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No puedo respirar

 

Por Eduardo A. Lugo Hernández/Especial para En Rojo

 

No puedo respirar. El colonialismo sigue su marcha asesina y no me deja respirar con su rodilla en mi cuello. Son más de 500 años que en estos días los vivimos como 9 minutos. No puedo respirar. Porque en cada esquina encuentro heridas en mi cuerpo en mi alma de la colonialidad. Recuerdo cuando de pequeño me llamaba Kunta Kinte y yo decía que me llama Toby…todos reían. Todos reían sin entender, sin realizar que Toby era el símbolo de desprenderme de mi negritud, de mis ancestros, de aquellos que todavía al día de hoy trato de tocar con mi ser.

Recuerdo ver mis ojos contra la luz del sol para que se vieran más claros.

 Recuerdo pensar sobre mi pelo del cual todos hablaban como duro, feo, difícil de peinar. Recuerdo que las imágenes que veía de niñez «hermosa» en los medios no se parecían a mí. Recuerdo tener una abuela panameña de la cual yo mismo hablaba de su pelo con palabras que ahora se eran despectivas. El dolor de pensarla me consume. De no haber NUNCA hablado con ella del dolor del racismo que se llevaba en su interior. Recuerdo la maldita palabra negrito. NO soy negrito. Soy Negro, Afrodescendiente, Panameño, Puertorriqueño, latinoamericano, colonizado….Las lágrimas. Las lágrimas de entender que desde que nací mi color fue causa de burla. Fue razón de medir mi belleza. La rabia y el dolor no es hacia los que lo hicieron, porque ellos están atravesados por esa misma colonialidad que no los deja entender que el racismo nos penetra como el logro más significativo del hombre blanco.

 No puedo respirar, porque mientras en EU la gente está en la calle manifestando como siente, rabia, dolor, desesperanza, hastío por las muertes de innumerables hombres y mujeres en manos de la policía, mecanismo de represión de un Estado diseñado para favorecer al Blanco, en PR solo hacemos memes y tratamos de entender la expresión de esa rabia porque somos la joya del experimento colonial, aquella que destruye la conciencia y que nos pone a luchar en contra de nosotros mismos y no contra el que tiene la rodilla sobre nuestros cuellos. Rabia, dolor, vergüenza, porque necesitamos ver que físicamente asesinan a los/as nuestros/as para reaccionar, y no entendemos que el Estado colonial nos asesina TODOS los días.

La pobreza que ha creado este sistema, la corrupción de los pocos privilegiados, racista en el archipiélago no nos deja respirar. ¿Necesitamos ver que pongan la rodilla en nuestro cuello para reaccionar? ¿No entendemos que esa rodilla la vemos en la Ley Jones, en el Grito de Lares, en la Masacre de Ponce, en la intentona de Yauco, en la Ley de la Mordaza en el Cerro Maravilla, en el Toque de Queda del Verano 2019, en la destrucción de nuestro sistema de educación, en los macanazos y el “pepper” cuando defendemos la UPR, criatura educativa-cultural en peligro de extinción, en la pobreza rampante de nuestra niñez, en la insuficiencia alimenticia, en nuestra incapacidad de tener un sistema democrático, en la maldita deuda que es impagable y que ellos mismos crearon y ahora administran a cuesta de nuestro sufrimiento, la destrucción de nuestro plan de retiro lo cual nos lleva al deterioro de nuestra salud mental, a una muerte más temprana, al dolor insoportable de nuestros viejos y viejas, en la migración de nuestra gente, la cual nos han convencido es una traición….ya, paro porque no puedo respirar.

 ¿Qué otras rodillas necesitamos? ¿Qué más necesitamos para quitarnos estas cadenas y al fin poder volar en un vuelo que sea nuestro y que nos permita rodearnos de aire puro, que nos deje respirar? ¿Qué más necesitamos para entender que esta rodilla nos ahoga? Nos dicen que somos una mezcla de razas que incluyen al Negro, al Taino y al Español, pero en la mayoría de nosotros lo que veo es el dolor y trauma de los primeros dos. No puedo respirar porque mis hijos heredan esta rodilla que pesa sobre mi cuello. Paro porque no puedo respirar….

 

El autor es Catedrático Asociado, Departamento de Psicología de Universidad de Puerto Rico en  Mayagüe.z

 

Usmaíl: ¿prueba de un mundo paralelo?

Por Carmen Cila Rodríguez/Especial para En Rojo

Hace apenas unas semanas los medios de comunicación del mundo anunciaron que la Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio, (NASA, por sus siglas en inglés) sugería la existencia de un universo paralelo.  El anuncio parecía confirmar lo que el científico Stephen Hawkingelaboró hace dos décadas atrás.

