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Crucigrama: José Ferrer Canales

Horizontales

1. Brincar.

5. Imagen de _____; libro de Ferrer Canales publicado en 1964.

8. José Ferrer _____; escritor, historiador, periodista y catedrático puertorriqueño. Defensor de la independencia para Puerto Rico.

9. _____ Juan; ciudad natal de Ferrer Canales. Nació en el sector de Santurce.

10. Entregué.

11. Símbolo del astato.

12. Apocar, confundir, acobardar.

15. Nombre de la y.

16. Se dirigió.

17. Formar y disponer eras para poner plantas en ellas.

19. 20 de _____ de 2005; fallecimiento de Ferrer Canales, quien nos dejara todo un pensamiento filosófico, literario y periodístico de gran valor intelectual.

22. Juan _____ Brás; patriota, político y escritor puertorriqueño.

25. Antillanismo y anticolonialismo en Betances, Hostos y _____ Gómez; libro de Ferrer Canales publicado en 1986.

26. Martí y _____; libro de Ferrer Canales publicado en 1991.

27. Río de Galicia.

28. Antorcha.

30. Símbolo del titanio.

31. Calle.

33. _____ cívicos: Martí, Puerto Rico y otros temas; libro de Ferrer Canales de 1972.

35. Nuevo.

37. Equivocar.

39. Poema dramático de breve extensión.

40. Del verbo afear.

42. Vence.

43. Curé.

45. Interjección militar para ordenar la ejecución inmediata de un movimiento.

47. Conozco.

49. Ministerio de Cultura de _____; le confirió a Ferrer Canales en 1955 la Medalla de la Cultura Nacional.

50. Cinco en números romanos.

51. Universidad de Puerto _____; Ferrer Canales fue Profesor Emérito y Catedrático de Honor sobre Eugenio María de Hostos en la señalada institución.

Verticales

1. 18 de _____ de 1913; nacimiento de Ferrer Canales, autor de “Asteriscos”, “Marginalia”,

Manrique Cabrera: A 40 años de su muerte

El 15 de junio de 1978 muere en San Juan, Puerto Rico el poeta, periodista, profesor universitario y patriota Francisco Manrique Cabrera, dejando toda una obra literaria y periodística, y una Fundación que se encarga de difundir y preservar su obra y la de su esposa Josefina Freiría Vidal, y de respaldar proyectos que desarrollen la nacionalidad puertorriqueña.

Manrique Cabrera nació en el barrio Dajaos de Bayamón un 25 de diciembre de 1908 y tuvo, como bien afirma en un artículo periodístico, una “niñez de campo adentro y luego arrabalera” (“Fin por fin”, Coscorrones). Estudió en escuelas de Naranjito y de su natal Bayamón y para 1929 recibe el grado de Normal en la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras, donde posteriormente obtiene un Bachillerato en Artes en Educación (1931). Alcanza su grado de Doctor en Filosofía y Letras (1934) de la Universidad Central de Madrid, a donde se trasladó gracias a una beca. Su disertación doctoral se tituló El negro en la literatura española y en ella abarca desde la historia literaria del tema hasta los bailes y cantos, y la fonética y morfología del habla negra en España.

Su libro Historia de la literatura puertorriqueña (1956) ha sido texto en los cursos de esta materia que tomamos con Manrique quienes hemos tenido el privilegio de haber sido sus alumnos y de quien recibimos no solo los conocimientos esenciales sobre nuestra literatura, sino también un alto sentido del valor de la Patria y una inequívoca conciencia de nacionalidad.

Francisco Manrique Cabrera instituyó el primer curso graduado sobre Eugenio María de Hostos (1957) e inició en la década del 1940 la conmemoración anual del natalicio, que aún se realiza frente al busto en bronce de Hostos en los predios del campus riopedrense de la Universidad de Puerto Rico. Fue también organizador de la asociación de profesores universitarios conocida como APPU (1961), cofundador del Movimiento Pro Independencia (MPI) y su director general por una década. También se le honró con el título de Profesor Emeritus de la Universidad de Puerto Rico en 1974.

