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COVID-19: “En Puerto Rico hay un nivel de contagio comunitario sostenido”

Entevista a Danilo Pérez, epidemiólogo

 Aun con el alto nivel de casos de contagio por COVID-19 detectados (más de 57 mil a mediados de diciembre), siempre habrá un volumen de casos significativos que jamás se va a detectar, ya sea porque hay personas que no quieren hacerse la prueba o porque no pueden, apuntó el epidemiólogo Danilo Pérez, miembro de la Coalición de Sabiduría Covid-19, Red de Acción Puertorriqueña (COSACO).

 La nueva Orden Ejecutiva retorna a medidas más restrictivas con el fin de prevenir el avance de contagios.  En entrevista, Pérez defendió que en el último ciclo de reuniones el Departamento de Salud tomara una postura bastante clara en términos de sus recomendaciones dado a que los niveles de contagio son insostenibles.

 “Hay unas preocupaciones severas para lo que se puede pronosticar para el mes de diciembre. En el mes de noviembre se observaron casi 17 mil casos de COVID 19, y yo siempre quiero ser bien enfático en hablar de detecciones porque hay un volumen de casos significativos que jamás vamos a detectar porque hay personas que no quieren hacerse la prueba y hay que gente que no puede hacerse la prueba porque no tienen el acceso”.

 Este expuso que en términos de lo que ha detectado el Departamento de Salud el volumen de contagios es considerable, y aquellos que no se han detectado, que están por debajo de la superficie y no pueden ser detectados, se sabe que es cada vez mayor. “Así que la preocupación del DS es real. Lo que se observa en los hospitales en términos de posibles agotamientos de recursos es de alta preocupación”. Indicó que se han tomado medidas para poder atender no solo lo que pudiese ser un cierre de emergencia, sino también otras medidas concretas que puedan ser efectivas.

 En esa línea expresó que era lamentable el enfoque del encierro versus no encierro, cuando también hay una serie de recomendaciones adicionales que se han ignorado por parte de la ejecutiva.  “Nos levantamos hoy con estas nuevas acciones que a nadie le tienen sentido, como bloqueos a las cuatro de la tarde. ¿Quién se lo habrá recomendado? Ni idea tengo. Pero de parte del DS no provinieron esas acciones”.

 Sobre el alto nivel de contagios, Pérez señaló que se está en el nivel más alto de transmisión de contagios, que es el comunitario. Explicó que cuando se habla de una pandemia muchas veces se habla de casos importados o de casos de viajeros porque en esas etapas iniciales es que se pueden identificar unos focos particulares de contagios y unos lugares específicos de donde provienen. Cuando se habla de transmisión comunitaria se dice que es el nivel más alto porque lo que significa es que la transmisión está al lado de las personas, convive en la comunidad y en ningún lugar uno se puede considerar seguro. Es decir, que cuando se habla de contagio comunitario es en ese contexto en que la enfermedad ya forma parte de la comunidad y que hay que cuidarse por un lado u otro. No hacerlo sería insensato.

 En la Isla, describió, estamos en un nivel de contagio comunitario sostenido y llevamos meses donde hay personas contagiadas que no  pueden ofrecer idea alguna de dónde pudieron haberse contagiado porque todas sus actividades recientes constituían algún tipo de exposición. Identificar de manera exacta cómo se contagió se complica.

 El lado menos malo es que, en general, la tendencia ha sido que la sintomatología se ha mantenido más o menos consistente a pesar de que se ha incrementado el número casos. La proporción mayor de síntomas que se observan son la cantidad de personas que les dio dolor de cabeza y la cantidad de gente que perdió el olfato. Eso ha permanecido constante. En términos de la mortalidad, a largo plazo esta ha bajado en proporción. Es decir, por la cantidad de casos observados, la mortalidad está cerca del 1%. Antes llegó a estar cerca del 5%, por lo que definitivamente está en descenso. El problema, dijo, es que mientras vaya incrementando el número de casos, el volumen seguirá siendo cada vez mayor. La razón para que no haya más muertes es por el avance en el tratamiento a medida se conoce más sobre la enfermedad.

 Pese a los altos niveles de contagio, el epidemiólogo reconoció como positivo el uso de la mascarilla en la Isla. Esta es una de las medidas de protección que aquí ha tenido mucho más acogida que en muchos lugares de Estados Unidos. Sin embargo, hizo hincapié en que otra medida de protección que han señalado tanto salubristas como economistas es en la necesidad de implantar medidas para proteger no tan solo al comerciante sino al trabajador. Esta es una función que el Departamento de Salud no puede asumir, argumentó.

  “Nuestro énfasis es el aspecto salubrista. Se requiere de otras entidades de orientación laboral de cómo protegerse. Esa avenida no se ha atendido. Hay gente que todavía no sabe que la Ley CARES da una licencia total, distinta a la de los días de enfermedad. En ese frente, en la medida que se puedan articular opciones para que las personas se puedan quedar en su casa y no tengan que decidir si morir de COVID o morir de hambre, ahí vamos a ver oportunidades de crecimiento”.

 A Pérez le preocupa la esperanza que tienen las personas en la vacuna. Este advierte de hay que tener presente que la vacuna requiere de dos dosis. Tras la aplicación de la primera dosis y la segunda todavía una persona podría contagiarse. Observó además que habrá que ver cuál será la logística para la vacunación en masa, no vaya a ser que resulte en un mayor número de contagios.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un año que se pareció al cuatrienio

 

CLARIDAD

“Nunca habíamos sufrido tanto en cuatro años. Huracanes destructivos, muertos no contabilizados, un gobernante inmaduro y truquero, terremotos múltiples, tres cuarentenas por un virus, una gobernadora sustituta truquera, una legislatura revanchista y una junta de usureros.”  Reinaldo Millán.