Según la página cibernética de noticias Antena 3, Hawking estableció la teoría del cosmos durante veinte años con su colega Thomas Hertog, del Instituto de Física Teórica de Lovaina donde plantean “que, a partir del Big Bang se formó el Universo como un vasto y complejo holograma, de modo que pueden existir otros universos muy similares al nuestro.”

El anuncio científico, de inmediato, aceleró mis pensamientos.  Y es que desde 2017, cuando comencé a trabajar mi tesis doctoral sobre la novela Usmaíl, de Pedro Juan Soto, reconocíen ella mucho más allá de teorías literarias esbozadas por la academia.  Para mí,Usmaíltenía visos de universalidad, más intensos de lo que entonces podía comprender.

Usmaíl es el hijo natural de un americano llamado Mr. Adams, quien era funcionario de Puerto Rican Emergency Relief Administration (PRERA, por sus siglas en inglés) en Vieques y allí conoció a Chefa quien era la madre viequense de Usmaíl.  Este personaje, en realidad, posee una participación escasa pues se va a la huida del país tan pronto sabe de su pronta paternidad.  Según establezco en mi tesis, el hombre ni siquiera posee un nombre propio.  Se le describe como un americano, de tez blanca y pelo rojo.  Menciona la novela que a Mr. Adams, Vieques le parecía aburrido  y bueno para cerdos. Aunque planteé en mi tesis otras referencias sobre Mr. Adams, en la trama no hay mucho más datos relevantes sobre él, insisto.

Hace alrededor de un año, adquirí por curiosidad literaria el libro PR 3 Aguirre, de la escritora puertorriqueña Marta Aponte Alsina.  Para mi sorpresa, la investigadora hace referencia de los comerciantes que adquirieron la Central Aguirre en Salinas, sus familias y sus círculos sociales.  Además, traza una línea geográfica con la ciudad de Boston de donde son procedentes.  Incluso, destaca a un hombre llamado Henry Adams como biógrafo de una de estas familias.

Una risa de victoria se apropió de mí, los hilos genéticos de una historia real y de una historia de ficción parecían unirse, aunque no lo podía probar. Ha pasado más de un año y la inquietud continúa, algo que solo -quizás- podría ser explicado a través de la teoría de los mundos paralelos. Aponte Alsina, a modo introductorio, menciona que la ciudad estadounidense posee una historia social con varias familias consecuentemente dominantes.  Entre ellos, los Adams. Como en el caso de los Aurelianos y José Arcadios de García Márquez, la atención se desvía, la forma de una secuencia genealógica clásica se confunde.  ¿Cuántos John Adams, cuántas Abigaíl Adams…?”, cuestiona Aponte Alsina (21).

Enseguida conseguí el libro al que alude la escritora, The Proper Bostonians, de Cleveland Armory y editado por Panassus Press, Massachussetts en 1984. En él se nos revela que son “unequivocally  names the Adamses as the most distinguished Family in American history” (Armory 143) y que más de un biógrafo de la familia ha notado que “the word “we” is a rare one in the Family’s vocabulary when it envolves identification  with the masses.  Adamses are strictly “I” men” (Armory 145).  Como si de un gen humano se tratara, esta característica particular de su comportamiento podríamos adjudicarla al Mr. Adams de la novela de Soto. Recordemos su huida que denota su falta de valor para reconocer que de ser él solo uno (“I”), ahora pasa a ser dos en su hijo (“We”).

Por otra parte, presento pruebas en mi tesis de que Usmaíl es la figuración de Pedro Albizu Campos.  Apoyada, sobre todo, de la biografía que hace la investigadora Marisa Rosado, voy comparado la vida del líder nacionalista con el joven Usmaíl.  Sus madres negras fueron abandonadas durante el embarazo y sus hijos fueron considerados como “ilegítimos”, ambos tuvieron que ser criados por otras mujeres y, de igual manera, ambos se convirtieron en hombres de conciencia.  Sobre todo, ambos poseen una profunda convicción religiosa, donde lo espiritual es su arma para trascender.

En 1912, con la ayuda de una beca, don Pedro va a estudiar a Vermont y luego, en 1913, va a continuar estudios en la Universidad de Harvard.  La universidad ubica en Cambridge, Massachussetts, muy cerca de Boston. 

