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Mirada al País: El día en que escuchamos  las voces de nuestros muertos

Por Eduardo Lalo/Especial para CLARIDAD

Escribo el sábado 12 de octubre de 2019, fecha fatídica que el mal llamado “Día del descubrimiento de América” ha conmemorado con inconsciencia y hasta ceguera por 526 años. El primer 12 de octubre fue viernes. A pesar de lo que se podría suponer, de ese momento de consecuencias enormes y transformadoras, los testimonios son pocos. El texto primordial que responde a los eventos inmediatos es el Diario del primer viaje del Almirante. Aunque parezca increíble, este escrito de valor histórico mayúsculo, fue “perdido” y “mutilado”. Las comillas indican que son perentorias las explicaciones. El Diario que Colón escribió para los Reyes Católicos, y que le entregara en Barcelona a comienzos de 1493, desapareció de la biblioteca real y lo mismo aconteció con las dos copias que la historia da fe de que se realizaron en la corte inmediatamente después de la llegada de Colón. Una de estas copias estuvo en manos del hijo bibliófilo del Almirante y fue precisamente en la biblioteca de Hernando Colón que Bartolomé de Las Casas la pudo consultar medio siglo después de los hechos que relata.

Las Casas hizo lo que es hábito en cualquier investigador: vacila entre resumir lo que dice la fuente primaria y citar directamente de ella. Así el Diario es una sucesión de glosas del contenido y de lo que se presenta como “palabras formales del Almirante”. Incluso esta “copia” del Diario realizada por Las Casas, desapareció por más de dos siglos y no se conoció hasta finales del siglo XVIII, gracias al historiador Fernández de Navarrete. Su publicación, sin embargo, no se llevaría a cabo hasta 1825. Desde entonces se han sucedido ediciones en los más diversos idiomas, pero prácticamente todas están mutiladas, ya que no incluyen las 188 notas marginales redactadas por el fraile dominico y que son claramente visibles en los folios de su manuscrito.

Estas notas lascasianas le infunden al texto nuevas significaciones. Redactadas alrededor de 50 años después de los hechos, provienen de la pluma de uno de los europeos que más había vivido y mejor conocía el Caribe insular y continental en su época. En los márgenes de los folios, Las Casas cuestiona, niega y precisa las afirmaciones de Colón, produciendo así un texto con dos autores, originado en dos tiempos, que ofrece una complejidad enorme de interpretación. 

Esta columna no puede sino apenas referirse superficialmente a estos asuntos. Baste, por ahora, concentrarnos en lo que aparentemente aconteció hace 526 octubres.

Es probable que el “descubrimiento” no haya sido ese día sino en la noche del anterior. Según Colón, su calabera la Santa María, era el más lenta y por tanto no hacía parte de la vanguardia de la flotilla, constituída por la Pinta y la Niña, que eran capitaneadas por los hermanos Pinzón. Antes de la medianoche, el marinero Rodrigo de Triana, cuyo nombre recordamos de nuestras cuestionables lecciones escolares sobre estos asuntos, vio “lumbre”, lo que era señal indudable de tierra. No obstante Colón, en la atrasada Santa María, alegará haberla avistado antes, aún si ningún miembro de su tripulación pudo confirmar el hecho. El asunto no es menor, porque el contacto europeo con América comienza aparentemente con un fraude. Los Reyes Católicos habían prometido 10,000 maravedís como pensión anual y vitalicia al que viera tierra por primera vez, y Colón ejercería sus influencias para que el premio ingresara a sus arcas. El descubrimiento de América se inicia con un tumbe, con la desposesión de Rodrigo de Triana. Luego los tumbes serían casi infinitos y alcalzarán a nuestros días.

Al día siguiente, el 12 de octubre de 1492, que la tradición hispánica ha sido capaz de denominar “Día de la Raza”, Colón describirá a la humanidad que acaba de contactar de la siguiente manera: “no son ni blancos ni negros sino de la color de los canarios”. No ser ni blanco ni negro equivale a no ser blanco y, los canarios no eran pájaros, sino el pueblo autóctono de las Islas Canarias, que a lo largo del siglo XV estaba siendo conquistado por los españoles. Colón había estado con los portugueses en expediciones de trata negrera y en su Diario hace múltiples referencias a la costa de Guinea. Procederá a comunicarle a los Reyes Católicos que los indígenas serán buenos servidores, lo que en el contexto significa que son esclavizables y, en las últimas líneas del texto dedicado a ese día portentoso, enunciará abiertamente su intención de raptar a siete indígenas.

