[Sobre Con llanto de cocodrilo (2025) de Mélanie Pérez Ortiz]
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Con llanto de cocodrilo (Elefanta del Sur, 2025) es, según Melanie Pérez, «un falso policial, una novela un poco fantástica y, por supuesto, feminista». Ciertamente tiene un aire policial, cumple con varios elementos del género, y es cierto que hay un momento en particular –que no contaré aquí– que podría parecer una historia fantástica. No es rara esta hibridez genérica en los relatos neopoliciales. Lo criminal conduce a reflexiones mucho más complejas que el desafío detectivesco y, por lo tanto, cede a la tentación de incorporar modos, motivos y rasgos de otras formas de discurso narrativo. Como sucede con el horror, lo policial continúa mutando y la novela de Mélanie Pérez Ortiz participa de esas evoluciones del género.
Se nos cuenta, pues, de una científica, especialista en cocodrilos, que regresa después de varios años de ausencia, a Puerto Rico, contratada por el Gobierno de turno para enfrentar una invasión de cocodrilos cubanos que ha asolado a la isla. La iniciativa gubernamental responde al macabro hallazgo del cadáver de un niño en el vientre de uno de esos especímenes. La mujer está ávida de participar en la empresa, pues su celo protector y sus conocimientos de herpetología, la tienen convencida de que el cocodrilo es inocente. Pronto sospecha que están utilizando a las criaturas como chivos expiatorios de movidas mucho más siniestras y bestiales, de ésas de las que son capaces los hombres. Y digo hombres, pues son hombres, y de paso cisgénero y aparentemente heterosexuales, los otros participantes en la trama. Por supuesto, nuestra heroína se las ingeniará para ponerlos en su sitio a casi todos ellos, al menos a los que tiene en su mira. Habrá algunos de estos señores, criaturas de otros hábitats, seres más temibles que los cocodrilos que ella admira y adora, que quedarán fuera de su alcance.
La novela está narrada mayormente por una voz omnisciente tan apegada a la consciencia de la protagonista, que nos parece estar escuchándola a ella misma. De hecho, en por lo menos tres ocasiones, la protagonista asume la voz de la narración para dar cuenta de ciertos episodios, aparentes rememoraciones del personaje, ajenos a la trama principal –o por lo menos no de forma tan evidente.
La anónima científica es, por naturaleza, una cuidadora, una defensora de esta especie, una científica muy sentimental. La mujer también regresa a la isla cansada de la itinerancia, aprovechando la ocasión para distanciarse de un aparente desastre personal. Ha decidido cambiar de vida, olvidarse del «afán depredador», que para entonces la ha metido en problemas como aquél “al que le estaba finalmente, poniendo mar de por medio.» En la mejor tradición del policial, la desastrada protagonista –observadora, fumadora, bebedora de wiski, cazadora de hombres feos– va develando fragmentos de su pasado que nos intrigan y, por lo tanto, nos acercan a ella.
Ha estado fuera del país por varios años y, por lo tanto, asume la perspectiva extranjera de quien no ha vivido las transformaciones, que nosotres, los habitantes del 2025, sabemos que han sido muchas y veloces. Ha echado de menos a su tribu –así mismo la llama–, y regresa a la familia de la que se ha distanciado cuando su padre, cuya avanzada enfermedad le impide la palabra, está moribundo.
Ha llegado tarde ¿o a tiempo? Veterano pro-americano, el padre es déspota con su mujer sumisa y leal, a quien desprecia, y con su hija, a quien ama (piensa ella) «a pesar de todos sus defectos». El suyo es un hábitat en el que nos reconocemos; dice al respecto: «Así, la casa en la que se crio era un ecosistema con un balance extraño pues era zona de combate y hostilidades, de ciertas complicidades extrañas, economía informal y desobediencias que le daban su encanto a todo.» (30) Esta innominada familia es la de todos nosotros, la que no tiene noche alguna para volver a ser gente, a causa de los desmanes de quienes, por lo visto, ostentan el poder: «Ella sólo oía ruido que tenía que ver con violencia, política, ambición, una historia cínica ideada por gente que ya no es gente. Son otra cosa. Otra especie.» (201)
El motivo del padre domina largas secuencias de la novela, al punto de, por momentos, interesarnos más que el entramado de traqueteos y conspiraciones en torno a la invasión de cocodrilos, como si en la historia de esa tribu hubiera mejores claves para descifrar nuestra realidad. La orfandad casi culposa de la protagonista aparece y reaparece a lo largo de todo el texto, como elemento crucial de las peripecias. Es evidente que la historia de su rebeldía contra el padre, que muere justo cuando ella regresa a la Isla, tiene más relieve en su carácter que los juegos del Poder entre las bestias humanas con las que debe lidiar. Es también, a mi juicio, la parte más entrañable de la novela.
