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La Junta ha tomado nuestro País por asalto

Distinguidos miembros del comité:

Soy María de Lourdes Guzmán, presidenta del Movimiento Unión Soberanista, organización política que lucha por la descolonización y la soberanía de Puerto Rico.

Una vez más comparecemos ante este comité para reclamar justicia para nuestro país, una nación caribeña y latinoamericana que sigue siendo colonia del país más poderoso del mundo. A pesar de que el colonialismo se considera un crimen contra la humanidad, Estados Unidos continúa ejerciendo sobre nosotros sus poderes como potencia colonizadora, con absoluta impunidad. Pronto se cumplirán 120 años desde que la milicia estadounidense nos invadió y nos sometió a un régimen de subordinación criminal, abusivo y humillante, el que ha aprovechado para escamotear nuestras riquezas y explotar nuestros recursos. Por décadas hemos denunciado ante la comunidad internacional, representada por los países que conforman este comité, las atrocidades que los E.U. han cometido contra nuestro pueblo. Sin embargo, nada se ha hecho para hacer valer la voluntad de estos pueblos contenida en las resoluciones aprobadas por la ONU para erradicar el colonialismo de la faz de la tierra y librarnos del yugo que nos esclaviza. ¿Cuánto tiempo más debemos esperar?

Tras haber engañado a la ONU en 1952 con la farsa de que Puerto Rico había alcanzado niveles de gobierno propio al aprobar su propia Constitución, los E.E.UU han reconocido ante su propio Tribunal Supremo, que Puerto Rico es su colonia. Mas, nada han hecho para corregir su agravio. Con la arrogancia imperial que les caracteriza, Estados Unidos continúa pisoteando nuestra dignidad como pueblo y violentando nuestro derecho a la libre determinación. Todo ello ocurre a ciencia y paciencia de la comunidad internacional, que ha hecho oídos sordos a nuestra exigencia de justicia y que podamos integrarnos a los pueblos libres del mundo.

Para añadir insulto a la injuria, hace dos años y con la bendición del Congreso de los Estados Unidos, una Junta de Control Fiscal ha tomado nuestro país por asalto, haciendo y deshaciendo a su antojo, apropiándose de las riquezas que generamos. Esa Junta, que continuamente nos maltrata y nos humilla, solo busca cobrar una deuda exorbitante, ilegitima e impagable, e impone al pueblo medidas fiscales que nos conducen a un empobrecimiento sin precedente en nuestra historia. Tanto la Junta, tanto como el gobierno actual del Dr. Ricardo Roselló, que actua en complicidad con ellos, se niegan a encaminar un proceso de auditoría de la deuda, de la cual indudablemente, surgiría el manejo corrupto de las finanzas de nuestro país y el saqueo inmisericorde del que hemos sido víctima a lo largo de varias décadas.

Bajo el palio de la bandera estadounidense, Puerto Rico ha sido siempre un país pobre, sin posibilidades de encaminar su propio desarrollo económico, por estar sometido a los poderes omnímodos de esa potencia. Luego del paso del huracán Maria que nos devastó en el pasado mes de septiembre, Puerto Rico está sumido en una de sus mayores crisis. Nuestra gente más necesitada esperaba obtener el amparo del gobierno de Estados Unidos el que, mezquinamente, nos ha abandonado a nuestra suerte. Rechazaron la ayuda internacional que se nos brindó sin importar las consecuencias que ello pudiera tener. A pesar de la magnitud de la catástrofe, y aun cuando sus empresas extraen de nuestro país al menos 35 billones de dólares anuales en ganancias, Puerto Rico sigue en espera de las aportaciones económicas que el gobierno federal ya ha distribuido entre muchos estados azotados por huracanes, incluyendo el territorio de Islas Vírgenes. El índice de pobreza en Puerto Rico ha aumentado a cerca de 53%. Nuestra población infantil, que hoy enfrenta un cierre desmedido e insensato de escuelas, es la más afectada. Miles de familias continúan sin techo, sin servicio de energía eléctrica, sin empleo, cientos de miles han abandonado el país, expulsados al enfrentar un futuro desolador, víctimas de la negligencia criminal de un gobierno local y federal que se muestra indolente ante nuestra desdicha. Para encubrir su propia ineptitud, el gobierno local ha llegado al extremo de ocultar la cifra real de fallecidos como consecuencia del paso del huracán. Esta cantidad de muertes no hubiera sido tal, si se nos hubiera tratado con un mínimo de solidaridad. La cantidad de personas que han optado por el suicidio es igualmente incierta. Ante este panorama, la Junta de Control Fiscal no ceja en su empeño de seguir despojándonos de nuestros derechos, de nuestras riquezas y nuestras esperanzas, respondiendo a aquellos que, desde los fríos y lujosos muros del Congreso estadounidense, observan como nuestro país se desmorona. Puerto Rico languidece por el sufrimiento y la desesperanza. 120 años es demasiado abuso. Reclamamos que este Comité exija que nuestro caso se eleve al pleno de la Asamblea General para que acabe esta infamia. Muchas gracias.