Se supone que este artículo comente, a modo de resumen, lo ocurrido en el 2020, que será un año que se recordará por mucho tiempo. Pero, en el caso puertorriqueño, también concluimos el cuatrienio político que comenzó el 2 de enero de 2017 con la juramentación de Ricardo Rosselló como gobernador colonial. Si bien el año que termina fue particular, el cuatrienio lo fue aún más.

Un gobierno en pedazos.

La cita del periodista Reinaldo Millán que reproducimos al tope de este relato es un buen resumen de lo enfrentado en estos cuatro años, aunque fue un poco peor. En lugar de dos gobernadores tuvimos tres, si incluimos a Pedro Pierluisi, quien se apoderó del cargo tras oficializarse la renuncia forzada de Ricardo Rosselló el 2 de agosto de 2019. Dado que asumió el mando sin haber sido confirmado como Secretario de Estado, el Tribunal Supremo ordenó su salida, pero consideró válidas sus acciones como gobernador hasta que se emitió la sentencia.

La debacle gubernamental durante los cuatro años que terminan fue tan grande que, de las dependencias importantes del Gobierno, en apenas dos casos (Obras Públicas y Desarrollo Económico) sus jefes completaron el cuatrienio. En el Departamento de Estado, que opera como subgobernación, hubo cuatro secretarios y también en Hacienda (si contamos las dos estadías de Raúl Maldonado) y Justicia. En esta última, una secretaria apenas duró semanas.

En casi todos los casos las renuncias fueron resultado de clara incompetencia. de imputaciones de corrupción o de represalias por parte de la tercera gobernadora, Wanda Vázquez. Bajo la guillotina vengativa de Vázquez cayeron las cabezas de la secretaria de Familia, Glorimar Andújar, el de Vivienda, Fernando Gil, y de la segunda secretaria de Justicia, Denisse Longo, quien se atrevió a cumplir con su deber dándole curso a una investigación contra la gobernadora. En cuanto a los y las que salieron bajo la sombra de la corrupción, nada ocurrió tras la precipitada salida, porque esa fue otra de las características sobresalientes del cuatrienio: la impunidad. Tras el despido o la renuncia llegó el olvido protector, salvo los casos de Julia Keleher (Educación) y Ángela Ávila (ASES), imputadas por los federales.

El gobierno completo falló precisamente cuando los eventos sobrevenidos durante este cuatrienio demostraron que, aun cuando es una criatura colonial, supeditada al poder de Estados Unidos, cumple funciones que pueden ser vitales en determinado momento. En esas ocasiones, se hace evidente la importancia de contar con funcionarios medianamente competentes, que no asuman el cargo tan solo atraídos por el pequeño poder que detentan y las prebendas asociadas a sus funciones. El huracán y su larga secuela, los terremotos, la pandemia y hasta la corta sequía, fueron eventos que se encadenaron contra los puertorriqueños, volviéndonos dependientes del accionar gubernamental. Durante estos cuatro años, desde el más pobre al más rico en determinado momento ha necesitado de algún servicio del Gobierno y, en lugar de recibirlo, ha sufrido las consecuencias de la desidia y la incompetencia. Para colmo, se trata de funcionarios a los que se les ha estuvo pagando grandes sumas de dinero, muy superiores a las que devengaban sus antecesores. ¿Acaso ya se ha olvidado que a Julia Keleher le pagamos $250 mil anuales y otros tantos a Héctor Pesquera, para a que dirigieran los departamentos de Educación y Seguridad?

El 2020 comenzó temblando

El 2020 coronó un cuatrienio de pesadilla. Si los tres años anteriores habían dramatizado la soledad del pueblo frente a su gobierno, lo que sucedería a partir de enero lo dramatizaría aún más. Los días 6 y 7 de ese mes, la isla tembló desde el suroeste y el remezón se sintió por todo el país.

Aun cuando sólo el grupo de municipios del suroeste sufrió daños de consideración por los terremotos, Puerto Rico entero quedó paralizado porque un apagón eléctrico lo arropó. A partir de ese momento, comenzando por el apagón que, más que el terremoto lo produjo la negligencia, las características de un gobierno fallido volvieron a manifestarse.

Llegando a febrero la mayoría de las escuelas públicas permanecían cerradas, y las víctimas directas clamaban por ayuda. Tal como ocurrió durante la secuela del huracán María, que puso sobre el tapete las enormes deficiencias de la entonces joven administración de Ricardo Rosselló, los terremotos expusieron las de Wanda Vázquez. Entonces ya ella estaba inmersa en la campaña electoral primarista y quiso beneficiarse de la tragedia, pero las noticias de los dos primeros meses del año están llenas de las quejas de los afectados clamando por ayuda, mientras se descubrían almacenes abarrotados de los suministros que nunca les llegaron.

La respuesta a aquella primera emergencia terminó con las aspiraciones políticas de Vázquez, quien unos meses antes aparentaba dominar la carrera de su partido hacia la gobernación. La imagen de apertura que había proyectado con sus reuniones en Fortaleza, y el aire de “figura nueva”, quedaron suplantados por la politiquería de siempre que tanto ella como otras figuras del PNP proyectaron.

En cuanto al país se refiere, la destrucción provocada por el terremoto vino a sumarse a la del huracán del 2017, porque cuando la tierra tembló en enero, la inmensa mayoría de las viviendas destruidas dos años antes seguían en el mismo estado. Como se certificó a fin del año, durante las vistas de transición, la reconstrucción nunca llegó. Todo indica que el cuadro de desamparo continuará tras irse Vázquez porque Pierluisi ha dejado en sus puestos al mismo grupo de funcionarios que, desde Vivienda y otras agencias, controlan los fondos asignados para la reconstrucción. Todo esto a pesar de que en las propias vistas de la “transición” se informó del desastre, destacando que el costo promedio de las pocas viviendas de “interés social” que se construyen, ronda en los $300 mil. Ese simple dato nos da una idea de cómo se está gastando el dinero asignado para la reconstrucción del país. Al dato de las viviendas se añadió en de las escuelas, porque ni una sola de las afectadas por los terremotos ha sido restaurada.