Según teorizan otros científicos, en ciertos momentos las energías de los mundos paralelos se cruzan, se multiplican, interaccionan, se sienten y transforman. De hecho, don Pedro sabía y aseguraba que la Patria pasaba por una transformación gloriosa”. Cabría preguntarse si caminando entre las calles bostonianas en algún momento don Pedro y el Mr. Adams de Usmaíl se cruzaron, se miraron y, quizás, hablaron infundiendo el primero plenitud de vida en el americano.

Supongo que sí hubo ese encuentro.  Solo esa energía productiva y vital impactando al universo, como hacía don Pedro, puede lograr que de un Adams ficcional nazca un hombre valeroso como Usmaíl, símbolo de Puerto Rico.

¿Qué más se puede esperar de la tierra de Nathaniel Hawthorne, donde las brujas, los masones, los huesos indígenas, los hechizos, lo gótico, lo real y la ficción se funden con tanto éxito?

Será Otra Cosa:Por los vericuetos de la digitalización forzosa

Por Sofía I. Cardona/Especial para En Rojo

Preámbulo: Las cosas  estaban en algún lugar

  1. Llego al segundo piso de la Biblioteca Lázaro. Firmo la lista y constato que a esta hora está vacía nuestra pequeña Babel. Entro al ascensor, marco el quinto piso. Se abren las puertas, salgo, huelo con satisfacción el silencio de esta tarde. Busco un cubículo con buena luz. Está allá al fondo, pero hay que pasar entre dos anaqueles. Me pierdo en los lomos de los libros por un rato. Esa tarde estaré sola. Leeré por primera vez los versos de un autor que ahora no recuerdo. Era muy joven y navegaba.

Esto sucedía cuando las cosas había que buscarlas de verdad hasta tocarlas. Un libro era un objeto que descansaba sobre los otros, que se perdía, que pesaba, que hacía estornudar, que a veces no estaba porque se lo habían llevado. Para evitar el acaparamiento, había que traerlos a la biblioteca cada mes a renovar. Trabajé varios semestres en Catalogación. Una tarde llegó la viuda de un profesor cargada de libros para devolver. Los anaqueles recibían los libros recuperados. Algunos se volverían a perder, otros, ya nadie los esperaba. Las cosas había que buscarlas hasta tenerlas firmemente asidas. Las cosas estaban en algún lugar. Hoy, que vivo en el futuro, que me han forzado a emigrar a la virtualidad, recuerdo esa sensación y me pregunto a dónde iremos a buscar (y a pensar) las cosas cuando termine este capítulo de la historia.

 

«Sonría, usted está en línea»

Esto de las video-llamadas es más complicado de lo que parece. Es dificilísimo relajarse en una conversación. Nos sentimos observadas en todo momento. Sentimos la presión. No se admiten silencios incómodos. Todo tiene que correr como en una película. Para colmo, el espacio privado que antes nos cobijaba, está invadido por las prácticas del exterior y hasta por los individuos de los que nos apartábamos antes en este mismo lugar. Terrible. Somos caracoles a quienes les han arrebatado la casa.

Mi gata me acompaña de vez en cuando. Me imagino que con el tiempo serán parte del folklore universitario estos personajes secundarios que aparecen en las sesiones (animales, intrusos, objetos) y las escenografías particulares de cada clase virtual. La memoria de estos años universitarios – huracanes, temblores, meteoritos, epidemias – incluirá también la intimidad de nuestras casas – los cuadros de nuestra sala, el paisaje desde el balcón, los anaqueles del fondo, el paseo de mi gata ante la cámara.

Descubro que he aguantado esta temporada virtual porque me creo que es provisional. Espero no haberme equivocado. Ha sido un semestre desastroso. Los estudiantes parecen contentos, aunque refunfuñen, porque hemos logrado continuar con las tareas, pero yo me he sentido amordazada, como si les hablara desde una burbuja de cristal y no se me escuchara bien al otro lado.

Me parece que cada cual está en su burbuja y que nos quieren así, apartados, controlados, vigilados. Han eliminado el ágora y el desorden, ese desorden feliz que nos inquieta y nos mueve a las transformaciones. Deben estar contentos. Es año de elecciones y juran que por fin nos tienen sometidos. Y es posible que sea así. Todo depende.

Me cuentan que un grupo de siniestros administradores conspira. Son los defensores del futuro, de esa visión que corresponde mejor a los muñequitos infantiles de décadas atrás, cuando el futuro era todavía lejano. Todos esos artefactos maravillosos de entonces –  el reloj de Dick Tracy, las videoconferencias de Star Treck, los hologramas de Star Wars – son parte de la oferta común de los comercios y ya no nos sorprenden, aunque a las grandes masas, nos seducen.

