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Airbnb

La plataforma de internet Airbnb es una variante de la nueva “economía colaborativa” y al igual que Uber es una tecnología nueva que tiene sus luces y sombras. Igual que Uber puede representar un ahorro para el consumidor en ciertas horas del día, Airbnb puede representar un ahorro sobre todo para familias o grupos grandes que viajan. Pero plataformas como Airbnb también pueden presentar riesgos, asimetrías, y desbalances. En otras palabras, Airbnb es un fenómeno multidimensional pero no es ni un virtuoso de la modernidad ni sus detractores son fósiles del Pleistoceno. Estamos en la nueva economía del siglo 21 pero esta no puede ser reglamentada usando el esquema regulativo del siglo 19 del laissez faire: hay que considerar el lado social de la nueva economía colaborativa.

En Puerto Rico hemos visto una proliferación de apartamentos turísticos para alquiler de muy corta duración a través de la plataforma. En algunas de las economías más desarrolladas del mundo, Airbnb presenta un problema serio para la vida urbana y para el sentido de comunidad. Airbnb puede subir demasiado los precios de alquiler en un vecindario, puede generar un circuito de dinero negro y una competencia desleal para las licencias hoteleras. La presencia de torbellinos de turistas puede aumentar los costos de limpieza, seguridad, y transporte a nivel municipal. Pero hay un elemento todavía más importante: el constante ir y venir de inquilinos cambiantes puede destruir el sentido de comunidad de una calle, un vecindario, o un condominio. Imagínese que Usted vive en una calle o un condominio donde 20% ó 40% de las unidades se han convertido en alquileres turísticos de muy corta duración a través de Airbnb. Aquí en Puerto Rico siempre hemos valorado el sentido de comunidad, el conocer a sus vecinos, y tener buenas relaciones con todas. Airbnb convierte su calle o su condominio en un lugar que tiene el ambiente rarificado de una congregación amorfa de desconocidos, no de una comunidad de vecinas y amigas.

Las ciudades más importantes del mundo están intentando regular Airbnb de diversas maneras. En Berlín, el pasado mes de junio un tribunal reafirmó la prohibición de facto de alquileres de corta duración tipo Airbnb. En San Francisco, la gente ha protestado por la Airbnbanización de sus comunidades y lo acusan de destruir viviendas asequibles para inmigrantes, pobres, y la clase media baja, etc. En Barcelona los dueños de unidades tienen que registrarla con la oficina de turismo, obtener una licencia, y tienen que cobrar el impuesto turístico municipal. En las Islas Baleares se pasará de prohibir el alquiler de vivienda para uso turístico en bloques de pisos, a exigir una licencia y el permiso del resto de los vecinos. Ámsterdam acaba de prohibir el anuncio a través de Airbnb de los pisos turísticos en el centro histórico de su ciudad, y dónde sí se permite el máximo de días de alquileres de corta duración será 30. Además, quieren impulsar otra plataforma que se llama Fairbnb y quieren evitar la “Disneyficación” del centro histórico.

Luc Ferry ha distinguido dos visiones sobre lo que serán las nuevas plataformas como Airbnb y Uber. Una es benévola: son la tercera revolución industrial que nos ayudará a trascender el Estado y el Mercado.

La otra es un llamado a la cautela: esta es una revolución que acarrea una desregulación decimonónica: un regreso al viejo laissez faire extremo. Veremos la Uberización del trabajo y nuestras comunidades se Airbnbanizarán.

Otra economía colaborativa es posible: una economía social.

El autor es Catedrático Asociado UPR-RP.

La Junta ha tomado nuestro País por asalto

Distinguidos miembros del comité:

Soy María de Lourdes Guzmán, presidenta del Movimiento Unión Soberanista, organización política que lucha por la descolonización y la soberanía de Puerto Rico.

Una vez más comparecemos ante este comité para reclamar justicia para nuestro país, una nación caribeña y latinoamericana que sigue siendo colonia del país más poderoso del mundo. A pesar de que el colonialismo se considera un crimen contra la humanidad, Estados Unidos continúa ejerciendo sobre nosotros sus poderes como potencia colonizadora, con absoluta impunidad. Pronto se cumplirán 120 años desde que la milicia estadounidense nos invadió y nos sometió a un régimen de subordinación criminal, abusivo y humillante, el que ha aprovechado para escamotear nuestras riquezas y explotar nuestros recursos. Por décadas hemos denunciado ante la comunidad internacional, representada por los países que conforman este comité, las atrocidades que los E.U. han cometido contra nuestro pueblo. Sin embargo, nada se ha hecho para hacer valer la voluntad de estos pueblos contenida en las resoluciones aprobadas por la ONU para erradicar el colonialismo de la faz de la tierra y librarnos del yugo que nos esclaviza. ¿Cuánto tiempo más debemos esperar?