Ponencia presenta ante el Comité de Descolonización de la ONU.

Aborto

Por Eva Giberti

Raúl Alfonsín acababa de asumir. Había seleccionado su gabinete para iniciar el camino hacia la democracia restituida. Pensó que debía ocuparse de temas referidos a los derechos de las mujeres y solicitó la colaboración de quien era una figura indiscutible en ese tema: María Elena Walsh. Ella había luchado –en sus historias, en sus declaraciones, en sus canciones– defendiendo los derechos de las mujeres y personalmente era una figura ejemplar.

Así fue como María Elena concurrió a Casa de Gobierno varias veces hasta que en una oportunidad ella pronunció la frase terrible:

“Presidente, habría que legislar sobre el aborto”. María Elena contaba, con cierta indignada sorpresa, que el presidente no quiso oírla y ella desistió del intento (por la manera de contarlo podemos imaginar que el presidente se asustó). Desistió de tal modo que no volvió a la casa de Gobierno. Una lástima, se perdió una asesoría formidable acerca de los derechos de las mujeres, pero los tiempos históricos dicen que no era el momento.

En esa misma época yo escribí un artículo sobre el aborto en la Revista de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) y recibí una reprimenda porque algunos socios, que pensaban de otro modo, se habían quejado.

En 1985 Laura Klein decidió presentar su libro Fornicar y Matar, destinado a reflexionar acerca de temas asociados con el aborto, un libro duro, inquietante, que años más tarde revisó y volvió a editar. En aquella primera oportunidad, en medio de un suspenso significativo y con cierto temor por las reacciones que podrían aparecer en el público que conociera su contenido, lo presentamos Magdalena Ruiz Guiñazú, otra persona, un varón prestigioso cuyo nombre no recuerdo y yo.

Anteriormente, desde hace décadas, las feministas reclamábamos, en grupos o mediante intervenciones personales, el derecho al aborto como tema de salud pública. Conocíamos las limitaciones de la demanda y no ignorábamos que enfrentábamos creencias arraigadas y obediencias religiosas.

Actualmente, el Proyecto –cuyos antecesores merecen citarse– se encontró inmediatamente frente a su contraproyecto. Lo cual es valioso y es imprescindible. Porque los contraproyectos, según sea su fuerza, contribuyen a definir el poder y la racionalidad del Proyecto.

Cuantas más ridiculeces y carencias de argumentaciones racionales propongan los contraproyectos, mucho más se evidencian las operaciones lógicas que sostienen los diversos  capítulos del Proyecto. Por ese motivo –y otros– no conviene enojarse con quienes agitan posturas que representan el contraproyecto, porque son necesarios para contrastar, por una parte la racionalidad, la inteligencia emocional, la solidez estadística, el diseño de un  plan y por otra parte las creencias. Así como agitan la torsión de un humanismo ajeno a toda sensibilidad científica del contraproyecto.

En la actualidad, celebrando la visibilización del tema, hemos escuchado, resurgiendo de antiguas oscuridades, la reiteración de un argumento cuya perversidad es peligrosa porque hay ingenuos/as que lo repiten: “Y… podrían tenerlo y después darlo en adopción…” Yo podría oponerle un argumento sentimental porque conozco de muy cerca la experiencia con mujeres que ceden sus criaturas en adopción: las que lo hacen porque no pueden darles de comer y se quedan con otros hijos mayores, por ejemplo. Y conozco ese dolor, inimaginable. Pero ceder una criatura a la que se maldijo desde su existencia deseando abortarlo también implica sobrellevar el embarazo, el parto y asumir el momento de la cesión que constituye un “trámite” angustiante e inolvidable. Pero éste es un argumento sensible. Mi argumento es otro. Los que sostienen “Y… que lo dé en adopción”… convierten el útero de la gestante en un objeto, por lo tanto, convierten a esa mujer en un objeto preñado para asistir a otra mujer, que esa sí que sería una persona porque querría ser “madre” de esa criatura, a su vez objeto de intercambio, perpetrado institucionalmente como forma exquisita de violencia.

