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El Gran Combo celebra sus 55 años

El Gran Combo de Puerto Rico celebrará por todo lo alto su más de medio siglo de trayectoria ininterrumpida en la industria musical salsera. La invitación al pueblo puertorriqueño es para que se dé cita al concierto “This is it” el próximo 27 de mayo de 2017 en el Coliseo José Miguel Agrelot.

Ese día, La india, Gilberto Santa Rosa y Andy Montañez acompañarán en tarima a la agrupación de talla internacional. El Gran Combo y su música han sido recibidos en países de África, Centro y Sur América, Europa y en Estados Unidos, hasta en China y Japón. Y es que más de 70 producciones discográficas y más de 100 éxitos radiales comprueban la popularidad de los denominados “Mulatos del Sabor”, conformados como institución musical en 1962.

Según comentó Néstor Rodríguez, mejor conocido como el “Buho loco”, el grupo está vigente. El conocido locutor recalcó que, así como los grandes éxitos de El Gran Combo engalanan nuestras emisoras, las radioemisoras del mundo entero los ubican dentro de sus programaciones. Éxitos como “Acángana”, “Ojos chinos”, “Jala Jala”, “Hojas blancas”, “Julia” han dotado a esta agrupación de un sinnúmero de importantes premios y distinciones.

Los veteranos productores Rafo Muñiz y José Dueño tienen a cargo la producción de este evento, el cual contará con todos los elementos tecnológicos modernos: tarimas móviles, pantallas LED, luces direccionales, proyecciones digitales, entre otros. A juicio de Muñiz, el Combo “siempre ha estado presente en la vida de todos los puertorriqueños”, por eso, continuó el productor, “crearemos el mejor ambiente para tantos éxitos, para que queden vestidos de gala y botando la pelota”. En conferencia de prensa, ambos anunciaron que el concierto estará constituido por aproximadamente 35 a 40 canciones.

El Gran Combo representa excelencia musical. Para el cantante Anthony García, músico joven integrado recientemente, pertenecer al Combo es un “sueño hecho realidad”. El joven quiso advertirle al público que asistirá que “la música será la protagonista de la noche. Más allá de ella, el privilegio de compartir con Rafael Ithier ya es suficiente”.

Será un espectáculo para los fanáticos de la agrupación porque gracias a ellos es que el Combo puede festejar sus 55 años de trayectoria mundial. De hecho, las taquillas de entrada al concierto comienzan en precios módicos “porque es la única forma de agradecerle a todo el público”, sostuvo Ithier. “Aquí recibimos los primeros aplausos. El Gran Combo es de ustedes. El alma del músico son los aplausos”, prosiguió el director y fundador del grupo.

Rafael Ithier confesó durante una conferencia de prensa que pensaban no celebrar el concierto por la “situación económica de Puerto Rico”, sin embargo, el líder aclaró que fueron Muñiz y Dueño quienes los “acogieron”.

Según el director del colectivo musical, cuando se presentan en el extranjero siempre exige que se les llame con el nombre completo: El Gran Combo de Puerto Rico porque “tenemos la responsabilidad de representar con dignidad y respeto la islita que tanto queremos”, concluyó.

Será otra cosa: De delirios, espejos y espejismos: la escoba del pequeño Eddie Munster en la Milla de Oro

Busco una casa barata y de piedra allá en Bormida, la villa italiana de 394 personas donde el alcalde está donando 2 mil euros a cualquiera que se atreva a mudarse allí. Asegura el señor alcalde que los alquileres están a 50 pesos y yo me deslumbro. Busco los argumentos con los que convenceré al prójimo de nuestra mudanza masiva, la fuente de generación de fondos para nuestra vida en Bormida, cómo exactamente llegaremos allí. Levanto los ojos brevemente de la computadora y tengo la macacoa de encontrarme frente a frente con los ojos de diablo del gobernadorcito embrionario, ahí donde siempre, balbuceando sus necedades al país. Decretado, me digo. Nuestra mudanza a Borida es cada segundo más inminente. Excepto que cambio de búsqueda. “Yucatán lluvia”, ingreso pero no quiero abrir enlaces misteriosos. “Balcones orilla”, “ruinas”, “cenotes”. Con estas cuatro palabras reveladoras decreto mi próxima mudanza a la península de Yucatán. Busco evitar pensar en la policía, en la huelga y en Nina, la muchacha presa. En todo lo que está pasando y va a pasar.

Regreso los ojos a este mundo y me encuentro de nuevo con el pequeño Eddie Munster, en su ensayo perenne de adultez. Esta vez se encuentra haciendo que barre el piso (literalmente, sí), no en mi barrio, donde los tecatos de al lado echan toda la basura en la acera. Donde el grafitti insiste una y otra vez, por encima de la pintura que el vecindario vuelve a pintar. No, el pequeño Eddie Munster está en la Milla de Oro.