Ahora en el país, transformada en «persona pública» a pesar de no ser, a su propio juicio, fotogénica –pues, según ella, «se había convertido, más bien, en un animal salvaje»–, dice: «le tocaba aprender a hablar y sonreír de determinada manera para hacerse agradable y, por consiguiente, su discurso apetecible al país.» (32) Inicialmente, está decidida a lograrlo; es eficiente, profesional, diligente, justa. No apetece ningún premio; sólo quiere jugar, cazar a un hombre feo de vez en cuando, hasta que los acontecimientos la obligan a recorrer la ciudad bajo los aguaceros sin saber bien en dónde está ni de dónde provienen las amenazas, víctima de su propia perplejidad. Su mayor miedo es participar de la violencia, ser culpable de los excesos, la falta de control, de la bestial cacería sinsentido. Por momentos se reconoce absolutamente desorientada: » Nunca en su vida se había sentido tan perdida, tan extranjera, tan más allá de todo. Era como si se hubiera vuelto cocodrilo; cerrada la boca, atrapada una presa que no buscó, no puede hacer otra cosa que dar vueltas y vueltas sobre su propio eje.» (187-188)
Resignada a una posible muerte sin causa, sin sentido, en blanco ¿o en negro? va descubriendo su propia respuesta: «Sólo sabía que algo la llamaba; una cosa indefinida que nunca la soltó en todos los años que estuvo afuera y que apretaba cada vez con más fuerza.» (32) Esa cosa, descubrimos, muerde también como un cocodrilo: aprieta y no suelta, y, a pesar suyo, sigue dándole vueltas a la víctima, sin sentido y para su desgracia.
Hablemos de cocodrilos
En esta novela aprendemos de cocodrilos –si acaso la información es certera y no imaginaria (la autora asegura que ha investigado)–; se nos habla de sus facultades, de costumbres, mitos y fábulas sobre el animal. Feo, misterioso, cauteloso, el temor a esta antigua y, a los ojos de muchos, siniestra criatura ha hecho volar la imaginación humana que ha inventado «los peores relatos» sobre los cocodrilos. La voz narrativa, tan parecida a la herpetóloga, va dando cuenta de ello, y es evidente que pensar en el cocodrilo es fundamental para entender la significación de esta aventura.
Para Jean Chevalier y Alan Gheerbrant, el cocodrilo en occidente es símbolo de duplicidad e hipocresía, posiblemente por sus maneras de depredador sigiloso, pero en varias mitologías se les asocia con el agua y la lluvia, que son elementos positivos. Aparece tanto en ritos funerarios como en mitos originarios. Se considera un símbolo negativo, en el entorno occidental, «que expresa una actitud oscura y agresiva de lo inconsciente colectivo.» Así lo explica José Eduardo Cirlot: en el significado del cocodrilo «se confunden dos aspectos principales y diferentes, que expresan la interacción de dos impresiones elementales sobre el mismo: por su agresividad y poder destructor, el cocodrilo significó, en el sistema jeroglífico egipcio, furia y maldad; por su pertenencia al reino intermedio de la tierra y el agua, al limo y la vegetación, es emblemático de la fecundidad y la fuerza. … [continúa diciendo Cirlot que] Según Mertens-Stienon, [el símbolo del cocodrilo] tiene un tercer aspecto, derivado de su conexión con el dragón y la serpiente, [que remite a] la sabiduría. (Cirlot, 134)
Así tenemos, en resumidas cuentas, una criatura en la que se aúnan las fuerzas vitales: agresividad, poder destructor, fecundidad, fuerza, sabiduría. Una buena criatura para reflexionar en el mezzo del camino.
en el medio del camino
Uno de los epígrafes que anteceden el relato, junto al coro de «Llanto de cocodrilo» de Ray Barretto con el que se titula la novela; es una cita de la Divina Comedia de Dante Alighieri: «¡Cuán dura cosa es decir cuál era esta salvaje selva, áspera y fuerte que me vuelve el temor al pensamiento!» Los versos se refieren a esa selva en la que se pierde el personaje «a mitad del camino» de su vida, como nos lo recuerda otra cita célebre del mismo texto: «A mitad del camino de la vida, / me encontré en una selva oscura, / porque la recta vía había perdido.»
