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Estados Unidos ante un segundo término de Trump

 

Por Manuel de J. González/CLARIDAD

Los meses que faltan del año 2020 podrían ser críticos para Estados Unidos, pero no es arriesgado afirmar que el entramado de instituciones de ese país, y las reglas escritas o informales que rigen su funcionamiento, sobrevivirán con pocas fisuras el primer cuatrienio de Donald Trump. Después de todo, llevan más de 200 años operando y han resistido muchas crisis. Sin embargo, no creo que suceda lo mismo en un hipotético segundo término. Si resulta reelecto en noviembre, la probabilidad de que esa estructura se agriete, en medio de confrontaciones hasta ahora inéditas, es bien alta.

El entramado institucional estadounidense salió de la Constitución adoptada en 1787 y ha crecido desde entonces, sobreviviendo una cruenta guerra civil.  Esa estabilidad contrasta favorablemente con otros países, particularmente los europeos, donde los cambios violentos, con sus revoluciones y restauraciones, fueron frecuentes durante ese mismo espacio de tiempo. En Estados Unidos, la sucesión ordenada que inició George Washington en 1796 ha sido la norma desde entonces. Cuando aparece una crisis, como en el segundo cuatrienio de Richard Nixon, el propio sistema la resuelve, manteniendo la “normalidad”.

Los sucesos que se han desarrollado durante las últimas semanas, tras difundirse el asesinato de otro joven negro en manos de un policía blanco, ha puesto sobre el tapete las contradicciones que hierven en las placas teutónicas sociales sobre las que se asienta Estados Unidos. A lo largo y ancho de ese enorme país han crecido fuerzas que parecen salirse de los cauces que garantizan la continuación ordenada del aparato institucional.  Entre ellas, y jugando un papel prominente, está un presidente que en lugar de armonizar antagoniza, agudizando el ambiente de confrontación social. Si esa realidad se repite a lo largo de otros cuatro años, los estallidos serán enormes.

En Estados Unidos siempre ha habido una extrema derecha muy parecida a la que, llamándose fascistas o nazis, asumió el poder en Europa en la primera mitad del siglo XX. Es un sector predominantemente blanco, racista, que glorifica las armas y que debido a su baja formación cultural resulta fácilmente manipulable. Son los que nutren gran parte de las fuerzas policiales y que, en expresiones menos extremistas, controlan estructuras políticas en numerosos estados del sur y el centro del país.

Este sector se enardeció durante los ocho años de Barack Obama. Todavía debemos recordar las manifestaciones a nombre de un llamado “Tea Party” en las que el grito era “I want my country back”. Un negro en la presidencia implicaba para ellos que les habían robado el país y parecían decididos a recuperarlo de cualquier forma. En 2016, amparados en su fuerza (que se concentraba en determinado grupo de estados), la particularidad del sistema electoral estadounidense, donde un candidato sin mayoría de votos puede ser electo, y las debilidades de la candidatura Demócrata, los del “Tea Party” recibieron el país de vuelta en las manos de Donald Trump.

Trump no es un derechista más. Además de inculto, como buena parte de sus seguidores, es un megalómano que proclama sus groserías como si fueran virtudes, incapaz de construir acuerdos, por lo que no ha podido encajar en el “establishment” tradicional. Ese “establishment”, que algunos llaman “el gobierno permanente”, es realmente lo que siempre ha garantizado la estabilidad de la estructura política que necesita el capitalismo estadounidense. Son los funcionarios que siempre se quedan entre un gobierno y otro, manteniendo la continuidad de las políticas esenciales que necesita el sistema económico.

En las últimas semanas hemos estado viendo un coctel de realidades poco común. Cuando las tensiones sociales se disparan lo indicado es que quienes controlan el poder político traten por todos los medios de evitar que escalen. La megalomanía de Trump lo ha inducido a insuflarle gasolina al fuego, provocando más confrontaciones y desalentando cualquier otra respuesta que no sea la macana. Frente a esa estrategia de choque, se están viendo en la calle fuerzas de cambio que deben haber asustado a muchos de lo que controlan el poder económico. Los jóvenes que enfrentan la policía y que cada noche retan el toque de queda, proyectan una determinación nueva para Estados Unidos, aun cuando se trata de fuerzas espontáneas, sin algún partido o movimiento que las dirija.

Frente a esa realidad, es muy sintomático lo que está ocurriendo entre los militares, porque siempre han sido ellos el elemento más importante del “establishment” estadounidense. Por primera vez estamos viendo a figuras muy importantes del entramado militar retando abiertamente las posturas de un presidente.