Del terremoto a la pandemia

Justamente cuando ya empezábamos a acostumbrarnos a los continuos temblores, llegó la pandemia. Antes de que se certificara su arribo fuimos testigos de un despliegue insuperable de incompetencia por parte del grupo de funcionarios a cargo de enfrentarla. Frases como “aquí no llegan vuelos desde China” o “Italia está cerca de China”, pronunciadas por el secretario de Salud y la “epidemióloga del estado” para decir que el virus nunca llegaría a Puerto Rico, nos recordarán siempre que, si nos salvamos, no fue por el Gobierno.

De la epidemia, que todavía no termina, debemos apuntar en una tablita los $38 millones entregados a un grupo de protegidos del PNP para comprar pruebas a sobreprecio que nunca llegaron; la doble vara a la hora de aplicar restricciones, que nunca afectaron los políticos de los llamados “partidos principales” en medio de las campañas electorales; el año prácticamente perdido por nuestros estudiantes, que debieron tratar de estudiar a distancia sin recursos porque el Departamento de Educación les falló, y la ordalía sufrida por cientos de miles de personas para solicitar y recibir ayuda por desempleo. Todo esto nos dice que, si los efectos de la pandemia no han sido tan graves en comparación con otros países, fue porque en su mayoría los ciudadanos respondieron con responsabilidad frente a la crisis recurriendo al auto confinamiento y al auto control.

Las elecciones y el cambio que llegó a medias

            Como ocurrió en Estados y en otros países, en medio de la pandemia debieron celebrarse, tanto las elecciones generales como las primarias en el PNP y el PPD. Estas últimas debieron posponerse de junio para agosto y, cuando finalmente e celebraron, terminaron exponiendo todo lo negativo que existía en la Comisión Estatal de Elecciones. Por primera vez desde que se tenga memoria, un proceso eleccionario no pudo concluirse dada la incompetencia de la entidad responsable de organizarlo. Tras la primaria hubo que celebrar una “secundaria” para poder concluir con la selección de candidatos.

El resultado electoral pudo haber cambiado el mapa electoral puertorriqueño de cara al futuro tras emerger un nuevo partido político, el Movimiento Victoria Ciudadana, y resurgir con fuerza el Partido Independentista, que obtuvo su mejor resultado en más de sesenta años. Tanto el PPD como el PNP se quedaron con poco más del 30% de los votos, diez puntos porcentuales menos que en 2016. El bajón fue grande, pero suficiente para que el primero obtuviera una mayoría mínima en la Legislatura y el segundo se quedara con la gobernación.

El PNP, con su historia de corrupción, seguirá controlado el presupuesto público, mientras el PPD tendrá una mayoría muy ajustada en Cámara y Senado. Ese panorama podría indicar que el nuevo cuatrienio que comienza el 2 de enero será parecido a los anteriores, en particular, al de 2005-2009 que también tuvo un gobierno dividido. Hay, sin embargo, algunos ingredientes que lo harán distinto. En primer lugar, la Legislatura tendrá diez integrantes que no pertenecen a PNP-PPD, por lo que el proceso legislativo será distinto. El poder total de los presidentes de los cuerpos, que los llevó a actuar con pequeños zares, no será tal en este cuatrienio. En los días anteriores a las elecciones, se conoció la enorme lista de protegidos políticos del PNP que chupan del presupuesto legislativo, muchos de ellos con salarios de escándalo. Esas nuevas realidades harán muy difícil que el despelote se repita en el nuevo cuatrienio a pesar de que los nuevos presidentes de Cámara y Senado, José “Tatito” Hernández y José Luis Dalmau, llegan sus puestos cargando sombras. Cuando se arrestó en el mes de agosto a la representante María Charbonier, quien único intentó justificarla fue Hernández.

Otro elemento que hará el cuatrienio distinto es la aportación de los dos partidos que obtuvieron una fuerza electoral significativa el pasado noviembre, el MVC y el nuevo PIP. Nuevas figuras políticas se consolidaron en esos dos partidos. El MVC, además de la tradicional dirección de Alexandra Lúgaro, tiene en Manuel Natal un dirigente con mucho futuro, luego de su virtual triunfo en San Juan, escamoteado por el fraude electoral que organizó en PNP manipulando el llamado “voto adelantado”. Desde el PIP, junto al liderato legislativo, se fortaleció la figura de Juan Dalmau quien salió de la contienda como el dirigente político de mejor proyección en el País. Ambos podrán jugar un papel importante en las batallas que seguramente vendrán.

Entre lo que se proyecta para el nuevo cuatrienio es necesario incluir a la Junta de Control Fiscal, que ya cumple cinco años y que tendrá una nueva composición. Donald Trump sale de la presidencia de Estados Unidos, pero antes nombró sus representantes en el consejo de procónsules que controla las finanzas boricuas. El más conocido hasta ahora, Justin Peterson, es un burdo representante de los fondos buitres que ni siquiera guarda la forma. Aunque aún no se sabe cómo son los otros nombrados o por nombrarse, sería lógico esperar que la austeridad y el castigo puesto en marcha por la anterior Junta, incrementará con la nueva.

A pesar de la pandemia y los otros golpes, el 2020 termina en una nota de esperanza. El bipartidismo tradicional, que sin duda es la hipoteca más grande que carga el país, sufrió un retroceso importante que puede aumentar de cara al futuro. Mientras tanto, las fuerzas de cambio crecieron durante el año convirtiéndose en actores de primer orden.

Adiós a los muertos.

Durante el 2020 el País perdió gente valiosa.  Entre todas las pérdidas no asociadas a la pandemia, deben destacarse tres que estuvieron muy cerca de CLARIDAD y nos dejaron un historial irrepetible. El primero fue el inmenso Rafael Cancel Miranda a quien pudimos despedir como merecía, porque se adelantó a la maldita pandemia. El golpe fue grande. pero al menos, pudimos llevarlo a su última morada en Mayagüez. El héroe del Congreso, el que con su estoicismo nos dio cada día lecciones de resistencia, pudo sentir en su último viaje el amor de su pueblo.

