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Adios, amigo.

Carlos, tú mejor que nadie sabes que los pueblos crecen por medio del ejemplo. También sabes que todas tus luchas, las más importantes, siguen inconclusas y el ejemplo tuyo ayudará a seguirlas. Por eso debemos proclamarte, que los que no te conocen se enteren de lo que hiciste y, más aún, por qué lo hiciste. Por eso, aunque no lo quieras, porque es necesario para que tu lucha siga, tenemos que despedirte, para que esa despedida sirva como un aldabonazo a la conciencia de algunos.

Por Manuel de J. González/CLARIDAD

Desde hace unos meses sabía que un día, como este, estaría sentado frente a un teclado tratando de escribir esta despedida. Que buscaría palabras que no llegan. Quiero escribir, pero me sale espuma, dice más o menos un verso de Miguel Hernández, a quien siempre acudo en momentos duros. Y ahora entiendo más al poeta. Llevo un rato y sólo aparecen palabras huecas, como de espuma. 

Pienso en cosas raras. Por ejemplo, en las manías que todos tenemos. Carlos era especial, pero también las tenía. Una de ellas era que no quería que le organizaran actos de despedida. Quería irse sin ruido y, sobre todo, que no lo estuvieran exhibiendo de un lado para otro como, como pájaro en jaula. Esos pedidos los repitió varias veces, como un mandato de despedida. 

Pero no todos los mandatos deben ser cumplidos. Carlos, en su inmensa humildad, nunca percibió a cabalidad lo que él representaba para Puerto Rico. No entendía que su dedicación a la lucha lo había colocado en un lugar especial. Que esa lucha intensa le había conseguido enemigos, pero que por cada uno de esos hay una legión de agradecidos Que muchos de esos últimos quieren, al menos, tener un minuto para decirle adiós, para decirle que lo quieren, que lo respetan y que le agradecen su dedicación a este pueblo, a esta Patria. Quieren que sepa, aun desde la nada de la muerte, que le estamos y le estaremos eternamente agradecidos. 

Además, Carlos, tú mejor que nadie sabes que los pueblos crecen por medio del ejemplo. También sabes que todas tus luchas, las más importantes, siguen inconclusas y el ejemplo tuyo ayudará a seguirlas. Por eso debemos proclamarte, que los que no te conocen se enteren de lo que hiciste y, más aún, por qué lo hiciste. Por eso, aunque no lo quieras, porque es necesario para que tu lucha siga, tenemos que despedirte, para que esa despedida sirva como un aldabonazo a la conciencia de algunos.

Esa es la razón más importante para no cumplir del todo con lo que ordenaste. Tú sabes que éramos hermanos, pero que a veces peleábamos y que no siempre estuve de acuerdo contigo. Este es el último diferendo. Habrá un acto de despedida, aunque no te exhibiremos de un lado para otro. Cumplimos en parte. Estoy seguro que si me pudieras escuchar, a regañadientes, aceptarías algún homenaje póstumo. Eras testarudo, pero no tanto. 

Si todas estas razones no fueran suficientes, hay otra que también nos sirve para explicar la necesidad de una despedida. Es la amistad. Si alguien tenía una facilidad extraordinaria para hacer amigos y amigas, ese fue Carlos Gallisá. Ese don era a su vez resultado de unas cualidades siempre muy bien cultivadas: sinceridad, solidaridad y lealtad. Cuando esas virtudes se juntan, atraen como las flores a las abejas. Por eso Carlos siempre tuvo un enjambre a su alrededor. 

Carlos fue el único hijo que tuvieron don Juan y doña Monín y tal vez esa condición de hijo único lo impulsó a buscar amigos y amigas que en muchas ocasiones se convirtieron en hermanos y hermanas. La lista es larga y toda esa gente quiere tener la oportunidad de encontrarse y abrazarse porque, al hacerlo, un poco nos tranquilizamos. Juntándonos nos sacamos un poco el dolor que desde hace bastante tiempo nos mortifica. Desde que supimos que estaba enfermo.

