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Crucigrama: Gilberto Concepción de Gracia

Por Vilma Soto Bermúdez/Especial para En Rojo

Horizontales
1. Gilberto Concepción de _____; abogado, escritor, periodista, profesor de literatura latinoamericana y político puertorriqueño. Fundador del Partido Independentista Puertorriqueño.
5. En nombre de la _____; libro de discursos y escritos de Concepción de Gracia.
7. 9 de _____ de 1909; nacimiento de Concepción de Gracia.
8. Impar.
9. Instrumento de labranza de los taínos.
11. Nombre de la letra g.
12. Quia, interjección.
14. Océano.
16. Contracción gramatical.
17. Sexta nota musical.
19. Partido _____ Puertorriqueño; fue presidido por Concepción de Gracia hasta 1968.
20. Dativo de pronombre.
21. Decimosexta letra del alfabeto griego que corresponde a la p del latino.
22. Algún.
23. Símbolo del argón.
24. Vuestra merced.
25. _____ Juan; ciudad donde falleció Concepción de Gracia.
26. Asistir.
27. Carta de la baraja.
28. _____ Emeterio Betances; Padre de la Patria puertorriqueña.
29. Del verbo rendir.
30. Apócope de nada.
31. Existe.
33. _____ Panamericana; Concepción de Gracia trabajó en Washington, D.C. para esta organización precursora de la Organización de Estados Americanos.
38. Tisana.
39. Cólera.
40. Tratamiento de respeto que se antepone a los nombres de pila, masc.
42. Río de Galicia.
44. 15 de _____ de 1968; fallecimiento de Concepción de Gracia.
45. Municipio italiano de la Provincia de L’Aquila, en Abruzos.
47. Los días con mi _____; (2010) libro de Gilberto Concepción Suárez sobre su progenitor don Gilberto Concepción de Gracia.
49. _____ Lydia Vega; escritora puertorriqueña.
50. Señora, abrev.
51. Igualdad en la superficie o la altura de las cosas.
52. Nueva _____; ciudad donde vivió Concepción de Gracia. Allí ayudó y defendió a los emigrantes boricuas, escribió para “La Voz” y colaboró con el congresista Vito Marcantonio por los derechos de las minorías.
53. The Land Authority of Puerto ____; tesis doctoral de Concepción de Gracia para la Universidad de George Washington, en Washington, D.C.; obtuvo allí grados de maestría en Derecho y de doctor en Derecho con especialidades en Derecho de Patentes y Derecho Administrativo.

Verticales
2. Gilberto _____ de Gracia; en su juventud militó en el Partido Nacionalista de Puerto Rico que dirigía Pedro Albizu Campos.
3. Estruja.
4. Elevad.
5. La _____; Concepción de Gracia se destacó como periodista y editorialista de ese periódico en Nueva York.
6. Inclinases, recostases.
8. Niño.
10. Vega _____; ciudad natal de Concepción de Gracia.
11. _____ Concepción de Gracia; sus escritos y discursos fueron recogidos en el libro “En nombre de la verdad”.
13. Dicho de un perro: agarra por las piernas alguna res.
14. Símbolo del manganeso.
15. Segunda nota musical.
16. Recortaré e igualaré el pelo con tijeras.
18. Perteneciente o relativo a Aarón, hermano de Moisés.
32. Amaury _____; compositor puertorriqueño. Compuso una pieza musical para orquesta y piano en honor a Concepción de Gracia.
33. Antigua ciudad del sur de Mesopotamia.
34. Naves.
35. Detesta.
36. Negación.
37. _____ Albizu Campos; Concepción de Gracia fue su abogado y del grupo de nacionalistas arrestados por el gobierno de EEUU.
38. Apócope de tanto.
39. Sacerdotisa de Hera que fue amada por Zeus.
41. Símbolo del neptunio.
43. Reza.
44. Lo contrario al bien.
46. Segundo Congreso _____ Independencia; fue dirigido por Concepción de Gracia.
48. Adjetivo demostrativo.