Contrario a lo que se ha querido presentar, el choque entre Trump y un grupo de militares de alto rango no es porque haya pretendido invocar la ley de 1807, que autoriza a desplegar tropas dentro de Estados Unidos. Esa invocación no es algo nuevo. Lyndon Johnson se amparó en la misma ley en cuatro ocasiones, entre 1966 y 1968, precisamente para lazar soldados contra los afronorteamericanos que se amotinaban reclamando derechos. En esta ocasión los militares han decidido hablar contra un presidente, no necesariamente porque éste pretendiera invocar esa ley, sino porque lo consideran peligroso para la paz social que tanto necesita el sistema económico que ellos protegen.

Sería lógico esperar que la crisis social que actualmente vive Estados Unidos, junto a las preocupaciones que deben estar intensificándose en los sectores políticos y económicos tradicionales (quienes hasta ahora han representado el verdadero poder en el del país) conduzcan a la derrota de Trump el próximo noviembre. De ocurrir lo contrario, la estabilidad institucional estará seriamente amenazada por primera vez desde la guerra civil que terminó en 1865. Aunque esa superestructura política lleva 232 años sosteniendo (o dominando) al país, no creo que pueda resistir otros cuatro años de Donald Trump. Lo que estamos viendo ahora sería un mero anticipo de lo que se desencadenará.

Vergonzoso y criminal: EE. UU. recrudece el bloqueo en tiempos de COVID-19

 

 

Por Juventud Rebelde

digital@juventudrebelde.cu

«Vergonzoso y criminal recrudecer el bloqueo durante la Covid-19», expresó en su cuenta en Twitter el canciller Bruno Rodríguez Parrilla al rechazar enérgicamente las sanciones anunciadas este miércoles por el Secretario de Estado de Estados Unidos, Mike Pompeo, contra siete entidades de Cuba.

Según un comunicado de prensa del Departamento de Estado, en la lista de entidades restringidas aparece la financiera Fincimex. También se incluyen tres hoteles, dos centros de buceo y un parque marino para turistas, lo que dice claramente sobre la verdadera intención del Gobierno norteamericano: asfixiar la economía y continuar dañando a las familias cubanas.

Como se conoce, ese grupo de entidades vetadas para los estadounidenses forma parte de las muchas acciones que adoptó la administración republicana desde su llegada al poder en enero de 2017 para revertir el acercamiento iniciado entre ambos países durante el mandato de Obama.

Cuando en medio de la pandemia del coronavirus SARS-Cov-2 se incrementan los llamados a nivel mundial por poner fin a la  política genocida de bloqueo, Estados Unidos adopta esta nueva decisión de manera vergonzosa, para enmascarar «la verdadera naturaleza de las medidas coercitivas ilegales, inmorales y de suprema crueldad contra  el sustento de 11 millones de cubanos, 11 millones de seres humanos», escribió Johana Tablada, subdirectora general de la Dirección de Estados Unidos del Minrex.

«Desesperadamente el grupito que controla la política hacia Cuba del Departamento Estado no deja de inventar cómo dañar al pueblo cubano y se llenan la boca de mentiras para decir que nos ayudan. Ni el fuego en las calles de tantas ciudades de EE. UU. los detiene en su vil intento», agregó en Twitter Eugenio Martínez,  director general de América Latina y el Caribe de la cancillería. Otros muchos usuarios en las redes sociales también expresaron su rechazo a las medidas y apoyaron la posición del ministro de Relaciones Exteriores, Bruno Rodríguez.

Como ha señalado el Gobierno revolucionario en numerosas ocasiones, Estados Unidos continuará fracasando en su objetivo central de someter por la fuerza la voluntad soberana de los cubanos  y  la determinación de construir el socialismo. Prevalecerá el sentimiento mayoritario de los pueblos de Cuba y Estados Unidos, que favorece la mejoría de las relaciones y el desarrollo de una convivencia civilizada y respetuosa.

Reproducido de www.juventudrebelde.cu

 

¡Hasta siempre, compañera!

Cumple # 80 de Corde/21 febrero 2015

 

La Junta Directiva y el Colectivo de Trabajo de CLARIDAD le hacemos llegar nuestro abrazo fuerte y solidario a la familia de doña Cordelia Buitrago Díaz. Doña Cordelia fue una amiga constante y solidaria de CLARIDAD. Mujer bondadosa, alegre, noble, comprometida con la lucha por un País soberano.

A su familia, en especial a sus hijas, Cordelia, Ivette, Malule, Joanna y a su hijo Luis, vayan nuestros deseos de mucha fortaleza en estos momentos tan difíciles.

 

Una bota aplasta el cuello de la democracia Americana

 

Por Cornel West

El autor es filósofo y destacado intelectual y académico sobre temas de sociedad y democracia en Estados Unidos. Ha sido un consecuente activista político  y actualmente es profesor emérito de la Universidad de Princeton. Esta columna fue publicada originalmente en la edición del 2 de junio de 2020 del periódico británicoThe Guardian. La traducción es de CLARIDAD.)

