Problemas del esfuerzo trumpista por cambiar el mundo

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Especial para CLARIDAD

Cuestión crucial ahora es la preparación militar de Cuba y Venezuela por si Estados Unidos desata una guerra. El estado cubano ha reiterado que jamás claudicará, mientras el régimen de Trump intenta rendir a Cuba por hambre y penuria, en el entendido de que el estrangulamiento por el bloqueo naval de petróleo hará colapsar al estado cubano. Además de confirmar el calificativo de fascista y genocida que acertadamente dio el dirigente cubano Miguel Díaz-Canel al gobierno de Trump, el bloqueo naval yanqui delata una conducta errática. Después de las dramáticas amenazas que suele hacer Trump, a menudo las tensiones se disipan.

Dada la superioridad tecnológica de las fuerzas armadas imperialistas, que el 3 de enero desactivaron los sistemas electrónicos de comunicación y operación militar de Venezuela antes de invadir, los cubanos y los venezolanos deben ponderar combinar sus tecnologías digitales y electrónicas con recursos originales y tecnologías y comunicaciones fuera del campo digital, por así decir convencionales, populares o guerrilleras.

También contra Irán los yanquis han provocado una tensión altísima con su amenaza de guerra. Al momento de escribir, sin embargo, había negociaciones, por cierto facilitadas por Rusia. La ofensiva ‘histórica’ de Washington quisiera terminar los estados desafiantes y desterrar del hemisferio americano toda presencia de la corriente de multipolaridad y descolonización económica que BRICS representa, y especialmente de China y Rusia. Pretende hacerlo con golpes selectivos. Hasta ahora evita una guerra convencional y despliegue de tropas, y usa comandos y ‘operaciones especiales’ con tecnologías avanzadas. Proclama grandes objetivos, pero sólo aplica tácticas.

Contrarrevolución colonialista

 Destruir el estado cubano sería, en la ideología trumpista, un premio mayor, por su simbolismo hemisférico y mundial. Derrocar al iraní sería un golpe al islam anticolonial, además de conllevar un rico botín petrolero y geopolítico. Son abundantes las dificultades, desde luego, para realizar estos deseos.

Tendencias comercial y políticamente soberanistas progresan en gobiernos de África, Asia, Medio Oriente y Europa. El reducto más seguro de Estados Unidos, si no el único, es Latinoamérica y el Caribe. Trump persigue revertir en tres años los progresos antimperialistas del mundo –como el ascenso del Sur global, que China emblematiza– pero la falta de estrategia efectiva produce desorden en la casta gobernante, que desciende al ridículo y la inconsistencia.

Es entendible que Washington procure acceso al petróleo venezolano para garantizar sus abastos y, porque si desata una guerra contra Irán para adueñarse de su petróleo, Teherán podrá cerrar el flujo petrolero y crear una escasez internacional. El aumento desorbitado del precio del crudo agravaría, entre otras cosas, la crisis económico-política en Estados Unidos y otros países occidentales. Los Republicanos podrían perder la Cámara el próximo noviembre.

¿Por qué entonces usurpar el petróleo de Irán, si ya tienes el petróleo de Venezuela? Es enorme la dificultad de derrocar al estado iraní, a no ser con una hipotética guerra hiper-destructiva, que se desbordaría al Oriente Medio, amenazaría la existencia del estado de Israel y podría hacerse mundial. ¿Por qué entonces no aceptar que no puede derrocarse? Explicación plausible es la desesperación por frenar a BRICS, del cual Irán es miembro importante.

La obstinación contra Cuba es espectáculo global de crueldad, un intento de lenta tortura a una antilla que trata de desarrollarse, ya empobrecida por siglos de colonialismo y esclavitud y por el bloqueo yanqui desde los 1960. Cuba como quiera recibe solidaridad. La saña de Washington obedece a lo que Cuba simboliza: voluntad soberanista, revolucionaria y antimperialista que se admira a escala global. Durante décadas Washington ha tratado en vano de destruir el estado cubano, que guarda estrecha unidad con el pueblo. Acaso podría si lanza una brutal e interminable guerra, la simple idea de la cual aumenta el repudio a Trump en Estados Unidos; una guerra que confirmaría la superioridad moral, y quizá también militar, de los cubanos. ¿Por qué entonces desplegar ese espectáculo de tan escaso rating en popularidad? Lo explica el carácter errático del trumpismo, su oscilación entre producir una estrategia de sobrevivencia del sistema imperialista, y lanzar tácticas espectaculares carentes de estrategia.