La esclavitud no será, como frecuentemente se propone, una idea tardía de las intenciones españoles en América, sino que estará presente desde la jornada misma del “descubrimiento”. Colón procederá a llevar la palabra a la acción dos días más tarde, el domingo 14 de octubre, cuando rapta a siete indígenas. Es importante señalar que la rebelión indígena comienza al día siguiente, con el escape de algunos de los capturados.

A pesar de la pérdidad del original y sus copias, de las particularidades del manuscrito elaborado por Las Casas medio siglo después, de la desaparición de este texto durante siglos y de la no inclusión de las notas de su editor hasta el día de hoy, el Diario del primer viaje del almirante es indudablemente un texto histórico. No es un yacimiento arqueológico en que solamente hablan objetos. Aquí tenemos al menos dos voces y llama poderosamente la atención cómo este texto no ha sido leído o, lo ha sido de manera ingenua o parcial.

Leer a Colón‑Las Casas es comprobar hasta qué punto escandaloso la escuela puertorriqueña (y otros muchos sistemas escolares de América y del mundo) nos ha mentido. Nuestro pasado, al convertirse en engaño, ha desaparecido. 

La mera noción adquirida probablemente en la misma escuela donde recibimos estas lecciones, de que la historia trata exclusivamente sobre el pasado, duplica indefinidamente el daño ocasionado. De generación en generación cargamos en nuestras vidas las marcas de los raptados, vejados, esclavizados, mutilados, violados, sacrificados, sin darnos cuenta que al mirarnos en el espejo aparecen en el azogue sus imágenes. Una historia que engaña produce inmunidad y este es su propósito indudable. Una vez comenzada, la Conquista no termina y la historia como engaño es una de las armas más poderosas de su reproducción indefinida.

La Conquista no acaba, pero tampoco el dolor de los muertos. La historia no ilumina a nadie sino toma en cuenta sus gritos y silencios. La impunidad es útil, pero no logra silenciar del todo las voces de los muertos. De este rumor que nadie puede callar, nace la reescritura de la historia. Por ello, sé que ya no hay Día del descubrimiento de América. El 12 de octubre de 1492 se ha convertido en el día que escuchamos las voces de nuestros muertos.

Mirada al País:Erosión bipartidista y crisis del coloniaje

 

Especial para CLARIDAD

Hay muchas razones para pensar que la destitución de un gobernador electo fue la expresión de algo muy profundo. La enorme movilización que provocó la acción histórica nunca antes vista fue indudablemente el resultado de una crisis económica y social que ha desencadenado una multiplicidad de contradicciones. La exacerbación de tales contradicciones no ha cesado. Por consiguiente, la compleja causalidad estructural de la crisis sigue activa. Me interesa en este artículo focalizar en una de ellas: la intensa erosión y debilitamiento de los dos partidos de gobierno. 

Sin esa erosión, no me cabe duda, no se hubiese logrado la destitución de Ricardo Rosselló. Ahora bien, antes de fijarnos en la pérdida de agarre sobre la población que ha sufrido el bipartidismo en Puerto Rico, debemos considerar cuál ha sido el motivo principal de su debilitamiento crónico. Desde hace tres décadas tanto el Partido Popular Democrático como el Partido Nuevo Progresista –(1989-2019)– han adoptado una política neoliberal con un ataque al servicio público amparados en el concepto de gigantismo gubernamental para justificar privatizaciones, reformas laborales y des-reglamentaciones, provocando una polarización de la riqueza. Con esa política neoliberal han empobrecido a las mayorías del país, mientras un grupo selecto de empresarios vinculados a los partidos de gobierno y de políticos vinculados a estos empresarios, se han enriquecido de forma extraordinaria. 