Algunos tuvimos la oportunidad de ayudarle a pelear con los monstruos. Muy pocos. Porque Carlos no quería preocupar a todos sus amigos ni a su familia y por eso se apoyó en un grupo muy pequeño para dar la larga batalla que dio contra el cáncer. Desde hacía años se le escuchaba en la radio, como siempre, tranquilo y firme, o se le veía en la calle marchando, pero muy pocos sabían que daba otra lucha callada contra esa maldita enfermedad. La lucha tomó años y la dio sin nunca abandonar la trinchera de la radio ni la de la calle. Cuando ustedes me escuchaban en Fuego Cruzado, en la mayoría de los casos era porque estaba en algún tratamiento. Luego volvía diciendo, como aquel fraile, “decíamos ayer” y por ahí seguía. 

Los que te apoyamos en esa lucha y a veces te ayudamos a esconder el mal, supimos siempre que no lo hacías por la tonta vanidad que lleva a algunos a esconder una enfermedad, sino para evitar preocupaciones. Además, no querías que la pesadumbre entorpeciera todo lo que hacías en tantos frentes donde siempre luchaste manteniendo el mejor talante. 

Pues, Carlos, todos esos amigos y amigas que te ayudamos a dar las batallas, queremos tener la oportunidad de juntarnos para despedirte. Porque aunque ya no estés con nosotros, ese junte nos sirve para reconfortarnos, para consolarnos, para saber que aunque te hayas ido, estarás con nosotros dando las batallas que faltan.

HASTA LA VICTORIA SIEMPRE.

Tallando

Aunque tuvo muchas vidas, siempre tuvo conciencia de que todas ellas tienen una caducidad. No se aferró a ningún partido, organización, proyecto político o personal. Reclamó siempre su libertad de hacer y pensar lo que le diera la gana, e impuso su voluntad sobre su vida hasta el final.

Por Sofía Gallisá Muriente

Mi padre sobrevivió muchas cosas, libró muchas batallas –yo soy una de ellas. Como la hija más pequeña, le decía bromeando que yo era la venganza, enviada a pasarle factura en la vejez. Papi ya era viejo cuando yo nací, y desde chiquita temía su muerte porque él tenía la edad de los abuelos de mis amigos, pero resultó que yo era casi un anticuerpo para la vejez: preguntándole y debatiéndole hasta la semana pasada. Ya que todo el mundo lo aplaudía, asumí desde chiquita que me tocaba ser la impertinente que le cuestionara. Como me han recordado varias amigas, Papi siempre escuchaba a los niños con mucho respeto. Desde pequeña me hizo sentir que tomaba mis opiniones en serio y que creía genuinamente en el debate y el intercambio de ideas como un gesto de amor y de interés en el aprendizaje mutuo. Admiro su compromiso con la comunicación honesta y directa, y la capacidad que tenía de renovar sus ideas, reconocer sus errores, interesarse por aprender de todo tipo de personas y evolucionar (a veces al mismo tiempo que sus compañeros, a veces de maneras inusuales para su generación).

Ayudé a Papi a mantenerse joven compartiendo cosas que a veces sorprenden a los que piensan que era un tipo serio – desde cantar Mon Rivera de camino a la escuela, hasta hacernos tatuajes juntos y fumar cannabis medicinal. Fue, por encima de todas las cosas, mi cómplice. Me gustaba delatarlo en escenarios serios como éste, porque me parecía que su humor era tan importante como su elocuencia a la hora de ganarse el respeto y el cariño de cualquier persona.

Hace unas semanas, me dijo en el hospital que sentía que estaba terminando su odisea: y me parece la mejor manera de describir su vida. Papi era como un Forest Gump boricua – vivió muchas vidas, conoció muchas personas. Fue pelotero, baloncelista, campeón de trivia y mímica, vendedor de turrón, jardinero, soldado en Corea, vice-director del Departamento de Turismo, abogado, legislador, director de periódico, escritor, historiador aficionado, comentarista radial, representante de los derechos del consumidor ante la AEE y campeón de billar, póker y dominó, así como gran conocedor del bolero.

Como todo personaje heroico, estuvo cerca de la muerte muchas veces. Enumero los atentados que conozco, porque estos aspectos de su vida fueron los más invisibles. Entre sus proyectos pendientes se quedó un libro sobre la lucha armada clandestina, porque decía que la CIA sabía más de nuestra lucha que los puertorriqueños.

