Especial para En Rojo
“El acto más pequeño en las circunstancias más limitadas lleva la simiente de la misma ilimitación, ya que un acto, y a veces una palabra, bastan para cambiar cualquier constelación.”
Hannah Arendt
Hoy fue el día de salida. Desocupo mi oficina.
Retirarme. El vocablo implica salirse del campo de juego. Quitarse. Renunciar. Irse. Abandonar. Moverse por voluntad propia. Nadie me ha pedido que me vaya, es cierto. He decidido hacerlo, aunque aún soy joven. Joven es un decir, pero el promedio de edad de retiro de los profesores está entre los 65 a los 68 años. Renunciar a mi plaza me ha provocado miedo, mucho, muchísimo.
Me ha llegado el momento. Hablo desde el absoluto privilegio de poder tener miedo a retirarme. Sé que muchos no pueden ni soñar dejar de trabajar. Legiones de gente no tendrán retiro. Incluso, ¿quién me asegura que tendré retiro en un par de años, aunque me acoja a él? Se sabe que el estado del Sistema de Retiro de la Universidad de Puerto Rico está en peligro porque en las últimas dos décadas apenas han contratado docentes con plaza, quienes pagarían mi/nuestro retiro, y por la constante amenaza de la Junta de Control Fiscal a los fondos del Sistema de Retiro. Si bien reconozco mi lugar de privilegio, también señalo que reconocer ese privilegio no debería ser de ninguna manera claudicar al derecho de toda ciudadana a poder vivir una última etapa de su vida de otra forma. Ese derecho, como el de tener comida, techo y asistencia médica cuando se pasa de los 60 debería estar asegurado para todos en este país. Rectifico, el bienestar debería ser para todos a cualquier edad. La culpa siempre toca a mi puerta. Sentirla por el buenvivir común es una pasión. Si se piensa bien, la culpa está muy lejos de ser postura política. No deberíamos sentirla por obtener un derecho laboral, derecho que hemos pagado con nuestro trabajo, además. Hacernos sentir culpables por los derechos recibidos es una trampa del capitalismo. De las peores. Un tapabocas. Un amarrarte las manos. Un hacerte sentir privilegiada por recibir lo que debería corresponder a todos. Exigirlo es la postura política. Siempre. Me consuela mi estudiante Luis: “Vilches, tiene el deber de aprovechar y disfrutar el derecho que nosotros no tendremos”.
Pensaba que desalojar mi oficina en el 345 de Domingo Marrero Navarro sería terrible, pero no lo fue. Bueno, casi. Vacié mi escritorio, mi credencia, el modesto librero de la oficina. Boté exámenes viejos, fotocopias ya inservibles para mí, papeles que no sé por qué aún guardaba. Recogí todos los imanes/mementos que con cariño la gente me fue regalando durante mis 35 años. Introduje en las cajas de mudanza los mensajes de agradecimiento de los estudiantes: pócima para curar la nostalgia; la colección de animalitos que adornaba mi escritorio; los útiles escolares que ya no volveré a usar; las fotos de mi familia que me animaron tantas veces. Recogí los carteles de las paredes: el mapa del subway de NYC, el afiche con la cita de Hitchcock, “There is no terror in the Bang, only in the anticipation of it”-moto de mi escritura-, el cartel con “Mi Viejo San Juan” de Pietri y el anuncio de mis libros. Lo guardé todo con rapidez, casi con prisa. Son formas de contener la tristeza y sus lágrimas. No se despachan 35 años tan fácilmente.
Contradictoriamente, retirarse da júbilo y tristeza. Nombro los miedos para alejarlos. Pensamiento mágico, pensarán. El primero es el más fuerte, una especie de miedo troncal del cual brotan los otros como ramas de un árbol centenario: la caducidad autoimpuesta. El aterrador miedo a volverme vieja de repente. Ser anciana no en la acepción de la decrepitud corporal-con sus inevitables canas, dolores, arrugas, achaques y la cercanía a la muerte-sino en el sentido social, la idea de que se llega a una edad en la que una se vuelve aún más invisible. Temo mi borradura como sujeto social. Si desaparezco del escenario universitario, ¿quién me va a procurar? Si me retiro del salón de clase, ¿tendré público con quien rumiar mis lecturas, mis ideas, mis escritos, mis ilusiones, esperanzas y proyectos? ¿Será una invisibilidad autoimpuesta? ¿Será una caída dentro del orden social? Eso nos dicta un mundo donde nuestro valor está estrechamente atado a cierto tipo de productividad que relacionamos con la fortaleza de la propia carrera y la iniciativa individual (Jenny Odell). Me niego a limitar el concepto de productividad al trabajo-salario. Otra trampa del capital. La creatividad no paga, por ejemplo, es una hermosa forma de productividad.