Durante la segunda mitad de la década de 1970, Manrique Cabrera publicó en el semanario Claridad su columna de opinión titulada Coscorrones, vocablo que alude a un golpe en la cabeza dado con los nudillos. Con estos espacios periodísticos de Manrique, ocurre lo que con los famosos Paliques del jayuyano Nemesio Canales: sus comentarios y situaciones, en la mayoría de los casos, son tan vigentes para los lectores de entonces como para los de hoy.

El libro que acopia la producción de sus Coscorrones hace su apertura precisamente con una columna dedicada a este Semanario a la que titula “Saludo en claro a Claridad” en la que nos recuerda las agresiones con vehículos a los vendedores de este periódico como también los bombazos a los locales donde se produce una publicación que cualifica –y siempre lo ha sido– como un “chorro de voz liberadora”. En “Desde la mística a la brega”, alude al tan mentado verbo ‘bregar’ que, según Manrique, fue puesto en boga por unas palabras de Luis Muñoz Marín ante periodistas.

En “El secreto” se luce con el juego de palabras –muy frecuente en este quehacer periodístico manrriqueño–: “Y en llegando a Claridad ni el manco Maneco con sus embelecos detiene el tostón de la represión”, donde también se escapa el poeta Manrique Cabrera con esta enunciación tan rimada. El juego con los vocablos, al igual que la aliteración, se aprecian igualmente en “alude al Presupuesto mal puesto o descompuesto con novísimos impuestos peripuestos”, para al final de la columna proponer que se requiera tributar por todo “discurso o sermón que provoque cinco o más bostezos por minuto cúbico” y a cualquier persona que tenga el atrevimiento de manifestar en público que “todo va bien”.

¿Quiere usted, lector o lectora, mayor vigencia que lo que afirma en “De las inundaciones”, escrito con motivo de la tormenta Eloísa? Allí ataca la mala planificación en este país nuestro donde se dan construcciones en zonas inundables, donde se permiten los nombres en inglés para las urbanizaciones y donde se tolera con la paciencia de Job la ineficiencia de las aseguradoras: “en razón de trucos técnicos, ciertos contratos con aseguradores no tendrán la más leve reparación económica de todo lo perdido”. Cierra Manrique con una aseveración que es una foto precisa de lo que hoy vivimos post María: “Mucho me temo que si en lugar de las lluvias que trajo Doña Loa, se hubiese zafado sobre nosotros un pichón de huracán, gorda la estaríamos pasando”.

En “Fin con fin” alude a la muerte de Francisco Franco en España y cierra con la de Manuel Jiménez “Canario” en Puerto Rico –hechos indiscutiblemente contrastantes por las personas de quienes se trata–. En “San Guiven” destaca lo desabrido del sabor de la carne del pavo y lo foráneo de tal costumbre para el paladar boricua: “yo llevaría un buen surtido de estos nuevos devotos de San Guiven con su pavo en la mano y los sometería como argumento decisivo para probar ante la ONU el genocidio moral que aquí el imperialismo realiza sin cuartel y a manos llenas”.

No olvida Manrique, en más de una ocasión, denunciar el horroroso, y aún impune, asesinato de Chagui Mari Pesquera (“Es como si lo monstruoso se convirtiera en animal doméstico.”) El libro Coscorrones cierra con la columna de título “Patria negra” inspirada por unos comentarios estudiantiles en torno al triunfo, para ese entonces, de la candidata de Trinidad al concurso de Miss Universo para concluir subrayando nuestros divisionismos como pueblo con las siguientes preguntas: “¿A quién beneficia hoc hora cualquier tipo de actividad divisionista? ¿A quién?”