Luego llegó el encierro obligado y despedir a nuestros muertos se tornó imposible. Jaime Córdova le siguió los pasos a Rafael menos de dos meses después. Con él se fue el periodista, el cronista del deporte y de la vida, el luchador constante y, sobre todo, el amigo. Más delante, también dos meses después de Jaime, se nos fue Osvaldo Romero, un dirigente y luchador sindical como pocos, de los que se formaron en la escuela del maestro Pedro Grant. A ambos los despedimos desde la distancia, con el pensamiento.

Tampoco el país ha podido despedir como merecen los más de 1,200 hijos de Borinquen que se ha llevado la pandemia. ¡Tan temprano como el pasado mes de marzo desde el gobierno nos decían que nada ocurriría y ya la cuenta pasó de 1,200 muertos! Esa cifra, que sigue aumentando, se une los 4,645 que murieron después del huracán María, muchos de ellos abandonados y solos, como los de la pandemia.

El cuatrienio que termina será siempre recordado por esas cifras.

 

Carlos Feliciano ¡Presente!

Hace unos días murió el líder nacionalista Carlos Feliciano.El Comité Ejecutivo y el Colectivo de trabajo de CLARIDAD le envían un fuerte abrazo a toda su familia, la de sangre y la extendida. ¡Hasta siempre, compañero!
 Aquí un fragmento de las notas del compañero Fernando Ponce Laspina, Carlos estuvo como Cadete de la República a los 17 años de edad en el recibimiento a Don Pedro en el 1947. Fue Combatiente en el pueblo de Arecibo en el 1950. Estuvo preso en la misma celda con Don Pedro en el 1950. Fue sentenciado a 465 años por 6 atentados de asesinato. Después de un tiempo lo encontraron inocente, pero aún así tuvo que cumplir 5 años en prisión por tratar de derrocar el gobierno por la fuerza y la violencia.
Marcha por la excarcelación de Carlos Feliciano. Foto: Archivo CLARIDAD
En Nueva York fue acusado y sentenciado a cumplir 10 años de cárcel por unas acusaciones en 1970. Cumplió dos años de cárcel entre ellos en Sing Sing hasta que fue dejado en libertad. Fue Preso político del 70-1975 en EEUU.Fue el Presidente del Partido Nacionalista de Puerto Rico del 1974 al 1975. A Carlos Feliciano y a otras 12 personas los acusaron de los asesinatos en primer grado de cuatro policías en el enfrentamiento de Arecibo durante la Revolución del 1950. Además, Feliciano fue acusado de 6 atentados de asesinato. Lo sentenciaron a 465 años de cárcel, a lo que él luego respondió en broma “Pensaron que era Matusalén.”.
Inicialmente fue confinado en la Cárcel de Distrito de Arecibo, donde estuvo con varios miembros de la gloriosa familia Díaz Díaz, nacionalistas del Barrio Santana: Don Ricardo Díaz, Ricardo Díaz hijo, Jesús Díaz, de solo 16 años de edad, y sus primos Ismael Díaz Matos y Bernardo Díaz Díaz.
¡Gloria eterna a nuestros héroes y mártires!

Cuando el capitalismo conoció al COVID

Por Costas Lapavitsas

 

La enfermedad de coronavirus desencadenó una emergencia en la salud pública que rápidamente se transformó en una crisis económica mundial. Esto sucedió principalmente por dos motivos. El primero es que a comienzos del año 2020, antes de la pandemia, la economía mundial ya se encontraba en un estado precario. El segundo es que los Estados nacionales tomaron acciones extraordinarias para confrontar la pandemia, trastocando la producción, el comercio y las finanzas.

La crisis ha sido comparada de forma justificada con una guerra, dado que ha implicado algunos toques de queda, la perturbación sistemática y general de la actividad económica y la intervención estatal directa en la producción, en las finanzas y en el mercado de trabajo. Pero la analogía también tiene un costado engañoso cuando se tiene en cuenta que las alteraciones que se produjeron en la economía tienen muchos rasgos en común con las crisis regulares del capitalismo neoliberal financiarizado.

El desempleo en muchos países creció de forma abrupta luego de se imponga el confinamiento, una tendencia que en general no se observa cuando los Estados se lanzan a la guerra. Además, es incuestionable que la crisis es global, motivo por el cual afecta tanto a los países desarrollados como a los países en vías de desarrollo, dificultando a su vez las perspectivas de recuperación. Sin embargo, debe decirse también que la crisis del coronavirus es única en la historia del capitalismo aun teniendo en cuenta solo los períodos de paz.

Los aspectos epidemiológicos de la crisis y la efectividad médica de las respuestas estatales seguirán siendo objeto de debate durante mucho tiempo. En el momento en que escribo estas líneas no está claro que la atenuación de la propagación de la enfermedad a través del confinamiento habrá sido una medida efectiva en el largo plazo.

La estrategia del confinamiento reflejó tanto la vulnerabilidad como el poder de los Estados contemporáneos. Por un lado, fueron incapaces de confrontar la epidemia a través del testeo intensivo y del aislamiento, en gran medida porque los sistemas de salud, incluso en los países más ricos, no estaban equipados para lidiar con la situación. Pero, por otro lado, fueron capaces de imponer con éxito toques de queda durante tiempos de paz, restringiendo hasta cierto punto la vida social en grandes metrópolis y paralizando la actividad económica.

El confinamiento restringió los derechos civiles y las libertades forzando o atemorizando a poblaciones enteras para que cumplan con restricciones considerables. El uso que se hizo de internet y de las nuevas tecnologías apunta a una nueva relación entre los Estados nacionales y las grandes empresas, que tiene implicaciones inquietantes sobre las libertades y los derechos democráticos.