El resultado objetivo ha sido que ni el PNP promueve la estadidad, ni el PPD promueve la autonomía. Los dos partidos con su política neoliberal reproducen y fortalecen la dependencia al mismo tiempo que han llevado la relación colonial a un nivel de crisis nunca visto en nuestra historia. La insensibilidad se ha apoderado de ambos partidos en la medida en que el servicio público ha sido sustituido de forma descarada por el lucro privado. Por eso ha florecido en el paisaje político la figura del cabildero y del contratista, en sustitución del servidor público. En la medida en que el gobierno se ha ido separando dramáticamente de las necesidades de la población, el bipartidismo se ha ido debilitando.

Un aspecto clave, a nivel político, de la consolidación y reproducción de la relación colonial en Puerto Rico ha sido el alto nivel de participación electoral que ha caracterizado el proceso electoral a lo largo de la dominación imperial estadounidense desde principios del siglo XX. Entre los electores inscritos, durante un extenso período histórico de casi un siglo, prevaleció una conducta de participación muy elevada en el proceso electoral. Las elecciones generales tuvieron la capacidad de proyectar con efectividad el espejismo de una participación democrática efectiva. 

No obstante, desde que comenzó a imponerse con agresividad la política neoliberal la elevada participación electoral ha ido en descenso. Entre 1992-2012 el nivel de participación – la totalidad de los que votaron divididos entre el total de electores inscritos – fue descendiendo cada año, aunque lentamente, desde un 85% hasta un 78%. Hubo dos momentos en que el PNP logró sobrepasar el 50% de los votos emitidos y superó en ambos casos el millón de votos: en 1996, Pedro Rosselló obtuvo 51.1%, con 1,006,331 votos y en 2008, Luis Fortuño obtuvo 52.8%, con 1,025,965 votos. Rosselló derrotó a Héctor Luis Acevedo por 130,479 votos, mientras Fortuño derrotó a Aníbal Acevedo Vilá por 215,894 votos. De todas formas, en estas dos cimas electorales la participación descendió. De 85% en 1992 bajó a 83.2% en 1996, para luego descender de 81.70% en 2004 a 79.5% en 2008. Es decir, incluyendo los dos momentos de mayor cantidad de votos en la historia por parte del PNP, se manifestó un descenso en el por ciento de participación electoral.

La situación cambió dramáticamente a partir de las elecciones de 2012. Hay que entender la contundencia de este cambio decisivo. Lo preceden, entre otras cosas, dos leyes que al aprobarse, el movimiento sindical las consideró como si se tratara de un golpe de estado. La primera fue la Ley 7 de marzo de 2009, bajo el gobierno de Luis Fortuño. La otra fue la Ley 66, del verano de 2014, bajo Alejandro García Padilla. Ambas significaron un ataque directo a los convenios colectivos y a conquistas históricas de trabajadoras y trabajadores del sector público. La Ley 7, además, vino aderezada con el despido de más de veinte mil personas. Después de estas dos terribles leyes, acompañadas de gobiernos corruptos e insensibles, el porcentaje de participación electoral sufrió un verdadero colapso. Un colapso, dicho sea de paso, que corre paralelo al colapso económico y fiscal provocado por la política neoliberal de austeridad.

En las elecciones de 2016, la participación electoral descendió a 55.45%. Un descenso de esta naturaleza nunca se había visto en Puerto Rico. Si la participación de 2012 fue de 78%, la reducción alcanzó 22.55 puntos porcentuales. Debe tenerse en cuenta, que si bien la emigración pudo tener efecto en esta caída, nos referimos a un proceso previo al huracán María. Ricardo Rosselló alcanzó 660,510 votos, apenas el 41.8% de los votos emitidos. Nunca antes en la historia de los gobernadores electos, un gobernador había obtenido un por ciento tan bajo. Si comparamos esta cifra con los 884,775 votos de Luis Fortuño en su derrota de 2012, el PNP perdió 224,265 votos, aunque ganó las elecciones. Pero si comparamos las últimas dos victorias electorales del PNP, la erosión es mucho más sorprendente: de 1,025,965 votos en 2008 bajó a 660,510 en 2016. La reducción entonces alcanza una disminución de 365,455 votos. Además, del 52.8% de los votos obtenidos por Fortuño en 2008, al 41.8% de Ricardo Rosselló en 2016, hay un descenso de 11 puntos porcentuales. Algo parecido a la diferencia entre el 47.7% de García Padilla en 2012 y el 38.87 de David Bernier en 2016. 