En 1969 le rajaron la cabeza a macanazos en la Avenida Ponce de León cuando una turba anexionista quemó la cede del MPI en Río Piedras y él fue a apoyarlos con un grupo de abogados. Colapsó frente a una librería y un desconocido lo salvó arrastrándolo para adentro del negocio. 

En 1974, cuando Carlos La Sombra organizó un motín en la Cárcel La Princesa y tomó a papi como rehén y abogado negociador, un fotógrafo del periódico El Mundo le dijo que se quedara junto a él, que habían rumores que la policía estaba tratando de matarlo allí y hacerlo ver como accidente.

En 1975, antes de comenzar un acto del Partido Socialista Puertorriqueño en Mayagüez, una bomba estalló causando la muerte a Luis Ángel Charbonier y a Eddie Román Torres. Papi se suponía que se encontrara con Charbonier esa tarde.

•  En 1978, le pusieron una bomba en su oficina cuando era presidente del PSP.

Meses más tarde, tirotearon la casa donde vivían mis hermanos y su mamá en Hato Rey

También le pusieron una bomba debajo del carro en una ocasión y en otra lo tirotearon llegando a su casa en la Calle Sol del Viejo San Juan.

A eso se sumaron el cáncer, dos veces, e innumerables problemas en el corazón. Sobrevivió tantas cosas que es sorprendente que llegara al 1986 cuando yo nací.

Papi nunca dio alardes de sus hazañas y no quiso preocupar a muchos hablando de sus enfermedades. Sus mayores héroes eran los nacionalistas puertorriqueños y los revolucionarios cubanos, y de ellos siempre resaltó la humildad. Pero era increíble escucharlo contar historias –si hay una cosa que me da miedo con su muerte es que se me olviden los detalles de algunas y no pueda seguir contándolas. Era apasionante escucharlo hablar de sus andanzas con Carlos La Sombra, sus reuniones con Fidel, o los encuentros fortuitos que tuvo con figuras desde La Pasionaria hasta Julio Cortázar. Mi relación con Papi se forjó a partir de interrogatorios eternos y maratones de cuentos. Nunca escribió sus memorias y nunca quiso homenajes. Creo que el mejor tributo que podríamos hacerle es contar sus historias, forjar mejores puentes entre generaciones que permitan el intercambio de ideas e influencias, dudar y decirlo, pero sobre todo gozar en el proceso. Papi no creía en una revolución sin jangueo.

Aunque tuvo muchas vidas, siempre tuvo conciencia de que todas ellas tienen una caducidad. No se aferró a ningún partido, organización, proyecto político o personal. Reclamó siempre su libertad de hacer y pensar lo que le diera la gana, e impuso su voluntad sobre su vida hasta el final.

Los últimos 7 meses fueron un sube y baja entre hospitales y terapias en el hogar. Tanto su familia biológica como su enorme familia escogida cuidamos de su salud y lo rodeamos de amor a lo largo del proceso. Nunca terminaremos de dar gracias a todas y todos los que estuvieron acompañándolo. Aunque nos había acostumbrado a recuperaciones milagrosas y a un cuerpo que luchaba siempre más de lo que correspondía a sus años, en las últimas semanas se empezaron a combinar males, efectos secundarios y señales de deterioro. Su última batalla fue por defender su derecho a morir. Utilizó sus últimos momentos de lucidez para proclamar el final. Cuando parecía que estaba todo fuera de su control, nos dijo: “Ya yo decidí que esto se acabó. Yo quiero romper con la vida.” Y utilizó lo que le quedaba de energía para rechazar terapias y medicamentos hasta morir durmiendo en su cama una semana más tarde. Me da una tranquilidad profunda saber que se salió con la suya, y que todas y todos los que lo cuidamos y acompañamos en el final respetamos sus decisiones y su dignidad.

