Nuestros nuevos héroes

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Hay una verdad silenciosa que atraviesa la vida de todo ser humano: nacemos buscando héroes. No porque necesitemos figuras perfectas, sino porque necesitamos rostros donde anclar la esperanza, voces que nos enseñen a caminar cuando el mundo todavía nos queda grande. En la infancia, esos héroes suelen tener nombres sencillos: mamá, papá, abuela, tío. Son los primeros que levantan lo caído, los que curan con un beso, los que parecen tener poderes para espantar la oscuridad.

Pero crecer es, también, descubrir que los héroes cambian. Que el mundo se ensancha y con él se ensanchan nuestras aspiraciones. Los niños empiezan a mirar más allá del regazo familiar: hacia los maestros que los escuchan, los amigos mayores que los guían, y, por supuesto, hacia los héroes de ficción que habitan sus muñequitos, sus películas, sus mundos imaginarios. Para mis hijos eran los Power Ranger, los Ninja Turtle. Se disfrazaban de ellos, los imitaban y veian sus películas varias veces al día.

Esos héroes inventados cumplen una función vital: permiten soñar sin miedo, ensayar valentías, explorar quiénes podríamos ser. Pero llega un momento —siempre llega— en que la mirada se vuelve hacia afuera, hacia la vida pública, hacia quienes deberían encarnar el servicio, la visión, la dignidad colectiva.

Y ahí, en Puerto Rico, nos encontramos con un vacío.

No es un secreto que la política puertorriqueña ha perdido su capacidad de inspirar. No se trata de señalar individuos, sino de reconocer un patrón que la ciudadanía lleva décadas nombrando: desconfianza, promesas rotas, escándalos que se repiten como un eco cansado. La política, que en otros tiempos fue aspiracional, se ha convertido para muchos en un espacio de desgaste, un escenario donde la esperanza se diluye entre trámites, discursos huecos y luchas partidistas que no tocan la vida real de la gente.

Porque en el imaginario político puertorriqueño han surgido figuras que, lejos de despertar admiración, encarnan para muchos ciudadanos el papel del antihéroe: personajes cuya presencia pública provoca más cansancio que inspiración. Para amplios sectores del país, nombres como Jennifer González, Thomas Rivera Schatz o Johnny Méndez entre muchos otros se han convertido en símbolos de un desencanto profundo, no por lo que prometen, sino por lo que representan dentro de un sistema que muchos sienten desgastado, distante y desconectado de las necesidades reales del pueblo. En vez de proyectar grandeza o servicio, estos líderes son vistos por muchos como recordatorios de una política que ha perdido su capacidad de emocionar, de convocar, de ofrecer un horizonte común. Así, en la narrativa colectiva, ocupan el espacio ambiguo del antihéroe: figuras presentes, poderosas, inevitables, pero incapaces de convertirse en referentes de esperanza. Ellos trabajan para sus donantes no para el pueblo.

¿Cómo admirar lo que no emociona? ¿Cómo convertir en héroe a quien no logra conectar con el corazón colectivo?

Los héroes, al fin y al cabo, no se imponen: se ganan. Y en Puerto Rico, ese espacio emocional quedó abierto… y alguien lo ocupó.

Mientras la política se alejaba, la cultura se acercaba. Mientras los discursos se vaciaban, la música, el arte y la creatividad se llenaban de sentido. Mientras las instituciones perdían credibilidad, los artistas ganaban autenticidad.

Por eso no sorprende que figuras como Bad Bunny, Ricky Martin o Residente se hayan convertido en referentes heroicos para tantos puertorriqueños. A estos podemos añadir a deportistas como Roberto Clemente, Tito Trinidad o Mónica Puig entre tantos otros, que se han convertido en símbolos de la puertorriqueñidad. No porque sean perfectos —ningún héroe lo es— sino porque encarnan valores que la gente anhela ver en sus líderes: valentía para hablar, coherencia entre lo que dicen y hacen, compromiso con causas sociales, defensa de la dignidad boricua dentro y fuera de la isla.

Son héroes culturales porque representan a Puerto Rico en el mundo con una mezcla de orgullo y vulnerabilidad. Porque hablan desde la emoción, no desde el trámite. Porque conectan con la gente donde la política no ha sabido conectar: en el terreno de la identidad, la memoria y la esperanza.

En un país marcado por la incertidumbre, ellos han ofrecido algo que escasea: un sentido de posibilidad.

No es casualidad. Los héroes emergen donde hay vida. Y en Puerto Rico, la vida —la verdadera— siempre ha estado en la cultura, en la calle, en la música, en la resistencia cotidiana.

Puerto Rico vive un renacer comunitario. Ante la ineficiencia y desconfianza en las instituciones, las comunidades han creado sus propias soluciones: energía limpia, agricultura sostenible, acceso a alimentos y resiliencia ante desastres.

Quizás por eso nuestros nuevos héroes no llevan corbata ni ocupan oficinas oficiales. Llevan micrófonos, escenarios, tatuajes, ritmos, palabras. Llevan la isla a cuestas sin pedir permiso. Expresan la esperanza de un pueblo que aún sueña con un futuro mejor.

Puerto Rico no ha dejado de buscar héroes. Lo que ha cambiado es dónde los encuentra. En un país que tantas veces ha sido herido, los héroes de hoy son quienes logran recordarnos —con música, con arte, con presencia— que seguimos vivos, que seguimos soñando, que seguimos siendo capaces de levantarnos una y otra vez. Nuestros nuevos héroes no vienen a salvarnos. Vienen a recordarnos que todavía podemos salvarnos juntos.