Los Coscorrones de Francisco Manrique Cabrera fueron escritos con extraordinario humor y en un lenguaje sencillo y coloquial poblado de voces, frases hechas y refranes boricuas que apelan a todo tipo de lector. En estos días, la Real Academia Española de la Lengua prepara un acopio de frases hechas propias de los diversos países de habla hispana. Para recoger las nuestras, estos Coscorrones serían una buena fuente: “se acabó el pan de piquito”, “el año de las guácaras”, “quien tiene dinga tiene mandinga”…

En el plano poético, nos dejó Rumbo en flor (su primer libro), Poemas de mi tierra tierra, Remo y reto, Alba y nana, Huellas y Elegías, los que dan mucho fruto para escribir otro artículo en el futuro. Para muestra un botón (del primer poema que conocí de Francisco Manrique Cabrera y que en el acto me cautivó): “Si os dijeran güiro / quitaos las sandalias del alma / que pisáis tierra santa.” Ante la obra patriótica, periodística, literaria y filantrópica de Francisco Manrique Cabrera, definitivamente hay que quitarse las sandalias.

La autora es miembro de la Junta de Directores de la Fundación Francisco Manrique Cabrera

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José Luis Vargas: La mirada puesta en Haití

En el marco de la muestra colectiva Haití Aquí: honneur/respect, exhibida en la Casa de los Contrafuertes en Viejo San Juan, el pintor santurcino José Luis Vargas extendió una invitación al público general el pasado jueves 7 a la charla ilustrada Yo no soy tu territorio, en la cual conversó sobre su trayectoria de más de 30 años en el arte y sobre los contextos que han influido en el desarrollo de su obra a lo largo de este tiempo.

El también profesor en el Departamento de Pintura de la Escuela de Artes Plásticas de Puerto Rico indicó que lo más importante para él es la idea del contexto que trata cada una de sus piezas, “no necesariamente el contexto físico, sino el psicológico y filosófico”.

En ese sentido, relató cómo el ambiente de los ’70 en Puerto Rico – lleno de cine de fantasía, películas de horror y sobrenaturales, supersticiones y apariciones – abonó al imaginario que dio comienzo a su proceso de creación. A esas tendencias, se le añadió “un suceso de dimensiones catárticas que nos marca todavía: las ejecuciones de jóvenes en el Cerro Maravilla”.

“Había una coherencia en la que podía moverse la mitología, el horror, lo sobrenatural y combinarse con cuestiones políticas y sociales”, dijo sobre esa época el pintor, quien es parte de la colectiva Haití Aquí.

Continuó narrando que en los años ’80 comenzaron a aparecer en su pintura referencias de ese mundo sobrenatural que había estado junto a él durante la década anterior; y que en los ’90 trabajó de lleno con apariciones, ovnis, e imágenes que pertenecían a un mundo onírico inspirado por la pintura vudú.

Según expone el Museo de Arte de Puerto Rico en su banco de biografías, la obra pictórica de José Luis se distingue por sus personajes urbanos heroicos, sus personajes sobrenaturales y su sentido del humor, con abundante uso del lenguaje del cómic. Así esto, el auto-retrato de niño fantasma y la figura del “garadiábolo” perfilan entre las intervenciones sobre pinturas haitianas, etapa de su trayectoria que inició en los 2000, mismos años en los que inauguró el Museo de Historia Sobrenatural en San Germán.

Sobre la actualidad de su trabajo artístico, Vargas mencionó que “el viaje que he trazado a través de las intervenciones en el territorio de las pinturas callejeras haitianas es una aventura doblemente onírica cuya invitación sigue siendo a adentrarme en la creación de historias y ficciones en las que se establecen conexiones humanas que rayan en el absurdo, pero que no dejan de acercarnos a las relaciones entre sujeto y objeto”.

