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La vocación de amistad

Por Marcelo Barros/Especial para En rojo

Para enfrentar la criminalización de los movimientos sociales y la intolerancia, las comunidades y grupos de resistencia tienen como consigna: “Nadie suelta la mano de nadie “. La decisión de estar juntos puede ser como compañeros de camino en la misma pelea, pero también puede ser más profunda. Se hace alianza de amistad. La amistad es gratuita y tiene razón de ser en sí misma. Sin embargo, en esta sociedad marcada por la desconexión, la amistad también se convierte en un proyecto sociopolítico que apunta a otra forma de vida en la sociedad.

En muchos países, el 14 de febrero es el día de los enamorados. Una antigua leyenda habla de un cristiano llamado Valentín, que se ofreció a los guardias del emperador para ser detenido y muerto en lugar de un amigo, que había sido denunciado como cristiano. Tal vez, por eso, la ONU considera 14 de febrero como el “día de la amistad.”

Todo el mundo habla de amor. Sin embargo, en muchas canciones, telenovelas y películas, el amor se confunde con pasiones egoístas o es tan idealizado que parece irreal y lejos de nuestra realidad. 

En los años 70, la juventud decía: “Haz el amor, no la guerra”. En tiempos de duras luchas sociales y políticas, la izquierda proponía relaciones colectivas y la solidaridad en la lucha por la justicia y la liberación. Actualmente, buscamos unir los extremos. El presidente Chávez enseñaba que solo se puede hacer revolución con amor. En el próximo marzo, el papa quiere reunir en Asís, jóvenes economistas de todo el mundo para pensar juntos una economía del amor solidario y no de la competencia y de la muerte. 

El amor es solo uno, aunque tome diferentes formas y expresiones. El amor de madre, el amor de enamorados, o de amigos tienen el mismo ADN y vienen de la misma fuente. Brotan de una inteligencia de amor, presente en el universo y activa en las personas. Las tradiciones espirituales la llaman de Dios. La tradición judía enseña que todos los seres vivos han recibido chispas del amor divino. Cada ser humano está llamado a cultivar esa llama y desarrollarla en sí mismo y en los otros. El amor es nuestra vocación. Todas las formas de amor son asumidas por el Espíritu Divino. Sin embargo, el nos llama a vivir una expresión de amor más generoso y que crea amor donde no lo hay. Ese amor de entrega total y sin límites asume en si la dimensión erótica y convive bien con las expresiones de la amistad. El griego bíblico lo llama  agapé. Es lo que dice la carta de Juan: “Dios es amor. Quién vive el amor, permanece en Dios y Dios está en esa persona”(1 Jn 4: 16).

Será otra Cosa: Poema para la ocasión

Por Sofia I.Cardona/Especial para En Rojo

Poema para la ocasión

La ocasión es ésta.

Aquí están todos los otros.

Ahora soy la voz, la única que suena en mi cabeza.

Soy la Reina.

Hoy casi imagino un incidente

y cuando recupero su memoria

este sosiego me parece extraño.

Debe ser la madrugada.

Alguna vez fui, alguna vez soñé,

alguna vez tuve miedo y me atrevía.

Después dormí, como esta noche,

y ahora no puedo

no debo, tal vez, recuperar 

la rabia, el ansia, la indignación, la esperanza.

¿Y por qué no?

¿No soy acaso dueña de los sueños?

¿Me queda tiempo?

¿Me quedan cosas por decir?

¿Alguien me escucha?

¿Es esta tribulación, indigestión? 

¿Llegó la regla?

No puede ser. Escucho apenas las voces de hace un rato.  

Pasa un avión. Oigo los pájaros.

Amanece. Alguien pasa frente a casa en bicicleta.

Aúlla como un lobo solitario.

O acaso sueño

y la fiera duerme lejos

quieta en su fiebre, atribulada,

como si nada.

 

Sofoco

a Edna

Y de momento, amiga: el fuego.

Ya es tarde,

lo sabemos,

acaso es mediodía

o ha sido algún principio – madrugada – 

ahora que todo – o casi todo –  es predecible.

Empieza por las sienes.

Sobre mi frente susurra un ángel invisible.