Mire que una ha visto gobernantes arrodillados y serviles en Fortaleza. Pero, aún acostumbrada a la dinámica del siervo de turno, es igualmente repulsivo ver al muchachón llegar a la Milla de Oro a recogerle los vidrios y pintarle las paredes a la Junta y los banqueros. Es decir, a los individuos más poderosos del país, los que no necesitan la atención ni conmiseración de un gobernadorcito embrionario; los que no solo figuran como co-responsables de la crisis económica sino que también se lucran de ella.

De hecho, en medio de mis delirios de mudanzas exóticas, pienso que cada vez entiendo menos a estos estadistas ‘demócratas’. El presidente del Senado, por ejemplo. Si tanto se las da de guapetón y está tan en contra de la Junta: ¿Por qué no apoya la huelga de los estudiantes? ¿No están los estudiantes, precisamente, desobedeciendo las órdenes de la Junta? Para ser constante con su discurso, ¿no tendría Schatanás que apoyarlos más bien? A ellos y a los trabajadores. Lo he visto hablar directamente de que no acataría medidas de austeridad para los más “vulnerables”. Lo dijo hace un par de meses. Justo antes de cerrarle el Capitolio a la gente, estudiantes, trabajadores, cabilderos ciudadanos, los “vulnerables” que se levantan ante la explotación.

Es como cuando se jacta de ser tan bravo, todo un guapetón de barrio, ¿Y entonces por qué usa a la Fuerza de Choque como escolta personal?

Ninguno de estos dos individuos puede venir a hablarnos de violencia mientras le barren el piso de los acreedores de una deuda inmoral y fraticida. ¿Qué pensaron? ¿Que ellos serían los únicos que “romperían” la ley (para citar al genio del Gobernador? ¿Quieren imponer pobreza, opacidad, contratos jugosos para los verdugos del país, exilio, muerte a la Universidad, a la salud de los pobres pero que nadie les responda como se merecen?

Romper cristales, pintar consignas con graffiti son actos de expresión que sin duda tienen consecuencias legales, sobre todo si los llevas a cabo a plena luz del día en medio de una manifestación masiva. Pero cualquiera de esos jóvenes que ha sido arrestado aleatoriamente por resistir con una mínima parte de esa misma violencia que el Estado les imparte a ellos y por expresar su renuencia absoluta, su indignación extrema, tiene más estatura moral que estos fantoches impúdicos que todavía pretenden dárselas de decentes.

El delirio de mi vida apacible y barata en Bormida, en Yucatán o donde se instale mi próxima fantasía nomádica tendrá que esperar. Primero hay que romper, ya no solo los espejos sino los espejismos en este país.

La dama ciega

Manolo Nuñez Negrón

Doy un paso en dirección del andén y aflojo el botón para que la humedad de esta jornada que apenas comienza, con algunas nubes tapando el sol de septiembre, tarde en instalarse debajo de la piel. El pequeño chubasco ha exacerbado el calor, y ya la camisa blanca, rigurosamente almidonada, se pega a la espalda y las gotas de sudor descienden tras las orejas y el cuello, minúsculas. La primera batalla que se libra en el Caribe es la de la temperatura: ser isleño significa estar solo sobre el agua y aceptar, con cierta resignación, el vapor inclemente que sube desde el asfalto y te calcina las entrañas, sin prisa, pero sin pausa. Aunque tacaña, la brisa está soplando y en la estación del Tren Urbano, ubicada entre edificios abandonados, levantada del suelo por pilares gigantes, los pasajeros son escasos. Ha pasado la hora pico, el rush mañanero, y es por eso, imagino, que los vagones demoran en llegar y las personas esperan sentadas en los bancos, sujetando sus pertenencias. En Nueva York es cada siete minutos, sin fallar, dice la señora a mi derecha, y yo sonrío, asintiendo con la cabeza, mientras el ruido de los rieles anuncia que se acerca el furgón anhelado: pero aquí hacemos las cosas al revés, y no hay progreso.

Las puertas tardan en abrir y aprovecho para cotejar que el nudo esté en su sitio. Puedo escuchar, nítida, la voz de mi madre que, sentada en su taller de artesana, con las manos llenas de barro y el delantal jaspeado de colores brillantes, le repite a mi padre la misma consigna: el traje lo hace la corbata. Es inevitable: el recuerdo está hecho de esas frases sueltas que van desperdigando los seres queridos y que, a la postre, se convertirán en nuestra única, y última, literatura. Este gesto, en apariencia indiferente, de anudarse la chalina frente al espejo sacude, ahora que lo pienso, la memoria, y trae al presente, a este presente inestable, otras locuciones que se han quedado dormidas en el interior: me voy a mandar a hacer unas telas, nene, porque el hábito no hace al monje, pero ayuda.