¿Y qué si esa invisibilidad esconde en su centro transparente una gran libertad?
El miedo del que hablo es a ser dispensable, a perder un lugar que ha costado ocupar. Este terror se fundamenta en que he construido gran parte de mi identidad en la Universidad de Puerto Rico. La torre Franklin Delano Roosevelt ha ocupado el lugar de mi columna vertebral. Desde que tengo 13 años he estado ligada a ella. Llegué a la Secundaria de la Universidad a los trece años y desde entonces no he salido de la UPR, con excepción de los cinco años de escuela graduada. Me reintegré orgullosamente como profesora a tiempo parcial en el 1990, dando algún curso en Literatura Comparada y el Departamento de Español, mientras enseñaba como profesora a tiempo parcial en algunas de las universidades privadas del país. Fueron años de ocho cursos semestrales. De explotación ilusionada en una posible plaza futura. Finalmente, en 1992, me incorporé a la plantilla docente del Departamento de Español de la Facultad de Estudios Generales y ya no salí del recinto. Me ufano de mi vida universitaria, del amor a un espacio, a los estudiantes y a un proyecto que considero el más importante del país, aún hoy, a pesar de su legión de detractores. Me ufano de honrar a mi abuela materna que firmaba con una X, pero, aun así, logró que dos de sus hijos varones fueran a la universidad; y a mi madre y a mi padre quienes, a pesar de su inteligencia, nunca llegaron a ella, pero nos criaron con el deseo de estudiar para “no depender de ningún hombre”.
Al renunciar a mi plaza docente, ¿dejo de ser?
Me auxilia la palabra jubilarse: reconozco y celebro la oportunidad y la responsabilidad de poder ser otra yo, de prestar atención a cosas diferentes, “de imaginar una vida, una identidad y una fuente de sentido que se sitúe más allá del mundo del trabajo y del beneficio económico” (J. Odell, Cómo no hacer nada; resistir la economía de atención).
Escogí gran parte de los libros y los deposité en el librero comunal del edificio. Los coloqué con cuidado como cuerpos que se amaron. Me motivó la esperanza de que algún estudiante atento los recogiera. Entre ellos había varias copias de El psicoanálisis una experiencia por venir. Agradecí haber participado en ese proyecto con mi querida Wanda Ramos Baquero. También dejé, con algo de reticencia, Escribir la ciudad. Quería honrar la estupenda invitación de Maribel Ortiz Márquez, hermana y colega, así como el trabajo de tantos años fruto de ese convite: conferencias, intercambios culturales nacionales e internacionales, libro, curso.
¿Perderé las relaciones afectivas e intelectuales que se vinculan al espacio universitario? ¿Se desatará el lazo que me une a tanta gente querida? ¿Dejar el espacio y dejarlos de ver cotidianamente significará que se disolverán esos vínculos? Pero de qué hablo, si desde hace años he dejado de ver cotidianamente a mis colegas amigues. ¿Cuáles son los espacios de reunión? Bien decía Walter Quinteros, cuando planteaba que al cerrarse el Centro de la Facultad, la Universidad daba su primera gran estocada al cuerpo docente. Eso ocurrió hace décadas atrás. Y es cierto; cada vez me encuentro menos con mis colegas. Cada vez más, el café se toma en soledad.
Lo reconozco, es difícil entender que el tiempo, así como cualquier momento crítico, contiene la incertidumbre del futuro, pero por qué no, la incertidumbre también puede estar poblada de esperanza. Puedo elegir el tono de mi presente: escoger entre la nostalgia y la gratitud. Reafirmo mi voluntad de agencia amparada en la gratitud por lo vivido.
Apagué la luz y cerré la puerta. Fui la mujer de mi cuento “En el vano”. Como ella, sentí la soledad del Recinto. Como ella, me pregunté: “¿A dónde han ido todos?”. Una pena que la testadura reinita del cuento no me acompañara hoy.
Me dirigí al carro. Guardé las cajas en el baúl. Noté que en el estacionamiento había una especie de huerto. ¿Qué estudiantes esperanzadas en el futuro lo habrán sembrado? Sin pensarlo demasiado, arranqué unas lechugas, algunas hojas de albahaca y de recao.
Casi yéndome, volví al huerto improvisado, quise llevarme algo que creciera. Arranqué de raíz una matita de recao. Algo nacerá. Estoy segura.