Esta catástrofe electoral explica por qué el PNP no pudo celebrar masivamente los cien años de ciudadanía estadounidense en 2017, como tampoco pudo celebrar sus cincuenta años de vida de forma visible. Sin mencionar la vergonzosa asistencia de un puñado de personas al cementerio durante el natalicio de José Celso Barbosa o la patética marcha en defensa de estadidad después de las masivas manifestaciones de julio pasado.

Si consideramos los 175,831 votos de Alexandra Lúgaro en noviembre de 2016, y los 90,494 de Manuel Cidre, puede captarse el nivel de erosión del bipartidismo. Difícilmente pueda sostenerse que la participación electoral en las próximas elecciones de 2020 puedan revertir este acelerado descenso. El bipartidismo está desacreditado porque tanto el PNP como el PPD han abrazado la política corrupta neoliberal con su tejido de cabilderos y contratistas privados. Ambos partidos son parte de la terrible crisis que vive el país, han demostrado una total falta de imaginación para elaborar un nuevo proyecto político y ambos son la prolongación de la misma política desvergonzada. Sin contar con la crisis causada por la erosión política señalada, se deja fuera un factor clave para entender el residenciamiento público, en la calle, de Ricardo Rosselló. Un PNP desconectado de la población, débil y corrupto, no pudo salir en defensa del gobernador. Sus dirigentes, avergonzados, no tuvieron otro remedio que replegarse.  

Puerto Rico en imágenes

 

Por Laurie Garriga

En 1937, el New Deal creaba la Farm Security Association (FSA), una división de fotografías e impresiones que buscaba visibilizar y combatir la pobreza durante la Gran Depresión.

Para capturar los rostros de la precariedad e indigencia, fotógrafos como Dorothea Lange y Jack Delano, recorrieron cientos de ciudades y la vasta ruralía de Estados Unidos. Su trabajo debía ser el principio de un gran cambio socioeconómico abarcador que arroparía el país y a sus territorios. 

Con la FSA, Jack Delano viajó a Puerto Rico por primera vez en 1941. Las impresiones de los recorridos quedaron plasmadas en su autobiografía Photographic memories. De aquel primer viaje escribió: “I was fascinated and disturbed but much of what I saw: layers of lush blue-green mountains in the distance, barefoot children running along the roadside, vast sugarcane fields busting with sweat-drenched men swinging machetes, hump-backed zebu oxen hauling cane to sugar mills […] and the horrendous slums festering in the towns and cities”. Y, añade: “I had seen plenty of poverty during my travels in the Deep South, but never anything like this” (72). 

Antes de llegar a la isla su trabajo en la FSA lo había llevado a recorrer gran parte de los Estados Unidos, desde Florida a Maine, Chicago, y ese ‘sur profundo’. En 1946, después de una larga temporada como fotógrafo del ejército –durante la Segunda Guerra Mundial–, se traslada junto a su esposa, Irene, también artista, de manera definitiva a Puerto Rico. 

Delano y sus colegas la división de la FSA compartieron propósitos y preocupaciones que sobrepasaron su labor en la división federal. La periodista Margaret Locke ha argüido que con estilos distintivos cada uno de los fotógrafos plasmó “imágenes de personas y lugares con incomparable elegancia y empatía”. 

Los rostros de la pobreza en los Estados Unidos, y también de Puerto Rico han cambiado. Hay parámetros estatales, municipales y nacionales que vagamente establecen qué es la precariedad. No existe, sin embargo, una imagen que sintetice enteramente qué encumbra la pobreza en su amplitud. Las estadísticas intentan dar respuestas. La Oficina del Censo en los Estados Unidos ha aspirado a trazar la pobreza en triada. El Censo indica que tiene tres rostros: el 24.5% es nativoamericano, el 21% es afroamericano y el 18% es hispano. 