Una vez que la magnitud del desastre económico estuvo clara, los Estados nacionales tomaron medidas sin precedentes para enfrentarlo, violando directamente los dogmas ideológicos del capitalismo neoliberal. Los costos e implicaciones de estas medidas se sentirán durante muchos años e incluso tal vez cambien el equilibrio de fuerzas de la economía mundial.

China, primer país en el que irrumpió la pandemia, fue también el primer país en imponer el confinamiento estricto de grandes áreas. En contraste, Estados Unidos, que todavía mantiene su hegemonía a nivel mundial, tardó mucho en reaccionar y lo hizo de forma mucho menos coordinada. La falta de servicios de salud universales, la profunda desigualdad y la falta de una coordinación efectiva de la maquinaria estatal terminaron convirtiendo a la pandemia en un gran trauma social. La economía más grande del mundo —y el principal país imperial— terminó beneficiándose de la ayuda sanitaria de China, Turquía y otros países.

Divergencias más agudas surgieron entre los países del centro y de la periferia de la economía mundial. En muchos casos, en los países del Sur global fue prácticamente imposible imponer el aislamiento social estricto o el distanciamiento entre los estratos más pobres de la población. Las respuestas fueron muy distintas en Asia, América Latina y África, lo cual reflejó los distintos modos de integración de los países en la economía mundial, la estructura de los sistemas de salud, las capacidades institucionales de los Estados nacionales y la cultura pública dominante.

Sin embargo, fue más impactante la evidencia de nuevas divisiones entre centro y periferia que pudo observarse en Europa. La periferia de la Unión Europea impuso un confinamiento muy estricto y sufrió un martillazo económico. El norte de Europa mostró mayor capacidad para lidiar con el impacto del confinamiento, lo cual renovó las tensiones en la Unión Europea. Mientras tanto, el Reino Unido —luego de errar desesperadamente durante varias semanas— impuso el confinamiento estricto afrontando enormes costos económicos.

A pesar de estas diferencias, no caben dudas acerca de que el Estado-nación ocupó el centro de la escena durante la crisis. Luego de cuatro décadas de una charlatanería incesante acerca del triunfo del mercado, el enorme poder del Estado se volvió crudamente evidente. Al mismo tiempo, también demostró ser profundamente débil, incluso en los principales países de la economía mundial. La lucha por la hegemonía se agudizó y emergieron nuevas divisiones entre los países del centro y de la periferia, sobre todo en Europa.

Será necesario que pase el tiempo para comprender completamente las consecuencias de la pandemia sobre el capitalismo mundial. Pero hay una pregunta que ya está planteada: ¿quién pagará los costos de esta enorme crisis? La respuesta tiene una importancia crucial para quienes reivindican el socialismo porque dará forma a las demandas de políticas económicas que defiendan la vida de los trabajadores y de las trabajadoras y que cambien el equilibrio social de fuerzas en contra del capital. Por este motivo, la respuesta debe tener plena conciencia del rol extraordinario del Estado nación, tanto en lo que respecta a las causas de la crisis como a las formas de confrontarla. 

Los mecanismos de la crisis

Puede decirse que el confinamiento impuesto por los Estados disparó la crisis en tres sentidos que están relacionados entre sí. En primer lugar, dio un golpe a la manufactura al perturbar las cadenas de suministro en todo el mundo, con mayor impacto en los sectores de servicios como el transporte, el turismo, el entretenimiento y los restaurantes. En segundo lugar, afectó inmediatamente la demanda agregada en la medida en que el consumo decreció y el ahorro doméstico incrementó.

A medida que las empresas dejaron de lado los planes frente a la extrema incertidumbre, las inversiones colapsaron en los países desarrollados y en los países en vías de desarrollo. En tercer lugar, el confinamiento afectó a las finanzas al reventar la burbuja que se había generado en el mercado de valores, especialmente a partir de 2018, pero también al restringir los flujos de las carteras hacia los países en vías de desarrollo, abriendo la perspectiva de una verdadera crisis financiera a nivel mundial.

Este triple impacto inmediato fue seguido de una serie de golpes secundarios. El colapso de la demanda agregada conllevó el aumento del desempleo y la presión bajista sobre el ingreso. Al mismo tiempo, se observó que las mercancías que podían ser distribuidas de forma remota gozaron de una demanda mucho mayor. A pesar de que algunos proveedores de servicios, como los hoteles y los restaurantes, fueron devastados, otros que implican un contacto físico limitado, como Amazon, se beneficiaron enormemente. La provisión de servicios —incluso en el caso de la manufactura— también se vio afectada por el boom de la infraestructura de videoconferencias, que benefició a gigantes de la tecnología avanzados como Microsoft. El coronavirus vino a favorecer a los grandes monopolios de la era de la financierización, cuyo poder deriva de las nuevas tecnologías.

Para marzo de 2020 podía percibirse que el confinamiento había inducido una crisis económica gigante a nivel mundial, lo cual forzó a los Estados nación a responder. Sus respuestas también fueron inéditas. Se implementaron políticas monetarias para proveer liquidez y se llevó las tasas de interés a niveles cercanos a cero. El monopolio de los Estados nacionales sobre el dinero fiduciario —medio de pago final— mostró nuevamente ser el fundamento del poder económico en el capitalismo financiarizado. Los bancos centrales expandieron sus balances a un ritmo vertiginoso, proveyendo liquidez a los bancos de un modo similar a como lo habían hecho mediante la expansión cuantitativa que siguió a la crisis financiera de 2008.

Sin embargo, en 2020 los bancos no atesoraron liquidez en concepto de reservas sino que expandieron enormemente el préstamo, proveyendo crédito a empresas industriales y comerciales con garantías explícitas por parte de los gobiernos. El resultado fue un crecimiento extraordinario y veloz de la oferta de dinero, especialmente en EE. UU., que facilitó una fuerte recuperación del mercado de valores y la renovación de los flujos de capital hacia los países en vías de desarrollo. De esta manera parece haberse evitado por el momento una crisis financiera.