En esta última etapa, papi fue perdiendo su capacidad de comunicarse como parte de su deterioro. Aunque ese proceso fue inmensamente doloroso, y nos dejó con las ganas de escuchar muchas historias por última vez o con ansiedades de lo que se nos quedó por conversar o documentar, también provocó unos últimos momentos bonitos y accidentes poéticos. Muchas veces cuando le preguntábamos cómo se sentía nos decía ‘batallando, batallando’, pero la última vez que lo dijo le faltaron letras, y me dijo ‘tallando, tallando’. Y así me lo quiero imaginar. Tallando. Consistente e insistente con sus palabras y acciones, haciendo mella poco a poco en una lucha de toda una vida, y calando hondo a fuerza de valentía.

Texto leído en el acto de celebración de vida, 10 de noviembre.

Carlos, compañero y hermano

Por Rafael Cancel Miranda

Gracias por haber honrado con tu vida a nuestra Patria y nuestro Pueblo. Siempre mantuviste nuestra bandera en alto y así la mantendremos.

En 1977, cuando la muerte de mi padre, el pueblo –entre ellos tú–, logró traerme desde la prisión de Marion, Illinois, a Puerto Rico (por supuesto, custodiado por varios alguaciles) por siete horas. Le dije a la prensa que yo no venía a llorar la muerte de mi padre, y sí a celebrar su vida de patriota. Lo mismo digo hoy de ti. Tú seguirás siendo parte importante de nuestra lucha por la independencia patria.  

Al igual que decimos que Albizu vive,  Mari Bras vive, Blanca Canales vive, Lolita vive, Concepción de Gracia vive, Corretjer y Filiberto viven, así decimos de ti.  ¡Carlos Gallisá Bisbal vive!

8 de diciembre de 2018

Setenta años de amistad

Ahora te veré en los ojos de tus hijos, las portadas de tus libros, en cada edición de Claridad, en la bandera de nuestro país, en las fotos que me miran cuando abro una gaveta equivocada. Pero por el momento, perdone compadre, no quiero volver a Río Piedras, tampoco a la Universidad, mucho menos al Barrio Cortés de Manatí ni al pueblo de Camuy donde llegamos de madrugada para ver la casa donde naciste.

Por Jaime Córdova/Especial para Claridad

 principios del mes de mayo, en el año 1948, llegué a la parada quince con mis pertenencias de pelotero, buscando transportación hasta Manatí. Me habían invitado a jugar de los atenienses, en un doble juego de exhibición categoría Beisbol Superior y tenía interés en saber si podía desempeñarme, dar el salto desde Futuras Estrellas hasta el más alto nivel del aficionismo, que era el Beisbol AA, como se conocía entonces. Nunca pude averiguarlo. Saliendo de Vega Alta comenzó a llover. Cuando llegamos a Manatí se confirmaron mis temores: allí no se jugaba en varios días, y lo peor, había malgastado sesenta centavos, que era el costo del pasaje. El chofer de la guagua ofreció dejarme en el Café Central, cerca de la plaza. Cuando entré por la puerta, había un grupo conversando en una mesa. Entre ellos estaba uno de los dueños del equipo de Manatí, Vitín Miranda; un miembro de la familia Ávarez, a quien llamaban Chin; un pelotero de cierto renombre, de apellido Rodríguez, conocido por sus astucias como receptor –le decían El Gato–, y un joven de 15 años que observaba en silencio, llamado Carlos Gallisá. 

Dos años después, en 1950, coincidimos en la Universidad de Puerto Rico. Fue Carlos quien recordó nuestro encuentro en Manatí. Nos reuníamos a diario en el famoso Palito donde se hablaba de todo, excepto de temas académicos. Nunca hicimos caso a las advertencias de Si te quieres colgar, el Palito debes visitar, porque, ¿cómo ignorar el atractivo de escuchar a Raúl Feliciano opinar sobre baloncesto, a José Enrique Sabater hablar de pista y campo, a Félix Joglar recordar sus experiencias, incluyendo las ocasiones que hizo guantes con Sixto Escobar? 

