“Periodismo cultural es lo que está bien escrito”.

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Rafael Acevedo, director de En Rojo. Foto por Christian Rosado Medina Especial para CLARIDAD

 

Entrevista a Rafael Acevedo

Especial para en Rojo

Ante la otorgación a Rafael Acevedo del Premio Bolívar Pagán de Periodismo, que otorga el Instituto de Literatura Puertorriqueña, surgió el interés de entrevistar al autor sobre el periodismo y su obra.

Llegué al punto de encuentro temprano, para repasar mis notas para la entrevista. Cuando llegó Rafael Acevedo, mientras se acercaba y se reclinaba en el asiento, casi de manera espontánea, empezó la entrevista sin que el entrevistador hiciera una pregunta. Dijo: “El periodismo inició el primero de diciembre del 1900 con la publicación de Iskra, de Vladimir Lenin”. Ese pie forzado dio para iniciar la conversación.

¿Cómo llegas al periodismo?

Yo relajo con lo de Iskra de Lenin del primero de diciembre del 1900 porque a mí me parece que esa narrativa, esa leyenda que yo hago en mi cabeza de Lenin haciendo una revista con una función revolucionaria me marcó, y marca lo que hago, salvando las distinciones enormes entre ambos contextos y las figuras.

Mi interés por el periodismo surge precisamente de la lucha por la independencia. Ver, en televisión, lo relacionado con la muerte de Antonia Martínez, los motines en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras en el 1971, en el 1973, ver todo esto me causó el interés de estar allí, en la noticia. Yo me preguntaba, ¿por qué está pasando esto? Era cierta intuición de periodista, estar presente y preguntar por qué.

Cuando yo me criaba, la idea de luchar por la independencia era más arriesgada que ahora. Como no tengo buena vista, no veo bien de noche, pensé que mi lucha tendría que ser a través de la escritura. Siempre quise ser periodista, y, de hecho, entré a la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras con la intención de estudiar periodismo en lo que antes se llamaba Comunicación Pública. Era el espacio en que pensé que podía yo luchar contra el sistema. Mi idea de hacer periodismo siempre estuvo vinculada con la lucha por la independencia. Si eso funciona o no, no viene al caso ahora.

No me gustó el ambiente en Comunicación Pública, porque estaba más enfocada en lo espectacular del periodismo, en la televisión, en el periodismo de farándula. Eso no me interesó. Las clases de literatura, sin embargo, me entusiasmaron, y por ese camino me fui. A mí siempre me había interesado la literatura, gracias a que el viejo mío tenía una biblioteca pequeña pero con una selección muy curada (cosa que no sabía en el momento). Leí literatura rusa, por ejemplo – Dostoievski, Solzhenytzin – en esa colección.

Entré al Departamento de Estudios Hispánicos y desde entonces estudié literatura. Nunca se me volvió a ocurrir tomar cursos en Comunicación Pública. De hecho, nunca tomé cursos en periodismo. El periodismo lo he aprendido leyendo periódicos y hablando con periodistas. Si es que algo he aprendido del periodismo.

El periodismo siempre lo vinculé con la lucha por la independencia. Y, por supuesto, yo no sabía quién era Lenin, pero con el tiempo resulta evidente que un movimiento de liberación, un movimiento socialista, necesita una comunicación, un periódico. Y en Puerto Rico, el que existió en ese momento y existe hoy es Claridad. 

¿Hubo una pausa en tu interés hacia el periodismo, cuando cambiaste de carrera?

Empecé publicando poemarios en los 1980, cuando era estudiante. Después hicimos una revista de poesía, Filo de juego. Terminé de estudiar en el 1988, completé la tesis dos años después. Me ofrecieron irme a Santa Bárbara, California, pero no me interesaba, quería regresar a Puerto Rico.

Quince años luego de entrar a la universidad originalmente pensando estudiar periodismo, se presentó la oportunida de trabajar en Claridad, gracias a Graciela Rodríguez. Desde entonces, soy colaborador de En Rojo.

Yo no conocía a Graciela, ni sé por qué se interesó en invitarme a colaborar. Empecé escribiendo regularmente, luego hicimos una sección en En Rojo dedicada a la poesía de jóvenes. Creo que en el 1997 entré a dirigir el En Rojo, en momentos compartido con Héctor Iván Monclova. Luego de un periodo fuera de la dirección, hace como seis o siete años volví como editor. Pero siempre colaboré con la escritura.