El aire acondicionado domestica el sofoco, lo mantiene a raya, y al aproximarme al asiento coloco el bulto, parsimonioso, y doblo la chaqueta para que no se estruje. Esa conciencia de la pulcritud en el vestir se la debo a mis abuelas: costurera y modista, la una, joceadora y fritolera, la otra. Los adjetivos delatan su procedencia: la primera vino al mundo en una hacienda, y la segunda en un arrabal. También el vocativo sugiere una discreta, velada, diferencia de clase: abuelita conoce el orden de los cubiertos en la mesa y es diestra en los encajes de mundillo, sabe distinguir entre una mazurca y un fox-trot, entre el champagne, el vino blanco y la sidra; aguela vive abrazada al caldero, adosada a la radio, le vende una nevera a un esquimal, y de un pollo criado en Aibonito, donde nacen las flores, mijo, fríe las pechugas, guisa las caderas, mete los muslos en el arroz y zambulle el espinazo en una sopa con fideos: ese abuelo tuyo come igual que los presos. Ambas, eso sí, me velaron el sueño con esa ternura sencilla, rústica, de las matriarcas en las Antillas, y me pasearon por el atrio parroquial, antes de la misa, con la partidura perfecta y el filo del pantalón impecable: este es mi nieto, el mayor. Quizás por eso ahora, cuando la muchacha que carga el niño en el regazo me pregunta, a quemarropa: ¿y tú eres abogado?, siento que algo, en secreto, las reivindica.

Todavía, contesto, y ella tuerce la boca, incrédula: es que no me pasan pensión y tengo que orientarme. Se baja en la Roosevelt: pa’ coger la guagua que me tire en Plaza, explica, y enseguida salta al ruedo el caballero de boina crema a mi izquierda: lo que tiene es que ponerse un coi y dejar de traer críos al mundo, qué cojones. Miro la avenida repleta de vehículos y observo el tráfico, esa prolongada fila de coches que se amontonan tras el semáforo: esta ciudad no está hecha para caminar. Ni una acera ni un árbol, ni un parque ni una fuente al lado de las viejas estructuras: solo una larga, monótona sucesión de señales de tránsito, de billboards y cables eléctricos, de pasquines con fotos de políticos y letreros de negocios de comida rápida. Y en medio del desparrame urbano, de esa orgía de cemento que es Puerto Rico, campeando por sus respetos, el dueño y albacea de nuestros trámites diarios: el carro. Distingo, desde lo alto, los modelos. Establezco diferencias, jerarquías, después de todo formo parte de esta sociedad y soy capaz de reconocer el valor simbólico del auto: perdóname caballo, no te enredes, una cosa es un BMW, aniquelao, y otra es un punto ocho, con permiso, por eso es que sigues soltero, mamón.

Esos chamacos que corren entregando periódicos, flyers con ofertas y menús de almuerzo, también se están buscando la peseta. Pero el individuo ubicado dentro de la máquina de lujo, alimentada por el diésel, el que acelera su Mercedes Benz o su Range Rover, por lo regular, va absorto en sus cavilaciones y está escindido de la realidad. Le resulta difícil, to say the least, reparar en las zonas de exclusión que la metrópolis consagra y exhibe: las barriadas marginales, los residenciales públicos, ese invento macabro del viejo Muñoz Marín, los hospitalillos clandestinos. El sillón de cuero que le da masajes en los muslos y se anticipa a sus necesidades vitales, las pantallas relucientes del dash que adivinan su ritmo cardíaco y el equipo de música ultrasónico, en el que suena la cantante sajona que está in en Miami o la dicción pausada, perfecta, de un locutor que lee una novela de Ken Follet o John Grisham, impiden que se compenetre con un ambiente y unos escenarios que, pongamos esto en contexto, lo desquiciarían. ¿Cuándo carajo nos nació este gueto?, inquirirá, trágico, pero se acogerá solícito a la solución Jet Blue, sin esperar la réplica.

¿Desde qué momento se están asando estos adolescentes sobre la brea de una capital llamada San Juan? Puede que lo ignoren y, aun así, estos jóvenes en mahones y talego amarrado a la cintura, son descendientes de aquellos jíbaros que salían a cortar caña o recoger café, con el machete al hombro, para ganarse el sustento. El tiempo ha pasado, el país se industrializó, se vivió la transformación social que trajo a los campesinos a la urbe, y en cambio un sector importante de la población sigue anclado en lo que podría llamarse, a falta de un término más adecuado: el precariato, gente que para poder subsistir tiene que diversificar su jornada laboral: soportar el part time en Walmart, la chiripa en Walgreens, el doble turno en Burger King. Se mueven con energía, reparten los panfletos sin perder el equilibrio, sortean el atasco con gracia. Bien visto, son supervivientes, y su presencia en la calle, la solitaria sombra de su silueta, basta para romper el mito de la igualdad entre todos los ciudadanos. Lo cierto es que no somos idénticos ni ante las fuerzas de la ley ni ante las furias del mercado, dos formas de la violencia organizada. Ellos, los nuevos jornaleros, lo saben. El altoparlante interrumpe la meditación: Piñero, Piñero.