El comercio, fuerza del Sur global (y de BRICS), es a la vez su debilidad, por su falta de estructuras políticas y militares. China y Rusia, estados que poseen armamento nuclear, se refrenan de intervenir militarmente en el hemisferio americano por el peligro de una conflagración nuclear, dada la irresponsabilidad estadounidense. Ellos mismos están amenazados, respectivamente, en el Mar de China –con el pretexto de Taiwán– y por la Unión Europea y Ucrania.

Estados Unidos posee tecnologías militares para hacer casi cualquier cosa para destruir casi cualquier gobierno del mundo, especialmente en América Latina. Pero en Cuba y otros países los grupos sociales que podrían suplantar al estado nacional siempre fueron débiles, a menudo una farsa; apéndices del colonialismo. Después del proceso revolucionario desaparecieron. Washington puede, por supuesto, recurrir a la guerra para tratar de imponer un régimen, pero habrá que ver si su guerrerismo se haría estrategia –una política de largo plazo– a ser aplicada por los gobiernos sucesivos después de 2028. El imperialismo siempre necesitó de la guerra. Difícilmente puede conseguir sus objetivos sólo con golpes tácticos. Estar todo el tiempo amenazando con violencia aquí y allá y propinando golpes arteros y criminales resulta incompatible con el mercado internacional, pues impide el intercambio y desarrollo de los países. Difícilmente puede sostenerse política, militar y económicamente, como conducta permanente.

Negociaciones venezolanas

 En Venezuela el plan trumpista se impuso porque el gobierno negoció y colaboró. Sin embargo hay que ver cómo se desenvuelve la tensa situación. Poco antes de su secuestro Nicolás Maduro estaba en proceso de acordar con China un proyecto para facilitar petróleo a los países latinoamericanos y cooperación para que construyan infraestructuras, todo ello en divisas que no serían el dólar. La posibilidad de que el dólar deje de ser divisa en los intercambios petroleros puede ser preámbulo de su destronamiento definitivo. Que además disminuyan los abastos estadounidenses de petróleo y el control yanqui en Latinoamérica provocó máxima alarma en Washington.

El gobierno bolivariano que representa Delcy Rodríguez hizo concesiones importantes al privatizar parcialmente la producción y comercio del petróleo y dar participación decisiva a las corporaciones norteamericanas. Perseguiría ganar tiempo para prepararse para potenciales enfrentamientos, políticos o militares. Ninguno de los dos bandos puede descartar la guerra, aunque parezca poco probable. Si la hubiese, y aun sin que la haya, Estados Unidos podría tratar de ocupar la zona de producción petrolera de Venezuela. Las concesiones venezolanas dan prioridad al ‘diálogo’, mientras es obvio que han sido hechas bajo violenta amenaza. Delcy parece evitar a toda costa un enfrentamiento militar.

La reciente solicitud de Delcy Rodríguez al Tribunal Supremo venezolano para que confirme que el estado tiene derecho a comerciar su petróleo con los demás países –algo muy elemental–sugiere la intención política yanqui de controlar el comercio venezolano. En los medios de prensa el gobierno estadounidense se presenta como si tuviese pleno control de Venezuela, mientras Caracas insiste en que controla su política y las corporaciones norteamericanas son un vehículo de la economía venezolana. Ambas partes suponen que usan la otra. La versión yanqui de que controla el estado venezolano es poco convincente; Trump dice que está ‘permitiendo’ que siga el comercio petrolero entre Venezuela y China; Rusia sigue comprando crudo venezolano.

Quizá el estado bolivariano trace un límite, por ejemplo el básico derecho a su propia libertad de comercio exterior, o acaso gane terreno mediante la ambigüedad. Éste y otros gobiernos deben haber aprendido a adelantar sus estrategias en la práctica, calladamente evitando contradecir en público al Hombre Naranja, dejándolo que haga su show. Un hecho imponente es que en Venezuela no hay otra fuerza, aparte del gobierno, con la cual las empresas estadounidenses puedan hacer negocios petroleros. Washington podría tratar de cambiar el régimen, sería demasiado costoso, pues una guerra podría ser interminable, además de absurdo, pues ya tiene acceso al petróleo.