Esa mujer que quiere abortar se convertiría por obra y gracia de “los generosos” en una cosa, en un útero al servicio de otros, mientras ella soporta su pesadumbre durante los meses de gestación habiendo dejado de ser persona: es solamente un útero, una víscera que alrededor no tiene una persona mujer, sino “la que quiere abortar”. Además, gratuito, porque tampoco es un útero subrogado. Esa es la perversidad. Perversidad quiere decir sentir placer en dañar a otra persona.

Hemos escuchado sandeces de toda índole durante estos días y hemos confirmado que las creencias pueden sostener la buena fe de muchas personas que realmente piensan en sus argumentos, pero no han decidido revisar sus pensamientos.

Y hemos escuchado la graciosa implementación de la  equidad de quienes dicen: “Es una cuestión muy personal… Yo no puedo opinar, tendría que ver en cada caso”. Y así, claro, no opinan.

Es muy interesante porque han tenido que darse cuenta que existe algo importante en lo cual podrían pensar y generarse a sí mismos una opinión acerca de la vida y los derechos de las mujeres.

La tensión ha sido el pródromo de estas horas en las que nada y todo se sabe. Llegará el alba con la noticia. La vida ya sabe que hay una frase que hace años murmurábamos, gritábamos, pedaleábamos y reclamábamos: ¡Aborto legal, seguro y gratuito!

Reproducido de www.pagina12.com.ar

Fiestas juninas y profecía

En diversas regiones de Brasil y de otros países de América Latina se celebran fiestas ancestrales durante la segunda mitad de junio. Aunque el cristianismo asocia estas festividades al nacimiento de San Juan Bautista, estas fiestas populares sobrepasan los límites de la celebración religiosa y se convierten en festejos de la naturaleza a través de fogatas, fuegos artificiales y danzas características de la época. En la cordillera de los Andes, en el solsticio del invierno, o sea, alrededor del 21 de junio, la fiesta del Inti Rami, el renacimiento del Sol, manifiesta la vitalidad de las culturas indígenas y la unión de diversos pueblos antiguos en defensa de la naturaleza amenazada. En los países que están en el hemisferio norte, el solsticio de verano tiene otros signos de fiesta y de renovación de vida. El cierre del año escolar crea un clima de libertad, aunque hay que aclarar que no todo Brasil goza de vacaciones durante esta temporada. Aun así, en el campo y en las ciudades, sus habitantes interpretan piezas de carácter satírico que ridiculizan a figuras como el cura y el juez, a los amigos de los ricos y a los apegados al dinero. Esas costumbres unen al pueblo en expresiones de igualdad y libertad, que, de modo espontáneo, pueden ser signos anticipadores de la fiesta de la libertad social y política que todas las personas de buena voluntad desean.

Juan nació de una mujer que era vieja y estéril; por la gracia de Dios quedó embarazada y dio a luz. Zacarías, el padre, había quedado mudo y en el día del nacimiento del hijo la lengua se soltó y él pudo cantar las maravillas que Dios había realizado en su vida. En el mundo actual, la alegría expresada en las fiestas juninas parece cumplir la palabra que, según el evangelio, Zacarías, padre de Juan el Bautista, recibió del ángel acerca del nacimiento de su hijo: “Por su nacimiento, muchos se alegrarán”.

En todas las épocas, la alegría mesiánica es aquella que durante situaciones difíciles nos hace creer que Dios puede abrir los úteros estériles de nuestros pueblos y liberarnos de la mudez del conformismo y de la parálisis del miedo. Al ser bautizado por Juan, Jesús se reveló discípulo de Juan y comenzó su misión profética. Así también, podemos esperar que las personas que participan en los festejos que recuerdan a San Juan, hombres y mujeres de varias Iglesias cristianas, asuman la misión de profetas y profetizas de Dios que se nos pide para construir una sociedad hermanada en una humanidad renovada y renovadora.

El autor es monje benedictino y ha escrito más de cuarenta libros.