–Por lo menos aquí se apean los pica pleitos.

Esta mujer, algo entrada en carnes, con el pelo grisáceo, trae consigo una cartera negra, enorme, que aprieta contra su cadera: está el pillo josco. No encuentra, ya se ve, razones de peso para disimular su resentimiento. Concurro con su comentario, sonrisa y carcajada incluidas, y ella coge los topos. Cualquiera diría que esperaba un guiño de alguien, una señal divina o humana que le permitiera explayarse contra la clase togada a la que, ya es más que evidente, aborrece: mijo, no hay uno bueno. Y entonces remata con una expresión a prueba de balas: imagínate tú, que después se hacen políticos.

Quedo avasallado por un razonamiento que hubiese sobrecogido al propio Trías Monge, al famoso y cultísimo don Pepe, al jurista insigne que nos explicó, mucho antes de descubrir y desmenuzar las penas más antiguas, que nuestra Constitución, colonial as it may be, es de factura más ancha que la norteamericana. Larga vida a la tradición civilista, que es hija del código Justiniano y los desvaríos napoleónicos. ¡Sufre Hamilton! Es probable que esta dama desencantada de la vida y sus miserias no haya terminado la secundaria y, sin embargo, tiene claros los muñequitos: imagínate tú, que después se hacen políticos. Res ipsa loquitour. O en su versión boricua, más persuasiva y convincente que el latín clásico: la cosa se cae de la mata.

Y tú, ¿a qué te dedicas?, pregunta, y suspira hondo al mirar las ventanas del Auxilio Mutuo, los cristales esmerilados tras los cuales los enfermos aguardan, desvelados, por la dudosa luz del día que disipa, con análoga indiferencia, la niebla y el miedo: ¿defiendes delincuentes o robas herencias?

–Soy estudiante– aclaro.

Crece una frontera de silencio, una telaraña de suspicacia entre ella y yo:

–Ah… – y parpadea con ahínco, evitando el estornudo.

Pues yo que tú me dedicaba a otra cosa. Vete a trabajar la tierra, que es más digno. Ya nadie quiere meter las manos en la tierra.

–Eso es así – concluyo.

Salgo a la plataforma y tomo las escaleras que conducen a la salida. Llevo el gabán abotonado, el portafolio con el interrogatorio bajo la axila, la mandíbula temblorosa. Repito en mi mente, cual mantra budista, las Reglas de Procedimiento Criminal, tal y como lo hacía en la escuela elemental antes de declamar un poema, mientras busco el boleto en los bolsillos llenos de monedas.

De pronto me alcanza el olor inconfundible del trópico en su dimensión urbana: ese vaho que emana de los carritos de hot dog, de la greca de café y de las pincheras protegidas por un techo de zinc. Traigo escondido, desde luego, un rosario confeccionado con pepas de olivo. Son rituales de la infancia. Al intentar cruzar la vía, atiborrada de policías y patrullas, de prestamistas, detectives y fiadores, de parientes y dolientes que desfilan hacia la edificación despintada, sucia, una pareja de predicadoras que distribuye folletos se atraviesa en mi camino:

–Ay de aquel que confíe en la justica de los hombres.

Con luminosos ojos negros

EL futuro es espacio,
espacio color de tierra,
color de nube,
color de agua, de aire…

NERUDA

Oscar López Rivera, luego de tres décadas y media en una cárcel, es quizás el puertorriqueño que más allá pensado en el tiempo. El tiempo como experiencia, como proceso orgánico, como reloj interno. Sin embargo, él lo resume como una vital formulación de libertad. Al atravesar las puertas de la prisión el hombre tomó una decisión: “El tiempo va a ser mío”.  Así, el tiempo dejó de ser algo externo para ser memoria, atención al presente del propio Oscar y no una determinación de sus carceleros. Lo tengo frente a mí. Con los luminosos ojos negros. El rostro de quien tiene paz, de quien ha regresado de donde pocos lo han hecho así, repleto de sueños, esperanza y planes. Oscar López, fuerte como un muchacho a los 74 años, habla del futuro. Se apropio del tiempo. Es suyo.