Un futuro trililí

Poco a poco había llegado el futuro. El futuro era eso cómodo y rápido, nítido, sexy, brillante, portátil, luminoso, divertido y juguetón. Vivíamos orgullosas de participar de lo nuevo, de no tenerle miedo a los enrevesados términos. Entonces llegaron el Power Point y las pizarras inteligentes y la cablería y las antenas, las plataformas digitales y los repositorios, los cursos en línea y los webinars. Siguió llegando el futuro por cantitos, poco a poco, en puntillas, sigiloso como una enfermedad, como la decrepitud de la vejez. Dejó de ser gracioso y coqueto ese futuro. Llegó el Covid-19 y la digitalización forzosa. Llegó el viejo futuro y dejé de reírme por dentro de los colegas que tenían por teléfono una tostonera.

Habían estado amenazándonos con el futuro desde hacía tiempo. A principios de este siglo – por lo menos puedo hablar de la Universidad – la idea de que la gran revolución de la academia estaba en el mundo virtual andaba por ahí. No hay duda de que la digitalización transformó nuestras posibilidades – acceso a publicaciones, rapidez en la documentación, posibilidad de compartir y corroborar datos con otros investigadores, entre muchas otras cosas. Lo que siempre se miró con desconfianza fueron los intentos de sustituir las prácticas de contacto personal, algo que nos había tomado a muchas décadas de esfuerzo, reflexión y entrenamiento, por tediosos módulos en línea.

Mi primera impresión sobre la digitalización forzosa del 2020 fue que por fin quedaría probado, requeteprobado, que esto jamás podría sustituir la forma presencial de educación. Es que se caía de la mata. Ahora que se evidencian los intentos de las administraciones universitarias de mantener este estado de las cosas – supuestamente por seguridad, pero atentos a la posible explotación económica – no estoy tan segura de que los hayamos convencido.

La cosa se nos complica si consideramos que las nuevas “herramientas” de la virtualidad provienen del sector privado: las plataformas virtuales que dominan el mercado. El asunto trae cola, bastante larga, fea y torcida, como bien apunta Naomi Klein en su artículo “Distopía de alta tecnología: la receta que se gesta en Nueva York para el post-coronavirus” (lavaca.org), y el asunto merece detenida reflexión:

“La pregunta es: ¿estará la tecnología sujeta a las disciplinas de la democracia y la supervisión pública, o se implementará en un frenesí de estado de excepción, sin hacer preguntas críticas, dando forma a nuestras vidas en las próximas décadas? Preguntas como, por ejemplo: si realmente estamos viendo cuán crítica es la conectividad digital en tiempos de crisis, ¿deberían estas redes y nuestros datos estar realmente en manos de jugadores privados como Google, Amazon y Apple? Si los fondos públicos están pagando gran parte de eso, ¿el público no debería también poseerlo y controlarlo? Si Internet es esencial para muchas cosas en nuestras vidas, como lo es claramente, ¿no debería tratarse como una utilidad pública sin fines de lucro?”

Ante este dilema, conviene recordar que no estamos solas. Todo el mundo lidia simultáneamente con esta situación urgente y súbita, y en todo el mundo se revelan las chapucerías, inequidades e injusticias de los respectivos sistemas. Un ligero repaso por esas mismas redes que nos tiranizan nos informará de los esfuerzos, batallas, y debates que ha suscitado la digitalización forzosa bajo la emergencia del Covid-19. Habrá que pensar en muchas cosas.

¿Lo virtual es para los pobres?

Me entero de que los ricos, los verdaderamente ricos, huyen de la digitalización y les dejan ese espacio engañoso a las masas populares. Esto afirma Nellie Bowles, en su artículo “La interacción humana es un lujo en la era de las pantallas”, el 26 de marzo de 2019 en el NYTimes, un año antes de la pandemia: “La interacción humana conspicua – vivir sin celular por un día, renunciar a las redes sociales y no responder a correos electrónicos – se ha vuelto un símbolo de estatus. … Conforme aparecen más pantallas en las vidas de las personas pobres, las pantallas están desapareciendo de las vidas de los ricos. Cuanto más adinerado eres, más gastas para no tener pantallas cerca de ti.” Exigen atención individual, productos personalizados, un mundo hecho a la medida.

Mientras tanto, los gestores académicos nos atosigan con la retórica de la revolución digital, presentándonos el espacio virtual como la panacea para la práctica democrática y el progreso del pensamiento humano, como si antes en papel y en el aire no hubiéramos estado pensando, como si no se pretendiera también controlarnos a través de las pantallas y los localizadores.