Bate sus alas frente a mí

deja su ardor mordido entre mis labios.

Toda roja y quieta, la emoción,

sudorosa la axila.

Ha descendido el rumor piernas abajo.

Este cuerpo que era mío y abandono,

esa entrada al infierno que ofrecía

el paraíso encendido en un zarpazo

o la hojarasca final

las brasas frías 

y todo queda

y pasa

y vuelve

sofocado.

 

Qué hacer para no morir

Soy pequeña y miro el mar

una criatura que ondula y mueve.

Estoy dentro de ella

y me siente.

Busco la orilla

 – mamá, mamá –

las piernas pesan,

los pies se atrapan,

la onda llega,

me tira

y me revuelve

trago agua

me arrastro

detrás rugen

no estoy a salvo

la arena raspa

y la onda es sólo espuma.

Abro los ojos:

en estas manos, entre los dedos,

encaramadas en las pestañas: la sal, la arena,

por todos lados

ofrendas del mar: 

un minúsculo universo 

para recordar el viaje.

 

La foto

También nosotros fuimos peludos y optimistas

esa imagen de ayer es testimonio

recorríamos calles, salas, cementerios,

trampas, gráficas, océanos, estaciones,

todo porque sabíamos que nunca sería suficiente.

Creíamos que la felicidad era tan posible como era,

y la belleza andaba como el polvo, sobre todo,

entre todo

bajo todo,

sobre todo

sobre todo en el tiempo en que mirábamos el mundo

frente a frente

y esperábamos. 

Esa era yo, ese eras tú

hace unos años

hace una tierra de por medio y varios temporales.

Algo pasó

puede que el aliento de varias catástrofes

o el desplazamiento de las células

y las tremendas mutaciones:

cambiábamos.

Entonces estábamos aquí

y allí 

y más allá:

continuábamos la espera.

Hoy la luz ya terminaba,

y encontré esta foto entre tus cosas

y pensé, esos éramos nosotros,

éramos también peludos y optimistas,

aquí tengo la prueba:

la sombra de un momento en que ganábamos

porque el deseo era todo en la alegría

porque nunca imaginábamos finales

todo era como éramos, constantes,

puro latir, como estos otros,

también ellos son peludos y optimistas

y juran que se tienen para siempre.

Les daré una torre

En abril de 1918, Lenin dio orden de destruir toda la estatuaria zarista y reemplazarla con monumentos al bolchevismo y la Revolución. Hay una foto de esa época en donde se lo ve inaugurando un par de estatuas gemelas de Marx y Engels de medio cuerpo. La leyenda dice que, en plena inauguración, Lunacharski comentó en voz baja que parecían una pareja tomando un baño de asiento. En ninguna revolución hay mucho espacio para el humor. La rusa tuvo en sus inicios la suerte de contar con Lunacharski como Comisario de las Artes. Y Lunacharski tuvo la milagrosa fortuna de que Lenin y Trotsky lo autorizaran a dar a los vanguardistas rusos de la época un lugar en la construcción del Hombre Nuevo. De todos esos vanguardistas, ninguno tan delirante y genial (lo que no es poco decir en una lista que va de Malevitch a Maiacovski y de Eisenstein a Grodchenko) como Tatlin, el hombre que soñó el monumento más alucinado que pueda concebirse y por supuesto no logró hacerlo realidad.

Tatlin es famoso por esa torre que nunca construyó, el Monumento a la Tercera Internacional. Iba a medir cuatrocientos metros de altura, iba a girar sobre su eje en forma espiralada (en realidad, cada una de sus partes iba a girar a diferente velocidad: el cubo inferior daría un giro por año; el cilindro siguiente, un giro completo cada mes; la cúpula de cristal rotaría cada día sobre su eje y cada noche cubriría el cielo ruso de consignas revolucionarias), iba a ser una cachetada a Eiffel y su vacuo mercantilismo arquitectónico, iba a ir más allá del Coloso de Rodas y del Faro de Alejandría y ni hablemos de la Torre de Pisa. Iba a ser el pararrayos del mundo, o más bien su antípoda, cuando empezara a irradiar en todas direcciones los rayos del bolchevismo y la Revolución. Iba a ser, en palabras de Lunacharski, el primer monumento soviético sin barba.