Tras haber engañado a la ONU en 1952 con la farsa de que Puerto Rico había alcanzado niveles de gobierno propio al aprobar su propia Constitución, los E.E.UU han reconocido ante su propio Tribunal Supremo, que Puerto Rico es su colonia. Mas, nada han hecho para corregir su agravio. Con la arrogancia imperial que les caracteriza, Estados Unidos continúa pisoteando nuestra dignidad como pueblo y violentando nuestro derecho a la libre determinación. Todo ello ocurre a ciencia y paciencia de la comunidad internacional, que ha hecho oídos sordos a nuestra exigencia de justicia y que podamos integrarnos a los pueblos libres del mundo.

Para añadir insulto a la injuria, hace dos años y con la bendición del Congreso de los Estados Unidos, una Junta de Control Fiscal ha tomado nuestro país por asalto, haciendo y deshaciendo a su antojo, apropiándose de las riquezas que generamos. Esa Junta, que continuamente nos maltrata y nos humilla, solo busca cobrar una deuda exorbitante, ilegitima e impagable, e impone al pueblo medidas fiscales que nos conducen a un empobrecimiento sin precedente en nuestra historia. Tanto la Junta, tanto como el gobierno actual del Dr. Ricardo Roselló, que actua en complicidad con ellos, se niegan a encaminar un proceso de auditoría de la deuda, de la cual indudablemente, surgiría el manejo corrupto de las finanzas de nuestro país y el saqueo inmisericorde del que hemos sido víctima a lo largo de varias décadas.

Bajo el palio de la bandera estadounidense, Puerto Rico ha sido siempre un país pobre, sin posibilidades de encaminar su propio desarrollo económico, por estar sometido a los poderes omnímodos de esa potencia. Luego del paso del huracán Maria que nos devastó en el pasado mes de septiembre, Puerto Rico está sumido en una de sus mayores crisis. Nuestra gente más necesitada esperaba obtener el amparo del gobierno de Estados Unidos el que, mezquinamente, nos ha abandonado a nuestra suerte. Rechazaron la ayuda internacional que se nos brindó sin importar las consecuencias que ello pudiera tener. A pesar de la magnitud de la catástrofe, y aun cuando sus empresas extraen de nuestro país al menos 35 billones de dólares anuales en ganancias, Puerto Rico sigue en espera de las aportaciones económicas que el gobierno federal ya ha distribuido entre muchos estados azotados por huracanes, incluyendo el territorio de Islas Vírgenes. El índice de pobreza en Puerto Rico ha aumentado a cerca de 53%. Nuestra población infantil, que hoy enfrenta un cierre desmedido e insensato de escuelas, es la más afectada. Miles de familias continúan sin techo, sin servicio de energía eléctrica, sin empleo, cientos de miles han abandonado el país, expulsados al enfrentar un futuro desolador, víctimas de la negligencia criminal de un gobierno local y federal que se muestra indolente ante nuestra desdicha. Para encubrir su propia ineptitud, el gobierno local ha llegado al extremo de ocultar la cifra real de fallecidos como consecuencia del paso del huracán. Esta cantidad de muertes no hubiera sido tal, si se nos hubiera tratado con un mínimo de solidaridad. La cantidad de personas que han optado por el suicidio es igualmente incierta. Ante este panorama, la Junta de Control Fiscal no ceja en su empeño de seguir despojándonos de nuestros derechos, de nuestras riquezas y nuestras esperanzas, respondiendo a aquellos que, desde los fríos y lujosos muros del Congreso estadounidense, observan como nuestro país se desmorona. Puerto Rico languidece por el sufrimiento y la desesperanza. 120 años es demasiado abuso. Reclamamos que este Comité exija que nuestro caso se eleve al pleno de la Asamblea General para que acabe esta infamia. Muchas gracias.

Ponencia presenta ante el Comité de Descolonización de la ONU.