Y es que durante los últimos cinco años, el profesor graduado del Royal College of Art de Londres ha creado mundos sobre el mundo de las pinturas callejeras haitianas, en el que aparentemente no está ocurriendo nada importante. Con las intervenciones, “he desarrollado un discurso en el que las relaciones de poder de los personajes que habitan las piezas visibilizan los miedos, las supersticiones, las vulnerabilidades, las confusiones, las desilusiones, la desesperanza de un territorio que es mi nación archipiélago”, dijo José Luis durante la charla.

Para este pintor, entrar al territorio haitiano a través de su trabajo artístico y desde su territorio de puertorriqueño “energiza un dinamismo muy poderoso”. “Debemos entender de una vez y por todas que los procesos caribeños son un salón de espejos que se miran entre sí”, expresó el profesor sobre la estrecha relación que tenemos los caribeños, pero que nos negamos a establecer.

Precisamente, Carmelo Sobrino, uno de los mentores de José Luis y a quien este honró durante su presentación, comentó que Vargas se distingue porque tiene la mirada puesta en su pueblo caribeño. “Algo muy importante en su pintura es que se fija en Haití (mientras muchos otros ponen su mirada en Europa y Estados Unidos y subestiman la expresión antillana y latinoamericana). Ese pueblo vive con una visión estética, nosotros (en Puerto Rico) con una de consumo. Ellos son un pueblo de artesanos, tienen que hacer la vida todos los días. Nosotros la compramos en el supermercado. Esa visión de José Luis hacia Haití nos da una señal de esa gran necesidad que tenemos de hacer puentes entre los hermanos de la república. Eso merece un aplauso y una admiración”, expresó Sobrino.

Carmelo Sobrino también reconoció en la obra de José Luis la integración de palabra e imagen. “Sus obras están acompañadas de unos textos que ponen en contexto nuestra realidad, que forma una imagen paralela a la visual. Para mí el texto termina la pintura”, concluyó.

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Los hijos de Sergio Medina

Muchos años después de su oscuro nacimiento, Sergio Medina escucharía una tonada de salsa que le traería la falsa reminiscencia de una pareja que bailaba en las calles de la ciudad en la que aparentemente había nacido. Sus padres actuales eran un contable y una dietista. Ella lo había tenido del tanque en una resaca de niños sin padres. Heredaban no solamente al bebé, sino las enfermedades de los padres. Medina, pensando en padres desconocidos, miraba en la distancia la hecatombe de aquella ciudad en la que no había podido nacer. De las canciones de salsa que le llegaban de allá, de las letras que escuchaba, no le quedaban sino unos vagos recuerdos, cuando por fin tuvo tiempo para pensar que no estaba con sus padres naturales. La imagen de unos bailadores le llegaba insistentemente, pero ni de ello podía apercibirse ahora. Cuando fue a la universidad, tuvo que donar un hijo. Las muchachas con las que habría podido salir, si no se le hubieran requerido esas células, ahora lo consideraban un pobre miserable que no podía hacer nada para impedir que le pidieran hijos.

Se le encargaba ahora bregar con un lote de células de hijos, que como él no tenían padres. No había encontrado candidatas idóneas. Las familias pudientes que trataban de esconder sus embriones ya habían desaparecido también. Recordaba haber leído una novela sobre la herencia de unos niños alemanes que el Tercer Reich le dejaba al mundo. Estaba leyendo esa novela sin saber que él mismo era una herencia, sólo que sin padres. La canción de salsa le llegaba a los oídos limpiamente. Los cencerros y los timbales resonaban en su cabeza. Una descarga de piano que siempre le confiaban a un tal Palmieri, lo hacía pensar que hasta en la música hay una persona que se faja mientras los demás no hacen nada. Pensando en esto, se trepó en el carro de sus padres de crianza y decidió ir a vender algunos anuncios. Su padre de crianza lo había anunciado para los veinte años. Ya en este mundo, los que se iban a casar no conocían familias de muchachas. Todo se hacía estadísticamente. Seguir hilando palabras, que después no quedaban en nada. Pensar en el cabello rubio de los personajes de las novelas de espionaje que le había dejado su papá de crianza, ahora recientemente fallecido. Trató de imaginar una carrera de caballos, algo que lo sacara del ensimismamiento. Algo que aunque fuera un libro le llamara la atención, pero ni modo.