Pero no sólo no se construyó nunca, sino que tampoco se sabe con certeza si iba a ser una torre: después de caer en desgracia, Tatlin se pasó la segunda mitad de su vida entre gallinas, inventando una máquina de volar que bautizó Letatlin (no era un autohomenaje: “letat” quiere decir volar, en ruso), pero en sus ratos libres volvía de tanto en tanto a los planos de su Torre, que por supuesto se perdieron luego de su muerte más que anónima, en 1953. Uno de sus colaboradores, de los pocos que siguieron visitándolo veinte, treinta años después de fracasar clamorosamente en el utópico intento de construirla, aseguraba que, en sus últimos tiempos, Tatlin había recuperado a tal punto el amor por la navegación de sus años juveniles, cuando era cadete de marina (venía de una familia de holandeses constructores de barcos, migrados a Rusia), que había empezado a pensar que la Torre debía ser un objeto que se trasladara por la URSS sobre las aguas. ¿Acaso el bolchevismo no era capaz de cambiar hasta el curso de los ríos en su territorio? ¿Qué le impedía trasladar por aquellas aguas un objeto de cuatrocientos metros de altura?

Tatlin tenía treinta años cuando fue puesto a cargo de la renovación estatuaria en el nuevo Estado soviético e inició su magno proyecto, inspirado en partes iguales por el modernismo de Occidente, el espíritu revolucionario y la milenaria alma eslava. Debió saber que nunca llegaría a construir su Torre, y no sólo por razones estructurales o económicas. La reacción oficial a la maqueta de cinco metros de altura que presentó en público en 1921 fue tibia: Trotsky celebró el rechazo a las formas tradicionales pero le inquietó un poco que la Torre pareciera el esqueleto de una obra en perpetua construcción. Ehrenburg elogió el diseño pero lamentó la falta de figuras humanas. Shklovski dijo que sería el primer monumento hecho de hierro, vidrio y revolución. Pero lo que decidió a Stalin a descabezar de cuajo el proyecto fue oír que la Torre generaría asociaciones e interpretaciones de la misma manera en que lo hacía la poesía con las palabras, y que esas asociaciones e interpretaciones flotarían en el aire soviético como perpetuos copos de nieve.

Una de las curiosidades del avant-garde revolucionario ruso fue su fascinación con Marte (por ser el planeta rojo). Puede decirse, en más de un sentido, que Tatlin inventó la arquitectura extraterrestre: a pesar de su enorme masa, la Torre debía ser más aérea que cualquier otro monumento. De hecho, inicialmente la idea era que fuese un dirigible en perpetua órbita por los cielos soviéticos, lo que la convierte en el artefacto más marciano de la Rusia bolchevique. Y así se la recibió cuando aquella maqueta de cinco metros de altura fue presentada en el pabellón soviético de la Exposición de París de 1925: ni siquiera Le Corbusier y Mies Van der Rohe la pudieron tomar del todo en serio. La maqueta quedó a cargo del PC francés, que se olvidó de pagar la tarifa del depósito y, cuando quisieron acordarse, nadie sabía adónde había ido a parar.

La mística de la Torre de Tatlin para las generaciones siguientes, especialmente en Occidente, tiene mucho que ver con lo poco que se sabe de ella y de su inventor. En 1968, con los aires revolucionarios impregnando la atmósfera, el Museo de Arte Moderno de Estocolmo dedicó una muestra de homenaje a Tatlin: no tenían una sola pieza original del autor, ni siquiera las cacerolas y demás enseres domésticos que supo diseñar en sus inicios. Sólo había apuntes dispersos y testimonios orales y un par de fotos de Tatlin y su equipo sonriendo orgullosos junto con la maqueta terminada. La reconstrucción de aquella maqueta (que se convertiría en el logo de una famosa colección de libros de la Nueva Izquierda) viajó a Eindhoven al año siguiente y cuando volvió fue imposible de rearmar: alguien se había robado algunas piezas. Algunos dijeron que había sido mal armada de antemano, otros dijeron que era imposible de armar tal como la había imaginado Tatlin. Lo mismo sucedió en una megamuestra del Pompidou de 1984, titulada París-Moscú: se exhibió allí otra maqueta de la Torre pero nadie le prestó especial atención. Ya soplaban los vientos de la posmodernidad: se la consideró un mero ejemplo más de que los soviéticos eran los indiscutidos creadores del género ciencia-ficción.