“La pregunta fundamental en este momento es: ¿puede Estados Unidos ser reformado?”

Otra vez lo mismo. Una persona negra es asesinada por la Policía en Estados Unidos. Otra ola de resistencia multirracial se levanta. Se inicia un nuevo ciclo de hablar sobre el tema racial en los medios de prensa corporativos. Ocurre otro despliegue de “diversidad” en el alto liderato neoliberal, al cual seguramente le seguirá muy pronto un nuevo contragolpe blanco. Sin embargo, esta vez sí podría ser una coyuntura decisiva.

La innegablemente bárbara muerte de George Floyd, la inescapable y viciosa realidad de la desigual miseria del coronavirus, el desempleo masivo a nivel de la Depresión y el colapso general de la legitimidad del liderazgo político (en ambos partidos) descorren la cortina en el Imperio Americano. La creciente militarización de la sociedad estadounidense es inseparable de sus políticas imperiales (211 despliegues de fuerza militar de Estados Unidos en 67 países desde 1945). La respuesta al asesinato de Floyd narra la historia de la enorme presencia militar, de los ataques no provocados y de la fuerza excesiva.

Irónicamente, el debate engañoso sobre si quienes protestan son “incitadores o solo manifestantes”, o sobre si son “agitadores que llegan desde afuera o ciudadanos legítimos de cada localidad” le resta atención al hecho de cómo una fuerte presencia policial puede precisamente incitar las faltas de respeto hacia la Policía. Pesa mucho el contraste marcado entre la actual respuesta policial, y la que reciben los provocadores de la extrema derecha que se exhiben dentro y fuera de los capitolios de los estados con armas cargadas y poderosas municiones. Recuerdo la experiencia propia de protestar en Charlottesville, Virginia frente a cientos de Nazis enmascarados y armados con balas vivas, y ver a la Policía replegarse y permanecer inmóvil y en silencio mientras éramos atacados inmisericordemente. Sin la intervención y la protección de Antifa, algunos de nosotros habríamos muerto.

Yo creo que cualquier ataque contra una persona inocente está mal. Pero enfocarse en los ataques de los manifestantes a personas o propiedades es desviar la atención de las muertes de miles de negros, de pobres y de trabajadores a manos de la Policía. También, oscurece el rol del aparato represivo en la preservación de un ordenamiento injusto y cruel. El control que ejercen los grandes intereses, las jerarquías de clase y de género y el militarismo global merece sobresalir de entre la profunda preocupación por los asesinatos y la brutalidad policíaca contra la población negra.

Las cuatro catástrofes sobre las cuales nos previno Martin Luther King- el militarismo (en Asia, África y el Medio Oriente), la pobreza (a niveles récord), el materialismo (la adicción narcisista al dinero, la fama y el espectáculo) y el racismo (contra los negros, indígenas, musulmanes, judíos e inmigrantes no-blancos)-han desnudado el odio, la codicia y la corrupción organizados que existen en el país. El aparato militar de Estados Unidos es una máquina de matar que ha perdido su autoridad dentro y fuera del país. La economía capitalista que prioriza en la acumulación de ganancias ha perdido su aura, y el esplendor de la cultura orientada hacia el mercado (incluyendo los medios y la educación) es cada vez más hueco.

La pregunta fundamental en este momento es: ¿podrá ser reformado este experimento social fallido?  La dupla política de un Partido Republicano en escalada neofascista, liderado por Donald Trump, y de un Partido Demócrata, fatigado y neoliberal, liderado por Joe Biden- de ningún modo equivalentes pero igualmente amarrados a Wall Street y al Pentágono-es la representación de un liderazgo decadente. La debilidad del movimiento obrero, y la actual dificultad de la izquierda radical para agruparse en torno a un proyecto revolucionario no violento que busque compartir la democracia y la redistribución del poder, la riqueza y el respeto son signos de una sociedad incapaz de regenerar lo mejor de su pasado y su presente. Cualquier sociedad es indeseable e insostenible cuando se rehúsa a eliminar las viviendas dilapidadas, los sistemas educativos decrépitos, la encarcelación en masa, el desempleo masivo y el sub empleo, un inadecuado cuidado de salud y las violaciones a los derechos y las libertades.

Dentro de todo, el magnífico valor moral y la sensibilidad espiritual de la respuesta multirracial al asesinato de George Floyd por un policía, que ahora se transforma en resistencia política al despojo legalizado de la codicia de Wall Street, al saqueo del planeta, y a la degradación de las mujeres y personas LGBTTQI, significa que todavía nos mantenemos luchando independientemente de las probabilidades.  Si la democracia radical muere en América, que se diga de nosotros que lo entregamos todo mientras la bota del fascismo americano intentaba aplastar nuestros cuellos.