Para escapar del terrible calor tropical y del teclado de la computadora en la que escribía su historia, pensó ir a la librería. Pero ya los libros no le decían nada. Su hermano le regaló una tarjeta para celebrar que era padre, aunque su hijo había nacido del tanque también, aunque él quisiera ser un padre que no olvidaba a su hijo. La verdad es que ni con el hijo vivía. Las mujeres estaban tan acostumbradas a parir esos hijos anónimos, que el hecho de que un padre fuera la excepción, no le permitía a nuestro amigo cambiar el signo de los tiempos. Así que entes de ir a la librería, fue a la universidad y encontró que la librería de la institución, en la que compraba libros baratos, ya no estaba abierta y que el periódico de izquierdas que de cuando en vez auscultaba, estaba por cerrar por falta de lectores. Un comienzo de vanidad le hacía pensar que podía, si quería, publicar sus cuentos. Pero a nadie le interesaba realmente la historia de un embrión perdido como él. Pensó, como es de esperar, que su padre de crianza lo había sido todo en la vida y que ya no le quedaba un sitio a donde ir, ni una meseta a la que subirse, ni una fonda en la que pudiera comer siquiera una comida caliente.

Recordaba ahora a la muchacha estéril que le había pedido el bebé de regalo. Era una mujer bonita a la que él fue a ver como si le celebrara un cumpleaños. No es que quisiera salir del bebé, pues le encantaban, pero quería hacerle ese regalo a la muchacha impedida. Recordaba que ella estaba de lo más contenta y con la esperanza de ser madre, aunque le decía para disimular el traspaso, que en realidad se quería casar con él. Sergio sabía que ella no quería casarse realmente, sino que estaba esperando el regalito de la célula. ¿Era esto una recesión? ¿Por qué, si él mismo era un embrión descartado, había tenido que encargarse del nacimiento de su hijo, igualmente descartado por la mujer que estaba con él? Pensaba en esas mujeres de Nueva York que no sueltan prenda nunca y que le dejaban esos huevos en la isla para que se defendiera. Especialmente en esta última década, las muchachas de Nueva York habían tapado el banco de tantos hijos que habían dejado sin nacer.

El lote de células había crecido muchísimo desde entonces y había que liquidar el banco injertando algunas células. El problema eran las candidatas que no era tan fácil conseguir, sobre todo porque los padres no se ocupaban de que nacieran sus hijos como debía ser. Estaba leyendo ahora una novela donde la protagonista hablaba de los sombreros que tenían que conseguir los padres cuando se casaban con una muchacha pobre, pero apenas le quedaba memoria de esa novela. Así que ahora estaba por emborracharse en alguna barra de ciudad, porque el trabajo que le tocaba era harto impopular. Tener que ponerse a conseguir padres era la peor encomienda. Llamó por teléfono a un muchacho que también era un embrión descartado, aunque no era tan infeliz como él.

El muchacho le dijo que fuera a buscarlo a su casa, pues pensaba aliviarle la tarea llevándolo a una feria. Especie de circo itinerante y feria, guardaba algunas monstruosidades biológicas. El muchacho descartado lo llevaba para que se diera cuenta de que por lo menos no eran personas deformes. Le hacía ver que pensar en la legitimidad de su ascendecia era como pensar en el oro de una pulsera de reloj. Poco importaba que una madre desfavorecida lo hubiera dado a luz. Lo que importaba era el amor que le pudieran dar los padres escogidos. Pero Sergio tenía esa estúpida reminiscencia de una pareja de bailadores, y al parecer, como estaba empeñado en visitar la ciudad de Nueva York, donde se había obtenido la cepa que le había dado la vida, el muchacho que era como él nada había podido hacer para sacarlo de esa nostalgia falsa.