CNN informó que la CIA estaba instalando una estación en Caracas. Por lo que aparece en la prensa, el gobierno de Delcy Rodríguez no lo ha negado. Se infiere que la información es cierta y el gobierno no se opone. No hay que suponer omnipotentes o absolutas las capacidades de la CIA, o las tecnologías sofisticadas imperialistas, pero dicha estación podría colaborar con la derecha, auspiciar nuevamente guarimbas (movilizaciones terroristas disimuladas como ‘protestas del pueblo exigiendo democracia’), y montar un sistema militar paralelo al venezolano. Podrá conspirar, cuando menos, contra Colombia, Brasil y México, y coordinar esfuerzos con el Comando Sur del ejército norteamericano que ha hecho sede en Argentina. La presencia de la CIA –anunciada públicamente si la misma CIA ‘liqueó’ la noticia de CNN–representaría estabilidad permanente para las inversiones de las empresas estadounidenses.

El gobierno del Partido Socialista Unificado de Venezuela (PSUV), representado por Delcy Rodríguez, propuso enmiendas a la ley de hidrocarburos que disminuirán las regalías, o sea los dineros que recibe el estado venezolano del negocio petrolero, y dan a las compañías privadas la mayoría de la participación. Reconocen la propiedad estatal del petróleo en el subsuelo, pero las corporaciones estadounidenses controlarían en su mayoría la contabilidad y el comercio, además de la extracción y producción. Negociaciones internacionales, es decir, con las empresas inversoras, decidirían las controversias, más que los foros del estado venezolano.

El gobierno y la prensa leal insisten en la ‘dignidad nacional’, aunque Delcy Rodríguez describe la contradicción monumental entre su país y el imperialismo como ‘diferencias’. Celebra que ha conversado ‘francamente’ con los yanquis. Las vehementes condenas de Rusia, China y otros países al bloqueo naval contra Cuba contrastan con la virtual ausencia de pronunciamientos de Venezuela, cuyo petróleo, especialmente importante para Cuba, es vedado por Washington, que lo restrega en la cara a los herederos de Hugo Chávez.

Carrera de obstáculos

A primera vista luce convincente el reclamo –del Partido Comunista de Venezuela y otros– de que estas concesiones representan un viraje neocolonial, pues entregan conquistas básicos del chavismo. Un comentarista sostiene que desde 2016 el gobierno de Maduro mal administró la estatal Petróleos de Venezuela. Inversiones venezolanas, algunas de gente del liderato del PSUV, tuvieron peso importante en la compañía pero sus ganancias apenas fueron reinvertidas para ampliar la producción, de manera que ésta disminuyó considerablemente así como el comercio petrolero, lo cual contribuyó a la crisis económica. El gobierno de Maduro aplicó represión a trabajadores de la petrolera y a mucha gente que se activaba en las oposiciones de derecha a izquierda, que crecían por el deterioro socioeconómico.

Nótese la dicotomía que comúnmente aparece entre un estado inspirado por ideas socialistas que impulsa el desarrollo nacional descolonizador y para ello debe colaborar con el capital y el mercado, y los grupos populares que movilizan los trabajadores contra ese estado, exigiendo justicia social y radicalización del gobierno hacia la izquierda. No se integran entre sí estas dos izquierdas. Si lo hicieran fortalecerían estratégicamente la calidad intelectual y organizativa del núcleo socialista del estado y el proyecto nacional. Se oponen amargamente, peleando una contra la otra, mientras el imperialismo observa interesado. El estado supone inútil tratar de que los otros cambien su razonamiento, y éstos insisten en protestar contra el estado, como si así afirmaran su identidad. Bajo acoso imperialista, el estado reprime a los otros, y éstos denuncian la represión del estado y su confusión con el capital, cosas ciertas. A menudo escasean las virtudes de la prudencia y de apreciar lo general versus lo particular, y la contradicción principal versus la secundaria.

El estado bolivariano ha hecho contribuciones políticas importantes con economía comunalizada, poder popular local y nacional, y articulación de los intereses populares a la lucha anticolonial. Pero para adoptar la ley petrolera el gobierno de Delcy Rodríguez replicó una práctica de gobiernos capitalistas, de imponer leyes y decisiones rápidamente desde arriba en vez de auspiciar discusiones extensas entre el pueblo. Razonaría que había urgencia y que a la larga, con una consolidación socioeconómica, el poder popular se fortalecerá.

Después del 3 de enero el gobierno se sabría sin preparación militar suficiente para enfrentar las fuerzas yanquis, pero no debe concluirse que simplemente se atemorizó. Trasladó el conflicto al plano político, estratégico y del mercado, sacándolo de la lógica militar, la reacción confrontacional y el trauma por el secuestro del presidente. Además necesitaría tiempo para organizarse para la negociación con Estados Unidos.