El camino de Anthony Bourdain

Este fin de semana mientras celebrábamos entre amigos la vida del chef Anthony Bourdain (con cervezas, tequila, música y comida), y reflexionábamos sobre el suicidio y el derecho de cada cual a hacer lo que mejor le parezca con su vida —cuando se es un adulto inteligente capaz de tomar decisiones—, también hablamos sobre la lectura, sobre el acto mismo de leer. Recordamos a quien nos puso en las manos ese primer pasaje en forma de libro con el que nos embarcaríamos voluntariamente y con destino incierto, —como se lanza uno generalmente a la vida— en la empresa consagrada del lector.

Durante la conversación tomé algunas notas para garantizar que luego de la celebración, que duró dos días, no se me olvidara lo que traería hoy a cuento. Y aquí estoy leyéndolas y tomándome una cerveza fría para aderezar el pensamiento y estimular el recuerdo sobre aquello que no alcancé anotar. Pero para mi sorpresa, tan pronto me siento y adopto la postura física típica de la que escribe —no osaría llamarme escritora—, recuerdo aquello que no anoté porque sabía que ahí estaría cuando llegara el momento. La mentada “postura física típica de la que escribe” me ha costado años de torceduras de cuello y espasmos musculares. Es algo de lo que no consigo librarme por más conciencia que tenga de ello; por eso ya lo asumo como parte de un sacfrificio, como un compromiso ético medio perverso y masoca (parecido al requerido por la literatura de viaje del siglo XVIII, para la que el viajero-escritor se expone a la incomodidad y vicisitudes del camino en aras de obtener más conocimiento que placer). Me siento, ya sea en el sofá o en la silla del escritorio y enseguida parezco un garabato. En la silla trepo las piernas al escritorio y me pongo la computadora en la falda; en el sofá trepo las piernas en la mesa de centro o me pongo igual a cuando escribo desde la cama, de medio lado apoyándome sobre el codo izquierdo. Los resultados son físicamente nefastos, dolorosos, pero aún no consigo hacerlo de otro modo. Con la lectura me pasa igual. Lo recomendable es prepararse, acomodarse de forma tal que el cuerpo y la mente aguanten el empuje, las largas horas de lectura, pero para mi es insostenible la buena postura; entonces, me asumo y el viaje lo hago incómoda pero con entereza, hasta que ya no puedo más y me quito. Si estoy en la casa, el que me pasa por el lado mientras leo, escribo y hago la figura cuatro —escritor que por supuesto también lee—, en ocasiones me llama la atención o se limita a por lo menos, prenderme una luz. Y es que no se puede andar por la vida torcido y ciego. ¿O sí? Para algunos hay males que se curan leyendo, por ejemplo la ignorancia o ceguera. Pero creo que a la cura contribuye mucho la disposición del lector.

Si Bourdain hubiese sabido la cantidad de cosas, juicios, opiniones, reperpero en general que provocaría su muerte al herir o (burlar) la omnipotencia salvadora de América, no se suicidaba. A él no le costaba nada (material) mantenerse vivo, tenía las mejores condiciones (como él mismo confiesa en muchos de sus programas) para salvaguardar su vida, pero al parecer ya no le daba la gana. Soy capaz de entender eso y respetarlo, porque a pesar de lo doloroso que resulta su decisión para los que lo quisieron, uno ha aprendido a hacer concesiones. A veces leemos cosas que nos cambian la forma de ver y entender, que nos abren la mente y nos sensibilizan ante aquellas realidades que nos eran ajenas y hasta imposibles, inimaginables en nuestros pequeños mundos. Cuando eso sucede uno aprende, distingue, reconoce, compara, concede y con suerte a veces, hasta perdona lo imperdonable. Perdonémosle el suicidio a Bourdain dejando de tratarlo con condescendencia, creyendo que su vida estaba en nuestras manos, dejemos de creer que no sabía lo que hacía y que una llamada a tiempo podía devolverle las ganas de vivir, pues, como nos dijo Albert Camus en su clásico El mito de Sísifo (1942), “Matarse es, en cierto sentido y como en el melodrama, confesar. Es confesar que la vida nos supera o que no la entendemos… Es solamente confesar que no vale la pena”. Vivir, naturalmente, jamás es fácil. Seguimos haciendo los gestos que la existencia pide por muchas razones, la primera de las cuales es la costumbre. Morir voluntariamente supone que hemos reconocido, aunque sea instintivamente, el carácter ridículo de esta costumbre, la ausencia de toda razón profunda para vivir, el carácter insensato de esa agitación cotidiana y la inutilidad del sufrimiento”.

La vida y la lectura se representan casi siempre con la metáfora del camino o del viaje. Leer, así como vivir, es sacrificado, pero lo primero podría hacer el camino de lo segundo más llevadero, aportarle gracia, conocimiento, entretenimiento, etc.. En días como estos no viene mal salir a pasear con uno como Albert Camus, por ejemplo.