El círculo se cierra en 1999 cuando el historiador japonés de arquitectura Takehiko Nagakura, un especialista en monumentos nunca construidos, realizó un cortometraje espectral en que la Torre de Tatlin ocupa su lugar en el cielo peterburgués, mucho más alta y solitaria y perdida entre las nubes que sus dos solemnes vecinos, el Palacio de los Soviets y la Basílica de Firminy junto al río Neva. Las distintas partes de la Torre giran sobre sus ejes. Todo lo que ansió Tatlin de ella ha encarnado en esas imágenes. Lo único que Nagakura no se atrevió a hacer es a darle palabra a la Torre, de manera que la cúpula no proyecta consignas que floten como copos de nieve en el cielo de esa ciudad que, si tuviera la Torre, y esa Torre hablara, sería sin la menor duda el paisaje que más me gustaría contemplar cuando me llegue el momento de dejar este mundo.

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Tomado con permiso del autor.

Compendio de Luto

Pintura Elizam Escobar

Por Alexandra Rosa

Estoy en una relación tóxica, 

con mis nostalgias.

Les temo,

pero las busco. 

Me devuelven a lugares 

de los que salí 

corriendo

sonriendo 

huyendo

en gerundio bravo, 

Lento. 

Las busco

y me despierta un hueco

en el pulmón izquierdo

que habla de aire

de una falta de aire

que se quedó en aquel tiempo 

del que me fui

pero también

fui. 

Les temo, 

justamente 

porque nos 

te(ne)mo(s). 

deconstruyo el closet

lo mapeo con lavanda

le cuelgo mis camisas cuir 

el trajecito del date

la chaquetita del polvo

quemo leotardos de danza

escondo postales

de amores

o de desamores

o de no sé qué 

lo hago los domingos 

cuando no duele 

tanto

todos los domingos 

rompo el pacto.

le escribo un poco, 

entrecierro los ojos, 

envío. 

me duele al toque. 

no espero respuesta. 

me miento, y espero. 

una semana más

de voluntad férrea,

 adentro 

nadie responde

y yo

se supone que escuche

las cosas que no quieren decir 

que me tienen que decir

que quién sabe cuándo 

piensan decir

si quieren decir 

mientras, espero

y el aburrimiento es 

un lugar común

en esta sala fría

de silencios y teléfonos 

faltos por sonar 

correos

vacíos de rodeos

y dedos

aburrida mente 

quietos 

el primer beso lo darás tú 

y lloverán diciembres

lo darás tú

y no cuestionarás mucho 

será en una cama 

habrá miedo

será correspondido

o eso sospecharás

sin más certeza

que tu memoria

y las cartas

y las tarjetas

y los chocolates

y las serenatas

y el silencio tajante 

que todavía las amarra 

tanto 

ella no abrirá los ojos 

tú tampoco

no lo hablarán 

pasarán meses 

y el primer beso 

serán muchos 

hasta que un día 

sin ningún aviso 

ausencia 

dolerás en diciembre 

te irás de la isla 

subestimarás la sal 

quedarán cicatrices 

quedarán insomnios 

de un algo que fue 

cuando ya no pudo ser 

pero se sintió 

como un país roto 

en el pecho hondo 

profundo luto

de invierno 

el país

que nunca vuelve 

es el que llevamos 

dentro

en el miedo

al regreso 

Había una vez Guaynabo (Fragmentos)

Por Rafael Acevedo/ En Rojo

Al borde de la urbanización, antes de que existiera la avenida Martínez Nadal, estaba el monte. Antes de llegar a la montaña, quizás es un mogote, había una fábrica de calzoncillos. Algunos de nosotros pensamos que terminaríamos trabajando ahí el resto de nuestras vidas. Una cómoda incomodidad laboral. No ocurrió así. Aquella fábrica se fue a la mierda, como muchas aún antes de que desaparecieran las 936.