En el show de Trump, el presidente Maduro era ‘el malo’. Quizá éste hubiera apelado a la movilización popular para enfrentar la intervención estadounidense e insistir en su plan de desarrollo y cooperación con países de la región y China mediante el petróleo. No perseguimos eximir a Maduro ni a nadie de la posibilidad de equivocarse o de decisiones que a posteriori se juzguen desacertadas, pero véase que: 1) Desde 2016 Estados Unidos (y aliados suyos como Inglaterra) intensificó bárbaramente su acoso a Venezuela mediante el estrangulamiento comercial, sabotajes económicos, y azuzando movilizaciones callejeras violentas. Después atribuyó a Maduro el deterioro económico y la violencia, en una incesante campaña mediática mundial según la cual el presidente sería ilegítimo, dictador y corrupto. Crecieron la pobreza y el desempleo –ya grandes en un país pobre como son los caribeños y latinoamericanos–; la emigración subió a siete millones en un par de años. Sin embargo, Maduro adelantó proyectos de democracia popular y desarrollo económico local, y buscó formas descolonizadoras de acumulación para el desarrollo nacional junto a las tendencias soberanistas del mercado mundial.

2) Problema de fondo ha sido la ausencia de capital. Es por definición un problema esencial de las naciones pobres.

Argumentos chavistas

 Luce que la nueva ley petrolera era un hecho consumado en los días previos a aprobarse el 29 de enero. Había empezado a ingresar al estado dinero del comercio petrolero de compañías norteamericanas, que el gobierno destina a más obra social en beneficio del pueblo trabajador. En ánimo conciliatorio y de unidad nacional –coincidente con exigencias estadounidenses– el gobierno bolivariano excarceló cientos de presos. También, miles de venezolanos que habían migrado están regresando, una vez Trump terminó el bloqueo aéreo. Washington devolvió a Venezuela cuantiosos valores confiscados en el exterior como parte del bloqueo.

El gobierno venezolano señala que aunque con la nueva ley de hidrocarburos tenga menos regalías y participación, recibirá grandes dineros que servirán al proyecto social bolivariano. De aquí las simpatías en la población hacia el plan norteamericano, a pesar de su lado gangsteril. El argumento ‘práctico’ de Trump parece cierto: a Venezuela llegará mucho más dinero, a corto plazo, del que llegaría con el plan con China para el comercio cooperativo con países latinoamericanos. Está sobre el tapete, sin embargo, la libertad de comercio venezolana. En el hemisferio los grandes financiamientos y capitales para mejoramiento progresivo de operaciones petroleras los provee abundante y rápidamente el capital norteamericano. Su ingerencia en Venezuela ahora incluye, al menos en teoría, controlar la producción y el comercio.

Son demasiado rudimentarias teorías coloquiales que se oyen, de que Delcy y la dirección del PSUV ‘se vendieron’. Hay que detenerse en el razonamiento que algunos suponen neocolonial del gobierno. Su prioridad es sacar a Venezuela de la precariedad económica que produjo siete millones de migrantes en pocos años, y de su aislamiento comercial internacional. Las limitaciones materiales hicieron vulnerable al estado, a pesar de la labor dedicada del liderato bolivariano. Si Venezuela acumulara capital nacional, razona el gobierno, haciéndose un centro mundial de producción y distribución de petróleo, podrá amasar poder político, fortalecerse y perfeccionarse, y adelantar el proyecto soberanista. Usaría la inversión extranjera para fortalecer su propia ruta. Lo facilitaría la razonable probabilidad de que después de 2028 Washington desista de la brutalidad confrontacional trumpista.

Procede fortalecer la economía venezolana –concluiría el gobierno–, aislar las facciones que buscan guerra civil, y avanzar en los logros bolivarianos de poder popular, cooperativismo, productividad, salud, educación, sustentabilidad alimentaria y democracia social y participativa. Cierto que la CIA tiene una estación en Caracas y la Marina estadounidense acecha, pero las conspiraciones y tramas secretas serán inútiles si la nación despega económicamente y un consenso político masivo consolida el estado y su estrategia. No hay que dejarse intimidar si hay crecimiento y desarrollo, irónicamente en colaboración con capital estadounidense. El rol dirigente del estado nacional permitirá convertir el crecimiento en desarrollo. El capital extranjero podría incluso contribuir a planes como los que Maduro perseguía, de cooperación entre países latinoamericanos y antillanos mediante acceso a energía petrolera. Las corporaciones tienden a las oportunidades rentables del mercado, incluso colaborando con empresas y gobiernos ‘adversarios’. Difícilmente fundarán sus decisiones en dogmas ideológicos y violentos como los de Trump, añadiría el razonamiento.