¿Y qué puede decir del espacio un hombre que estuvo en confinamiento solitario y en paredes monocromas por tantos años? Que el espacio es una fortaleza física interior. Que en la apertura mínima de una rejilla miraba con atención un cierto color verde que se movía y sabía que era un árbol. Que en una celda muy pequeña en solitaria aprendió a hacer seis diferentes ejercicios usando su propio pantalón y los barrotes. Y entonces, décadas después, caminó por un pasillo, a una puerta de salida, a un portón principal y a una salida. Esa caminata fue su regreso al espacio del afuera. La calle fue alargándole la vista y con ello entonces los demás sentidos. Luego llegó a un aeropuerto enorme y la sensación de color de nube, de aire fue permitiéndole más sensaciones. Las conversaciones, los acentos, reconocer a los boricuas en el espacio y en la estreches de un avión en pleno vuelo. Y ese contacto entre cuerpos en los asientos y el pasillo. Todo fue, ese primer día, redescubrir el tempo y el espacio. Agudizar libremente los sentidos.

Pero, ¿cómo pudo sortear el encierro y la ausencia de colores? Pues lo que cuenta Oscar López es una historia de superviviencia. Lo relata con rostro afable, con tono sedoso. Habla un hombre sereno y feliz.

Vea la entrevista completa en nuestr edición especial dedicada a Oscar López que sale a la calle el 24 de mayo.

Carlos Raquel Rivera: Arte y Compromiso Revolucionario

“Por falta de fantasía

Se miente más de la cuenta

También la verdad se inventa”

Antonio Machado

Conocí a Carlos Raquel Rivera en el verano de 1977, en uno de esos viajes que organizaba Viajes Girasol. En esos días Carlos Raquel había sido arrestado por bajar en el Fuerte Brooke, la bandera norteamericana y subir la del Grito de Lares. La primera plana de El Nuevo Día decía: ¡Arrestan Excelso Pintor Boricua! Nacido en el Barrio Rio Prieto de Yauco, un 4 de noviembre de 1923, como otros distinguidos maestros del arte puertorriqueño provenía de circunstancias humildes que le presentarían serios retos para realizar sus ambiciones y sueños.

Por las limitaciones económicas que enfrentaba y para montarlo en la excursión se hizo una colecta-subasta de algunos de sus excelentes grabados. De esa manera Carlos cumplía uno de sus sueños –viajar a Cuba- y volver a mirar una obra que había realizado en 1965 a raíz de la muerte de Pedro Albizu Campos. La misma la había trabajado sobre una mascarilla que levantó José Vázquez Compostela en el lecho de muerte de Albizu. La obra se encontraba en Cuba pues Carlos se la había donado a Laura Meneses quién vivió en Marianao, La Habana.

Demás está decir lo que significó para el artista el reencuentro con su obra de Albizu, gracias a Juan Juarbe Juarbe quien nos llevó a ella. Para mí esta experiencia, y el ser compañero todo el viaje de Carlos Raquel marcaron para siempre mi acercamiento a su obra y a la vida de este maestro revolucionario comprometido con el arte y nuestra patria.

Juan Antonio Corretjer en una presentación de la muestra titulada “con su permiso…”, que fue la primera exhibición individual del artista en los Estados Unidos, (mayo 1980 Museo del Barrio, N.Y.C.) relató lo siguiente:

“Carlos Raquel fue el primer pintor puertorriqueño en montar una exposición en los salones de una central Obrera en nuestro país. Y no en busca del crédito propio ni de la bolsa sonora, sino para contribuir con la venta posible de sus cuadros al fondo de la huelga.

En los largos sofocantes días y en las largas noches de vigilia proletaria frente a la fabrica, los huelguistas se amparaban un poco del sol o de la lluvia, en una rústica caseta por ellos mismos edificada. Unas escasas frituras los cacharos de café y el pan partido a mano templaban físicamente a los huelguistas de una unión que daba la resistencia a la Ley Taft Hartley había dejado en cueros. Rivera pintó los cuadros titulados “La

Caseta” y “Los Huelgistas”i En su exposición, Corretjer contextualiza la coyuntura del movimiento del movimiento sindical para mediados de esa década 1950-1960, acosado por una grave crisis, desde dos ángulos distintos. De un lado, la Ley Taft Hartley desmoralizaba a sus dirigentes y del otro, el sindicalismo Yanqui, que el impulso nacionalista de 1934 y el desarrollo de la CGT a partir de 1938 habían prácticamente desalojado, regresaba al país como acompañamiento imprescindible al programa muñocista de Fomento ii Señalaba que cuando este proceso trabajaba hasta las entrañas la rendición sindical a los patronos, una de las dos únicas organizaciones resistentes, la UGT (Unidad General de Trabajadores); la otra era la CGT (Confederación General de Trabajadores) dirigieron una huelga de los trabajadores de la Sun Beam. De modesto ámbito en el espacioso frente trabajador, la Unión de la Sun Beam, adscrita a la UGT, desarrolló una lucha huelgaria de larga resistencia y mayor significado. Con esa huelga, la clase obrera abría un ojo. Era apenas el anuncio de un despertar; pero que importante!iii