Pero reflexionemos en la digitalización forzosa de la educación a las que nos ha obligado la pandemia.  Aquí los datos de la UNESCO: más de 1500 millones de estudiantes han tenido que interrumpir sus clases, el 90% de la población mundial. A finales de marzo 185 países ya habían cerrado escuelas y universidades. Responsablemente, la UNESCO recomienda hacer las cosas con conciencia y considerar las condiciones particulares de cada región para la toma de decisiones. Hay lugares a los que no llega la internet, gente que no tiene todavía ni equipo ni destrezas digitales, para no hablar de otras condiciones necesarias como la alimentación, la vivienda, un sistema de salud eficiente. La UNESCO no se limita al entorno digital, también considera en sus recomendaciones cursos a través de la radio y la televisión (y nuestro gobierno actual pretende poner, mientras tanto, en manos privadas la WIPR). Esta última recomendación es particularmente pertinente para países con infraestructuras debilitadas – y amenazadas por los huracanes – como la nuestra. Insisten en que seamos conscientes de la diversidad, que fortalezcamos la comunidad escolar, que seamos prudentes en el tiempo y las expectativas para garantizar no sólo un espacio de aprendizaje sino también la salud mental de la gente.  En fin, que seamos sensatos.

Decretos universitarios y peligrosas desescaladas

Acabo de leer que 23 universidades del sistema de California enseñarán en línea este semestre que viene. Otras piensan abrir a pesar de la pandemia. Sustituirán las clases multitudinarias por grupos pequeños, “de-densificarán” los dormitorios, comedores, bibliotecas, etc. Han tenido que devolver las tarifas por residencia y laboratorios. A la hora de la verdad, escogerán lo que salga más económico: pagar las demandas de las víctimas de la enfermedad o los costos de todas las previsiones que deberían tomar. La educación en muchos sitios es un negocio.

En la Universidad de Puerto Rico, como en tantas otras instituciones, se les ha exigido a profesores y estudiantes hacer la transición de un sistema presencial a la educación a distancia como si estuviéramos no solamente preparados para ello, sino además convencidos de su indiscutible eficacia; como si, además, la situación de incertidumbre no interfiriera en nuestro trabajo diario. También se pretende la transición como si estuviéramos de acuerdo en que es lo ideal, lo esperado, lo que nos toca, la cúspide del desarrollo de la universidad: hemos llegado al futuro, nos dicen.Pero llegar al futuro así como así, como si fuera una parada de guaguas, no es el propósito de la universidad. Ciertamente, muchas universidades, las más apegadas al criterio económico, han olvidado lo que en un momento se aspiraba de las universidades modernas: la defensa de la libertad de pensamiento.

Queda mucho por pensar sobre la educación a distancia. Este enamoramiento con la tecnología, este embelesamiento de grandes sectores de la “inteligencia” (sic) de nuestro país ante lo “virtual” es parte del alelamiento de los crédulos ante los trucos de los magos. Hay algo sexy en las pantallas táctiles y los ruiditos de los procesadores. Es el mismo sonidito de la caída libre de la espumante coca-cola. Son los efectos especiales de la seducción a la que estamos perpetuamente sometidos.

El profesor de microbiología Edwin Vázquez de Jesús (edwinvazquez.blogspot.com), opina que no estamos preparados para regresar el próximo semestre. No hay todavía vacuna ni medicinas efectivas, tampoco un sistema de rastreo confiable, ni un programa de desescalada que incluya las medidas de seguridad que se requieren: desinfección, rastreo de contactos, medidas de apartamiento y circulación de individuos, modificación de los espacios de trabajo, equipo de protección, etc. Habrá que ser prudentes con las gentes, con las cosas.

Me cuesta imaginar miles de jóvenes universitarios conviviendo en los recintos universitarios manteniendo seis pies de distancia, lavándose las manos con frecuencia, desinfectando las superficies. También me cuesta imaginarlos encerrados en sus habitaciones, conectándose a los salones virtuales para mirar desde su pecera al resto de la clase, todos tan lejos, tan separados, escuchando hablar a la profesora de algunas maravillas siempre con sordina y una gata que pasa ante la cámara.

 

El 18 Brumario de Donald Trump disfrazado de King Lear

 

 Por Rafael Acevedo/En Rojo

 

0.¿Trump es una figura trágica? A veces parece un decrépito rey Lear, como cuando camina el primer día de junio hacia una iglesia en la capital del imperio. Mientras, sus súbditos, hartos de sus argucias, está en las calles exigiendo el fin de la brutalidad policiaca. Los supremacistas blancos disfrazados de policía, lanzan gases lacrimógenos para abrirle paso al déspota perverso y anaranjado.  En la fina línea de sus labios apretados parece estar amarrada otra amenaza. Ya ha lanzado varias advertencias: “»When the looting starts, the shooting starts” expresó cuando las protestas por el asesinato de George Floyd arreciaban. Y esa mañana, pocas horas antes de su caminata a la iglesia tapiada, lanza un ultimátum: si los gobernadores no detienen las protestas tendrá que recurrir a una medida que no se ha usado en dos siglos para lanzar al ejército a la calle y restablecer el orden oligárquico.