***La aparición casi simultánea —en 1942– de El Mito de Sísifo y El extranjero reveló al público el talento literario, la sensibilidad ética y la capacidad de reflexión teórica de Albert Camus (1913-1906), para quien narrativa, teatro, ensayo y periodismo fueron medios alternativos para indagar sobre la complejidad, la ambigüedad y la riqueza de la condición humana y para plantear y debatir los grandes problemas morales de nuestra época. La obra se compone de cuatro capítulos y un apéndice (“La esperanza y lo absurdo en la obra de Franz Kafka”) que estudian, desde enfoques cercanos al existencialismo, esa “sensibilidad absurda” que parece dominar gran parte del siglo XX.

Estación a la deriva III

Noel Luna

EN LA NOCHE AGOTO LAS CALLES como un loco. La ciudad es un gran reloj de arena. Van cayendo los granos. Poco a poco se borran bajo el peso de idénticos cristales. Yo pregunto en cada tramo. Interrogo al silencio en cada esquina. Ando, corro, me voy tropezando conmigo mismo, y así recorro esta ausencia completa. Siento cómo sus bordes afilados me hieren, y la sangre se derrama y pinta las aceras. Un mar sale de mí, un profundo océano escarlata que inunda los suelos y recorre cunetas y alcantarillas. Me desangro deprisa, como si no hubiera tiempo y esta eternidad no me habitara. Vierto el zumo ardiente en el asfalto y los poros del mundo no se alcanzan. El mundo es este rojo de mi sangre, la infinitud rojiza, y todo es una herida insaciable, una profunda cortadura en la tiniebla. Gota a gota me pierdo, grano a grano me escapo, y la propia ciudad desaparece bajo el peso de la arena ensangrentada. (1995)

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SON LAS OCHO Y MEDIA DE LA MAÑANA. Ahora mismo tomamos café en el aeropuerto de Londres. Larga espera por delante: el vuelo a París sale a las cuatro. Fumamos y conversamos sobre política. De pronto me retraigo. Pienso y recobro algo que sucedió una sola vez, y por eso es irreal y es eterno. Persigo las minucias de una tarde en Puerto Rico, en Guaynabo. Rastreo poco a poco cada seña, y espero, y recibo el silencio. Me son devueltas unas manos y un cuerpo sin historia. Yo voy labrando sus marcas. Yo voy esculpiendo con mano paciente sus formas. Voy cincelando las líneas, las curvas interminables, los escondidos orificios. Voy deshaciendo la ausencia de esos tramos borrosos. Voy forjando la duda del tacto, y en esa irrealidad desciendo, en esa lenta fluencia de la cima a la sima, y me pierdo a mí mismo en cada huella, en cada sombra de mi mano, en cada nudo y cada nervio y cada músculo, y se enredan mis manos tejiéndome los dedos, hilvanando cada ruta del deseo en esa superficie amable. Mis manos aceleran su vértigo y palpan cada sonrisa de su carne, cada ojo al acecho, sus sales, sus preciosos minerales, sus piedras suaves y rugosas, sus sedientas muchedumbres contra el agua, el fuego, el polvo. Recobro aquella tarde, de otra forma tal vez. (1995)

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HABRÍA QUE RECURRIR A UN ALEPH BORGIANO para hablar de París. Mucho y muy poco puede decirse, casi nada. Puedo dudar de todo menos de que París no es Londres, de donde llego. La limpieza y las líneas elementales son para Londres lo que la colorida suciedad y las enrevesadas curvas son para París. El Támesis es frío y serio; el Sena, cálido y risueño. Contemplar el Támesis agudiza el juicio, mientras que el Sena sofistica el gusto. Ni mejor ni peor uno o el otro: sólo distintos. Es bello París, y en cada puerta y ventana una flor olorosa invita al amor. Cada espacio quiere ser colmado, desde el fondo lejano de la ausencia, desde el centro remoto del silencio. Las sombras reclaman sus cuerpos, los ecos acechan sus voces, y en la tarde, detrás de cada espejo, se esconden los espectros, esperando que alguien los reclame como suyos. Es lindo París, y en cada esquina te tropiezas con el arte, o un enorme muro antiguo te golpea la mirada, y los nombres son música y poesía, y en cada soledad vive un silencio. Lo juro. (1995)