Al tope de la montaña estaba el transmisor de WBMJ que transmitía rock en inglés. Y allí cerca estaba una escuela con un enorme jardín de juegos. Le decíamos El Creative. Crieitif. Los fines de semana abría a los nativos, nosotros. Los empleados hablaban en inglés entre ellos. Y con nosotros a veces compartían algunos gringuitos y gringuitas. Allí estuvo, por alguna razón misteriosa, un chimpancé en una jaula. Era un masturbador compulsivo y siempre me pregunté por qué carajo estaba ese animal allí. ¿Qué castigo penaba? ¿Sería un castigo para los estudiantes? El asunto es que no había falda pasando que el chimpancé no usara de excusa para su extraño ritual. Y allí estábamos, decenas de niños y niñas, mirando aquel espectáculo de la naturaleza. Duró algunos meses. La leyenda dice que escapó como el famoso Yuyo. Para mí que murió en uno de esos aguaceros que se rajaban en los veranos. Un rayo tiene que haberlo matado en aquella jaula al tope de columpios y máquinas con adefesios que daban vueltas como timones.

En alguno de esos veranos, Junior, Luis, el comedor de lagartijos, Papotito, Chico y mi hermano José, nos preparábamos como para la guerra y cruzábamos el monte como si fuese el Amazonas. Caminábamos hasta el río, descubriendo enredaderas de parcha, barrancos, y el pasto que cortaba como navajas brazos y piernas.

En el camino hablábamos del fin del mundo, de la guerra de Vietnam, que aún estaba en sus últimos estertores. Nos preparábamos para algo. Nunca supimos para qué. Nunca me atrevería a decir que nos preparábamos para la vida.

El río era el desagüe en el que lanzaban el aceite usado las gasolineras y los talleres de mecánica. Desperdicios de pintura de los hojalateros, y allí se bañaban algunos de nosotros. Siempre me quedaba en la orilla, pensando en que meterse en aquel río produciría en mí mutaciones de varios tipos. A mí me bastaba con ser increíblemente miope y que el sol estuviese calentándome los ojos a través de las lupas que tenía por espejuelos. Leer tanto me jodió la cabeza, creo. El asunto es que allí se refrescaban los más aventureros: el comedor de lagartijos y Marco, que luego me confesó que lo hacía por ver a los demás desnudarse y yo me reía de su picardía y él me decía, tú nunca quisiste quitarte la ropa. Y no, realmente nunca quise meterme en aquel caldo de aceite, pintura, thinner, y agua de lluvia.

Luego regresábamos a casa. Preparados para la guerra, el fin del mundo o el regreso a la escuela pública.

***

En una de aquellas caminatas, cerca del río, vimos un parque de béisbol. Era una especie de espejismo. Un diamante perfecto. La grama verde bien cuidada. La cerca de alambre eslabonado, también verde,  protegida arriba por unos tubos de goma amarilla. Como las grandes ligas. Parecía que nunca, nadie, había jugado allí. Nos quedamos admirando aquella aparición. 

Entonces apareció aquel muchacho. Tenía el pelo largo, unas tenis converse rojas, nuevas. Y unas muñequeras de felpa como las que usaban los peloteros de los Mets, que entonces, 1969, era mi equipo favorito. Era mayor que nosotros. Parecía un estudiante de escuela superior. Tenía cigarrillos en el bolsillo de la camisa. “Ese es el parque de mis viejos”, dijo. No fue arrogante ni quiso lanzarnos a la cara aquel dato tan alucinante. Lo dijo como quien dice “estos cigarrillos los compré en la gasolinera de Machargo”. Según él, aquél era el parque Passalacqua, que sus padres habían mandado a hacer a ver si él se interesaba por jugar algo. Pero a él lo que le interesaba era el ballet. Así que, para no contrariar, comenzó a practicar las artes marciales, que era como bailar pero aprendías a defenderte. Nosotros sospechamos de él, porque tenía cigarrillos, tenía un parque, era karateca y quería ser bailarín. Algo no entendimos, así que nos despedimos y seguimos en dirección al río. Passalacqua nos siguió, sin embargo. En silencio. Fumando. Dimos la vuelta sin llegar al río y pensamos en la avenida Esmeralda como el lugar en el que podríamos deshacernos de aquel extraño. Sin embargo, en algún momento, el muchacho no estaba ya con nosotros. Alguien estaba sobre un caballo a lo lejos. Pensé que era él pero no habría modo de asegurarlo.