La política fiscal también se desarrolló de formas extraordinarias, dando por tierra con algunas de las máximas del neoliberalismo. Algunos gobiernos pagaron salarios para limitar el aumento del desempleo, nacionalizando efectivamente los costos salariales en un amplio espectro de empresas. Otros estimularon el ingreso disponible de las familias aplicando subvenciones directas y garantizando un ingreso básico universal para millones de personas.

También hubo otros gobiernos que apoyaron a las empresas privadas postergando impuestos y contribuciones a la seguridad social, brindando al mismo tiempo garantías de crédito y exportación, es decir, nacionalizando en la práctica las cuentas de las empresas.

Las sumas fueron enormes y, teniendo en cuenta la inevitable caída de los ingresos fiscales que se produjo a medida que las economías entraron en recesión, el déficit fiscal proyectado es comparable al nivel de los períodos de guerra.

Por último, en el caso de EE. UU., el rol de cuasi dinero mundial del dólar fue defendido con mucho cuidado. Enfrentada a la escasez de liquidez internacional a medida que los flujos de capital se agotaban y el comercio se interrumpía, la Reserva Federal intervino y proveyó liquidez en dólares a través de swaps con otros bancos centrales. EE. UU. mostró su determinación para prevenir cualquier desafío al dólar en el mercado mundial.

El rol crucial del Estado reflejó la gran desigualdad que siempre caracterizó a la economía mundial. Es difícil decir en esta etapa cuáles serán los sectores de la economía mundial más golpeados a largo plazo, especialmente cuando el rápido crecimiento de la deuda pública y privada realza el riesgo de una nueva crisis de deuda en el futuro cercano. Sin embargo, está claro que el confinamiento ha catalizado una gran recesión y que las políticas estatales son semejantes a las medidas de guerra, en la medida en que se han puesto grandes áreas de la vida económica bajo un control nacional temporario. De nuevo, la pregunta es: ¿quién pagará los costos de estas acciones?

 Pagando por el coronavirus

Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, John Maynard Keynes escribió un panfleto indicando cómo Inglaterra podría pagar los enormes costos del conflicto, es decir, cómo podría proveer los recursos reales que debían ser comandados por el gobierno y dirigidos hacia la producción militar. Señaló que la guerra otorgaría un gran estímulo a la demanda agregada a través del gasto estatal en equipamiento militar, lo cual llevaría al pleno empleo y a mucho más. Sin embargo, la oferta agregada de los bienes de consumo típicos de la época de paz se restringiría fuertemente, a medida que los recursos reales se destinaran hacia la producción militar.

El balance de la demanda y de la oferta agregadas generó inmediatamente perspectivas inflacionarias, en las cuales también podía estar la respuesta a la pregunta de cómo pagar los costos de la guerra. Dado que no existía un sistema establecido de indexación salarial, el ingreso de los trabajadores y de las trabajadoras no mantendría el ritmo del aumento de los precios. Los trabajadores y las trabajadoras consumirían menos, lo cual liberaría recursos reales que el gobierno dirigiría hacia la campaña militar. Al mismo tiempo, a medida que los precios crecían, también crecerían las ganancias capitalistas.

En efecto, la inflación implicaría una reducción directa del ingreso de los trabajadores y de las trabajadoras —un ahorro forzado— que serviría para costear la guerra, pero que implicaría al mismo tiempo una transferencia de ingresos del trabajo al capital. Por este motivo, Keynes pensaba que había que combatirla.

Además, estaba claro que tomar prestado de los estratos ricos y medios de la población no bastaría para cubrir los costos reales de la guerra. Lo que es peor, crearía derechos sobre el ingreso nacional futuro que alterarían sustancialmente la distribución del ingreso a favor de los estratos más ricos. Para Keynes el mejor método para pagar el costo de la guerra era un plan nacional de ahorro directo forzado, es decir, cobrar impuestos sobre el ingreso de los trabajadores y las trabajadoras para colocarlo en una cuenta nacional especial que estaría disponible después de la guerra.

La respuesta que permitiría garantizar los recursos necesarios para costear la guerra todavía provendría de la reducción del consumo obrero, pero se trataría de un impuesto planificado y no conllevaría un incremento de las ganancias del capital. No es sorprendente que el movimiento obrero en Gran Bretaña se haya opuesto al plan de Keynes a causa del calculado efecto contractivo que tenía sobre los ingresos de los trabajadores y de las trabajadoras.

El análisis de Keynes sigue siendo instructivo en la actualidad. Pero, aun si tienen alguna semejanza con el período de guerra, las condiciones de la presente crisis son muy distintas. Sobre todo, el coronavirus ha deprimido la demanda agregada, lo cual llevó a un rápido aumento del desempleo y a un incremento de la capacidad ociosa.

Lejos de confrontar un exceso de demanda —de productos militares y típicos de los períodos de paz— los países capitalistas avanzados enfrentan la restricción del consumo de los trabajadores y de las trabajadoras y el aplazo de la inversión de las empresas. Sin el extraordinario impulso fiscal que se realiza desde marzo de 2020, el desempleo y la capacidad ociosa de las empresas hubiesen alcanzado niveles sin precedentes en muchos países desarrollados. Es imperativo, por lo tanto, que el Estado continúe apoyando la demanda agregada a través de los métodos adoptados.

Las perspectivas de la oferta agregada también son muy diferentes de las que surgían de las condiciones en las que pensó Keynes. El problema británico en 1940 era que la capacidad productiva tocaría sus límites cuando se expandiera enormemente la producción militar, lo cual haría imposible incrementar la oferta de bienes de consumo típicos de los períodos de paz a un ritmo que satisficiera la demanda agregada. Pero durante la pandemia se observó cómo el lado de la oferta cayó rápidamente debajo de su capacidad y emergió una gran cantidad de recursos ociosos, la mayoría bajo la forma de trabajadores y trabajadoras despedidos. En la actualidad hay una amplia capacidad subutilizada del lado de la oferta.