Hubo un espacio de dos años en los que también colaboré con El Nuevo Día, en la sección “Buscapié”. La diferencia fundamental entre escribir para En Rojo y escribir para el Buscapié es que el Buscapié son 350 palabras. El espacio del periódico corporativo siempre está medido por los anuncios. Hay un compromiso con el mercado. Por eso el espacio de la escritura es tan estricto. Al momento de iniciar se hace difícil. Sin embargo, en la práctica, uno se sienta a escribir y cuando entiende que ha terminado, se tienen casi exactamente 350 palabras. Era un ejercicio maravilloso de síntesis. Pero la otra diferencia en esa experiencia era la censura, que usualmente se escondía detrás de sugerencias de cambios de temas o de párrafos. Ha sido el único lugar en el que me han pedido que cambie temas o enfoques. Interesantemente, en el periódico CLARIDAD el periódico “ideológico”, nunca he tenido problemas de esa naturaleza.

Algunos amigos me cuestionaban por qué publicaba en El Nuevo Día. Yo pienso que, igual, si te ofrecen un espacio en el New York Times, hay que usarlo. De hecho, la razón por la que empecé a colaborar con El Nuevo Día es porque me invitaron a colaborar, y me invitó un amigo, Félix Jiménez. Ni antes ni después había buscado publicar en el periódico. Y nunca dejé de escribir en el periódico Claridad durante mi participación en el Buscapié. No recuerdo exactamente cuál fue mi última columna en El Nuevo Día, pero eventualmente me dijeron que ya no tenía que volver a publicar en la sección.

Como escritor, ¿dónde ubicas tu trabajo periodístico dentro de tu obra literaria?

Yo colaboro con En Rojo desde la década del 1990. Colaboré por alrededor de dos años con el periódico de la burguesía puertorriqueña. Eso significa escribir periodismo todas las semanas, o, en su defecto, asumir otras tareas del periodismo todas las semanas. En ese sentido, en términos de cantidad, es prácticamente lo mismo lo que le he dedicado al periodismo que al trabajo literario.

El ejercicio de escritura en el periodismo es muy similar al de la escritura literaria. Veo al periodismo muy cercano a la literatura. El proceso de escritura, dependiendo del género, tiene diferentes intensidades. Por género, de manera distinta, va cobrando forma un pensamiento. Yo pienso que, cuando se hace periodismo, se piensa en cierta estructura y cierta musicalidad que son muy similares a las que uno piensa cuando va a escribir una novela o un poema. Obviamente, el interés del género periodismo requiere claridad, requiere ser directo, pero eso también me puede suceder al escribir una novela.

En el periodismo, tengo una idea de que se debe ser claro, preciso y directo, de que las opiniones deben ser, dentro de todo, justas y razonables, mientras que en la literatura no pienso nunca en un público. Escribo para mí.

Como dije, para mí el periodismo siempre estuvo vinculado a una lucha política. Escribo “poemitas” desde muy niño. Llevo toda mi vida escribiendo. Nunca pensé en la literatura como algo relacionado específicamente con luchas sociales. Creo en la total autonomía de la literatura. Por supuesto, como sabes, las codificaciones de la realidad se explayan en lo que escribimos. Una carta a la novia puede tener algo de esa realidad. Pero no se hace con esa intención, como sí ocurre para el periodismo.

En el periodismo también se pudiera hablar del tema de la objetividad, pero la objetividad no tiene nada que ver con desvincularse con ninguna postura ideológica o política.

¿Tú trabajo ensayístico es casi todo periodístico?

Yo tengo un libro sobre ciencia ficción en Puerto Rico, desde sus orígenes hasta el 2026. Tengo un libro de ensayos sobre literatura puertorriqueña en el siglo XIX. Tengo cuatro o cinco libros de ensayos. Pero nunca he publicado esos libros. Y rara vez publico en revistas académicas. Las razones no las sé.