Desde 1956, el movimiento independentista daba sus primeros pasos reorganizativos. El independentismo electoral entraba definitivamente en declive. Y cuatro años después un nuevo auge se desarrollaba en el conmovido espíritu nacional. Carlos Raquel Rivera-sigue relatando Corretjer- entró en una etapa de fervorosa militancia política y de una apasionada faena artística. Había sido “La Caseta” el punto de partida. “Pero ahora aquella lealtad a su pueblo lo conduce, de grabado en grabado y de lienzo en lienzo al encuentro de su maestría y al hallazgo de su virtuosidad.iv

Es en ese contexto que el hombre y el pintor se unieron en una febril actividad, que “la cabeza de donde salían hacia sus instrumentos de grabadista o pintor “sus sueños, sus impulsos; su “Masacre de Ponce”, su “Guerra Fría”, la poesía de su “Noche Clara”, padecía bajo los bastones de la policía; y era rara la vez cuando, habida demostración independentista de calle, no fuese necesario buscarle a nuestro médico o fiadores”. v Es de ahí que arrancó esa pintura de protesta revolucionaria y denuncia social de Carlos Raquel Rivera. Su vida, su historia y su arte estuvieron comprometidos con fomentar y divulgar el surgimiento de una conciencia nacional, empecinada en proteger la identidad de una puertorriqueñidad amenazada a desaparecer por el proceso de asimilismo político-cultural norteamericano. Así, sofocado por los efectos de la situación colonial de Puerto Rico, Carlos Raquel produce cinco de sus más interesantes grabados; punzantes sátiras sobre la situación del país. Ellos son Huracán del Norte (1957), La Masacre de Ponce (1956), Cuatro Plagas (1960), Doña Fulana (1954) y Elecciones Coloniales (1959) siempre vigentes hasta que no logremos la redención de nuestra patria.

Huracán del Norte es una obra alegórica en donde el artista presenta un huracán azotando un poblado. El huracán está personificado por una imagen de mujer envuelta en un amplio manto sosteniendo una bolsa de dinero. Carlos Raquel Rivera asocia la entrada de los americanos a Puerto Rico con un vendaval, con un torbellino que arremete contra la paz de un pueblo. Una de las figuras personifica la muerte simbólicamente, representando el poderío extranjero, porque desde ese momento se desata una lucha desigual e injusta en Puerto Rico; se promueven los intereses de las grandes corporaciones para una total dependencia de la economía nacional y opresión de parte del invasor. vi

En Cuatro Plagas se plantea como tema central la formación racial del puertorriqueño y la conciencia colectiva de éste ante la lucha por defender su historia, su cultura y sus tradiciones. Con singular destreza el artista describe gráficamente las fuerzas externas que amenazan insistentemente su patria: de un lado el poderío económico y militar estadounidense; de otro los abusos y opresión a la clase obrera por parte del acaudalado hombre de negocios.vii

En la Masacre de Ponce el artista plantea la violencia, la obstrucción a la libre expresión y la violación de derechos civiles. Como sabemos en los acontecimientos del 21 de marzo de 1937, un grupo de puertorriqueños no armados fueron autorizados por el alcalde a celebrar una demostración pacífica y horas antes de la actividad se revoca el permiso arremetiendo contra ellos la policía, matando e hiriendo a un grupo entre los que había mujeres y niños. En esta obra se recurre una vez más simbólico mediante la figura de un águila, emblema del poderío económico americano y del colonialismo prevaleciente en Puerto Rico. Pero Carlos Raquel Rivera no es fundamentalmente el hombre que procura expresar en sus cuadros la violencia. Es en si el espíritu que ante la inconformidad y la impotencia de un pueblo emite su grito de protesta.

Elecciones Coloniales es del mismo género, donde también el águila es símbolo de la presencia norteamericana y se identifica como la responsable de ambas debacles. La presencia amenazante del águila que ocupa la mitad superior del grabado y se cierne sobre la muchedumbre es una censura a las elecciones en las que el pueblo atontado por los medios de comunicación, los discursos y la fanfarria, es llevado a un abismo. Sin duda tiene hoy absoluta vigencia.

Doña Fulana es la figura de un grabado que se halla forrada de monedas que cuelgan de los aretes de sus orejas, en sus collares y pulseras; es el tipo al cual en nuestro lenguaje campesino se le llama “la puerca de Juan Bobo.” Viii La obra compendia la imagen de entrega absoluta que exhiben los elementos incondicionales. La figura es la amarga visión con que el artista interpreta el deterioro social provocado por la transculturación.

