia Nuestra Señora del Carmen, en la avenida Borinquen, esquina Calle Tapia. Sunoco era un sector o subbarrio del Barrio Obrero.
Según el diario El Mundo, los ataúdes de Ramón, Pedro, Eduardo y José fueron depositados la tarde del viernes 25 de octubre de 1935, uno tras otro, en el pasillo central, frente al altar de la iglesia Nuestra Señora del Carmen. Estaban cubiertos todos con la bandera monoestrellada. Desde tiempos inmemoriales, la jerarquía católica había mantenido una rígida separación entre sus feligreses y la masonería. No ocurrió así el viernes 25 de octubre. Ramón S. Pagán, oriundo de Yabucoa, era miembro de la Logia Patria no. 61, afiliada a la Gran Logia Soberana de Puerto Rico. Para él también se escuchó ese día el responso en la iglesia Nuestra Señora del Carmen. Hoy estamos a 25 de octubre. Les invito a que nos transportemos en la imaginación a ese momento de honras fúnebres, celebrado noventa años atrás, en que el reverendo Hernández rezó por el eterno descanso de los fenecidos:
Señor, que por la resurrección de tu Hijo nos has hecho renacer a la esperanza de una vida nueva, escucha nuestras súplicas por el alma de tus hijos Ramón, Pedro, Eduardo y José, a quienes has llamado de este mundo a tu presencia.
Acabada la ceremonia mortuoria, el gentío se desplazó al camposanto de Santurce. Fue un entierro de gente pobre, como eran los sepelios de los residentes de Sunoco. Un reportero de El Mundo describió, de la manera siguiente, la “imponente manifestación de duelo”:
Las calles del Barrio Obrero, por donde habría de pasar la procesión, se encontraban completamente llenas de gente que se iba uniendo a la multitud que seguía a los cadáveres. Varios automóviles cargaban infinidad de ofrendas florales, y cuando el cortejo se aproximaba al camposanto ya la multitud la integraban varios miles de personas.
Al completarse la marcha al camposanto, los cuatro ataúdes fueron colocados juntos en una gran fosa abierta. “Una sola sepultura para los cuatro nacionalistas que murieron en Río Piedras” fue el titular de El Mundo del 26 de octubre de 1935. En el camposanto de Santurce, en el corazón de una de las comunidades más proletarias y pobres de Puerto Rico, allí recibieron cristiana sepultura Ramón, José, Pedro y Eduardo.
Un avión pilotado por los hermanos Bassó sobrevoló tres veces a baja altura la ceremonia en el camposanto. La primera vez fue en salutación a los cadáveres. Según la prensa, «la multitud prorrumpió en aplausos, mientras agitaba sombreros y pañuelos en el aire». En el segundo sobrevuelo, los hermanos Bassó dejaron caer una bandera monoestrellada con dos ramos de azucenas. La bandera descendió desplegada hasta caer entre los asistentes. Nuevamente se escuchó un cerrado aplauso. En el sobrevuelo final, la gente vio caer del avión numerosas varas de azucenas, que se esparcieron sobre la multitud. Azucenas, símbolos de pureza e inocencia.
La despedida de duelo estuvo a cargo de tres personas: Ermelindo Santiago, en nombre de la Logia Patria no. 61; de un joven de apellido Carrera, en nombre de la Federación Nacional de Estudiantes Puertorriqueños (FENEP), y de Pedro Albizu Campos, en nombre del Partido Nacionalista de Puerto Rico. Fue en esa ocasión, que don Pedro les pidió un juramento a los asistentes al funeral: “Levantad la mano en alto los que se crean libres. Juramos todos que el asesinato no perdurará en Puerto Rico”.
El imperio no tardaría en declararle la guerra al Partido Nacionalista.
Declaración de guerra
En efecto, un día después, el coronel Elisha Francis Riggs, envalentonado por los asesinatos del 24 de octubre, lanzó su conocida amenaza en el diario La democracia: “Guerra, guerra, guerra”. Con relación a los miembros del Partido Nacionalista, el jefe de la Policía Insular de Puerto Rico declaró que se trataba de “criminales y salvajes” (La Democracia, 26/10/1935, p. 1 & 8). El miércoles 30 de octubre de 1935, Juan Antonio Corretjer y don Pedro, a nombre de la Junta Nacional del Partido Nacionalista firmaron, en Aguas Buenas, la respuesta obligada: “Habrá guerra, guerra y guerra. ¡Guerra contra los yankis!”