Descubrimos que teníamos otras afinidades. Sentíamos atracción por los vicios de estos tiempos, que eran cerveza y cigarrillos acompañados por César Concepción, Los Panchos, Pérez Prado y plenas de Canario, que era su género favorito. Juntos descubrimos el Río Piedras de comienzos de los cincuenta: hospedajes, casas de empeño y cuatro cines. Aprendimos de memoria el horario de las barras y la oferta musical de cada vellonera. ¿De qué hablábamos? ¡Claro que de beisbol! Estos son los tiempos de Rubén Gómez, Pantalones Santiago, Tite Arroyo, Willard Brown: beisbol nocturno en todos los parques, el fin de la era romántica. Otro tema que siempre hacía su aparición era el de las muchachas de Río Piedras, el cual casi siempre terminaba, igual que tantos boleros, con admisiones de fracaso. 

Gradualmente, el nombre Puerto Rico adquiría presencia en nuestras conversaciones. No teníamos dudas de que una vez terminado el bachillerato tendríamos un trabajo esperándonos. Para lograr la felicidad solamente había que seguir una sencilla fórmula: estudia, trabaja, cásate. Pero nos preguntábamos, especialmente Carlos, ¿por qué hay tanta pobreza?, ¿por qué los arrabales?, ¿por qué hay personas que se ponen la misma ropa todos los días? Su solidaridad con los desposeídos no es aprendida en textos de filosofía socialista –recordemos que Carlos estudió administración comercial–, sino en las observaciones que hacía su noble corazón. Por supuesto, más adelante en su vida fortaleció sus creencias con lecturas y amistades que contribuyeron a su desarrollo ideológico. Estoy seguro de que Carlos fue antes socialista que independentista. Pero era cuestión de tiempo que ingresara en un partido o movimiento que combinara ambas visiones. 

  La amistad nuestra se extendió a otras áreas. La llegada de Tuto Marchand y Jorge Segarra amplió los temas de conversación. Tuto fue el más terrestre de todos nosotros, el de la inteligencia práctica, el hijo de Puerta de Tierra conocedor del azar y sus mareas. Jorge vivió preocupado de equivocarse, de cometer un error y que alguien resultara perjudicado. Descontinuó sus estudios de música después de presenciar un ensayo de Harry Schulman, del concierto para clarinete de Mozart: «Después de haber escuchado a un genio, sería una irresponsabilidad y una falta de respeto a Mozart ofrecer mediocridad». Para completar la descripción de algunos rasgos sobre cada uno de nosotros, en el caso mío mencionaré que he sido un almacén de datos inservibles y, a la misma vez, un perfeccionista a quien no le gusta trabajar. Carlos representó equilibrio, sentido común, ponderación y, aunque no lo crean, tenía el mejor sentido de humor del grupo. 

 Para los próximos episodios advierto de antemano que no me es posible relatarlos con el rigor cronológico que debería seguirse. Quisiera recordar la fecha de nuestra graduación, pero la memoria falla. Puedo decir que no asistimos a las ceremonias porque la despedida de la vida universitaria la hicimos repitiendo el recorrido habitual por las barras de Río Piedras que terminaba en el “sofisticado” Green Room localizado entre la vía del tren y el cine Paradise. Tampoco he podido establecer la fecha en que Carlos tuvo que ir a la guerra de Corea. La noche antes de partir nos amanecimos en el viejo Bayamón Bar en Loíza, esquina Linda Vista, haciendo planes para montar un negocio cuando regresara. Al despedirnos en Loíza, esquina Calma, lloramos juntos. Estimo que esto ocurrió a mediados de los cincuenta. Imposible olvidar que en una de sus cartas me dijera: “Llevo cuatro meses aquí y todavía no he visto un jodío chino”.

 Quisiera localizar en el calendario otro evento que necesita fecha. Sé que fue en las Navidades, porque la canción que Carlos escogió para la serenata que le dimos a su novia Annie se titula Navidad sin ti. El guitarrista se llamaba Rafael Arroyo y el cantante era un pobre imitador de Tito Lara, de nombre Jaime Cardona o Cordero, que no recuerdo exactamente. 