Sin duda Carlos Raquel era un maestro consumado de la ironía y sutil sarcasmo. Lo utiliza también en La Enchapada que presenta a una mujer que escupe dólares: la sensación de asco es lo cuenta. Pero es también la doble personalidad. “Enchapada” significa que una cosa es de un material y ha sido recubierta con otro. Estos personajes –tanto Doña Fulana como La Enchapada– simbolizan la dominación colonial, la necedad y sus efectos contrastantes.

La obra gráfica de Carlos Raquel Rivera revela no solo su poderosa imaginación artística sino a un hombre de profundas convicciones revolucionarias y del mayor compromiso patriótico. En su obra nada es superfluo; nada producto de un accidente. Es profunda provocación que emana de lo más profundo del ser puertorriqueño.

Una aportación poco conocida de Carlos Raquel al cartelismo puertorriqueño fue haber sido el primer artista en diseñar un cartel político. Fue esta una forma de consignar su endoso a la labor política desplegada por el Movimiento Pro-Independencia (MPI). Con el cartel realizado de la Segunda Asamblea General del MPI (1960), abrió campo a este género, que habría de tomar impulso extraordinario a partir de la aparición de los talleres revolucionarios Alacrán, fundado por Antonio Martorell en 1967 y el Taller Bija, que establecieron en 1970 Rafael Rivera Rosa, René Pietri y Nelson Sambolín. Impreso en serigrafía, este cartel ofrece en su imagen un balance entre la realidad objetiva que describe en la multitud de la parte inferior y la imaginativa abstracción que llena la parte superior de la hoja. Abajo, la muchedumbre se desplaza con paso firme y actitud combativa. Aquí el artista quiso precisar en ellos rasgos que hicieran patente la individualidad de una veintena de personas que confrontan al espectador.ix

Al año siguiente, Carlos Raquel diseñó otro cartel político y conmemorativo a la vez, Septuagésimo Aniversario Natalicio Pedro Albizu Campos (1961). Además de ser uno de los mejores ejemplos de cartel dedicados a Albizu- como bien señala Teresa Tió- establece una pauta en cuanto al tratamiento del tema. La cabeza de Albizu es la presencia dominante. Con enérgica expresión, acentuada por las líneas de cortes angulosos que lo hacen más potente. Eleva a Albizu a lo que es, es decir, a categoría de héroe la figura del político. El esmero que puso en esta imagen se comprueba además, por el tratamiento de las letras con las que escribe el nombre Pedro Albizu Campos. En vez de usar la tipografía mecánica, que era común en sus carteles, diseña unas letras de trazo individual, que adquieren valor expresivo en el conjunto, por su energía y por la aguda disposición de los contornos.x

En 1985 (29 de agosto-1de septiembre) Claridad le dedicó a Carlos Raquel Rivera el XII Festival. En el Museo de Las Américas, Antiguo Cuartel Ballajá en San Juan, se presentó en su honor (del 20 de abril al 20 de octubre de 1993), la exposición homenaje de la X Bienal de San Juan del Grabado Latinoamericano y del Caribe. En esa ocasión también y en saludo y simpatía, a esta Bienal, la Casa Roig de Humacao montó una muestra de pintura que llevó por título: Carlos Raquel Rivera: retratos de la nación.

De acuerdo a Marimar Benítez la gráfica aparece como expresión preferida de los artistas hacia 1950, con la fundación de lo que tuvo por nombre Centro de Arte Puertorriqueño (CAP). Se establece este con cuatro objetivos: desarrollar un arte puertorriqueño, fomentar la identificación entre el arte y el pueblo, trabajar colectivamente y, finalmente establecer la preferencia por la gráfica para poder llegar a un público más amplio. En el 1951 apareció el primer portafolio del CPA constituido por 8 grabados titulados “La Estampa Puertorriqueña”; en el 1953 apareció el segundo esta vez consistente de 8 serigrafías “Estampas de San Juan”. xi

Desde estos comienzos se puede identificar una serie de temas y un acercamiento particular que diferencia la obra de estos artistas de otros que habían tratado temas similares. Señala Benítez que podemos hablar de un estilo identificable y referirnos a ellos como la Generación del 50. xii.

Es durante esos años que tanto en el Centro de Arte Puertorriqueño (CPA), como en el Taller de Gráfica de la División de la Comunidad (DIVEDCO), y luego en el taller de gráfica del recién creado Instituto de Cultura Puertorriqueña, se fraguó el primer capítulo de un arte puertorriqueño (aun por escribirse su historia critica) en el que varios artistas protagonizaban la ascendencia el arte en nuestra sociedad, a diferencia de los ejemplos aislados que desde Campeche y Oller habían proclamado a su existencia con voces solitarias en un desierto artístico cultural.xii (Carlos Raquel Rivera: una muestra a medias. El Nuevo Día, Revista Domingo, 11 de julio de 1993. Págs. 12-13).