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ACERCARSE EN SILENCIO A LA VENTANA / y mirar la rareza de un cielo azul. / Recibir el sol en la cara / y en las manos / como se recibe el pan y el vino. / Añorar el infierno, / las hirientes llamas / ardiendo en su reposo, / las terribles quemaduras en la carne. / Sentir nostalgia del dolor / que todo lo consume / y lo llena, / y querer desbordarse en ese trance, / querer exceder los propios límites / echándole sal / a viejas heridas y recuerdos. / Sentir ganas de un rumor arcano, / de un sordo rumor antiguo / que nos golpee en la cara / y en las manos y en el pecho / y en las piernas / y luego posea todo nuestro cuerpo / y de pronto morir. / Que acercarse en silencio a la ventana / no haya sido en vano. (1995)

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POCO A POCO PARÍS EMERGE en mi imaginación como ciudad posible, como algo casi casi real. La magnificencia de las primeras impresiones, sin que disminuya su grandeza, va volviéndose experiencia más accesible, menos lejana. Estuve frente al Louvre, caminé los Campos Elíseos, el Jardín de las Tullerías, y el Arco del Triunfo nuevamente. Caminé un largo trecho al margen del Sena, y ahora estoy en el Palace de Chaillots, detrás de la Torre Eiffel. Almorcé liviano en uno de los cientos de cafés parisinos y volví a caminar hasta cansarme. A una ciudad se le conoce de verdad sólo caminándola, tomándole el pulso desde el suelo. En París ello es posible y uno nunca se aburre ya que en cada esquina hay un músico, un pintor o un loco interesante. Lo único que molesta en esta ciudad es la vulgaridad ruidosa de los turistas, que a menudo desencanta lo que pudo haber sido memorable. Pero hasta yo, con mis dólares escasos, peco de turista. Además, ¿de qué otra forma podría preservarse una ciudad como ésta sino es con la lluvia de monedas provenientes del bolsillo del turista? (1995)

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HOY ME LLEGÓ TU CARTA. Me senté a la mesa con un café y la leí con calma, la saboreé lentamente, como si de un buen vino se tratara. Ahora estoy en los Campos de Marte y acabo de almorzar sobre la hierba: pan, pollo, ensalada, vino, tabaco. Se vive aquí de otra manera, en los parques, oyendo la risa de la gente a tu lado. Aquí lo siento todo de otra forma, en la calma de la tarde, en la placentera tranquilidad del viento junto al Sena. Este es un buen momento para pensarte, para figurarte completa, de tus pies a tus cabello, de tus labios a tu boca. Callo y te pienso despacio, como si tuviera siglos para pensarte, como si en el fondo de los tiempos la aguja del reloj se hubiera detenido, y sólo quedara la vasta eternidad del silencio y la calma. Tu carta me ha devuelto el sueño de las tardes aquellas que ambos recordamos. Poco a poco recobro la luz de tus ojos, que saben reír y llorar. Poco a poco vuelven a ser míos tus dedos y tus besos delirantes. Lentamente, en la fragilidad del recuerdo, te miro y te palpo, como si no nos separaran tierras ni mares. Vuelvo a palparte nuevamente. Te capturo en lo fugitivo. Te aspiro en el niño que acaba de acercarse a mí en este parque, y en su madre que a lo lejos me sonríe. Te respiro en la suprema soledad de este momento, rodeado de muchísimas personas sosegadas para quienes soy alguien y nadie. De pronto me parece un mero detalle que tú estés en Chicago y yo en París: en cada paso que doy, en cada sorbo de vino, en cada descanso en la sombra junto al Sena, te siento junto a mí. Estás en el rojo de mi sangre, en aquella antigua historia de puñales, en la sorpresa de las calles escabrosas, en los monumentos gloriosos o ridículos, en los puentes, en las viejas catedrales, en cada pintura y cada escultura que he visto desde que llegué aquí, en cada café y en cada parque como este en el que estoy, donde te escribo. Te siento en la música, en las viejas canciones que sigo tarareando, en la libreta en la que te anoto. Estás en el temblor de mis manos, en la sed de mi boca, en cada palmo de esta ciudad en la que no logro perderte. No te dejo atrás un solo segundo y cuando menos lo espero, ahí te me apareces, y escucho tu voz, y veo tu oído alerta, y tu pelo danzando con el viento. No te has ido. No has rozado esa región del olvido a la que tanto tememos. No se han borrado tus pasos ni tus miradas ni tus silencios. (1995)