Esa es una escritura totalmente distinta a la periodística, es una escritura académica, siguiendo las reglas del MLA del 1992, que fueron las que aprendí. Pero mi escritura periodística es de otra naturaleza

Ahora que leo textos periodísticos que escribí hace 20 o 30 años, veo que era muy críptico, más cercano a la academia, con reflexiones filosóficas o muy relacionadas con la teoría literaria, sobre todo cuando escribía reseñas. Ahí se veía la imprompta de la academia, pero no era la intención. Me salía natural por el oficio. No era algo consciente.

Cuando te iniciaste como colaborador de En Rojo, ¿cuáles eran tus referentes de escritura en el periodismo? ¿Tenías presente la tradición de escritura del periódico, como la columna rotativa Relevo?

Yo sabía que había un peso literario en el En Rojo, como tal, que desde sus inicios había contado con la participación de los escritores puertorriqueños más conocidos. Quizás también eran los más conocidos por estar vinculados con la lucha por la independencia. En todo caso, aquí hay una coincidencia entre los más conocidos y los mejores escritores, coincidencia que no siempre se da. Pero nunca lo pensé como algo que había que continuar porque, a fin de cuentas, los escritores nuevos tenían ya su espacio en En Rojo.

Si empiezo a mencionar los escritores que hoy día son reconocidos y que comenzaron a publicar en En Rojo, deberían ser como 10 o 15, quizás más. Sobre todo poetas, mujeres, que comenzaron a publicar en En Rojo. Y también, escritores que no necesariamente están vinculados con lucha de ninguna índole. Pedro Cabiya, Juan Carlos Quiñones… Escritores académicos también. Yo creo que En Rojo, desde su fundación, era un espacio importante para escritores jóvenes. Muchos tuvieron sus primeras publicaciones aquí.

Con respecto a mis referencias literarias, hay varios que no necesariamente veo como modelos de escritura, pero sí que me gustaba leer. Lenin sería uno, además que era ejemplo con respecto a la importancia de trabajar en el periódico y escribir en él.

Hay escritores de periodismo deportivo que a mí me resultaban fascinantes. Rafael Pont Flores, por ejemplo.

También, los periodistas que escribían en El Vocero. Tomás de Jesús Mangual era uno. Escribía narraciones que eran cuentos en los que no sobraba ni una palabra. Después supe que Tomás de Jesús Mangual no escribía sus artículos, que los escribía Francisco Velázquez, para mí el mejor escritor de literatura policiaca que hay en el Caribe.

Me gustaba mucho leer a Nemesio Canales. Los textos de Gabriel García Márquez. Alfonso Reyes. No como modelos para escribir, nuevamente, sino como referencia de grandes escritores de artículos periodísticos.

Yo no escribo tan claro. Soy más lezamiano.

Otro escritor importante para mí es Joserramón Ché Meléndes. Ahora pensándolo bien, puedo decir que Joserramón Meléndes es un modelo de escritura de ensayo periodístico. Ché tiene la capacidad de escribir un artículo que no es necesariamente lineal pero con fragmentos lúcidos: el poder escribir de manera fragmentaria y tener el efecto deseado.

Cuando recibiste el Premio Bolívar Pagán, se celebró en CLARIDAD, pero no solo porque eres colaborador regular del periódico, sino porque también, como se ha dicho, has sido y eres el editor de En Rojo. ¿Dónde cae tu labor como editor en este proceso?

Todos los periodistas tienen que ser editores de su propia obra. Pero trabajar en un periódico presupone toda una división del trabajo: editores, correctores, redactores, etc. Los periódicos independientes muchas veces no tienen la fortaleza económica de los periódicos corporativos, así que quienes laboran en estos espacios tendrán que ser editores, correctores, redactores, etc. No es que yo deseara ser editor, es que es una de las funciones que he asumido como parte de mi trabajo en Claridad.

A mí, en lo personal, no me gusta “editar”, en el sentido de modificar lo que alguien escribió, o por lo menos nada que incida en el contenido. No me gusta hacerlo ni tan siquiera en los exámenes que recibo de mis estudiantes.

Lo más que yo he apreciado del trabajo como editor es hacer entrevistas. Haber entrevistado a Elena Poniatowska, Sergio Ramírez, que es fan del beisbol, Silvio Rodríguez… En ese otro sentido, el de las entrevistas, es bien grato conversar con personas que uno admira.