El Sínodo para la Amazonia y la espiritualidad lascasiana

Por Marcelo Barros/Especial para En Rojo

En los círculos católicos, uno de los temas más en evidencia es el próximo Sínodo de los Obispos que el Papa Francisco convocó para Roma en octubre. Desde 2017, la Red Eclesial Panazónica (REPAM) reúne misioneros/as de los nueve países que componen la región: Brasil, Venezuela, Colombia, Ecuador, Peru, Bolivia, Suriname, Guyana e Guyana Francesa. Esa red realizó consultas y diálogos con muchas comunidades y grupos locales. Como resultado, el documento de trabajo propuesto para el Sínodo propone que misioneros y pastores se pongan en permanente escucha y actitud de acogida amorosa de las tradiciones culturales y espirituales de los pueblos amazónicos. Eso es nuevo porque, desde los tiempos de la colonización, la Iglesia Católica y otras denominaciones han confundido la misión con la legitimación de la conquista y de los imperios. Las principales víctimas de ese sistema fueron los pueblos originarios. Ahora, el Papa Francisco y buena parte de la Iglesia proponen una evangelización basada en el diálogo respetuoso y en el reconocimiento de la presencia divina en todas las religiones y culturas. De hecho, eso es nuevo como toma de posición de un papa y de misioneros/as que trabajan en la región. Sin embargo, desde los tiempos coloniales, algunos pocos misioneros, incomprendidos por la jerarquía, insistieron: la misión cristiana no puede estar vinculada a colonización dominadora. Debe existir inserción amorosa en la vida de las comunidades indígenas. 

En América Latina, el 17 de julio recuerda la muerte de la figura más conocida que defendió estas posiciones. Fue Bartolomé de las Casas, primer obispo de Chiapas, en el sur de México. El defendió la dignidad de los indios contra el sistema de colonización y esclavitud. Venido de España a América en 1530, como propietario de tierras y de indios, cuando vio el sufrimiento de las comunidades originarias, se convirtió en misionero para luchar contra la esclavitud. Defendió la dignidad de los indios frente al rey de España y enseñó: en los cuerpos de los indios esclavizados, es el mismo Jesucristo quien es explotado por aquellos que se llaman cristianos. 

Hasta hoy, en los proyectos misioneros de las Iglesias, sigue el riesgo de cierto colonialismo cultural. En diálogo con los indios, en Puerto Maldonado, en la Amazonia peruana, en enero de 2018, el papa Francisco pidió a los jefes indígenas que ayudaran la Iglesia a superar esa trampa y a formar una Iglesia con rostro amazónico e indio. Esperamos que, en el Sínodo para la Amazonia, los obispos allí reunidos, sigan ese camino.

El autor es monje benedictino y ha escrito más de 40 libros.

Carta abierta a Victoria Espinosa (2009)

Querida Vicky:

Sé que no fui el único que quedó tristemente sorprendido por tu declaración de que te sentías “fracasada”. Esa mañana, en que nos reunimos en el Teatro Francisco Arriví para anunciarle al país el comienzo del Quincuagésimo Festival de Teatro Puertorriqueño, el ánimo era de celebración, pues tras medio siglo de actividad teatral ininterrumpida, la edición de este festival celebra ese indiscutible logro con la presentación de obras emblemáticas de esos cincuenta años, específicamente aquéllas de autores fundacionales como Manuel Méndez Ballester, René Marqués, Francisco Arriví, y Luis Rafael Sánchez.
Ciertamente puedo entender, inclusive compartir, tu desilusión por no haberse logrado todavía un teatro profesional en Puerto Rico, esto a pesar de los inmensos esfuerzos y el no menos excepcional talento de tantos artistas como tú y tus compañeros de luchas cincuentenarias. Imposible es para mí olvidar el desencanto de Francisco Arriví en la apertura del Centro de Bellas Artes de Santurce, lugar en el cual había cifrado la esperanza de un teatro profesional con la creación de una compañía nacional, que hiciera de nuestro teatro la profesión digna y necesaria que es en tantas otras naciones del mundo y que en la nuestra resulta ser, para todos los efectos, inexistente. Sí, razones podríamos presentar para hablar de “fracaso”.
Y sin embargo… Esa mañana Johanna Rosaly recordó su asistencia al Primer Festival y el empujón que ello significó para aspirar a una carrera actoral que hoy honra nuestro teatro. Un comentario similar le escuché años atrás a Rosa Luisa Márquez, irreemplazable actriz y directora. Por mi parte, recuerdo la impresión tan fuerte que recibí en mi temprana adolescencia en ed Querida Vicky:

Sé que no fui el único que quedó tristemente sorprendido por tu declaración de que te sentías “fracasada”. Esa mañana, en que nos reunimos en el Teatro Francisco Arriví para anunciarle al país el comienzo del Quincuagésimo Festival de Teatro Puertorriqueño, el ánimo era de celebración, pues tras medio siglo de actividad teatral ininterrumpida, la edición de este festival celebra ese indiscutible logro con la presentación de obras emblemáticas de esos cincuenta años, específicamente aquéllas de autores fundacionales como Manuel Méndez Ballester, René Marqués, Francisco Arriví, y Luis Rafael Sánchez.
Ciertamente puedo entender, inclusive compartir, tu desilusión por no haberse logrado todavía un teatro profesional en Puerto Rico, esto a pesar de los inmensos esfuerzos y el no menos excepcional talento de tantos artistas como tú y tus compañeros de luchas cincuentenarias. Imposible es para mí olvidar el desencanto de Francisco Arriví en la apertura del Centro de Bellas Artes de Santurce, lugar en el cual había cifrado la esperanza de un teatro profesional con la creación de una compañía nacional, que hiciera de nuestro teatro la profesión digna y necesaria que es en tantas otras naciones del mundo y que en la nuestra resulta ser, para todos los efectos, inexistente. Sí, razones podríamos presentar para hablar de “fracaso”.
Y sin embargo… Esa mañana Johanna Rosaly recordó su asistencia al Primer Festival y el empujón que ello significó para aspirar a una carrera actoral que hoy honra nuestro teatro. Un comentario similar le escuché años atrás a Rosa Luisa Márquez, irreemplazable actriz y directora. Por mi parte, recuerdo la impresión tan fuerte que recibí en mi temprana adolescencia en el estreno de Sacrificio en el Monte Moriah de René Marqués, en que se podía palpar la terrible tensión de la sala ante la exigencia de un texto que no se recibía como “arte”, sino como un llamado a la acción política. Como muchos otros, atribuyo a esas tempranas experiencias en los festivales mi amor y mi respeto por el arte teatral, ese arte al que hoy, como tantos otros colegas, intento servir.
Vicky, qué duro escucharte hablar de ese supuesto “fracaso” y recordar tu trabajo. La primera vez que oí tu nombre fue en mis años de estudiante, cuando presentaste El negro en América en el Teatro de la Universidad de Puerto Rico. Casi cuarenta años después, todavía me estremezco con el recuerdo de aquella imagen de un inmenso puño levantado que se proyectaba a vuelta redonda en esa gran sala, imagen que se convirtió para mí en la metáfora más certera del poder, la necesidad y el placer del arte teatral, una imagen que es la razón que sostiene nuestro trabajo en un país donde este trabajo se ningunea.
No creo que haya sido la clase artística la que ha “fracasado”. Por el contrario, la clase artística mantiene esta nación con vida. Pero esta clase artística no puede profesionalizarse, como pretendían tú y Arriví, si esta profesionalización no es apoyada por un proyecto nacional. Ahí está nuestra verdadera carencia, pues si otras naciones han logrado el establecimiento de una compañía teatral nacional, es porque lucharon por su soberanía nacional, soberanía sin la cual todo esfuerzo resulta incompleto. Si acaso hablamos de “fracaso”, primero reconozcamos que es el de una colectividad que se ha conformado con ser, en palabras de Ana Lydia Vega, una “colonia satisfecha”.
No obstante, Vicky querida, pienso que es inútil hablar de “fracaso”. El “fracaso” sólo puede aquilatarse después del hecho, concluída una acción. Ese no es, ni remotamente, nuestro caso. Nada más hay que ver la feliz efervescencia de nuestros jóvenes teatristas quienes, pese al invariable fardo de limitaciones con el que trabajan, tercamente insisten en mostrarle al mundo esa grandeza que los poderes intentan negarnos, dándole continuidad y sostén a los logros de sus maestros. Aquí tenemos trabajo de sobra que realizar, seguimos inventando, produciendo, mostrándole al mundo entero que no claudicamos, ni siquiera cuando nos asaltan las dudas y sentimos que “hemos fracasado”. Y si las cosas no salen como las planificamos, eso no nos impide celebrar nuestros muchos otros logros y seguir aspirando, construyendo.
Cuando mencionaste que en el Primer Festival dos de las directoras, la inolvidable Piri Fernández y tú, dirigieron sus producciones durante sus respectivos embarazos, no pude menos que sentir esa maravilla que siempre me produQuerida Vicky:

Sé que no fui el único que quedó tristemente sorprendido por tu declaración de que te sentías “fracasada”. Esa mañana, en que nos reunimos en el Teatro Francisco Arriví para anunciarle al país el comienzo del Quincuagésimo Festival de Teatro Puertorriqueño, el ánimo era de celebración, pues tras medio siglo de actividad teatral ininterrumpida, la edición de este festival celebra ese indiscutible logro con la presentación de obras emblemáticas de esos cincuenta años, específicamente aquéllas de autores fundacionales como Manuel Méndez Ballester, René Marqués, Francisco Arriví, y Luis Rafael Sánchez.
Ciertamente puedo entender, inclusive compartir, tu desilusión por no haberse logrado todavía un teatro profesional en Puerto Rico, esto a pesar de los inmensos esfuerzos y el no menos excepcional talento de tantos artistas como tú y tus compañeros de luchas cincuentenarias. Imposible es para mí olvidar el desencanto de Francisco Arriví en la apertura del Centro de Bellas Artes de Santurce, lugar en el cual había cifrado la esperanza de un teatro profesional con la creación de una compañía nacional, que hiciera de nuestro teatro la profesión digna y necesaria que es en tantas otras naciones del mundo y que en la nuestra resulta ser, para todos los efectos, inexistente. Sí, razones podríamos presentar para hablar de “fracaso”.
Y sin embargo… Esa mañana Johanna Rosaly recordó su asistencia al Primer Festival y el empujón que ello significó para aspirar a una carrera actoral que hoy honra nuestro teatro. Un comentario similar le escuché años atrás a Rosa Luisa Márquez, irreemplazable actriz y directora. Por mi parte, recuerdo la impresión tan fuerte que recibí en mi temprana adolescencia en el estreno de Sacrificio en el Monte Moriah de René Marqués, en que se podía palpar la terrible tensión de la sala ante la exigencia de un texto que no se recibía como “arte”, sino como un llamado a la acción política. Como muchos otros, atribuyo a esas tempranas experiencias en los festivales mi amor y mi respeto por el arte teatral, ese arte al que hoy, como tantos otros colegas, intento servir.
Vicky, qué duro escucharte hablar de ese supuesto “fracaso” y recordar tu trabajo. La primera vez que oí tu nombre fue en mis años de estudiante, cuando presentaste El negro en América en el Teatro de la Universidad de Puerto Rico. Casi cuarenta años después, todavía me estremezco con el recuerdo de aquella imagen de un inmenso puño levantado que se proyectaba a vuelta redonda en esa gran sala, imagen que se convirtió para mí en la metáfora más certera del poder, la necesidad y el placer del arte teatral, una imagen que es la razón que sostiene nuestro trabajo en un país donde este trabajo se ningunea.
No creo que haya sido la clase artística la que ha “fracasado”. Por el contrario, la clase artística mantiene esta nación con vida. Pero esta clase artística no puede profesionalizarse, como pretendían tú y Arriví, si esta profesionalización no es apoyada por un proyecto nacional. Ahí está nuestra verdadera carencia, pues si otras naciones han logrado el establecimiento de una compañía teatral nacional, es porque lucharon por su soberanía nacional, soberanía sin la cual todo esfuerzo resulta incompleto. Si acaso hablamos de “fracaso”, primero reconozcamos que es el de una colectividad que se ha conformado con ser, en palabras de Ana Lydia Vega, una “colonia satisfecha”.
No obstante, Vicky querida, pienso que es inútil hablar de “fracaso”. El “fracaso” sólo puede aquilatarse después del hecho, concluída una acción. Ese no es, ni remotamente, nuestro caso. Nada más hay que ver la feliz efervescencia de nuestros jóvenes teatristas quienes, pese al invariable fardo de limitaciones con el que trabajan, tercamente insisten en mostrarle al mundo esa grandeza que los poderes intentan negarnos, dándole continuidad y sostén a los logros de sus maestros. Aquí tenemos trabajo de sobra que realizar, seguimos inventando, produciendo, mostrándole al mundo entero que no claudicamos, ni siquiera cuando nos asaltan las dudas y sentimos que “hemos fracasado”. Y si las cosas no salen como las planificamos, eso no nos impide celebrar nuestros muchos otros logros y seguir aspirando, construyendo.
Cuando mencionaste que en el Primer Festival dos de las directoras, la inolvidable Piri Fernández y tú, dirigieron sus producciones durante sus respectivos embarazos, no pude menos que sentir esa maravilla que siempre me produce el milagro que es el arte puertorriqueño, “esa cosa” que no se supone que exista, y sin embargo…. Hoy agradezco la justa y luminosa intervención de Idalia Pérez Garay, quien en esa mañana en el Teatro Arriví, consternada por tus palabras negó tu desilusión y te describió como lo que precisamente eres: una diosa. A ti siempre te veneraremos porque por lo que eres y haces, es que somos y hacemos.
Vicky, la lucha—y el gozo—continúan. Tu presencia y tu trabajo nos son imprescindibles. Victoria, nos veremos en el teatro.
Humildemente, tu admirador siempre, Nelson Rivera.