 Don Pedro Albizu Campos falleció el 21 de abril de 1965. Días más tarde fue su sepelio, el cual recorrió los comienzos de la avenida Ponce de León para luego regresar por la parte trasera del Capitolio. Varias cosas vienen a la mente: la gran cantidad de fotógrafos apostados en las azoteas de los edificios, la conducta combativa de los miles de manifestantes coreando consignas y que Carlos Gallisá y yo, a los treinta y dos años, tal vez por ser los más jóvenes, cargamos el féretro por un buen trecho. Haber tenido esa experiencia siempre fue considerado por nosotros un honor. En mi opinión, solamente nuestra participación en la lucha de Vieques nos ofreció una satisfacción comparable. Sentí orgullo cuando luego de entrar al campo de tiro nos topamos con unas columnas de soldados que exigieron que abandonáramos el área. El grupo nuestro sumaba treinta y cinco compañeros, y fue Carlos quien habló por todos: “Nosotros no nos vamos. Son ustedes quienes están aquí ilegalmente”. Y dirigiéndose a uno de ellos le dijo: “Tú pareces puertorriqueño. Deberías estar aquí con los tuyos”. No recibió respuesta.

 Carlos y yo nos consultábamos sobre todos los asuntos de importancia en nuestras vidas. Si alguno de los dos quería consejo, solo necesitaba llamar. Las pocas ocasiones en que uno de los dos se hacía el sordo y las cosas no salían bien, recogíamos los vidrios rotos y se admitía que la bola se había caído. Por lo regular, yo pedía opinión sobre dos temas: algún potencial enredo sentimental o el contenido de una futura columna. Él, por su parte, confiaba en mis percepciones sobre las personas y le gustaba provocarme: “¿Qué tú crees de Fulano?”. 

La única ocasión que no pudimos llegar a un acuerdo fue durante la década de los setenta, en que tanto él como otros compañeros recibían con regularidad llamadas amenazantes en sus casas y, por las noches, rondas de automóviles desconocidos. Sin decirle nada decidí hacer guardia nocturna frente a la suya. No tardó en enterarse y el asunto nos llevó a una pequeña discusión, porque así era Carlos. No quería que alguien corriera peligro por protegerlo. Tal era su consideración y generosidad. Al día siguiente, le conté lo ocurrido a Juan Mari Brás. Juan resolvió la situación en quince minutos con una llamada telefónica a alguien que podía detener las acechanzas. Además –por si acaso–, sin que Carlos se enterara, le asignó la tarea de vigilancia a otra persona con experiencia.

La última vez que vi a Carlos fue el pasado jueves seis de diciembre, víspera de su partida. Intenté conseguir su atención hablándole alto sobre beisbol. Noté que movía los ojos buscando la procedencia de la voz. De pronto dijo: “Jaime dáme agua”. Y así fue la despedida de mi dos veces compadre, que siguiendo antiguas tradiciones, nos tratábamos de usted. Ahora te veré en los ojos de tus hijos, las portadas de tus libros, en cada edición de Claridad, en la bandera de nuestro país, en las fotos que me miran cuando abro una gaveta equivocada. Pero por el momento, perdone compadre, no quiero volver a Río Piedras, tampoco a la Universidad, mucho menos al Barrio Cortés de Manatí ni al pueblo de Camuy donde llegamos de madrugada para ver la casa donde naciste.  

Carlos Gallisá Bisbal: ¡Misión cumplida!

Vivió su vida en función de la lucha por la independencia de Puerto Rico, utilizando cada foro, cada oportunidad, cada espacio que se le abrió, y supeditando siempre cualquier beneficio personal al llamado supremo de su Patria y a la denuncia vigorosa del colonialismo y la injusticia. Esa trayectoria vertical le granjeó el respeto y el cariño de miles de puertorriqueños y puertorriqueñas de todos los estratos sociales y tendencias políticas quienes, alzándose sobre las diferencias, siempre reconocieron su compromiso y entrega a los principios en que creyó.

Con el fallecimiento de Carlos Gallisá Bisbal, la independencia de Puerto Rico pierde a uno de sus más valiosos dirigentes y un aguerrido defensor. Un patriota ejemplar que por 50 años batalló desde todos los frentes que ocupó para construir y desarrollar en su pueblo la consciencia individual y colectiva que lo condujera a la autosuficiencia y la libertad. 