Aborto

Por Eva Giberti

Raúl Alfonsín acababa de asumir. Había seleccionado su gabinete para iniciar el camino hacia la democracia restituida. Pensó que debía ocuparse de temas referidos a los derechos de las mujeres y solicitó la colaboración de quien era una figura indiscutible en ese tema: María Elena Walsh. Ella había luchado –en sus historias, en sus declaraciones, en sus canciones– defendiendo los derechos de las mujeres y personalmente era una figura ejemplar.

Así fue como María Elena concurrió a Casa de Gobierno varias veces hasta que en una oportunidad ella pronunció la frase terrible:

“Presidente, habría que legislar sobre el aborto”. María Elena contaba, con cierta indignada sorpresa, que el presidente no quiso oírla y ella desistió del intento (por la manera de contarlo podemos imaginar que el presidente se asustó). Desistió de tal modo que no volvió a la casa de Gobierno. Una lástima, se perdió una asesoría formidable acerca de los derechos de las mujeres, pero los tiempos históricos dicen que no era el momento.

En esa misma época yo escribí un artículo sobre el aborto en la Revista de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) y recibí una reprimenda porque algunos socios, que pensaban de otro modo, se habían quejado.

En 1985 Laura Klein decidió presentar su libro Fornicar y Matar, destinado a reflexionar acerca de temas asociados con el aborto, un libro duro, inquietante, que años más tarde revisó y volvió a editar. En aquella primera oportunidad, en medio de un suspenso significativo y con cierto temor por las reacciones que podrían aparecer en el público que conociera su contenido, lo presentamos Magdalena Ruiz Guiñazú, otra persona, un varón prestigioso cuyo nombre no recuerdo y yo.

Anteriormente, desde hace décadas, las feministas reclamábamos, en grupos o mediante intervenciones personales, el derecho al aborto como tema de salud pública. Conocíamos las limitaciones de la demanda y no ignorábamos que enfrentábamos creencias arraigadas y obediencias religiosas.

Actualmente, el Proyecto –cuyos antecesores merecen citarse– se encontró inmediatamente frente a su contraproyecto. Lo cual es valioso y es imprescindible. Porque los contraproyectos, según sea su fuerza, contribuyen a definir el poder y la racionalidad del Proyecto.

Cuantas más ridiculeces y carencias de argumentaciones racionales propongan los contraproyectos, mucho más se evidencian las operaciones lógicas que sostienen los diversos  capítulos del Proyecto. Por ese motivo –y otros– no conviene enojarse con quienes agitan posturas que representan el contraproyecto, porque son necesarios para contrastar, por una parte la racionalidad, la inteligencia emocional, la solidez estadística, el diseño de un  plan y por otra parte las creencias. Así como agitan la torsión de un humanismo ajeno a toda sensibilidad científica del contraproyecto.

En la actualidad, celebrando la visibilización del tema, hemos escuchado, resurgiendo de antiguas oscuridades, la reiteración de un argumento cuya perversidad es peligrosa porque hay ingenuos/as que lo repiten: “Y… podrían tenerlo y después darlo en adopción…” Yo podría oponerle un argumento sentimental porque conozco de muy cerca la experiencia con mujeres que ceden sus criaturas en adopción: las que lo hacen porque no pueden darles de comer y se quedan con otros hijos mayores, por ejemplo. Y conozco ese dolor, inimaginable. Pero ceder una criatura a la que se maldijo desde su existencia deseando abortarlo también implica sobrellevar el embarazo, el parto y asumir el momento de la cesión que constituye un “trámite” angustiante e inolvidable. Pero éste es un argumento sensible. Mi argumento es otro. Los que sostienen “Y… que lo dé en adopción”… convierten el útero de la gestante en un objeto, por lo tanto, convierten a esa mujer en un objeto preñado para asistir a otra mujer, que esa sí que sería una persona porque querría ser “madre” de esa criatura, a su vez objeto de intercambio, perpetrado institucionalmente como forma exquisita de violencia.

Esa mujer que quiere abortar se convertiría por obra y gracia de “los generosos” en una cosa, en un útero al servicio de otros, mientras ella soporta su pesadumbre durante los meses de gestación habiendo dejado de ser persona: es solamente un útero, una víscera que alrededor no tiene una persona mujer, sino “la que quiere abortar”. Además, gratuito, porque tampoco es un útero subrogado. Esa es la perversidad. Perversidad quiere decir sentir placer en dañar a otra persona.

Hemos escuchado sandeces de toda índole durante estos días y hemos confirmado que las creencias pueden sostener la buena fe de muchas personas que realmente piensan en sus argumentos, pero no han decidido revisar sus pensamientos.