Nunca pude olvidar aquel parque en medio del monte. Imaginé que podíamos formar dos equipos de la calles Sonata, Tornasol, Baldomar, Paréntesis. Jugar allí, en aquel estadio sería un sueño hecho realidad. Nunca ocurrió. 

De regreso a la escuela pensé que quizás podría encontrar a aquel chamaco preguntándole a los que estaban en Intermedia o Superior. Pero apenas conocía a estudiantes de mi propia escuela elemental. Y mis hermanos mayores tenían cosas que hacer más importantes que encontrar al dueño de un parque de pelota que solo habíamos visto nosotros. Con el tiempo pensé que quizás solo lo había visto yo.

***

Crucé el muro de bloques y alambre eslabonado. Para eso había que esquivar las espinas del árbol de limón de cabro. Del árbol colgaba una fruta más agria que los lunes. Alguna vez mi madre las usó para marinar carnes.  Mi abuela paterna, una de las pocas veces que pudo venir a visitarnos, miró el árbol y nos dijo que el jugo se usaba para quemaduras y cicatrices. Mi viejo los sábados agarraba uno de aquellos limones arrugados y lo partía en dos, lo exprimía y con azúcar y un poco de hielo hacía un frappé de toronja sin toronjas.

Crucé el muro de bloques y alambre eslabonado esquivando las espinas del árbol de falsas toronjas. Así pasaba la invisible frontera de la calle Sonata a la calle Tornasol. Allí estaba Luis en el patio de su casa. Pero no tenía guante ni ganas de jugar pelota. Estaba torturando lagartijos. Les cortaba el rabo. Entre el pulgar y el índice agarraba una hoja de afeitar nueva, de dos filos. Las gillette se vendían como si fueran palillos de dientes, en unos sobres de papel que parecían cartas muy pequeñas y ominosas. Con ella cortaba de un solo tajo la cola. Yo había leído entre los libros de mi padre que la lagartija se desprende voluntariamente de la cola para entretener a los depredadores mientras ella escapa. Este no era el caso. Estaba atrapada por un animal más grande, Luis, que no había identificado como depredador. No abandonó su rabo. Se lo cortó Luis que con una mueca extraña. Levantaba el lado izquierdo de su boca como si estuviese sufriendo un derrame cerebral. 

Miraba aquel rabo moviéndose solo y me causaba un terror íntimo que me cuidaba de no expresar.  ¿Sabría esa cola que estaba sola en el mundo? ¿Tendría conciencia? Pensaba entonces en aquella película de Frankenstein que mi hermano Néstor había doblado al español con palabras malas y que hacía reír hasta a las monjas que venían a verla en casa, divertidas, como si estuvieran cometiendo un pecadito.

Pero Luis no se quedaba en eso. Le cortaba las patas. A mí se me ponía la piel de gallina. Entonces me ponía a pensar en béisbol pero aquellas patas sin cuerpo eran más fuertes que mi intención de enajenarme. Entonces procedía, con aquella mueca y unos gemidos de horror falso, a cortarle la cabeza.

Aguanté las ganas de vomitar. La cabeza se movía sola. Aquel cuerpo era ahora un rompecabezas de órganos. Me levanté del suelo como un resorte. “Si no vamos a jugar pelota me voy a casa”.  Luis me pidió esperar. Que iba a buscar un poco de gasolina de la cortadora de grama para quemar el lagartijo de modo que no sufriera. 

Aproveché que fue a buscar el combustible y crucé el muro de bloques y alambre eslabonado. No pude esquivar las espinas. Agarré un limón de cabro, lo mordí desesperado. La boca se lleno de un fuerte sabor agrio. Escupí las dos heridas en el antebrazo. El jugo de la fruta servía para cicatrizar. La saliva tiene algo de antibiótico. Esa tarde no cené. Había unos pedacitos de carne junto con el arroz. Tuve ganas de vomitar.