Circulan cifras que afirman que Puerto Rico es dos veces más pobre que cualquier estado de Estados Unidos. Según un estudio de la Universidad de Puerto Rico, publicado en 2019, el 45% de la población de la isla vive bajo el nivel de pobreza. 

Las imágenes de la FSA se reactivan de vez en cuando por las redes sociales o por los medios de comunicación. Un artículo más o menos reciente del New York Times publicaba dos imágenes contiguas de Puerto Rico. Una del 1941, tomada por Delano y otra del 2017, captada por un fotógrafo del periódico. En la primera vemos a dos mujeres cargando pesados candungos de agua por una calle. En la segunda nos encontramos a dos mujeres en un desagüe, llevando y trayendo galones y botellas de agua poco después del huracán María.

A pesar de que la FSA fue desintegrada en 1946 a los pocos años de su fundación, sus catálogos anhelaban ser testimonios del antes y el después de la pobreza. El New York Times anota que las imágenes de aquel Puerto Rico de la década del 40 son más actuales que nunca: “In Decades-Old Photos, Parallels to Puerto Rico’s Rudimentary Reality”, lee el titular. 

Poema que escribió la monja ciega durante los Hand Awards

 

Irizelma Robles

1. Torrefactor

2. Artista

Help me I can see.

Pedro es una puerta giratoria, un Jesús con su María, 

un condenado a morir en las alturas. 

Por ahí  ha pasado Pedro, su mano negra, su negritud, 

su muy noyorriqueñidad, su vitiligo,

¿cómo es la piel de quien ha pasado una larga temporada 

en Vietnam, lejos de la Pagoda, cerca de las balas y el napalm. Pedro-ojo, piedra, gallo, camino, subway, y quizá caña, 

pueblo costero, libertad. 

Pedro=Elizam Pedro=Oscar Pedro=Lolita  

//Help me I can see//

Atravesando esa puerta: Nueva York. 

Cuenta Elizam que Pedro explicaba que él pensaba en español, pero que la maquinilla escribía en inglés. 

Inglés nuyorrican: hablar en puertorriqueño, 

quien no ve está ciego de isla, de continente, 

ciego como Pedreira, ese maldito forjador del cano. 

Help him, he can’t see, no puede ver, no quiere ver. 

Pedro, ya pasó el tiempo y en Puerto Rico 

las promesas ya no son de pan tierra libertad, 

ahora la promesa es de azufre y atravesando esa puerta otra vez Nueva York y también Orlando Miami Texas you name it.

3. Poeta

Pan, tierra, ¿libertad?

Mi abuelo, que se llama Narciso, y que tenía una hermana que se llamaba Tomasa, me contaba que era pobre en Utuado y que sus pantalones eran de cadeneta, que iba descalzo a la escuela y que el pan vejo con mantequilla costaba un chavo.

Pedro, can you see? A pedro, Miguel, Olga o los nombres que mi bisabuela sacaba del Almanaque: Bartolo, Monserrate, Carmen o los nombres que hemos sido o lo que somos o quizás solo un nombre, Pedro, el nombre de mi hija Salomé, Pedro, Salomé que dentro de 30 años no sabemos si tendrá mundo.

Reverendo Pietri, hoy puedo hablar contigo porque soy la monja ciega que te ve en el más allá haciendo el mejor performance de tu vida.

4. Otra poeta

5. Cocinero

6. Maestro

Te digo mas. Aquí las promesas de azufre nos hacen llorar, lloramos en todas partes, pero sobre todo en el aeropuerto oh! Llevamos años llorando en el aeropuerto,

7. Estudiante de séptimo

8. Estudiante de octavo

En el aeropuerto lloramos porque nos fuimos, porque nos tuvimos que ir, porque hoy nos tenemos que ir, porque mañana te vas y me voy y a que por qué nos vamos y si no regresamos nunca y esta isla se deshiela se despedaza se vulcaniza y entonces si que nos llevó quien nos trajo y que entonces si que la piña está agria y entonces y entonces y entonces. 