Y hemos escuchado la graciosa implementación de la  equidad de quienes dicen: “Es una cuestión muy personal… Yo no puedo opinar, tendría que ver en cada caso”. Y así, claro, no opinan.

Es muy interesante porque han tenido que darse cuenta que existe algo importante en lo cual podrían pensar y generarse a sí mismos una opinión acerca de la vida y los derechos de las mujeres.

La tensión ha sido el pródromo de estas horas en las que nada y todo se sabe. Llegará el alba con la noticia. La vida ya sabe que hay una frase que hace años murmurábamos, gritábamos, pedaleábamos y reclamábamos: ¡Aborto legal, seguro y gratuito!

Reproducido de www.pagina12.com.ar

Fiestas juninas y profecía

En diversas regiones de Brasil y de otros países de América Latina se celebran fiestas ancestrales durante la segunda mitad de junio. Aunque el cristianismo asocia estas festividades al nacimiento de San Juan Bautista, estas fiestas populares sobrepasan los límites de la celebración religiosa y se convierten en festejos de la naturaleza a través de fogatas, fuegos artificiales y danzas características de la época. En la cordillera de los Andes, en el solsticio del invierno, o sea, alrededor del 21 de junio, la fiesta del Inti Rami, el renacimiento del Sol, manifiesta la vitalidad de las culturas indígenas y la unión de diversos pueblos antiguos en defensa de la naturaleza amenazada. En los países que están en el hemisferio norte, el solsticio de verano tiene otros signos de fiesta y de renovación de vida. El cierre del año escolar crea un clima de libertad, aunque hay que aclarar que no todo Brasil goza de vacaciones durante esta temporada. Aun así, en el campo y en las ciudades, sus habitantes interpretan piezas de carácter satírico que ridiculizan a figuras como el cura y el juez, a los amigos de los ricos y a los apegados al dinero. Esas costumbres unen al pueblo en expresiones de igualdad y libertad, que, de modo espontáneo, pueden ser signos anticipadores de la fiesta de la libertad social y política que todas las personas de buena voluntad desean.

Juan nació de una mujer que era vieja y estéril; por la gracia de Dios quedó embarazada y dio a luz. Zacarías, el padre, había quedado mudo y en el día del nacimiento del hijo la lengua se soltó y él pudo cantar las maravillas que Dios había realizado en su vida. En el mundo actual, la alegría expresada en las fiestas juninas parece cumplir la palabra que, según el evangelio, Zacarías, padre de Juan el Bautista, recibió del ángel acerca del nacimiento de su hijo: “Por su nacimiento, muchos se alegrarán”.

En todas las épocas, la alegría mesiánica es aquella que durante situaciones difíciles nos hace creer que Dios puede abrir los úteros estériles de nuestros pueblos y liberarnos de la mudez del conformismo y de la parálisis del miedo. Al ser bautizado por Juan, Jesús se reveló discípulo de Juan y comenzó su misión profética. Así también, podemos esperar que las personas que participan en los festejos que recuerdan a San Juan, hombres y mujeres de varias Iglesias cristianas, asuman la misión de profetas y profetizas de Dios que se nos pide para construir una sociedad hermanada en una humanidad renovada y renovadora.

El autor es monje benedictino y ha escrito más de cuarenta libros.

El camino de Anthony Bourdain

Este fin de semana mientras celebrábamos entre amigos la vida del chef Anthony Bourdain (con cervezas, tequila, música y comida), y reflexionábamos sobre el suicidio y el derecho de cada cual a hacer lo que mejor le parezca con su vida —cuando se es un adulto inteligente capaz de tomar decisiones—, también hablamos sobre la lectura, sobre el acto mismo de leer. Recordamos a quien nos puso en las manos ese primer pasaje en forma de libro con el que nos embarcaríamos voluntariamente y con destino incierto, —como se lanza uno generalmente a la vida— en la empresa consagrada del lector.

