Francisco Zayas
Estimada señora Gobernadora Jennifer González Colón:
Me dirijo a usted con el entusiasmo que solo produce un concurso literario patriótico promovido por el Estado, esos que invitan al pensamiento libre… siempre que esté debidamente encadenado.
He leído con emoción su convocatoria para ensayos que fomenten la estadidad, y le confieso que mis manos temblaron, no de emoción, sino de asombro. ¡Qué ingenioso! Convertir la literatura en pasaporte, la prosa en tarjeta de Seguro Social y la crítica en código postal.
Me recordó a aquella amiga que sigue llamando a su ex todos los días, aunque el tipo la bloquee, le grite, la ignore… o peor: le diga que Puerto Rico es una isla flotante de basura. Pero ella insiste. “Es que él es lindo, tiene ciudadanía y dice que me quiere… solo que no ahora, y tal vez nunca”.
¿No le parece romántico?
Yo la entiendo, Gobernadora. Yo también he amado a quien no me amaba. Pero a mí, al menos, me dio con escribir poesía, no plebiscitos.
El problema, señora, no es la falta de amor allá; es la falta de amor aquí. Aquí no nos enseñaron a querernos. Aquí, cuando hablábamos español con la erre bien vibrada, nos mandaban a callar. Aquí, si llevábamos plátano en la lonchera, nos enseñaban a esconderlo. Aquí nos enseñaron que ser puertorriqueño era un error en proceso de enmienda.
Y ahora usted quiere que escribamos ensayos como quien firma una petición de matrimonio desesperada. Que vistamos de Harvard nuestro desarraigo. Que pongamos en Times New Roman nuestra renuncia.
Yo, por mi parte, he decidido escribir desde el cuarto piso. No del país, sino del país de cuatro pisos, como decía José Luis González, ese comunista insoportable que, mire qué cosas, amaba esta isla más que a sí mismo. Desde aquí observo el basurero flotante, que no es la isla, sino el discurso. Ese discurso que llama a la sumisión, a la obediencia, a la entrega voluntaria del alma boricua por un poco de Wi-Fi y un Wal-Mart bien abastecido.
Recuerdo a Albizu, que hablaba de la dignidad como quien habla del pan. O a Lloréns, que escribía en octavas reales lo que hoy ningún Twitter permite. Y claro, a René Marqués, que ya había visto esta obra en tres actos y un epílogo lleno de banderitas con 51 estrellas.
Pero le tengo una propuesta. Tal vez, en lugar de ensayos sobre la estadidad, podríamos hacer un concurso sobre cómo amarnos. Cómo volver a cocinar arroz con habichuelas sin sentir vergüenza. Cómo usar la lengua —la propia— para escribir sin pedir permiso. Cómo abrazar nuestra historia sin maquillaje ni Photoshop constitucional.
Y si ese amor propio nos lleva a la independencia, que así sea. Si nos lleva a la libre asociación, también. Lo importante es que el amor venga de adentro, no de una oficina federal donde ni saben en qué año invadieron esta tierra.
Gracias por su concurso, Gobernadora. Le prometo enviarlo impreso… en papel reciclado, desde el cuarto piso.
Con sarcasmo soberano,
Un Jíbaro letrado (no federado)









Esta es una historia de improbables y de ahí surge la comedia. Si comenzamos por el título, al parecer es una alusión a Doris Day, una de las artistas de comedias románticas más populares de los años 1950 y 60 en Hollywood. Pero, muy pronto nos enteramos de que la alusión se limita a que la madre de Doris Miller, la protagonista de la historia (Sally Field), era una admiradora de la actora y por eso le puso su nombre a su hija. La historia comienza con una escena triste ya que Doris acaba de perder a su madre con quien vivió toda su vida. Ahora su hermano, Todd, quiere vender la casa de Staten Island para que su hermana no tenga que ocuparse de un espacio tan grande y pueda vivir en Manhattan donde todavía trabaja, o algún lugar donde no tenga que tomar el ferry todos los días. Pero para Doris, ya en sus 60+ bien cuidados, este pedido significa cambiar de rutina y tener que limpiar y vaciar su casa de todas las cosas inservibles que ha acumulado todos estos años. Como Doris, cada unx de nosotrxs somos acaparadores/hoarders y solamente nos damos cuenta cuando tenemos que mudarnos.
De igual forma que Blue Collar (Paul Schrader 1978) es un filme anti-sindicato corrupto, Norma Rae ve la unidad organizada a través del sindicato como la única salvación de los trabajadores. Es un filme que se enfoca en la toma de conciencia de una mujer en un pueblo pequeño del Sur de los Estados Unidos. Aunque el filme pretende desarrollar a cabalidad el personaje de Norma Rae, el catalizador de su despertar y afirmación reside en un organizador laboral de Nueva York, Reuben (Ron Leibman). Este organizador viene a incorporar a los trabajadores de una fábrica de textiles al sindicato nacional. Su labor no es nada fácil, ya que primero debe desafiar la actitud negativa de este pueblo chico hacia los norteños y luego debe convencer a los trabajadores sobre la necesidad de sindicalizarse y de unirse a una organización que desconocen. Además, tiene que compartir la forma de vida de los residentes y encontrar un líder local para delegar la responsabilidad de su cargo y poder entonces seguir con su labor de organización en otros lugares.