A partir de entonces, la prensa comercial cubrió con un manto de silencio las mutuas posturas de combate. Todo estaba hablado. Era asunto de que las partes cumplieran las respectivas advertencias.
De la masacre y asesinatos ocurridos el 24 de octubre de 1935, no se volvería a hablar en la prensa por 44 días. Los diarios comerciales se hundieron en el charco estancado de la política colonial, los recelos electorales y la violencia partidista.
Áurea Esther Rovira
El miércoles 18 de diciembre de 1935, sin embargo, un evento traería nuevamente ante la opinión pública el tema de la Masacre de Río Piedras. A las siete de la mañana de ese jueves 18 de diciembre, el cabo Sosa, responsable del distrito policial del Barrio Obrero, fue notificado del hallazgo del cuerpo sin vida de una mujer joven. La occisa estaba “sobre la grama, bajo un gran árbol de flamboyán, en la esquina de la calles Violeta y Sagrado Corazón, en el sitio conocido como Monte Flores, de Martín Peña». Estaba vestida de «riguroso luto”, según el reportaje de El Mundo, y todo apuntaba a un infeliz suicidio:
Por la sien derecha, sitio por donde penetró el proyectil que le arrebató la vida, salía un fino hilo de sangre. Por los efectos de la explosión, ese lado aparecía ennegrecido y los cabellos un poco chamuscados. El dedo índice, con el cual apretó el gatillo del arma, lo tenía aún en forma de arco, y rígido. Junto al cadáver había una cartera negra y un revólver negro también, incautándose la Policía de ambas cosas.
En la cartera de la joven había varios artículos personales: un compacto de polvos, algunas cartas, una pluma fuente, un centavo holandés, una hebra de hilo negro y una tarjeta escrita con lápiz, en la cual expresaba sus deseos de suicidarse.
Se llamaba Áurea Esther Rovira Alemañy. Era la novia de José Santiago Barea. Nació en Mayagüez el 12 de enero de 1917, en el seno de una familia española: los Rovira, Alemañy Picot. Sus progenitores fueron: Eugenio Rovira Picot y Áurea Alemañy Rovira.
Áurea era bien conocida en el vecindario Sunoco de Santurce. Según el certificado de defunción, vivió allí desde 1928. Todo el mundo sabía de su relación amorosa con José. En su tarjeta de despedida, ella dio una escueta explicación del motivo para suicidarse: “Muero conformemente, pero Dios me perdone. La causa de mi muerte la sabrán todos los que conocían la unión mía y de mi muerto. Aquí mismo juré amarlo eternamente”.
En efecto, Áurea se quitó la vida en el mismo lugar en que conoció a José: bajo un gran árbol de flamboyán, en la esquina de la calles Violeta y Sagrado Corazón, en el sitio conocido como Monte Flores, de Martín Peña. Desde el 24 de octubre de 1935, según la gente del barrio, se encontraba abatida y conturbada. El dolor de la desaparición de José era demasiado para ella.
En los días cercanos a su muerte, Áurea no tenía residencia fija. Vivió en la calle Corchado, núm. 3, hasta el 24 de octubre de 1935. Después de la Masacre de Río Piedras, sin embargo, pasaba las noches en diferentes hogares del Barrio Obrero, allí donde encontrara abrigo y consuelo emocional. Áurea vivió sus últimos días protegida por amistades suyas y de José. Varias cartas en su posesión —incautadas por la Policía— hacían constar los esfuerzos del Partido Nacionalista, especialmente del liderato, por ayudarla.
En el bolso de Áurea, el cabo Sosa también encontró dos fotos. Una era de José: tamaño 2 X 2, de las comunes en la época. Es una fotografía de busto, en la que él aparece vestido en uniforme de los Cadetes de la República. Su rostro sonriente está enmarcado en un corazón. Encima aparece la palabra “Recuerdos”. La otra foto es de Áurea. Ella aparece sentada en una silla, con las piernas cruzadas y sosteniendo un revólver negro en su mano. Esta fotografía se la tomó el día antes su amiga Margarita González, en la casa de la calle Corchado, número 36. Áurea les advirtió a sus amistades de que antes de una semana habría de suicidarse. Margarita no le creyó.