Véase que en enero de 2026 esencialmente el gobierno de Trump terminó –sin admitirlo así–el bloqueo petrolero que él mismo había impuesto contra Venezuela en 2019. Las corporaciones estadounidenses volvieron a tener acceso al petróleo, algo que los venezolanos siempre dijeron que querían, por obvias razones comerciales. El secuestro de Maduro y Cilia Flores con el pretexto del narcotráfico fue un espectáculo ruín, indudablemente para golpear y desmoralizar la izquierda. Maduro expresa el lenguaje revolucionario y la tradición de verticalidad antimperialista latinoamericana –por ejemplo admirando al guerrillero independentista de Puerto Rico, Filiberto Ojeda Ríos–. Lo secuestraron precisamente porque insiste en el socialismo y es dirigente y organizador popular. Aunque su secuestro pueda disminuir por ahora la retórica revolucionaria –que fastidia a los yanquis– el proceso bolivariano continúa. Por cierto, la fiscalía norteamericana pidió que se aplace la vista en el tribunal contra Maduro y Cilia Flores. Dijo que la evidencia es insuficiente.

Deterioro social de Occidente

 ¿Cómo produjo el imperialismo occidental un espécimen como el nostálgico presidente-rey y su indisimulado derechismo virulento, que los yanquis usualmente disimulan? Demagogo consumado, Trump ascendió electoralmente en Estados Unidos representando protestas que la izquierda socialista, ahora dispersa y débil, representaba en el pasado, por ejemplo contra un establishment corrupto e insensible, las deudas, la desinformación del sistema mediático, la guerra permanente, la desindustrialización y las inversiones en el exterior en vez del país.

Con la ‘economía de servicios’ en los países occidentales, en décadas recientes se redujo la clase obrera productiva. El socialismo y el marxismo fueron marginados. Se celebraron teorías de una sociedad ‘pos-trabajo’, mientras buena parte de la actividad industrial y agrícola se trasladaba al Sur global, gracias a la expansión de los monopolios. Como resultado de la enorme productividad que hubo entre los años 40 y 70 del siglo pasado, Occidente goza de una circulación y acumulación de dinero nunca antes vistas, bajo hegemonía de las finanzas y el comercio, en que descansa la ‘sociedad de consumo’.

Desapareció el socialismo científico como fuerza política pública o de masas en los países donde había nacido o avanzado extraordinariamente, y en Estados Unidos y sus zonas de mayor influencia. Partidos comunistas y revolucionarios se desmantelaron o autodisolvieron. Ambientes académicos, intelectuales y mediáticos suponen que el comunismo, la revolución y el antimperialismo fueron una moda que pasó, y se saturan de cultura competitiva de mercado. Narrativas contrarrevolucionarias se revistieron de teoría izquierdosa, especialmente entre intelectuales con salarios altos. Junto a las privatizaciones, la sociedad civil creció al extremo de dejar chiquita la sociedad política (el estado, los partidos, la política). La revolución digital, microelectrónica y de internet, terreno de una relativización intelectual, moral e informativa con gran potencial para mejorar la sociedad, se dirigió principalmente a la actividad financiera, comercial, monopólica y militar. A menudo promueve ideologías de narcisismo, indiferencia social y banalidad; una ‘sociedad del espectáculo’ y de entretenimiento.

Ahora la abundancia occidental está amenazada por la reducción productiva que sus países principales se auto-infligieron, y por los cambios históricos del mercado global. Disminuyen el valor del dólar y su uso en el comercio petrolero en Oriente Medio y otras regiones. Aumenta el uso del yuan, el rublo, el rupí y otras divisas particulares de los países. No puede el imperialismo eliminar el surgimiento comercial y político del Sur global, ni la transformación cultural que conlleva, pero apuesta a debilitarlo y restarle velocidad y moméntum. Las normas y leyes de diplomacia, cooperación e intercambio que los países emergentes tratan de respetar es lo que el régimen de Trump patea y desbarata, exponiendo descarnadamente las relaciones de fuerza y poder.

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