Decía Tomás Blanco que en Puerto Rico no había racismo 

eso decía Help him he can’t see.

Decía José Luis González que la puertorriqueñidad no estaba donde decía Pedreira.

El gíbaro, La charca, soy, Leandra, no silvina, no. 

Performance efectuado el 9 de octubre en la Casa de los Contrafuertes, en el marco de un homenaje al Centenario de Lolita, concediendo los premios a Elizam Escobar y Oscar López. En la actividad participaron Michelle Rodríguez, Mayra Santos, Nicole Delgado, Urayoán Noel, Joserramón Melendes, Milena Pérez Joglar, entre otros.

Yurodivi

 

Por Juan Forn

El joven Boris Pilniak armó bruta polémica en Moscú, a comienzos de los años 20, cuando publicó su primer libro. Era una novela, se llamaba El año desnudo y relataba con extraordinaria potencia y modernidad de recursos el efecto de la Revolución de Octubre en una ciudad durante los doce meses inaugurales del bolchevismo. La protagonista del libro era la ciudad, Pilniak quería hacer en novela lo que Maiacovski estaba haciendo en poesía: desmontar el género, hacerlo de nuevo. Pilniak descendía de los alemanes del Volga pero había pasado parte de su infancia al otro lado de la estepa, en la frontera con China. “Dentro de mí se mezclan sangres: rusa, alemana, tártara y judía. Veo con muchos ojos”, decía para explicar su estilo literario. Víctor Shklovski lo definió así: “Pilniak suelta sus frases como se desenvaina una espada”. Trotski fue menos benévolo: “Es una tormenta verbal, un mosaico donde las piezas caen de cualquier manera”. Trotski desconfiaba de Pilniak, lo veía como un yurodivi, uno de esos locos santos de los caminos que los rusos respetan supersticiosamente. De hecho acuñó el término “compañero de ruta” para Pilniak: “No es un revolucionario; es sólo un compañero de ruta de la revolución”.

Cierto: a Pilniak le importaba más la revolución literaria que la revolución bolchevique, y en ese sentido era un yurodivi. Como los yurodivis, no se podía quedar quieto. Como los yurodivis, por su boca hablaban los registros más diversos: usó el collage literario antes y mejor que todos. Nadie se explica hasta el día de hoy cómo siguió vivo después de colar dentro de uno de sus cuentos el material más radiactivo de aquella época, un rumor incendiario sobre Stalin que corría por Moscú en esos días. El cuento trataba sobre un general que acepta el consejo de su superior supremo y se somete a una operación quirúrgica innecesaria y muere durante la intervención. Por esas fechas el mariscal Frunze, último de los héroes de la guerra civil, había perdido la vida en una mesa de operaciones, en el transcurso de una cirugía menor, dejando el camino libre que Stalin necesitaba. Sólo un idiota o un suicida podía decir en público algo así; sólo un yurodivi podía decir algo semejante y no sufrir las consecuencias.

Stalin no respetaba mucho a los yurodivis, pero no podía castigar a Pilniak por ese cuento sin autoincriminarse. De manera que se contuvo y esperó, aprovechando que nuestro muchacho estaba en ese momento en Japón. De regreso de aquel viaje Pilniak trajo un cuento que incluyó en el más perfecto de sus libros, Caoba. Ese cuento causó su desgracia. Trataba el tema de las relaciones ruso-japonesas y le ganó instantáneamente la prohibición de publicar, por “desviacionismo ideológico”. Poco después Pilniak tuvo la mala idea de aceptar una reunión con André Gide y terminó de sellar su suerte: se lo acusó de actividades contrarrevolucionarias, se lo llevaron a la Lubjanka, el juicio fue ese mismo día, 21 de abril de 1938. Duró quince minutos, fue condenado a muerte, la sentencia se ejecutó en el patio.

Pocos de los fanáticos de Pilniak recuerdan el cuento sobre Stalin (se llama “El cuento de la luna inextinguible”), pero todos veneran por igual el cuento sobre las relaciones ruso-japonesas, que se llama “Un cuento sobre cómo se escriben los cuentos” y, a la manera de las matrioshkas rusas, contiene una historia dentro de otra dentro de otra más, la última de las cuales describe con clarividencia el tétrico fin que esperaba a Pilniak.