La protagonista está, en efecto, en el medio del camino de su vida, y, al parecer, andaba por una selva oscura, con el rumbo perdido. Joven aún, inteligente, atractiva y vigorosa, la innominada protagonista de Con llanto de cocodrilo, regresa también para encontrarse a sí misma, después de haber estado dando bandazos por el mundo: Australia, Cuba, Florida. Y lo que encuentra a su regreso es un país que no reconoce, este país en el que estamos hoy.
La doctorcita trata de no pensar. Esa es su respuesta al agobio: tener la cabeza en blanco –o en negro–, no tener nada en ella. Con ese deseo inicia su periplo por la isla infestada de cangrimanes pendientes de las oportunidades de enriquecerse a costa del desastre de estos años, y con ese deseo lo cerrará, pero no les cuento el final de la historia.
Así vamos descubriendo que el crimen es otro y la víctima es ella, el cuerpo que pretende fortalecerse en la cacería nocturna es lo que le queda, recuperada, de una voluntad vital. Se habla, pues, de este momento en Puerto Rico. Así se representa nuestra frustración, el ansia de la tribu, la carencia, el aislamiento, la dispersión. Un dolor que a mí personalmente me conmueve y me inquieta, aún en mi declarado optimismo. ¿Por qué nos duele? ¿Qué reconocemos al reconocer esa pérdida?
Hablemos del país al que regresa
Hay secciones en la novela parecidas a la crónica libre, en las que se analiza y se opina sobre el estado de las cosas en nuestro país, sobre la idiosincrasia de sus habitantes, sobre la cultura caribeña.
Llueve constantemente en este avatar de Borinquen. Se fríen bacalaítos y empanadillas. Se juega billar y se bebe. Se espía al vecino y a la jefa. Se esperan horas en una sala frente a un escritorio. Se sufren asaltos a plena luz del día. La chapucería y la mediocridad dominan todos los ámbitos hasta desembocar en alguna forma de violencia. Luego se cuentan los muertos. Empieza el show. Se lloran lágrimas de cocodrilo.
Algo ha pasado. Ella reflexiona. ¿Quién es esta gente? –se pregunta– ¿Cómo llegamos hasta aquí? Repasa la historia familiar, su propia historia, e intercala estas reflexiones en el momento justo, como indicándonos el camino para salir con ella de esa «selva oscura»; así dice en un momento: «Esto sigue siendo el paraíso de los aguzaos.»(74) Reproduce la perplejidad, particularmente de quienes hemos vivido las transformaciones de los últimos diez años, el descenso a los infiernos. Ese infierno que a veces, mirando el atardecer en la playa, alcanza el cielo.
Ella mira con voluntad de entendimiento, no sé si entendimiento científico, pero con buena voluntad. Quiere entender. La misma voluntad con la que pensamos en un ser querido enloquecido o atolondrado. A mí me parece que mira más como poeta. Las referencias literarias, de hecho, son muchas. La científica, aunque exhibe un conocimiento enciclopédico de las variantes y particularidades de los reptiles, piensa más como profesora de literatura, y ya sabemos por qué. Lee a Kafka en la sala de espera. Declama en un bar, a dúo con el periodista, un poema de José Gautier Benítez, «el poeta de Caguas». Recuerda la Divina Comedia cuando se encamina con su «Virgilio» a entrevistarse con la familia de la primera víctima, piensa en leyendas africanas y fábulas sobre los maravillosos cocodrilos. [Acaso nos está diciendo que la literatura es la mejor manera de ordenar el caos.
Contra el patriarcado
Releo los fragmentos de los wiskis y el billar, el deseo por el hombre cocodrilo, y recuerdo –no sé porqué– los gemelos del Sol de medianoche de Edgardo Rodríguez Juliá, todo aquel ambiente macharrán de esa otra novela policial puertorriqueña, la feancia que se señala en el paisaje metropolitano, salvado por los atardeceres playeros, y la figura femenina que el protagonista se siente incapaz de desear, la amiga de las batiditas de papaya. Acá, en Con llanto de cocodrilo, hay otros feos, además, feos deseados, y un par de macharranes humillados, víctimas de sí mismos y de los mandatos de la masculinidad, al decir de Rita Laura Segato.