 

 

 

Soy mujer, soy negra

 

Por Litzy Alvarado Antonetty

Soy mujer, soy negra, soy caribeña, soy hispana, soy pobre.

Tengo todas las condiciones para entender lo que sufren los hermanos y hermanas de las comunidades afroamericanas en E.E.U.U. y el por qué hoy protestan.

El corto tiempo que viví en Waterbury, Connecticut, fue uno tan intenso que pareció una década.

Trabajé en una clínica de Terapia Ocupacional como traductora para personas hispanoparlantes y como terapeuta ocupacional. Estuve allí sólo 4 meses porque me pagaban la mitad del sueldo acordado. De ahí me fui a trabajar a una tienda como asistente de gerente. Una de las empleadas que tenía a cargo, la única estadounidense, se negaba cumplir con mis solicitudes y órdenes porque yo era hispana. Así fui víctima del racismo.

En Puerto Rico, muchas películas de Hollywood nos han transmitido los estereotipos racistas sobre los negros: son traficantes, ladrones, encargados de puntos de drogas y matones. Lo vemos en las películas, no lo cuestionamos o escudriñamos, y cuando la vida nos empuja a dejar nuestra patria y emigrar hacia “el norte”, llegamos allá y las ideas transmitidas, a través de las películas, se hacen una temible realidad en nuestra cabeza.

Me pasó. Aun siendo una puertorriqueña negra. Ideas, no siempre correctas, que se convierten en prejuicios. Los saqué de mi corazón. Pero, estos hermanos y hermanas llevan siglos luchando contra esta triste realidad en su país.

Que duro debe ser sentirse tratados con desprecio en su propia nación, en la única que conocen y llaman su patria. Viven a la defensiva. Crían a sus hijos a la defensiva. Los padres negros en E.E.U.U les enseñan a sus hijos desde pequeños, cómo responder ante la intervención de la policía. Saben que las circunstancias los inculpan por solamente ser negros y estar en el momento o lugar equivocado. A veces ni siquiera están en un lugar equivocado. La historia les ha dado muy duro, han tenido que luchar doblemente por tener un lugar en la sociedad, para que se reconozca la extraordinaria aportación que han hecho a su nación.

¿Y en Puerto Rico? También existe el racismo.

En una ocasión, Ida L. Castro, quien fuera abogada laboral, profesora universitaria, fundadora del primer grupo de mujeres hispanas de Nueva Jersey y presidenta de la Comisión de la Igualdad de Oportunidades en el Empleo de los Estados Unidos (EEOC por sus siglas en inglés), dijo lo siguiente:

“Frecuentemente lo que confrontamos son actitudes tan arraigadas y aceptadas que ya no se cuestiona su impacto en la sociedad. Peor aún, se rechaza vehementemente el que nuestro “racismo sutil” conlleve consecuencia alguna.  Sin embargo, aquellos que sufren y padecen la realidad de su condena a condiciones económicas más bajas simplemente porque quizás “salió” muy oscuro, o su pelo es demasiado rizo o sus facciones muy negroides; éstos sí entienden claramente las  consecuencias de estas actitudes enraizadas. Cuántas veces he escuchado que Puerto Rico es distinto porque aquí no existe el discrimen racial”.

Por eso a muchos les extraña que haya una negra como representante en algún certamen de belleza y mucho más si ésta gana el mismo. Por eso tenemos expresiones populares como: “es negra, pero linda”, “es negro acepilla’o”, “es negro fino”, “ella tiene el pelo malo”.

¡Mi pelo no es malo! Yo tengo el cabello ulotrico, hermosamente rizado. A veces tomo como un chiste cuando me preguntan: “¿cuándo te vas a peinar?”. Yo siempre me peino, pero no siempre lo cepillo porque mi cabello rizado no es para cepillarse.

Así como se discrimina contra los afroamericanos por ser negros, también se discrimina con otros sectores llamándoles, para empezar, MINORIAS. Es tiempo de cambiar el enfoque y saber que cada uno tiene mucho que aportar y eso no es determinado por el color de la piel o la apariencia física. Todos debemos tener la oportunidad de desarrollo y de servir como miembros de la misma sociedad y el mismo espacio.

Para Dios todos somos iguales: somos sus hijos e hijas, hechura de su mano y de su amor.

Soy mujer, soy negra, soy hispana, soy caribeña y soy pobre. Me duele lo que sufren hermanos y hermanas de las comunidades afroamericanas. Y esta situación terrible que desespera y hastía me hace decir: “I CAN’T BREATH!”.

La autora es candidata a alacaldesa de Salinas por el Partido Independentista Puertorriqueño.