Falsa porque a Nueva York no había ido nunca. ¿Cómo podía recordar unos padres con los que nunca había estado? ¿Cómo imaginaba una pareja de bailadores que se querían, pero que no podrían estar toda la vida juntos? Y ahora que había tenido que donar un hijo él mismo, se le acrecentaba esa idea. Esto ya estaba quedando como un viejo cuento de los de su país. Un poco agobiado por el peso del calor, y sin maña de hacer mejor, le invitó una cerveza a su amigo. Pasearon por la feria un buen rato y no encontraron nada feo. Se lo habían llevado todo para otra parte. No había nada feo que ver, así que viraron sobre sus talones. Tamaño trabajo le esperaba ahora, que tenían que visitar varias parejas sin hijos. Ya no era lo mismo que celebrarle una fiesta de cumpleaños a una muchacha bonita, aunque desfavorecida.

El tierno riel de la vida que a todos nos acoje, se lo llevó de la feria ese día porque tenía mucho trabajo que hacer. Ya para empezar, vio en la portada del periódico que iba a cerrar, una pareja que pedía cien mil dólares por dar a su bebé. Ella era como una maestrita del sistema público, y él aunque había sido campeón de natación, estaba ahora con una venerable barba blanca. Recordaba que él no le había cobrado nada a la muchacha que tuvo a su hijo, por el hecho de no ser únicamente un embrión descartado el que le regalaba, sino por el hecho de que tuviera un defecto en la mano que le impedía, como los otros, vender a sus hijos. Eso pensaba este señor, cuando una nueva pareja se les apareció. Ella estaba con medicamentos porque no quería tener hijos con defectos y prefería pagarle a la pareja del nadador y la maestrita. Pero no podía pagar cien mil dólares, así que estaba con medicamentos. El cuento perfecto que pensaba escribir Sergio, no podía hacerlo ahora. Nada encajaba bien, todo se iba por la borda, con recuerdos y todo. Pensó en los cuentos imperfectos que había visto publicados en una revista de Carolina, pero ni modo. ¿Cómo convencer a la pareja de que tuviera uno de los embriones sobrantes? El plan médico podía proveer la cepa, y ellos serían como sus padres, que tendrían un hijo que aunque imperfecto, no sería mala persona y quizá hasta le iría bien en la escuela.

Como estaba en la casa con su madre, ahora que su papá de crianza había fallecido, ella le dijo que rebuscara entre los libros viejos de su papá para ver si podía aprender nociones de economía. Con su mamá, vendía paraguas y calendarios, y todo el mundo lo conocía como una persona que iba a ser escritor, pero que por haber tenido que donar un hijo, se habían tenido que retirar de la literatura, pues la gente literaria al parecer no creía en eso. Encontró entre los libros que había leído en la adolescencia, cuando pensaba en sus padres verdaderos, los bailadores, el famoso libro de la herencia del Tercer Reich. Las pájinas ya ajadas por los años, y la sensación de que la ilusión no era la misma, ahora que sabía que la pareja de bailadores en la que pensaba era una reminiscencia de su familia original. Pero ahora ni por nada del mundo estaría con esa gente de Nueva York. La sola idea de tener que bregar con una madre orgullosa que no lo aceptaba lo tenía lejos de buscar la verdad. La novelita de espías de su papá, aunque ya leída y masticada en otros tiempos, le trajo dulces recuerdos de cuando pensaba convertirse en un intelectual, antes de que le pidieran el bebé en la universidad. Había sido bueno querer ser intelectual, es decir, todo el mundo debe soñar con ser inteligente y tener un trabajo inteligente. Volvió a repasar las páginas de la novela. En el primer capítulo, un submarino alemán que iba a llevar la herencia nazi perfecta por todas partes, con fuertes y rollizas enfermeras. Pensaba que él no podía ser personaje de una novela de personajes perfectos, y pensaba que el chicle no le daba para mascar el tiempo de leerla otra vez.