Entregada en fotocopia al público asistente a las funciones de El Maestro en el Teatro Victoria Espinosa, 1–10 de mayo de 2009; publicada en Claridad/En Rojo, 14 mayo 2009. 

 

Dos libros de Miguel Ángel Náter

Desde que Octavio Paz (1914-1990) lo consignó en El arco y la lira (1956), sabemos que la poesía es un fenómeno de lenguaje de infinitas posibilidades, que puede conducirnos a destinos insospechados. La poesía, hecha de lenguaje, ritmo e imágenes, es “conocimiento, salvación, poder, abandono”; puede decirlo y abarcarlo todo. Si se trata de un poeta auténtico y formado, sabrá conducirnos a sus predios íntimos para comunicarnos su sentir y sus pensamientos, sus zozobras interiores y sus fugaces placeres, como lo hace Miguel Ángel Náter (1968) en Archipiélago de sombras o El libro de lo oscuro y En fuego Orfeo, ambos publicados este mismo año. Lo primero que celebro es que el autor elude los tópicos literarios de moda, en especial los posmodernos, para ser fiel a sí mismo a través de poemas de impronta clásica, por la serena factura de los textos, ajenos a toda pirotecnia, pero constelados de referencias a la mitología y el antiguo mundo de Grecia y Roma, y escritos con mano firme por quien conoce a fondo su oficio así como la historia antigua en sus más mínimos pormenores, y que sabe enhebrar sus propias inquietudes existenciales con las pasiones de aquellas figuras y dioses mitológicos cuya vigencia se mantiene gracias a la universalidad humana de sus grandezas y miserias.
De entrada, me parecen certeros los postulados de Aníbal Salazar Anglada, autor del prólogo de Archipiélago de sombras, cuando habla de los “versos oscuros, libidinosos, carnales, pero no desnudos de ropajes” del autor, su “entramado culturalista que nos retrotrae a lugares antiguos y dioses rotos”, su “libro maldito, imposible”, el hilo conductor es “el deseo carnal, furtivo, secreto, prohibido, irrefrenable”; una obra con la que consigue “lo que solo logra la buena poesía: hacernos perder el tiempo, el sentido”. Leyendo estos dos libros vinieron a mi mente unos cuantos que me parecen antecedentes ilustres. Por mencionar solo algunos: Los placeres prohibidos (1931), de Luis Cernuda (1902-1963); Las noches (1949), del músico y escritor dominicano Manuel Rueda (1921-1999), un cuaderno de sonetos publicado en Santiago de Chile cuando perfeccionaba sus estudios de piano; los Sonetos del amor oscuro (1983) de Federico García Lorca (1898-1936); e incluso algunos poemas pesimistas y autodestructivos de Jaime Gil de Biedma (1929-1990).
La poesía de Náter no está hecha para la curiosidad del lector superficial que persigue novedades líricas. Los suyos son poemas contundentes, apasionados, desgarradores a veces, llenos de referencias táctiles, olfativas y visuales que obligan a pensar y establecer comparaciones, como cuando escribe: “del semen, del relámpago, del tiempo, / de Antínoo de pronto envejecido” (p. 29). Aquí uno no puede menos que retrotraer el pensamiento al favorito del emperador Adriano, consagrado por Marguerite Yourcenar (1903-1987) en su extraordinaria novela.