No sé, a mí me parece el mejor empleo que uno pudiera tener, el de periodista.

¿Sabes qué es curioso? Uno de los primeros libros que yo leí fue Historia de los partidos políticos puertorriqueños (1898-1956) de Bolívar Pagán, porque formaba parte de la colección de mi viejo. Una cantera de información. Después fue que supe que era un periodista vinculado con el Partido Socialista. Fue una gran lectura para mi formación.

Pero fíjate que quien me entrega el premio es el Instituto de Literatura Puertorriqueña, no el Overseas Press Club ni la Asociación de Periodistas de Puerto Rico. Es un instituto de literatura cuyo fin es premiar el periodismo desde una perspectiva más hacia la literatura que otra cosa. Me parece que está más relacionado con el periodismo cultural.

¿Cómo definirías periodismo cultural?

La cultura es transformación de la naturaleza. En términos generales, pues, el término cultura es vasto. Pero desde esta visión, “periodismo cultural” es quizás demasiado amplio.

Nosotros asociamos el periodismo cultural al arte, al teatro, pero yo creo que el periodismo cultural es lo que se escribe en un medio y que tiene belleza. Puedes estar escribiendo de economía, pero puede haber belleza en eso. Tú lo sabes, hay pasajes de El capital que son inmamables, pero hay otros que son literatura. Yo creo que se puede hacer periodismo cultural desde el periodismo deportivo. Para mí, unos de los mejores textos periodísticos que yo he leído son los de Rafael Pont Flores, y son simplemente reseñas de beisbol, reseñas deportivas, de una belleza literaria. José Martí hacía periodismo cultural. No coincido con él en su perspectiva del beisbol, pero todo lo demás que escribió, eso es literatura, eso es periodismo cultural. El Manifiesto de Montecristi es de una belleza intensa, pero también es una estrategia de combate. “El puente de Brooklyn”, ¿es periodismo cultural? Por supuesto. No sé si se llamaba así entonces.

Yo creo que “periodismo cultural” es lo que está bien escrito. Eso no existe en el periodismo corporativo. Son textos breves, concisos, sin reflexión.

De hecho, Claridad es el único periódico con un espacio para la cultura. El Nuevo Día a veces, pero es una página, dos páginas. Son reseñas, que se solicita que sean de libros de editoriales “importantes” – lo sé por gente que trabaja ahí. No van a encontrar reseñas de libros de Luscinia, de Gnomo, de Pulpo, de esas editoriales que piensan que son “pequeñitas”.

Hoy, el periodismo en Puerto Rico, quizás en el mundo, prescinde de lo cultural

¿Hay algo que quieras decir de la tradición del periodismo cultural en Puerto Rico?

Qué importante han sido las revistas en Puerto Rico. La revista La Azucena de Alejandro Tapia y Rivera… Esa revista tenía artículos de filosofía, de ciencia, de literatura, tenía novelas por entrega. Es incalculable el valor cultural de esa revista. Puerto Rico Ilustrado es una revista magnífica. Igual, literatura, ciencia, creación… Nada más hay que leerse el libro Historia del periodismo de Antonio S. Pedreira para enterarse de esa riqueza.

Tapia, para mí, es el fundador del periodismo cultural en Puerto Rico. No sé si lo que estoy diciendo es correcto, habría que ver. Pero me parece que es quien le da pertinencia y volumen al periodismo cultural.

¿A veces te piensas como parte de esta tradición?

Never. Never. No.

Yo pienso que la aportación individual ya no tiene mucho sentido. Digo que Tapia es el fundador del periodismo cultural, pero esas figuras no existen en el mundo contemporáneo. Las cosas se han colectivizado, por no decir democratizado. Si acaso, formo parte de esta tradición porque dirijo un suplemento cultural. Pero el suplemento cultural no existiría sin el periódico, y el periódico no hubiese existido sin la organización política. Una organización política, además, con la idea de que se necesitaba un periódico y un suplemento cultural porque la lucha cultural era parte de la lucha por la independencia.

¿Qué aportación individual uno puede hacer en esto? Sí, los individuos están ahí, pero son trabajos colectivos. ¿Si nadie colabora con el En Rojo, cuál es la importancia de un individuo que trabaja ahí?

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