¿Por qué digo que en esa caminata parece un viejo rey Lear? Porque parece un personaje de alguna obra inspirada en Shakespeare. En el jardín de las rosas cerca del palacio, el presidente ordena a sus gobernadores que repriman a sus súbditos. Dicho esto camina al caer la tarde -eran las 7:01 pasado meridiano- a una sesión de fotos posadas con una Biblia en sus manos que parece estar caliente. La mueve de mano a mano. Juega con ella como si fuese una papa caliente. Llegó frente a esa histórica iglesia -que muestra en su fachada los rigores de la protesta- acompañado de su consejero Jared Kushner, algo así como el duque de Gloucester. El siniestro Jared es, además, su yerno. Por supuesto, a su izquierda, caminaba Ivanka, su hija mayor y también consejera. De fondo, lejanas, se escuchan las sirenas de los autos patrulla. ¿No parece una revisión moderna de King Lear? ¡Perdóname, William, bardo! Miro esa figura estrafalaria y pienso que ese cobarde, violador, mentiroso, está a punto de abdicar y entregar su reino a su hijay a su yerno para poder vivir tranquilo sus últimos días. En medio de las mayores protestas del imperio desde hace poco más de medio siglo. En medio de una pandemia que recuerda aquella de 1918. Sin embargo, sabemos que no habrá tranquilidad en la vida de este personaje.

  1. El presidente Trump, que ni siquiera perteneció a los Niños Escuchas, ha tratado de congraciarse con los militares de la manera más obvia. Dándoles todo lo que pidan y más.

El presupuesto militar de EEUU para el año fiscal 2020 asciende a 738.000 millones de dólares.

«Esto es un récord de todos los tiempos en la historia de nuestro país. Es la mayor cantidad [de dinero] que alguna vez hemos gastado [en la financiación militar]», declaró Trump a los medios de su país.

Ambas cámaras del Congreso de EE.UU. aprobaron el proyecto de presupuesto de Defensa: 658.400 millones de dólares a los programas de seguridad nacional del Departamento de Defensa y del Departamento de Energía; 71.500 millones a las operaciones militares en ultramar; 5.300 millones para casos de emergencia, como reparaciones de daños causados por desastres naturales o condiciones climáticas extremas; y ¿300 millones de dólares en apoyo militar a Ucrania?  ¿Suena absurdo? Sí.

Sumando, eso es casi la mitad del gasto militar del mundo.Y ahí está Trump, tembloroso de su propio pueblo enardecido, a quien es rápido en reprimir pero tardo en cuidar. Porque no, EEUU no tiene un sistema de salud universal, público, de calidad y gratuito. Han muerto más de 100,000 en tres meses por el COVID-19 y usted se compra su mascarilla si la encuentra en la farmacia. Pero ¡qué bien equipados que están sus soldados en el exterior! ¡Qué bien equipada está la policía! ¡Que lindos los caballos de la montada!

2. Trump es apenas la punta del iceberg. El estado autoritario está en su salsa.Aprovecho ahora y me corrijo. La historia se repite, decía Marx en el 18 Brumario. Trump es el protagonista de una farsa.Cito: Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa. Caussidière por Dantón, Luis Blanc por Robespierre, la Montaña de 1848 a 1851 por la Montaña de 1793 a 1795, el sobrino por el tío.

(El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Carlos Marx. 1852)