Durante la conversación tomé algunas notas para garantizar que luego de la celebración, que duró dos días, no se me olvidara lo que traería hoy a cuento. Y aquí estoy leyéndolas y tomándome una cerveza fría para aderezar el pensamiento y estimular el recuerdo sobre aquello que no alcancé anotar. Pero para mi sorpresa, tan pronto me siento y adopto la postura física típica de la que escribe —no osaría llamarme escritora—, recuerdo aquello que no anoté porque sabía que ahí estaría cuando llegara el momento. La mentada “postura física típica de la que escribe” me ha costado años de torceduras de cuello y espasmos musculares. Es algo de lo que no consigo librarme por más conciencia que tenga de ello; por eso ya lo asumo como parte de un sacfrificio, como un compromiso ético medio perverso y masoca (parecido al requerido por la literatura de viaje del siglo XVIII, para la que el viajero-escritor se expone a la incomodidad y vicisitudes del camino en aras de obtener más conocimiento que placer). Me siento, ya sea en el sofá o en la silla del escritorio y enseguida parezco un garabato. En la silla trepo las piernas al escritorio y me pongo la computadora en la falda; en el sofá trepo las piernas en la mesa de centro o me pongo igual a cuando escribo desde la cama, de medio lado apoyándome sobre el codo izquierdo. Los resultados son físicamente nefastos, dolorosos, pero aún no consigo hacerlo de otro modo. Con la lectura me pasa igual. Lo recomendable es prepararse, acomodarse de forma tal que el cuerpo y la mente aguanten el empuje, las largas horas de lectura, pero para mi es insostenible la buena postura; entonces, me asumo y el viaje lo hago incómoda pero con entereza, hasta que ya no puedo más y me quito. Si estoy en la casa, el que me pasa por el lado mientras leo, escribo y hago la figura cuatro —escritor que por supuesto también lee—, en ocasiones me llama la atención o se limita a por lo menos, prenderme una luz. Y es que no se puede andar por la vida torcido y ciego. ¿O sí? Para algunos hay males que se curan leyendo, por ejemplo la ignorancia o ceguera. Pero creo que a la cura contribuye mucho la disposición del lector.

Si Bourdain hubiese sabido la cantidad de cosas, juicios, opiniones, reperpero en general que provocaría su muerte al herir o (burlar) la omnipotencia salvadora de América, no se suicidaba. A él no le costaba nada (material) mantenerse vivo, tenía las mejores condiciones (como él mismo confiesa en muchos de sus programas) para salvaguardar su vida, pero al parecer ya no le daba la gana. Soy capaz de entender eso y respetarlo, porque a pesar de lo doloroso que resulta su decisión para los que lo quisieron, uno ha aprendido a hacer concesiones. A veces leemos cosas que nos cambian la forma de ver y entender, que nos abren la mente y nos sensibilizan ante aquellas realidades que nos eran ajenas y hasta imposibles, inimaginables en nuestros pequeños mundos. Cuando eso sucede uno aprende, distingue, reconoce, compara, concede y con suerte a veces, hasta perdona lo imperdonable. Perdonémosle el suicidio a Bourdain dejando de tratarlo con condescendencia, creyendo que su vida estaba en nuestras manos, dejemos de creer que no sabía lo que hacía y que una llamada a tiempo podía devolverle las ganas de vivir, pues, como nos dijo Albert Camus en su clásico El mito de Sísifo (1942), “Matarse es, en cierto sentido y como en el melodrama, confesar. Es confesar que la vida nos supera o que no la entendemos… Es solamente confesar que no vale la pena”. Vivir, naturalmente, jamás es fácil. Seguimos haciendo los gestos que la existencia pide por muchas razones, la primera de las cuales es la costumbre. Morir voluntariamente supone que hemos reconocido, aunque sea instintivamente, el carácter ridículo de esta costumbre, la ausencia de toda razón profunda para vivir, el carácter insensato de esa agitación cotidiana y la inutilidad del sufrimiento”.

La vida y la lectura se representan casi siempre con la metáfora del camino o del viaje. Leer, así como vivir, es sacrificado, pero lo primero podría hacer el camino de lo segundo más llevadero, aportarle gracia, conocimiento, entretenimiento, etc.. En días como estos no viene mal salir a pasear con uno como Albert Camus, por ejemplo.

***La aparición casi simultánea —en 1942– de El Mito de Sísifo y El extranjero reveló al público el talento literario, la sensibilidad ética y la capacidad de reflexión teórica de Albert Camus (1913-1906), para quien narrativa, teatro, ensayo y periodismo fueron medios alternativos para indagar sobre la complejidad, la ambigüedad y la riqueza de la condición humana y para plantear y debatir los grandes problemas morales de nuestra época. La obra se compone de cuatro capítulos y un apéndice (“La esperanza y lo absurdo en la obra de Franz Kafka”) que estudian, desde enfoques cercanos al existencialismo, esa “sensibilidad absurda” que parece dominar gran parte del siglo XX.