Algunos años después, cuando Luis había dejado la escuela y yo estaba listo para entrar a la universidad, se apareció por casa. Hacía años que no lo veía. Me llamó desde la acera. Salí y allí estaba con una bola de baloncesto. Que si quería hacer unos tiritos en la cancha de Parkville. Estuve a punto de decirle que sí. ¡Qué carajo! me vendría bien un poco de sol y ejercicio. Le pedí la bola. La dribleé un poco y miré su rostro. Sonreía con un solo lado de la boca. “Tengo una rodilla lastimada, otro día”, le dije. Le devolví el balón. Me alejé dando otras explicaciones falsas sin darle la espalda. El se quedó muy serio, la vista fija en mis ojos. Entré. Cerré la puerta luego de despedirme. Respiré por unos segundos hasta que se fue el escalofrío. Por una rendija de la dura puerta de madera en la entrada vi que permanecía allí en la acera. Entonces me encabroné. Respiré hondo y decidí mandarlo al carajo. Un, dos, tres, abrí la puerta. Se había ido. Jamás volvimos a hablar. Lo vi unas dos o tres veces más. “Se murió Luis” me dijo muchos años después una vecina. A su hermano menor si llegué a verlo frente a la puerta de una tienda por departamentos. Estaba pidiendo dinero. Había perdido una pierna.

***

Era el camino Alejandrino una estrecha calle con un puente. Un río atravesaba la ruta. Cada lluvia persistente inundaba los alrededores. El puente se hacía un monumento al poder de la naturaleza. Al borde de la carretera, subiendo la cuesta, había una decena de casas construidas al borde de la loma. Largos pilotes sostenían las estructuras. Me parecían largas patas de garzas. 

Muchas veces me sorprendí pensando que no me hubiera gustado vivir allí, en aquellas casas colgantes del camino. Tendrían una vista preciosa a la hondonada que daba al río pero mi imaginación alimentada por el cine y las lecturas bíblicas esperaban el terremoto o el tremendo deslave.

Una tarde corrió el rumor de que a una de aquellas casas se le había fracturado una pata y había rodado loma abajo, con todo y familia. Yo quise correr a ver el desastre, eran apenas 10 minutos de trote para llegar allí. Por supuesto, mi madre, sobreprotectora, me lo impidió. Yo tendría diez años. Quizás menos.  Así que tuve que esperar a la mañana, cuando llegaban los periódicos. Así se confirmaban las noticias hace medio siglo. En las mañanas. Abrí la puerta muy temprano y allí estaban la botellas de leche y el periódico. Era verdad. Una casa se había deslizado barranca abajo. No recuerdo cuantos muertos. Recuerdo haber pensado que mi miedo era real. Concreto. Aquellas patas de garza sosteniendo casas eran muy frágiles. Imaginé que la casa habría temblado y una madre y una niña, vestidas de azul, volaban por los aires mientras la casa se hacía un montón de piedras. Vestidas de azul quizás porque irían al cielo. Porque la virgen de brazos abiertos como para dar un abrazo en el cuarto de madre tenía un manto azul. Yo no sé.

El camino Alejandrino se convirtió en carretera. La Academia Wesleyana se hacía cada vez más grande ocupando el espacio de las lomas. Rodearon a la barra y al colmadito. El patio de ambos negocios pasó a ser el patio de la Academia. El río seguía sobrepasando el puente en la temporada de las lluvias. 

Casi medio siglo después, regreso allí. Vivo en aquella loma. En un edificio de apartamentos que tiene 25 pisos. Justo al lado de otro que tiene más o menos la misma cantidad de pisos. El área de la piscina tiene una línea amarilla porque el gazebo amenaza con caer barranco abajo. Allí, justo donde hace algunas décadas rodó una casa hasta el fondo de la quebrada. Solo yo lo recuerdo. Ni siquiera mis hermanos ni mi madre lo recuerdan. Busco en periódicos viejos y nada. 

En las mañanas, mientras preparo café, miro por la ventana hacia el barranco pensando en las jodidas vueltas que da la vida. Y que en el cuarto de mi madre, la virgen de manto azul tiene los brazos juntos en oración.