Durante su viaje por Japón, en el consulado soviético de Nagasaki, nuestro muchacho lee sin querer el legajo de una ciudadana rusa que pide ser repatriada. Se fascina con la letra escolar y la franqueza igual de escolar con que la dama manifiesta el pedido. Sofia Vassilievna declara que conoció en Vladivostok, antes de la Revolución, a un oficial japonés del ejército de ocupación que sería poco después expulsado por las fuerzas bolcheviques. Antes de la retirada, y aun sabiendo de la prohibición de casarse con extranjeras que imperaba en su ejército, el oficial Tagaki (amante confeso de la literatura rusa) le pidió a Sofia que se reuniera con él en Japón y le dejó dinero para costear el viaje. Tagaki era un admirador tan ferviente de la literatura rusa que había aprovechado su tiempo en Vladivostok para aprender el idioma y así poder recitar en voz alta, a solas en su habitación, los fragmentos que más amaba de esas novelas. Así fue como Sofía reparó en él: al oírlo cuando pasaba bajo su ventana.

Sofia logró llegar al Japón. Al desembarcar fue interrogada por las autoridades y confesó que el motivo de su viaje era unirse a su prometido. Tagaki fue de inmediato expulsado del ejército y desterrado a su aldea natal, donde debió pasar dos años hasta tener derecho a ver a Sofia. Ella esperó en soledad hasta que se cumplió el plazo y él fue por ella, y se la llevó a una casa donde vivían en feliz intimidad hasta que, de un día para el otro, comenzaron a visitarlos periodistas y fotógrafos: Tagaki había publicado un libro con enorme éxito, uno que contaba su historia con Sofia, y la prensa quería retratar al autor junto a su esposa rusa, con el paisaje japonés de fondo. En la vida y en el libro que había escrito, Sofia encarnaba para Tagaki esa literatura que tanto amaba. Por lealtad y devoción a su marido, Sofia accedió a contestar algunas preguntas de los periodistas. Así descubrió que el libro deTagaki la retrataba en la más desnuda de las intimidades. Abandonó a su marido sin decir palabra, llegó hasta el consulado soviético en Nagasaki y allí redactó toda esta historia en su pedido de repatriación a Vladivostok.

Se sabe que, durante aquel viaje por Japón, Pilniak se enamoró y convirtió al comunismo a una japonesa llamada Yae Banno, que sería un cuadro importante del partido comunista nipón. Yae Banno era una pequeña leyenda viviente en ciertos círculos de Nagasaki en los años 20: durante la guerra ruso-japonesa (1904-1905), cuando tenía apenas diecisiete años y era el ama de llaves de uno de los observadores internacionales de dicha guerra, había tenido un romance con ese oficial que había dado por resultado un hijo. Entre la bohemia de Tokio se decía que Yae Banno era la Madame Butterfly en la que se había basado la ópera. Fue Pilniak quien logró convertir a esta mujer al comunismo, con sus relatos de la revolución, pero tuvo menos suerte para conquistarla. El cuento que escribió a su regreso, el relato japonés que selló su desgracia, quería ser en realidad un velado homenaje al romance que no prosperó, una especie de Butterfly al revés.

En las últimas líneas de su cuento Pilniak recorre todas las atrocidades históricas entre rusos y japoneses que Sofia y Tagaki debieron ignorar para estar juntos. Opone a estos hechos la versión del alma rusa que da Tagaki en su libro y la versión escolar que da Sofía en su legajo consular. Pilniak dice entonces: “Él escribió un libro hermosísimo. Ella vivió su autobiografía hasta el fondo”. Y remata el cuento, con la frase más famosa de toda su obra: “Que sean otros quienes juzguen, no yo. Mi trabajo se reduce a meditar sobre las cosas. En particular, cómo pueden convertirse en relatos”. Fueron efectivamente otros quienes juzgaron, y condenaron, y ejecutaron a Pilniak, por ese impenitente hábito de convertir las cosas en relatos.

Tomado de www.página 12.com.ar con permiso del autor.