No pretendo hacer paráfrasis de Marx o de Hegel. Solo afirmo que me resulta claro que Trump es una caricatura, un relleno. No es gracioso, más bien causa vergüenza y repugnancia al presentar los vicios de la oligarquía blanca supremacista. Alguien podrá decir “que los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado”. Sin duda, en el caso de Trump, este responde a un legado. Y ese legado oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos, sobre todo de los vivos que tienen la piel negra. Ese país se fundó y se desarrolló con un sistema esclavista. Terminada la Guerra Civil y hasta 1968 una serie de estatutos estatales y locales permitieron y legalizaron la segregación racial.  La marginalización, negarles vivienda, estudio, trabajo digno y el voto eran parte del entramado de leyes que en conjunto se han llamado Jim Crow laws. El nombre, en si mismo, es una historia de horror.  Thomas Darmouth Rice, un actor de Nueva York,  viajó por el sur de los EEUU y luego de observar a los esclavos creó un personaje bufonesco con la cara pintada, danzando de manera ridícula, con canciones llenas de burlas raciales. Un género en sí mismo, el  black face minstrel showpermitió insertar en la cultura general y de entretenimiento los estereotipos negativos de los afroamericanos: hipersexualidad, vagancia, ignorancia, cobardía. El cine, desde su mismo origen, repitió esa ideología.   Ese es parte del legado en el que se forma ese sujeto llamado Donald Trump. Es parte de la narrativa en la que se forman millones en una sociedad que no ha resuelto su problema fundamental. Parecería que la Guerra Civil no terminó. La caminata del presidente Trump hacia la iglesia el 1ro de junio de 2020 mientras se escuchan sirenas y voces a lo lejos, recuerdan que aparentemente aquel 13 de mayo de1865 enPalmito Ranchno fue el fin de las batallas de aquella guerra de secesión. En esta época de crisis ¿revolucionaria? el decrépito Trump Lear y sus consejeros -Jared, Ivanka- conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestadas sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar unanueva escena de la historianorteamericana. Pero no hay nada nuevo. Es el momento de la farsa. Cruel, peligrosa, agresiva. Se ha vuelto a descubrir la “desnudez” de sistema, el acto in fragantide ladesnudez provoca risa. Trump, frente a una iglesia, tomando en sus manos una Biblia como si fuera una papa caliente puede provocarla risaliberadora de lo reprimido. De una vez sería bueno que provocara que en las calles se diera rienda suelta a una nueva historia por escribirse. Liberadora.

 

 

 

 

 

Las actuaciones de Ben Affleck

 

Por María Cristina/En Rojo

De de mi lista de filmes nuevos/recientes/antaños pude ver y admirar la historia, montaje, fotografía y sonido de The Way Back, filme pautado para estrenar en salas de cine en 2020, y como no pudo ser, Prime/Amazon lo adquiere (fue uno de sus productores) y lo tiene disponible para alquiler o compra. Como admiré tanto la actuación de Ben Affleck, decidí ver nuevamente y comentar otros filmes donde sobresale su intensidad al crear personajes complejos y difíciles. Excluyo su Batman porque entonces tendría que incluir sus cuatro intervenciones como este personaje, aparte de los Batmans anteriores desde Michael Keaton en adelante.

 

The Way Back(Gavin O’Connor, 2020)

En este filme de un hombre solitario, introvertido, con poco contacto social, Jack (Ben Affleck), está presente en cada escena y la cámara capta sus gestos, más que sus palabras, en exteriores e interiores de muchos tonos opacos (su apartamento, el bar que frecuenta, el interior de su guagua, lugares que escoge para reunirse con personas de su pasado y la oficina del coach y la cancha del equipo de escuela superior que dirige. Esos espacios casi encerrados son la manera que tiene Jack de protegerse de un pasado que lo ha lanzado a un camino de autodestrucción a través de la bebida. Ni la familia cercana, ni su ex, ni el círculo de amigos que compartió con ella pueden sacarlo de su retraimiento. Como bien lo sabe el propio Affleck, esa recuperación del balance de nuestra vida sólo lo puede lograr él mismo. Por un tiempo, ese empleo que le ofrece su alma mater, lo motiva para que su enfoque sea el entrenamiento de unos chicos talentosos y la formación de un equipo que tenga confianza en lo que puede lograr. Pero las prácticas y los juegos no son suficiente para llenar esos espacios vacíos que lo llevan a recordar lo perdido a través de su vida.

 

The Accountant(Gavin O’Connor, 2016)

Sin duda, ésta es la mejor actuación de Affleck y todavía el mejor filme de su carrera. Lo he podido ver varias veces porque uno de los canales de cable también coincide conmigo y lo presenta por lo menos mensualmente. Esta historia de un contable/CPA con limitadas destrezas de socialización es investigado por el Departamento del Tesoro porque parece tener vínculos con el crimen organizado, pero a la misma vez mantiene una oficina donde ayuda a personas no pudientes con problemas financieros. La inserción de escenas de su niñez y adolescencia y las relaciones padre e hijos le dan una complejidad extraordinaria al protagonista, Christian Wolff, que aparta su historia de los más conocidos episodios de este tema. Todos los otros personajes que se cruzan en su camino y que Wolff percibe como “buenos”, queriendo decir que no le hacen daño a nadie y por eso son vulnerables, tienen escenas hermosas para brillar: Dana (Anna Kendrick como su ayudante en uno de los casos que Wolff debe investigar), Ray King (J.K. Simmons como jefe de la sección de investigación del Depto. del Tesoro), Marybeth Medina (Cynthia Addai-Robinson como la agente que logra acercarse más a resolver el caso) y Frank y Dolores Rice (Ron Prather y Susan Williams como una pareja de adultos mayores que se encariña con este joven tan taciturno). Es un filme complejo que logra armonizar los problemas que enfrentan los niños autistas, las relaciones masculinas tóxicas, la violencia sindicalizada y la necesidad de crear el espacio propio que permita expresar el afecto entre personas que creen en hacer el bien.