Es muy amplio el anecdotario ligado al arte y a la personalidad de la poderosa figura de este artista.

El eminente escritor Emilio Díaz Valcárcel, quien trabajó en ese proyecto seminal de DIVEDCO como libretista y en otras tareas, narraba un relato muy simpático sobre Carlos Raquel Rivera. Evocando los días de pago cuando salían de la oficina en la Norzagaray y luego de cambiar el cheque se iban de Bohemia por Puerta de Tierra, decía Emilio que le “atraían la atmósfera pueblerina y los aires marinos de esa comunidad (allí los marinos mercantes cuentan, como en las historias del ramo, sus experiencias en los puertos de los cinco continentes).”1

En una ocasión al extenderse la Bohemia cayeron en “El Son de la Loma”, “un cafetín sórdido y lleno de humo” en donde pachanguearon. “Carlos había estado desde temprano mascullando maldiciones: en esos días un soldado americano había abusado de una mujer en el Viejo San Juan y desde entonces andaba procurando desquitarse…” De pronto oímos unos pasos y algo que sonó a bofetada, y cuando miramos nos encontramos con un joven rubio de ojos azules que se acariciaba el cachete con cara de sorpresa. Frente a él, Carlos Raquel se cuadraba con “waving” de boxeador, gritándole: ___ Go home!

El joven gritó entonces:

___ ¡Qué go home ni qué –carajo si yo soy de Aibonito!2

Termina diciendo Díaz Valcárcel en su relato que luego terminarían las bohemias porque Carlos Raquel renunció mas tarde a la Educación de la Comunidad y se fue a vivir lejos del ambiente del Viejo San Juan.

El medio gráfico utilizado por los artistas de la Generación del 50 es el linóleo. En la obra de Carlos Raquel Rivera encontramos los mejores ejemplos de expresión en su afán dual de exaltar la realidad de nuestro proletariado y de identificar las deplorables condicionales sociales con la presencia de los norteamericanos. En obras como “Niño Dormido” y “Noche Triste” logra plasmar imágenes de fuerza que evocan la poesía de la niñez en medio de la pobreza.

Carlos Raquel sufrió de una debilitante e incapacitadora enfermedad artrítica desde los años 60, lo que le hizo reducir notablemente su producción de gráfica desde aquel momento. Falleció un 10 de noviembre de 1999 dejando un significativo y hermoso legado.

En su faena artística y con el mayor compromiso patriótico y revolucionario, Carlos Raquel nunca se prestó a ser instrumento de la clase dominante.

Recientemente Nelson Rivera recordaba en una justa y virulenta crítica a la curaduría del Museo de Arte de Puerto Rico,3 otra anécdota de Carlos Raquel Rivera, como protagonista épico de un relato que aunque verídico- dice- raya en la leyenda. Ésta sucedió en 1960 y el autor la trae por voz de Antonio Martorell, quien es el que: mejor la cuenta:

“El Museo de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras había sido bautizado con el nombre de Luis Muñoz Rivera y en él se celebraba una exposición colectiva de artistas puertorriqueños. Al Carlos rechazar la invitación a exponer por no estar de acuerdo con el nombre, argumentando razones políticas, los organizadores recurrieron a tomar prestada una obra que alguien le había comprado y colgarla sin su permiso, estrategia que resultó, cuando menos, desafortunada. A la hora señalada el artista bien trajeado se personó en el Museo y tras intercambiar saludos corteses se dirigió a donde estaba su obra, la descolgó y esgrimiendo un hacha la hizo pedazos, después de lo cual se retiró como si nada hubiera sucedido.”4

En la coyuntura actual como bien dice el autor de “A Hachazo Limpio” hay un mapa que nos tiene trazado el liberalismo global” el ataque a la cultura y la educación es la estrategia lógica del plan para anularnos en beneficio del capitalismo globalizado. La resistencia por tanto se hace obligatoria y en concordancia.

Desde esa dirección hay que invocar los hachazos de Carlos Raquel Rivera, quien siempre reconoció la importancia de su trabajo en una situación colonial y se dio a respetar al hacer su arte un imperecedero desafío al poder. En su brillante conclusión es claro que la manera que tuvo Carlos Raquel para “reorganizar su propia obra a hachazos fue el acto de conciencia de que esa obra solamente puede servirle a quienes se conciben libres, cada hachazo un golpe al coloniaje, a la negación de la dignidad humana.”5

Es hora de amolar las hachas y añado yo, levantarlas.

*El autor es historiador y coleccionista de la obra de Carlos Raquel Rivera

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