Sin embargo, hay dos factores que militan en contra de que la capacidad de producción esté a la altura de responder durante el período que se abre. En primer lugar, todo dependerá en gran medida del ritmo de la pandemia. Si la emergencia en la salud pública no cede suficientemente, entonces seguirán produciéndose restricciones estatales significativas sobre la vida económica y social, aun si no alcanzan la magnitud de los confinamientos masivos. La trayectoria de las economías en 2021, y tal vez durante más tiempo, dependerá directamente del coronavirus.

En segundo lugar, el crecimiento de la productividad y la tasa de ganancia en los países desarrollados se encuentran en niveles bajos desde hace mucho tiempo, especialmente en el caso de EE. UU. Esta debilidad refleja en parte la existencia de un gran número de empresas «zombis» que sobreviven desde 2008 gracias al crédito barato y a las bajas tasas de interés. La condiciones extraordinariamente flexibles del crédito y el enorme incremento de la deuda de las empresas que siguió a la irrupción de la pandemia diferirá todavía más la racionalización de estas empresas. En síntesis, el lado de la oferta del capitalismo financierizado es estructuralmente débil.

Dejando de lado la oferta y la demanda agregadas, está claro también que los costos reales de la crisis no son análogos a los de la guerra. El incremento en el gasto de salud —que es necesario, tanto en países desarrollados como en países en vías de desarrollo para fortalecer sistemas de salud inadecuados— representa una fracción pequeña del costo fiscal de los gobiernos.

El costo real de los recursos durante la pandemia es similar al de una crisis común del capitalismo financiarizado, a saber, trabajadores y trabajadoras inactivos y degradación de la capacidad productiva. Algunos de estos costos se han impuesto sobre la sociedad a medida que el desempleo crecía y la producción se debilitaba desde comienzos de 2020, aunque la situación mejoró a través de los amplios impulsos monetarios y fiscales de las políticas estatales.

Es improbable que los costos de estas políticas logren sortearse a través de la inflación. A pesar del extraordinario incremento de dinero de los bancos centrales y el crecimiento del crédito de los bancos comerciales, el estado de depresión de la demanda agregada y la subutilización de la oferta agregada hacen que el riesgo inflacionario sea bajo. En gran medida todo dependerá del comportamiento de los salarios reales y nominales.

Hace mucho que la clase obrera organizada en muchos países avanzados no tiene éxito al exigir aumentos del salario nominal. Por otro lado, los salarios reales han sido contenidos en la medida en la que el capital logró sacar ventaja del aumento de la productividad del trabajo en los países en vías de desarrollo —tales como China y otros países de Asia— importando bienes de consumo baratos. Es posible que, si el balance de fuerzas que determina el salario nominal y el salario real cambia a favor del trabajo, el nivel general de precios empiece a crecer en el futuro. No puede subestimarse esta posibilidad, aunque en el presente hay poca evidencia contundente para verificarla.

Además, hay otra razón crucial por la cual la inflación probablemente no servirá para cubrir los costos de la pandemia. La inflación implicaría una pérdida de recursos reales para los acreedores que sean incapaces de obtener el retorno completo del valor adelantado. Los propietarios del capital de préstamo están enfrentando en la actualidad algunos de los costos de la flexibilización de las políticas monetarias en la medida en que las tasas de interés equivalentes a cero —o incluso tasas de interés negativas— ejercieron presión sobre las ganancias financieras y redujeron los ingresos de los préstamos.

Pero el aumento de la inflación implica también una amenaza de otro orden. En parte destruiría el volumen de la deuda y socavaría directamente la preeminencia que tuvieron las finanzas durante las últimas cuatro décadas. Esto representaría la sentencia de muerte de la financiarización, y ciertamente no sucederá sin oposición por parte de las clases dominantes.

Por lo tanto, es probable que los gobiernos opten por sus métodos de eficacia probada, es decir, imponer la austeridad, restringiendo el impulso fiscal para limitar el déficit y poner un freno a la deuda nacional, lidiando con los costos mediante la reducción del consumo obrero a través de recortes en los gastos de bienestar, incrementos de impuestos y posiblemente contracción salarial.

Estas políticas deben ser resistidas a cualquier costo. La naturaleza extraordinaria de la crisis hace que sea necesario mantener el impulso a la demanda y a la oferta hasta que se logre estabilizar la actividad económica. El costo real de los recursos debería ser afrontado mediante incrementos en el ingreso generado a futuro, mientras se sostienen el producto total y el empleo a través de la intervención estatal.

Parte de los costos también debería afrontarse mediante el aumento de los impuestos a los sectores más ricos de la población, incluyendo la aplicación de importantes impuestos sobre el patrimonio. Por último, otra parte de los costos debería recaer sobre los acreedores del capital de préstamo mediante la cancelación selectiva de deuda pública y privada en base a criterios sociales explícitos.

La crisis no es una guerra y lidiar con sus costos no implica que se restrinja el consumo obrero. Fue inducida por las respuestas estatales a una emergencia de salud que se desarrolla en un capitalismo financiarizado debilitado. Sus costos deberían ser pagados por la gente rica y por los acreedores que se han beneficiado en mayor medida de este sistema social enfermo. También debería haber una intervención pública sostenida para reestructurar el lado de la oferta.

La debilidad de la producción luego de años de financiarización neoliberal requiere que se tomen medidas audaces que no se agotan meramente en brindar crédito barato a las empresas privadas. Enfrentados con la pandemia, los gobiernos tomaron medidas increíbles al nacionalizar la masa salarial y las cuentas de las empresas. Es tiempo de que también se nacionalice el capital de las empresas interviniendo sobre la propiedad y sobre los recursos productivos.