 

The Town(Ben Affleck, 2010)

Este segundo filme dirigido por Affleck recibió múltiples nominaciones para Jeremy Renner como Mejor Actor de Reparto y Affleck como co-escritor en la categoría de Guion Adaptado.Su historia nos mantiene en suspenso todo el tiempo y todavía sorprende cuando creemos que tenemos una idea de hacia dónde se dirige la historia. Logra fusionar la amistad y el compañerismo de un vecindario con las aspiraciones individuales en momentos de apertura, todo dentro de una moralidad muy particular. Este vecindario blanco pobre de Boston se conoce por ser el lugar de donde provienen los perpetradores de la mayoría de los robos de bancos de la ciudad. Algunos mueren en el intento, otros son capturados, pero esto no detiene a otros grupos de seguir intentándolo. El filme comienza con un exitoso robo, aunque con un fallo: un testigo, que a pesar de no ver sus caras, sí puede describir un tatuaje en el cuello de uno de los ladrones y para complicar las cosas más, reside en el mismo vecindario. Mientras uno de ellos quiere salir del problema eliminando a la testigo, el otro prefiere conocerla mejor y concluir que no es un peligro para ellos.

 

The Company Men(John Wells, 2010)

Este filme cuenta con un impresionante elenco en papeles que se complementan a través de la historia de tres hombres acostumbrados por varios años a ser ejecutivos en una empresa que le provee grandes sueldos y bonos, aparte del prestigio de pertenecer a una élite que llegaron a creer que era a perpetuidad. Cada uno ha ascendido en la empresa GTX de manera diferente: Gene McClary (Tommy Lee Jones) como co-iniciador del proyecto; Phil Woodward (Chris Cooper) como trabajador de planta, luego supervisor y, años después, ejecutivo; Bobby Walker (Ben Affleck), el más joven, con todo el conocimiento y entrenamiento formal para ascender hasta el tope. Todos son inversionistas en la empresa y todos tienen la casa, el auto, la membresía única y los lujos que antojen. Los tres se creen buenos empleadores que están al tanto de las necesidades de su fuerza de trabajo y que cuidan de ellos. ¿Qué pasa entonces cuando el socio mayor decide que la empresa tiene que reducirse para ser igual de productiva, pero con menos trabajadores y recursos? Son precisamente los gerentes de los sueldos de lujo y los trabajadores los que serán despedidos primero. ¿Y qué harán estos tres hombres que tienen que lanzarse nuevamente al mercado de empleos donde son muy viejos o muy caros para otras industrias? Walker poco a poco verá el mundo a través de la clase media y trabajadora cuando tenga que integrarse al mundo de su cuñado, Jack Dolan (Kevin Costner) y trabajar con sus manos para construir algo real y concreto.

 

Chasing Amy(Kevin Smith, 1997)

Aunque este filme tiene su base y sus seguidores en la fanaticada y creadores de comics, se considera su historia como una comedia romántica pero que se aparta del género popular. Holden McNeil (Affleck) y Banky Edwards (Jason Lee) son amigos de años y socios en el desarrollo de historias para comics. Es una relación situada en la exclusión de los que no piensan como ellos. Cuando ese círculo abre y se asoma Alyssa Jones (Joey Lauren Adams), todo lo que ellos creían que era permanente empieza a tambalearse. No parece haber ruptura entre los dos amigos porque Alyssa de inmediato proclama su preferencia sexual, “soy lesbiana”, casi como una provocación a ver cómo reaccionan en su cultura machista. Lo que ella no confiesa de entrada es que está dispuesta a experimentar con Holden desde cualquier sexualidad. Lo que Holden ni Banky (ahora muy receloso de Alyssa) entienden es que ella no puede lidiar con encerramientos y restricciones a base de nociones preconcebidas de lo que es o no el afecto y la expresión sexual. Para enterarse del significado del título, vean el filme. Ese monólogo a cargo de Silent Bob (Kevin Smith) y otro de Alyssa cuando le define a Holden lo que es amor son escenas extraordinarias.