La trayectoria independentista de Carlos Gallisá se traza al año 1961, cuando ingresó al Partido Independentista Puertorriqueño (PIP). En el 1970 fue electo vicepresidente del PIP y en las elecciones del 1972  fue electo Representante a la Cámara por dicha colectividad. Hizo su ingreso al Partido Socialista Puertorriqueño (PSP) en el 1975, y fue electo como Secretario General de dicho partido en 1983, posición que ocupó hasta 1993.  Vivió su vida en función de la lucha por la independencia de Puerto Rico, utilizando cada foro, cada oportunidad, cada espacio que se le abrió, y supeditando siempre cualquier beneficio personal al llamado supremo de su Patria y a la denuncia vigorosa del colonialismo y la injusticia. Esa trayectoria vertical le granjeó el respeto y el cariño de miles de puertorriqueños y puertorriqueñas de todos los estratos sociales y tendencias políticas quienes, alzándose sobre las diferencias, siempre reconocieron su compromiso y entrega a los principios en que creyó. 

Se distinguió por su fogosidad en la defensa de sus convicciones, tanto en la tribuna, como en el tribunal; desde las páginas de CLARIDAD, y a través de los micrófonos de la radio. Estudiantes en lucha por una educación accesible y de calidad, trabajadores en reclamo de sus derechos, prisioneras y prisioneros políticos, confinados comunes que lucharon por transformar las pésimas condiciones carcelarias, y todas y todos los perseguidos y discriminados en cualquier rincón de Puerto Rico, encontraron en él un defensor y portaestandarte. Coleccionó amigos y amigas como quien colecciona piedras preciosas, compartiendo con todos y todas los frutos de su vasta experiencia y conocimiento, su desbordada generosidad y su  poderoso carisma.

Una de sus grandes causas fue el rescate de la historia verdadera de Puerto Rico para nuestro pueblo. Por eso, siempre combatió con valentía la desinformación y distorsiones en la enseñanza de nuestra historia por parte del sistema educativo y demás poderes coloniales. Su libro, Desde Lares, publicado en el año 2010, es su categórica respuesta a las mentiras oficiales. Un enjuiciamiento brutal del sistema colonial que ha propagado las falsedades históricas, pretendiendo con ello minar el espíritu y la voluntad de nuestro pueblo. Para él era un imperativo que el País conociera los hechos y gestas de su historia tal y como ocurrieron para facilitarle la comprensión de lo acontecido y conducirlo al reconocimiento de lo que falta por hacer hacia el futuro.

“La enseñanza de nuestra historia como pueblo nunca ha sido una prioridad en el sistema de educación pública, como tampoco lo ha sido en el sistema privado de educación. Peor aún, la poca enseñanza que hemos recibido sobre nuestro pasado, en muchas ocasiones se nos ha ofrecido de forma distorsionada. El resultado de esta política no puede ser otro que la ignorancia y la confusión sobre lo que hemos sido y lo que somos.

Es responsabilidad, pues, de los historiadores y de todos los que nos aventuramos a escribir sobre el pasado, hacer de nuestro trabajo una contribución educativa. Ese es el objetivo que perseguimos con esta publicación”.  Y concluye: “Recordando aquella sentencia de George Orwell de que ´quien controla el pasado controla el futuro´, conozcamos bien el pasado para entender correctamente el presente y construir el futuro que nuestro pueblo se merece”. 

Nuestro periódico CLARIDAD pierde también  uno de sus baluartes. Fue su director en la etapa crucial de la transición de nuestra publicación a una administración colectiva bajo una Junta Directiva, siempre velando por la preservación de la misión que nos dio origen como órgano informativo al servicio de la lucha por la independencia y la justicia social en Puerto Rico. Sus múltiples aportaciones al periódico quedan consignadas gráficamente en cientos de columnas y comentarios sobre los más variados temas del acontecer del País, y también en sus muchas y generosas funciones de todo tipo que realizó en apoyo al fortalecimiento y sostenimiento de la publicación. 

Al unirnos a sus hijos, hijas y demás familiares y allegados en un prolongado y solidario abrazo, desde CLARIDAD, Periódico de la Nación Puertorriqueña, acompañamos también a los miles de hijos e hijas de esta patria puertorriqueña que hoy se reconocen en el ejemplo de vida consecuente y en el legado de lucha digna y vertical que nos deja Carlos Gallisá Bisbal. ¡Misión cumplida, querido compañero!