No obstante todo esto, pensó en el recuerdo de las novelas de espionaje. Hay quien imagina que los cuentos se recuerdan mejor cuando no se tienen a la mano, que tener de nuevo el cuento y volverlo a leer no tiene gracia. La literatura que leíamos cuando éramos adolescentes, ya se quedan pequeños como las casas de las abuelas que visitamos en la isla. Ahora que todo le parece postizo, padres y relaciones, aunque no sea cierto, pues esas novelas o los recuerdos de esas novelas de espías son como la pareja de bailadores. Es verdad que le gustaron las novelas sobre la herencia alemana perfecta, pero no pensaría ni aunque fuera perfecto, ser una herencia metida en un submarino. Ahora estaba leyando una nueva novela sobre nazis escapados. El tenderete de libros del Centro Comercial ya no estaba y allí habían leyendo Mi Lucha, de Adolf Hitler.

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El trabajador y el saco de cemento

El tránsito del siglo 20 al 21 lo han marcado dos procesos centrales: la desreglamentación del sector financiero y la llamada flexibilización del mercado laboral. Ambos han tenido consecuencias negativas de forma generalizada. Con relación al primero baste recordar la derogación de la ley Glass-Steagall, pieza fundamental de la regulación bancaria iniciada en 1933 en el marco institucional gestado por el Nuevo Trato. La derogación se llevó a cabo durante la segunda administración del presidente Bill Clinton. Sirvió de liberación de las fuerzas especuladoras que se tradujeron en la profunda crisis financiera de los años 2007-2008, prólogo de la “gran recesión” del siglo 21.

El segundo proceso ha sido más complejo y no menos insidioso. Se resume en el debilitamiento de la clase asalariada. Parte de la torcida concepción del trabajador como otra mercancía, como un factor de producción análogo a la maquinaria y a la materia prima, como si fuera un saco de cemento…

Cuando se parte de semejante concepción se torna invisible la pobreza, la desigualdad y la inseguridad. Entonces, el trabajador no es otra cosa que un costo que es preciso reducir menoscabando su salario, sus beneficios marginales y su protección legal, aunque con ello se acentúe la contracción de la economía. ¿No es ésta la prédica constante de la Junta de Supervisión (Control) Fiscal y de sus servidores y testaferros? Las premisas ideológicas que inspiran tanto a la Junta como al Gobierno en sus “negociaciones” provocan que las fichas que se ponen sobre la mesa siempre resulten lesivas a la clase obrera y a los “más vulnerables”.

Se pasa por alto que el trabajador es un ser humano con autoconciencia, que aprende, que consume, que disfruta, que se cansa, que se enferma, que se disgusta, que mueve la máquina, que transforma la materia prima… En el proceso de producción la materia prima se ennoblece y se valoriza. ¿Por qué degradar y envilecer al trabajador? ¿Por qué se aprecia tanto al producto –hasta el extremo de llegar al consumismo– y tan poco al productor?

En estos momentos la base productiva de Puerto Rico –sin cuyo crecimiento no hay estructura fiscal ni deuda que pueda sostenerse– no cuenta con ningún sector que le sirva de fuerza motriz: la agricultura se marginó hace décadas, la manufactura está en franca contracción y los servicios en general se han empobrecido. Ante tal cuadro se agudizan numerosos problemas que por muchos años han agobiado al País: altas tasas de desempleo con bajas tasas de participación laboral, emigración masiva, dependencia, descomposición social, alta incidencia criminal, economía informal, insuficiencia fiscal, desigualdad…

No son pocos los sorprendidos ante el señalamiento del Informe Sobre el Desarrollo Humano, recientemente publicado, en el sentido de que uno de los cinco países con más desigualdad en el mundo –junto a Zambia, Sur África, Honduras y Lesoto– es Puerto Rico, También resulta sorprendente que uno de los países con más baja participación laboral, la que oscila en la actualidad alrededor del 40 por ciento, es Puerto Rico. Coincide con esto un índice extraordinariamente elevado de pobreza –cerca del 50 por ciento de la población– que se asocia eminentemente con el desempleo, aunque se consigna que el 21 por ciento de los empleados es pobre. Esto significa que conseguir empleo no siempre es garantía de vencer la pobreza.