Llamaron mi atención las referencias a la música, los grandes compositores e intérpretes, un campo de infinitas proyecciones sonoras: “la lenta sinfonía de Mahler” –pienso que se refiere al adagietto de su 5ta. Sinfonía en do sostenido menor, que a su vez me llevó a las inolvidables escenas de Muerte en Venecia de Thomas Mann (1875-1955) y la obra maestra que plasmó con ella Luchino Visconti (1906-1976)–; aunque me quedé perplejo ante ciertas menciones por no encontrarles un hilo conductor aparente, como la de Vladimir Horowitz (1903-1989), cuyas extraordinarias velocidades de interpretación establecieron un antes y un después en la música de los pianistas contemporáneos; y sobre todo las composiciones de Franz Schubert (1798-1831), que tenía el “don” de la melodía; Felix Mendelssohn (1809-1847), cuya música fue un tributo a la alegría; Ludwig van Beethoven (1770-1827), que fue un atormentado genial; Frédéric Chopin (180-1849), no siempre melancólico, a veces más bien impetuoso; y de los pianistas de hoy, Lang Lang (1982), que se ha convertido en una superestrella de excesivos manierismos, y Yundi Li (1982), cuyas interpretaciones de Chopin resultan convincentes.
En fuego Orfeo es, a mi juicio, un libro más hermético que Archipiélago de sombras, donde el cuerpo masculino se enseñorea en todo su esplendor a través de formas, olores, humores. El poeta configura un ámbito poblado de ángeles malignos o perversos con un trasfondo de mar en sombras, como un destino inexorable. De nuevo la mitología griega y el mundo clásico hacen su aparición, trabajados por el autor con parsimonia y delectación.
Se hacen aquí muy ostensibles el desamparo que proviene del deseo inalcanzado o los cuerpos huidizos en las sombras del bar, espacio-refugio para el encuentro erótico en el submundo de la noche. Muy elocuentes resultan las intertextualidades o alusiones a Miguel Ángel (1475-1564) en el verso “David en la pureza de Carrara”, o Caravaggio (1571-1610) y sus pinturas paganas; o el San Sebastián, icono del mundo gay que Yukio Mishima (1925-1970) inmortalizó en Confesiones de una máscara (1949); e incluso el submundo satanizado, la evocación permanente de lo griego con sus efebos deseados, los prohibidos laberintos poblados de jóvenes desnudos que hacen pensar en los imberbes chaperos que Constantino Cavafis (1863-1933) consagró en sus poemas eróticos. En fin, una serie de aquelarres celebrados en un “pantano del deseo” homoerótico, entre “cálidos racimos pasionales” y un interminable desfile de cuerpos núbiles muy codiciados.
Con estos dos libros, Miguel Ángel Náter continúa explorando con entrega y constancia su arsenal poético, al que dio apertura en 1992 con Ceremonial, en la Editorial Isla Negra. Ahora le toca seguir adelante en su incesante búsqueda, cavando hondo para revelarnos sus verdades íntimas, munido de la fuerza transgresora de sus palabras.