Ningún familiar reclamó el cadáver de Áurea. Su familia adoptiva era la comunidad de Sunoco. Ante esa situación, el fiscal Marcelino Romaní les entregó el cuerpo a dos jóvenes miembros del Partido Nacionalista, residentes de Barrio Obrero: Pedro González, que vivía en la calle Tapia, número 5, y Agustín Pizarro, vecino de la calle Laguna de la urbanización Las Palmas. Ambos eran amigos cercanos de la pareja. En un gesto de nobleza, el fiscal Romaní les recordó a Pedro y Agustín que Áurea quería ser enterrada cerca de la tumba de José. Así lo había pedido ella en su nota de despedida: “Huérfana de todo, José. No me entierren lejos de ti”.
El reportaje de la edición de El Mundo del 19 de diciembre de 1935 destacó el “escenario de romanticismo” en que Áurea Esther Rovira Alemañy se desprendió de su vida. También resaltó su patriotismo. Al dorso de la tapa de su cartera de mano, Aurea dejó pegada una postal con unos versos dedicados a la bandera puertorriqueña. A la derecha del poema, dibujó “la monoestrellada en sus colores”. El amor a nuestro símbolo patrio era para ella un mandamiento y un anhelo de libertad. Por eso, escribió en tinta las siguientes palabras: “Defiende tu bandera. Seamos libres, José Santiago, nunca te olvidaré. Deseo morir para unirme a ti”.
La masacre de Río Piedras y la revuelta estudiantil de mayo de 1936
No sabemos la edad de José al ser asesinado por la Policía Insular de Puerto Rico. Sí sabemos, por la prueba testimonial presentada en el caso Pueblo V. Pearson, que él no era estudiante de la UPR. Conocemos también, por la prensa comercial, el papel destacado del estudiantado de Barrio Obrero en el levantamiento estudiantil de mayo de 1936. El jueves 14 de mayo, por ejemplo, Winship movilizó la Guardia Nacional “para custodiar las escuelas elementales de aquella zona, donde se habían registrado desórdenes”. Finalmente, según la edición del 19 de mayo de 1936 de El Mundo, la mayor parte de las acciones disciplinarias, incluidas las expulsiones de estudiantes, recayó sobre el estudiantado del Barrio Obrero. Doscientas sesenta suspensiones y, quizás, hasta 60 expulsiones de por vida.
El estudiantado de la escuela intermedia Federico Asenjo, localizada en avenida Borinquen número 2015, de Barrio Obrero, se declaró en huelga un día después de la Escuela Superior Central, o sea, el 13 de mayo de 1936. El motivo inmediato fue también el reclamo del derecho a izar la bandera puertorriqueña en los edificios públicos. Además, fue de la Asenjo que surgió la idea de una huelga general de todas las escuelas públicas de la capital. No muy lejos del plantel está la iglesia Nuestra Señora del Carmen. Y, a poca distancia, Sunoco.
Al momento de la revuelta de mayo de 1936, José llevaba siete meses muerto; Áurea Esther, cinco. Que la prensa ya no les mencionara no quiere decir que la comunidad les tuviera en el olvido. Y es que estamos hablando de Barrio Obrero, un lugar en que, por la fuerte influencia afroantillana, el orden de los eventos, o sea, la visible secuencia temporal, es menos importante que el significado cultural y emocional. Allí donde el tiempo, para citar a Palés, discurre como lánguida melaza, la conciencia revolucionaria evoluciona de acuerdo con sus propias reglas.
Cito aquí, al respecto, a Marta Aponte: “Hay que evadir los lugares comunes de la historia que nos hemos tragado: una versión lineal, patética, huérfana […] La historia es de carne y hueso, y hay que leerla de cerca, dejando a un lado tanto las idolatrías, como el miedo”.
Inspirado en esas palabras, queda abierta una invitación: la de rescatar la historia de valor y sacrificio de los héroes de la Masacre de Río Piedras: Ramón S. Pagán, Pedro Quiñonez, Eduardo Rodríguez y José Santiago Barea. También, de Dionisio Pearson, el único superviviente del 24 de octubre de 1935. Oda a ellos. Oda también a Áurea Esther Rovira Alemañy.
Ese es el reto que tenemos: conocer la vida de carne y hueso y de valor y sacrificio de los héroes y las heroínas de la Masacre de Río Piedras.
*Ponencia presentada en la Antigua Alcaldía de Caguas el 25 de octubre de 2025, con motivo de la rememoración de la Masacre de Río Piedras.