La mujer anónima que protagoniza la novela de Mélanie Pérez es una científica que no sólo defiende y adora los cocodrilos, también busca cazar a un hombre feo con el que pueda desfogar sus energías vitales. [No les diré con quién termina desfogándose.] Su interés de cazadora de feos, en todo caso, es en un sentido casi salvaje o feral, exploraciones de los sentidos y los impulsos, más cercanos a un erotismo elemental, sin límites ni juicios. Su sexualidad es un deseo también transgresor y travieso, como sabiendo que rompe con estereotipos y, de esta forma, desafía el dominio heteropatriarcal. Hay muchas alusiones al juego, a la broma, al chiste privadísimo con el que la protagonista divierte sus angustias, el miedo a la muerte, al fracaso, a la soledad. Ante el macho engreído, la imaginación y la risa; incluso en los momentos de más desesperación, la protagonista se mira a sí misma y se ríe.
Es significativa, de hecho, la asociación memoriosa que hace en un momento de peligro, cuando ha perdido el control de la situación (154), que la lleva a recordar el acoso de quien ella llama, irónicamente, su «primer novio». Queda claro que en su aventura va enfrentando (y confirmando) varias instancias de control heteropatriarcal –el padre, el gobernador, la prensa, el periodista, el abogado de la colita, la policía en la que no confía, el bichote y sus achichincles– y precisamente por eso recuerda la anécdota absurda en la que se enfrenta por primera vez al discurso puro y duro del control macharrán. Y no cuento más, porque les daño la experiencia de descubrirlo por ustedes mismas.
¿Y esas lágrimas?
En resumidas cuentas, aquí les dejo mis primeras impresiones de la novela de Melanie Pérez Ortiz: he disfrutado la lectura de Con llanto de cocodrilo, especialmente los fragmentos en los que la anónima científica reflexiona sobre el país, la macharranería, la crianza bajo el orden patriarcal, el inquietante atractivo de los hombres feos, etc. El tono de esos fragmentos bascula entre la ironía, el desconcierto y la ternura. ¿De qué otra forma escribir sobre el desastre? Se trata, en fin, de uno de esos policiales que me gustan tanto, de los que son, pero no son, ya un género aparte, alineado entre el neopolicial latinoamericano y las narraciones del feminismo rompedor del momento.
Sin duda, como sostiene Alfredo Ávalos en el laudo del Premio Novela Escrita en Español de la UNAM (San Antonio) y Letras en la Frontera, Con lágrimas de cocodrilo es una «original y poderosa exploración del exilio», pero también es, a mi juicio, una puesta en escena de nuestras principales frustraciones como puertorriqueñas: el dominio de la mediocridad y la chapucería en el país, la certeza de que podríamos hacerlo muchísimo mejor, y no lo hacemos. Este asunto se le escapa a Ávalos porque no lee con nuestros ojos, porque él no ha tenido que pensar el país –como nosotras– desde la fila del CESCO, en el gate de JetBlue o en una parada de guaguas.
En el ánimo derrotado se entrevé una gran pena, ya no del personaje sino de todo el plan narrativo. ¿Nos habla de un desencanto irremediable? ¿Nos invita a no desear la utopía? Entonces ¿para qué escribir? ¿Puede ser el arte una forma de superar la tristeza? ¿O soy yo que, como lo deseo, lo veo, allí, donde no hay más que derrota?
Finalmente, es significativo que, de la protagonista de esta novela, podría decirse lo mismo que del poemario de Melanie Pérez, Ojo de agua, ha dicho Luis Othoniel Rosa:
«poemario que no tiembla, que acepta la tristeza, pero no se rinde al miedo, que reconoce el peligro (lo mira a los ojos) pero no se acobarda, que sufre por lo perdido pero sin paralizarse, sin dejar de hacer, sin dejar de escuchar las canciones que trae la marea. Mélanie Pérez Ortiz ha escrito un poemario sobre la valentía, aunque no creo que ese haya sido su objetivo.»(1)
Me sonrío como la protagonista cuando encuentra una clave, y me sorprendo de lo atinado de este comentario; y me pregunto si no es acaso que lo que se nos revela aquí son unas correspondencias entre la voz poética de aquel libro Ojo de agua y el trazo de la protagonista de Con llanto de cocodrilo. Y entonces me pregunto, ¿de quién serán, de verdad, estas lágrimas?