Santo Domingo, R. D., 5 de julio de 2019.
El autor es Director Departamento Cultural Banco Central, República Dominicana

Poemas de Servando Echeandía Colón

muchas horas afinando el instrumento 

 

muchas horas auscultando cada son, 

cada sonoridad, cada sonido,

muchas horas hasta alcanzar el instante incandescente que deshace al instrumento, que lo reduce a una excusa, 

a un pretexto, 

y hasta, quién lo hubiera dicho,

impedimento

 

ahora

que por fin has arribado al final de tu camino

ahora que por fin estás de vuelta

a tu puerto original

se detiene al peregrino y queda el viaje

se despierta el soñador y queda el sueño

 

para intentar volver hay que ocultarle al ojo la radiante claridad

que una vez lo encegueciera

para intentar volver hay que negarle al oído la embriagante melodía que una vez lo ensordeció

ver lo que

por transparente no se ve

saber lo que por evidente se desconoce

sentir lo que,

por último, 

ya no se ve,

ya no se sabe,

ya nadie siente

libre soy 

de todos los preceptos que no acepto, 

de todos los mandatos que no aceptaré 

libre soy de toda ley 

que sepa o desconozca, 

de todo mandamiento que me quieran imponer 

atravieso las fronteras que no apruebo, 

cruzo cada raya que me tracen, 

salvo toda valla que me quiera aprisionar 

en fin, por si acaso todavía no está claro, 

violo toda norma que me encuentre, 

rompo toda regla que me quiera limitar 

si nada es verdad, 

o sea, 

si todo es incierto 

si todo es un cuento, 

entramado de ficción, 

trama de drama 

si todo es un sueño, 

enrejado de la imaginación, 

pura invención, 

mito ilusorio 

entonces lo mismo da 

lo uno que lo otro y, 

por lo tanto, 

quedo libre de escoger 

luego escojo la realidad más fantasiosa,

la fábula más irreal, 

el mito puro 

Servando Echeandía Colón, (1956). Sus poemas han aparecido en revistas como Alicia la roja, Sin Nombre y Casa de Las Américas, entre otras, y en antologías como Poesíaoi: Antolojía de la sospecha (Joserramón Melendes, ed., Qease: 1978) y Antología de la poesía puertorriqueña (Rubén Moreira, ed., Tríptico: 1993), entre otras. Ha publicado Pretextos (Editorial de la Universidad de Puerto Rico: 2000), Premio de Poesía del Pen Club de Puerto Rico para ese año, y Variaciones (Folium: 2011).