En el período que viene, probablemente asistiremos a una ola de quiebras de empresas privadas abrumadas por las deudas. La cuestión de la propiedad pública planteada en términos colectivos y democráticos estará en el centro de la escena. Esta oportunidad debería ser aprovechada en conjunto con una ola de inversión pública.

El tejido productivo debilitado podría ser renovado sentando las bases para una producción ecológica y socialmente responsable. Con este propósito será vital mejorar las capacidades financieras y ejecutivas de las administraciones locales y regionales. Estas serían formas realmente radicales de abordar la crisis de la pandemia, inclinando al mismo tiempo el balance social de fuerzas a favor de la gente pobre y trabajadora.

Reproducido de www.rebelion.org

El autor es profesor de economía de la Universidad de Londres

Editorial: La educación pública como balón político

 

Si algún consenso amplio de opinión pública existe en Puerto Rico es la insatisfacción general con el estado de la educación pública, y con el liderazgo y el funcionamiento del Departamento de Educación. Lo que una vez fue una escuela pública competente y decorosa, que sacó a decenas de miles de puertorriqueños y puertorriqueñas del analfabetismo y la ignorancia, hoy se ha convertido en un laberinto de incompetencia, politiquería y partidismo que es indispensable reconstruir.

A pesar de la importancia que tiene la educación para el desarrollo económico, cultural y social del país, y de las promesas de los políticos sobre cuánto se proponen hacer para mejorar la educación de nuestros niños, niñas y jóvenes, la educación pública en Puerto Rico está en caída libre desde hace tiempo hasta la crisis en que se encuentra ahora, luego de que cientos de miles de alumnos lleven cerca de un año sin instrucción presencial en las salas de clase, ni que se hayan realizado esfuerzos medibles o existan resultados constatables del aprendizaje obtenido.

Desde enero del 2020, y a raíz de los terremotos en el suroeste de Puerto Rico, miles de estudiantes de escuelas públicas de dicha región no asisten a clases presenciales, y muchos de ellos tampoco han tomado con regularidad los cursos en línea que se les hayan podido ofrecer. Desde marzo de 2020-  y a raíz de la pandemia del COVID-19, ningún niño o joven en Puerto Rico, de escuelas públicas o privadas, ha ido a la escuela. Solo han tenido  la opción de cursos virtuales y a distancia para educarse. Entre estos, miles no se han conectado nunca. Esto, porque- o no tienen el equipo (computadoras o tabletas)  para poder conectarse o el acceso a Internet es limitado o inexistente en su área del país, entre otras muchísimas razones para que la educación en línea represente un reto monumental para poder realizarse con éxito en Puerto Rico.

Entre otros factores para la  crisis en la educación pública están los repetidos fracasos y escándalos que han sacudido al Departamento de Educación durante las últimas décadas. Desde hace tiempo, no se vislumbra que haya una intención real desde los distintos gobiernos de profundizar en los problemas de la educación en Puerto Rico, y mucho menos realizar la reforma radical que se requiere. Por el contrario, el Departamento de Educación ha ido crecientemente convirtiéndose en un refugio de patronazgo político, para que el partido que gana las elecciones coloniales coloque a sus activistas y allegados. Esto ha creado unas castas políticas inamovibles, empeñadas principalmente en garantizar su supervivencia y en controlar política y financieramente la operación de esa agencia gigantesca en beneficio de los partidos que los colocaron allí.

Examinemos solamente lo ocurrido durante los últimos doce años- cuatrienios de 2008-2020. Durante ese tiempo, solamente un secretario de Educación, Rafael Román- bajo el gobierno de Alejandro García Padilla del Partido Popular Democrático (2012-2016)- tiene el mérito de haber ocupado  la silla por el término completo para el cual fue nombrado.

Del 2008 al 2012, el gobierno PNP de Luis Fortuño fue un desastre. Hubo cuatro secretarios de Educación consecutivos- algunos por solo meses en el cargo: Carlos Chardón, Odette Piñeiro, Jesús Rivera Sánchez y Edward Moreno, algunos de los cuales salieron  del cargo marcados por el escándalo. El cuatrienio de Fortuño demostró la decadencia en la cúpula del Departamento de Educación, a pesar de haber él mismo proclamado que su gobierno impulsaría “la década de la educación del siglo XXI”.

Durante el cuatrienio del 2016-2020- que concluirá con la juramentación de Pedro Pierluisi el próximo, 2 de enero- la gestión del Departamento de Educación simplemente colapsó, bajo la incumbencia del gobernador Ricardo Rosselló del PNP, y de la secretaria Julia Keleher, imputada por la Fiscalía de Estados Unidos en Puerto Rico de múltiples delitos de corrupción pública, y quien aún aguarda por ser enjuiciada en el Tribunal de Distrito Federal. Keleher tuvo que renunciar a su cargo, y su jefe Rosselló también tuvo que renunciar al suyo. Así se desintegró lo que quedaba de las operaciones del gobierno colonial, convirtiéndose el Departamento de Educación en metáfora de la profundidad de la crisis institucional que nos arropa desde entonces. Su último Secretario, Eligio Hernández, fue prácticamente invisible durante este pasado año.

Con Pedro Pierluisi, también del PNP, no se espera un giro sorprendente hacia el mejoramiento de la educación pública. Su mayor prioridad será adelantar su anunciada agenda anexionista. Quizá por eso, se ha movido a agradar a la American Federation of Teachers (AFT),nombrando a su recién electa vicepresidenta, Elba Aponte Santos, como nueva secretaria de Educación de Puerto Rico. Como vicepresidenta de AFT, Aponte Santos ostenta un cargo de confianza y alta jerarquía en el más poderoso sindicato de maestros en Estados Unidos, con estrechos vínculos al Partido Demócrata, y altos oficiales del gobierno de Joe Biden, muy importantes en los planes para la llamada “estadidad”.

Ya puede vislumbrarse que, por el perverso juego político colonial, quedará nuevamente sacrificada la educación pública en Puerto Rico.