La actividad de inversión se ha desplomado. No se debe pasar por alto que uno de los factores clave para la inversión privada es la inversión pública. A esto se suma un sistema claro y coherente de autoridad política, acceso a nueva clientela, alcance de la política comercial, vínculos internacionales, buenos niveles de salud y educación, estado de la infraestructura y gestiones innovadoras en investigación y desarrollo. Es evidente que Puerto Rico no está –ni ha estado por mucho tiempo– en su mejor momento cuando de tales factores se trata. La “reforma laboral”, o el menoscabo de derechos laborales, no ayuda en la más mínimo a mejorar dicho estado de cosas. Todo lo contrario.

Últimamente se ha propuesto de todo con tal de poner de rodillas al trabajador, desde la reducción de las licencias por vacaciones y enfermedad hasta la derogación de la ley que protege al empleado del despido injustificado (ley 80 de 1976). Unas medidas se han “pospuesto”; otras permanecen sobre la mesa.

La eliminación de la ley 80 que, para empezar, ignoraría la asimetría entre trabajador y patrono, terminará provocando más desempleo involuntario y más trabajo contingente. Además, al precarizar el trabajo en la economía formal, se torna más atractiva la economía informal y la emigración. Esto hace patente la debilidad de los supuestos del Plan Fiscal respecto al crecimiento económico y al recaudo tributario que alegadamente propiciaría la “reforma laboral”. Por cierto, el llamado “empleo a voluntad” que supone tal derogación se remonta a una gran paradoja histórica. Originalmente se concibió para evitar condiciones de trabajo esclavo, pero se ha transformado en vía para el despido arbitrario y para la formación de una reserva laboral.

Muchas veces se insiste en confundir los efectos con las causas. No es el aumento de la tasa de participación laboral lo que provoca auge económico sino viceversa. Como muy bien señala la Organización Internacional del Trabajo (OIT), las bajas tasas de participación laboral reflejan la limitada capacidad de absorción de la economía formal, a lo que contribuyen las políticas de austeridad y la carencia de políticas de expansión de la demanda agregada. A esto se suma, recalca la OIT, la tendencia hacia la “flexibilidad” en el mercado laboral o precarización del trabajo, lo que mina las posibilidades del “trabajo decente”.

El fundamentalismo ideológico de los proponentes de la “reforma laboral” se ha hecho evidente no únicamente en la discusión de la ley 80 sino en otras propuestas que, por el momento, se han dejado en suspenso. Para muestra con un botón basta. Se propuso inicialmente la reducción de las licencias por vacaciones y enfermedad. Esto hace caso omiso de dos detalles: los seres humanos se agotan, lo que baja la productividad; los seres humanos se enferman y si van enfermos al trabajo pueden contagiar a sus compañeros, lo que baja la productividad. En otras palabras, al intentar favorecer ciegamente los intereses patronales se termina perjudicando tanto a empleados como a empresarios.

El fundamentalismo neoliberal es tergiversador y peligroso. Robert Prasch, economista laboral, le advirtió hace unos años a sus colegas que arriesgaban mucho cuando, a nombre de la simplicidad y la elegancia matemática –y de los intereses patronales–, suponían que el trabajador era una mercancía inanimada, al mismo nivel que los factores instrumentales de producción. No lo es. Se trata de una torpe, errada y vulgar abstracción. Por fortuna, no siempre los economistas han partido de semejantes supuestos. Presumir que el trabajador equivale a un saco de cemento revela muchos sesgos y prejuicios clasistas. Ya es hora de superarlos.

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